Fragmento:
Dentro, la atmósfera era espesa y pesada. A cada paso, Arivald sentía cómo se disipaba el sentido del tiempo. Un resplandor suave, imposible de identificar y que no parecía venir de ninguna antorcha ni linterna, se cernía sobre su figura, proyectando sombras bipolares; cada objeto tenía dos siluetas oscuras, una profunda y otra translúcida. El silencio era total, pero a veces creía sentir leve el golpe sordo de su propio corazón.
Duración: 09:11
En la senda septentrional del mundo conocido, donde los vientos helados cortan la piel y el horizonte es devorado por bosques oscuros, se alzaba una ciudad cuyo nombre cambió con los siglos, aunque sus corazones la recordaban como Koralys. Flanqueada por murallas tan antiguas como la propia memoria del hombre, Koralys era famosa por un milagro o una maldición: desde tiempos inmemoriales, su cielo no conocía la negrura, pues dos lunas la vigilaban siempre, compañeras incansables, cruzando sus trayectorias noche tras noche, bañando los tejados y las plazas con un juego interminable de luces plateadas y añil.
Bajo la luminiscencia inquietante de esas lunas gemelas, se alzaban los zócalos ciclópeos de la Casa de Nehrin, el santuario mayor de la urbe, erigido en una edad olvidada, cuando los hombres convivían con los dioses, o temían que los dioses aún caminaban entre ellos. Solo durante el equinoccio, cuando las dos lunas parecían tocarse brevemente en el cenit, los sacerdotes permitían el acceso de extraños al templo. La ciudad entera celebraba la convergencia con música y vino, pero entre susurros circulaba una advertencia: los pasillos bajo el templo ocultaban un laberinto capaz de devorar el cuerpo y la mente de cualquier incauto. Y, decían los más viejos, ese retorcido vientre de piedra era mucho más antiguo que la ciudad misma.
Nadie sabia realmente cuántos peregrinos habían osado entrar en el laberinto, ni cuántos habían regresado. Los pocos relatos que circulaban eran fragmentarios: sueños de pasadizos imposibles, de estancias giratorias donde la misma luna brillaba en un mismo ángulo idéntico durante horas, de susurros en lenguas muertas y promesas de tesoros colosales ofrecidas por sombras tras puertas imposibles. “El laberinto es la morada de lo que no puede morir ni nacer”, repetía la sacerdotisa mayor con voz de advertencia, ladeando la cabeza para jamás dejarse iluminar por ambas lunas a la vez.
El extranjero llegó en la víspera del equinoccio. Se llamaba Arivald y traía los andares cansados de los exiliados y el atavío parco de los alquimistas errantes. Algunos decían, por el aguzado verdor de sus ojos, que era hijo de los elfos; otros, por la piel ligeramente azulada de sus manos, que tenía sangre de los habitantes del Yermo del Este. Lo cierto es que a nadie le quedó duda, desde la primera frase que pronunció en la plaza mayor, que Arivald no tenía miedo. “He venido a buscar lo que me han robado—una memoria y una promesa”, decretó, por encima del ruido, y muchos se apartaron, mientras la mitad de los sacerdotes bostezaban y la otra mitad fruncía el ceño con preocupación.
El ritual comenzó al caer la noche, cuando ambas lunas, titilantes como los ojos de una bestia silente, pendían del zénit. Arivald descendió al laberinto acompañado solo por su vara de zafiro y la llave de cobre heredada de su madre, según afirmó. La sacerdotisa mayor le acompañó hasta la boca del abismo, un agujero circular en el mármol, rodeado de extraños símbolos arcaicos que solo se hacían visibles con la caída de la luz lunar. Ahí, sin mediar palabra, le bendijo con una mezcla de temor y lástima; luego se retiró hacia la superficie, dejando que la piedra sellara la entrada tras el alquimista.
Dentro, la atmósfera era espesa y pesada. A cada paso, Arivald sentía cómo se disipaba el sentido del tiempo. Un resplandor suave, imposible de identificar y que no parecía venir de ninguna antorcha ni linterna, se cernía sobre su figura, proyectando sombras bipolares; cada objeto tenía dos siluetas oscuras, una profunda y otra translúcida. El silencio era total, pero a veces creía sentir leve el golpe sordo de su propio corazón.
En la primera cámara, una estatua de basalto le aguardaba: era la imagen de dos mujeres, idénticas, entrelazadas en un abrazo ambivalente, amoroso y cruel. Sobre el pecho de cada una brillaba una perla opalina, pulsando con un ritmo desacorde al propio tiempo de Arivald. Recordó, vagamente, algo de su infancia—una nana cantada bajo la luz doble de alguna madrugada, la historia de dos hermanas condenadas a mirarse desde hogares opuestos por toda la eternidad. Cerró los ojos, y la estatua pareció susurrarle en un idioma antiguo: “La salida está en el no-camino, la entrada en el nunca”.
