Fragmento:
Athelion llevaba siglos reinando sobre Amnareth, una urbe suspendida sobre el vacío, palpitante de reliquias y prodigios más antiguos que la propia sangre. Bajo su gobierno, magos y físicos rivalizaban en la alquimia matemática, y las constelaciones respondían a los trazos de los escribas. Nadie osaba poner en duda su poder. Ni siquiera Kael, el último titiritero del Palacio, sentía temor al cruzar el umbral sagrado de los Salones Prohibidos, allá donde la luz parecía bordada de llamas y susurros.
Duración: 07:24
***
Al principio, la noche de Amnareth era un telón sin fisuras, vasto y preñado de silencios. Nadie recordaba el tiempo anterior al Tiempo, cuando los titanes aún caminaban sobre los puentes estelares y la luz no se atrevía a traspasar las bóvedas de la Ciudad Interior. Era fácil olvidar el origen del miedo en medio del esplendor de la corte, donde las copas rebosaban licor violeta y las bestias aladas surcaban un cielo eternamente crepuscular. Pero el Rey Sabio, Athelion, jamás olvidó.
Athelion llevaba siglos reinando sobre Amnareth, una urbe suspendida sobre el vacío, palpitante de reliquias y prodigios más antiguos que la propia sangre. Bajo su gobierno, magos y físicos rivalizaban en la alquimia matemática, y las constelaciones respondían a los trazos de los escribas. Nadie osaba poner en duda su poder. Ni siquiera Kael, el último titiritero del Palacio, sentía temor al cruzar el umbral sagrado de los Salones Prohibidos, allá donde la luz parecía bordada de llamas y susurros.
Kael era joven y antiguo. Había visto cosas que ningún humano debería haber soportado. Bajo su máscara de ónice, ocultaba siglos de secretos, y en sus dedos danzaba el poder furtivo de los titiriteros, capaces de invocar sueños o pesadillas con el simple hilo de la voluntad. Aquella noche, sin embargo, Kael sentía peso en los pies; una inquietud incrustada en la carne.
La audiencia fue llamada. Athelion estaba sentado en el trono, cubierto por la capa de los Relámpagos Vencidos, adornos fulgurantes que titilaban con un fulgor helado. Frente a él, los Consejeros recogían el eco de noticias oscuras llegadas de los confines: algo había irrumpido en la Frontera de la Razón, un fulgor carmesí que devoraba el margen entre el mundo y el abismo exterior.
—Cuenta tu historia —ordenó el Rey.
Kael se inclinó. Abrió una pequeña caja de madera, tan antigua como el alma de la ciudad, y sacó marionetas talladas en ámbar de la Isla de los Durmientes. Su voz era dulce y monocorde; sus manos, ágiles y solemnes.
—Había una vez —dijo— un pequeño planeta en la frontera del Último Horizonte. En él, criaturas irisadas tejían el telar de la Realidad y mantenían encerrada a la Quimera Roja, dueña de toda desolación y placer. Una noche, el telar se desgarró, y de la herida se derramó el veneno del tiempo futuro.
Las marionetas bailaban. El público, hechizado, veía la Quimera infiltrarse en los sueños de los tejederos, engullendo esperanza y dejando a su paso una huella negra, un vacío.
—La Quimera prometió liberar a los suyos si se le entregaban los nombres secretos; y uno de los tejederos —continuó Kael, su voz temblorosa— aceptó el trato. El pacto se selló con la sangre de un hijo y la ciudad jamás volvió a ser la misma.
La fábula resonó, y el frío invadió de repente los mosaicos bajo el trono. Todos comprendieron: la Quimera Roja había salido de la leyenda. Se acercaba.
Athelion miró a Kael con sus ojos de uranio opaco.
—¿Qué sugieres, titiritero?