Pasó a través de un arco apenas manifiesto, siguiendo un pasillo que, juraría, era imposible haberlo visto desde la cámara anterior. Avanzaba, y la arquitectura se volvía cada vez más indescriptible: ranuras en la roca en patrones que solo recordaban a medianoche, columnas que se invertían y volvían a empezar en el techo. A ratos, el corredor giraba sobre sí mismo, orientando a Arivald de vuelta al punto de partida, pero siempre con un matiz distinto: el olor del musgo era más penetrante, o la curva del suelo más aguda.
Las lunas seguían ahí. O, más bien, su luz danzaba en las paredes pulidas de este mundo subterráneo con una insistencia obscena: a veces, en una esquina, la luminosidad parecía tildar la piedra, formando letras que escurrían de su memoria justo cuando intentaba leerlas; otras veces, los haces se entrecruzaban creando una malla de sombras en el suelo, semejando a redes de pesca tiradas por manos invisibles.
El tiempo fue perdiendo consistencia. Podía haber andado horas o siglos. Se topó entonces con un espejo—un panel ovalado, enmarcado en marfil tallado con símbolos que lo repelían y fascinaban al mismo tiempo. En el reflejo no se vio a sí mismo, sino a una figura femenina de rostro dulce pero feroz, ojos verdes como los suyos y las manos cubiertas de manchas de tinta. Ella hablaba con labios que no se movían: “¿Has buscado perlas en el fango, hermano mío? ¿O solo has venido a perderte en mi memoria?”
Arivald sintió un tirón en la boca del estómago. La figura, comprendió, era Alyssane, su hermana gemela, desaparecida hacía años entre las sombras de una noche despejada por la doble luna, llevada tal vez por algún poder mayor o por propia voluntad, extraviada en promesas no cumplidas. Entendió, entonces, lo que había olvidado: él no estaba allí por una promesa ajena ni por memoria alguna robada, sino para cumplir un pacto hecho bajo la promesa de las lunas y sellado con la sangre compartida.
La imagen se desvaneció cuando intentó tocarla, pero las palabras quedaron flotando en la cámara como neblina densa. Sintió el rumor de pasos tras la puerta opuesta. No esperaba compañía. Avanzó, y fue en esa sala de techo imposible que encontró a la vieja sacerdotisa, o el recuerdo de ella, parada ante un altar de obsidiana. “El laberinto no es piedra, ni tiempo, sino voluntad”, susurró ella, y extendió las manos para mostrarle dos llaves, una de bronce, otra de hueso.
La prueba era clara, o al menos tan clara como cualquier prueba en esa casa de espejos. Si tomaba la de bronce, avanzaría hacia la promesa—el reencuentro con la hermana, y con todo lo que había dejado atrás. Si tomaba la de hueso, retrocedería, llevado por la bruma de olvido, y podría, quizás, regresar al mundo sin recuerdos.
Por unos instantes, el peso del tiempo caído sobre él lo paralizó. Recordó todas las razones que tenía para olvidar: el miedo, el dolor, el hueco en la cama de la infancia que nunca fue llenado otra vez. Pero también, sintió en su médula el eco de la promesa: “No sueltes nunca mi mano, bajo la luz de las gemelas—volveré, o volverás.”
Eligió la de bronce.
Las cámaras temblaron. El sentido del arriba y abajo, del antes y después se disolvió: Arivald vio pasar ante sus ojos todas las vidas que no vivió, todos los caminos que se negaron antes incluso de ser pensados. Caminos en los que él mismo era la sombra, y su hermana la viajera. Caminos en los que las lunas no daban luz, sino sombra. Y en todos ellos, una constante: en el centro del laberinto, en la cámara final, ella lo esperaba.
Allí, finalmente, estaba Alyssane, pálida y quieta, sentada al borde de un estanque que reflejaba no las dos lunas, sino un millar de pequeñas y temblorosas imágenes de ambos, perdidas en su propia red infinita de reflejos. Arivald, aún tembloroso, sostuvo la llave sobre el agua y la arrojó. El metal vibró, y el estanque se iluminó con una claridad devastadora; ambos quedaron envueltos en un torbellino de memoria y olvido, mientras los ecos de todas las promesas incumplidas se estiraban hacia el albor de un nuevo día.
Cuando Arivald despertó, estaba solo en una pequeña cámara de piedra pulida. La puerta que antes no había visto conducía directo al exterior; el aire era fresco y, al mirar al cielo, vio que las lunas gemelas seguían ahí, danzando una en torno a la otra, cómplices eternas.
En Koralys le recibieron con reverencia y temor. Sabían, por la luz serena de sus ojos y el temblor calmado de sus manos, que había cruzado el laberinto, que había traído de vuelta algo que no estaba destinado a regresar. Arivald nunca habló de lo que vivió, pero de vez en cuando, cuando caminaba solo bajo el resplandor de las lunas, podía ver la sombra de su hermana, abrazada a la suya, y oía, en susurros, la promesa cumplida: el amor, como el laberinto y las gemelas del cielo, nunca termina—solo cambia de forma.
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