Kael bajó la cabeza. De entre los pliegues de su túnica emergió un pequeño espejo de obsidiana, regalo de su maestro cuando aún era un mortal vulnerable. En el reflejo, la corte apareció distorsionada; el mundo oscilaba entre la belleza y la ruina. Abriendo la palma temblorosa, Kael respondió:
—No podemos luchar de frente. La Quimera no habita nuestro mundo, sino el intersticio de las probabilidades. Su apetito es insaciable. Sólo la magia de los sueños puede trabar batalla con lo innombrado.
Uno de los Consejeros, Sir Olreth, bufó. —¿Ahora dependemos de cuentos infantiles?
Athelion lo detuvo con un gesto glaciar.
—Nadie como un titiritero para trenzar realidad y posibilidad —dijo—. Nos arriesgaremos. Lanza tu desafío, Kael.
Aquella noche se reunieron en el Observatorio de Fósforos Invertidos. Kael estuvo en el centro, rodeado de magos, ingenieros y las madres del Oráculo. El aire vibraba con la pesadumbre de las estrellas muertas.
Comenzó el ritual. Las marionetas giraban, los hilos se entrecruzaban, y Kael, blandiendo los sueños no soñados de Amnareth, abrió un portal hacia el corazón del Intersticio. Cruzaron.
Había allí una sustancia olvidada por los dioses. El espacio era una amalgama de voces; las leyes cifran aquí la forma de la gravedad y el dolor. La Quimera Roja los aguardaba.
No tenía forma. Era todas las formas: risa y grito, promesa y ruptura. Flotaba sobre ellos, tentáculos hechos de memoria, pupilas rebosantes de antiguos pecados.
“Traéis sueños”, susurró. “Dadme el de mayor pureza y os devolveré a vuestro mundo.”
Kael supo entonces que la Quimera mentía; que todo trato era preludio al desastre. Sin embargo, algo en su interior, ajeno y propio, latió con el ritmo del exilio. Miró a las madres del Oráculo, a los magos encogidos sobre sí mismos.
—No os lo permitiré —dijo, y en lugar de ofrecer sus sueños, tejió a través de las marionetas un tapiz de pesadillas: todos los miedos de la Corte, su pasado, sus traiciones, la inconfesable certeza de que incluso los titanes podían morir. El espectáculo tomó forma y vida; la Quimera, enfrentada a su reflejo de abyección, retrocedió. Chilló, pero no de placer: el terror, el hambre insatisfecho. Los titiriteros siempre supieron que las pesadillas alimentan, pero también queman.
Athelion, jadeante, sintió el escozor en el pecho: la Quimera le devolvía los sueños que le habían arrancado siglos atrás. Y en ese instante, algo cambió. El Rey Sabio, a quien todos creían invencible, se vio de rodillas ante sus propios espectros, devorado por el hambre de eternidad.
Kael avanzó, marioneta en mano. Clavó la mirada en el vórtice sangriento de la Quimera.
—Te ofrezco mi nombre —dijo—, pero no mi vida.
La Quimera dudó. Nombres son llaves, puertas, armas, anclajes. Tomó el nombre, y con él todo el dolor de Kael, su soledad, su condena. Pero el titiritero, ahora anónimo, se sintió libre. No temía ya perder, porque nada quedaba de él que pudiera robarse.
Furiosa, la Quimera soltó un rugido que astilló los cielos interiores y, en el eco, las leyes matemáticas que anclaban a Amnareth se replegaron. El vacío succionó los vestigios del monstruo rojizo, y la corte sintió como si hubiera despertado de una fiebre muy larga.
Cuando regresaron, el trono de Athelion estaba vacío y la capa de los Relámpagos Vencidos había perdido todo fulgor. Los nombres circulaban, vacilantes, como fragmentos de luz.
Nadie supo nunca qué había sido de Athelion ni de Kael. Algunos decían haberlos visto vagando entre los ribetes de la realidad, entre las sombras que preceden al alba. Los poetas hablaron de una ciudad reconstruida sobre el sueño de los titiriteros sin nombre; los físicos buscaron durante décadas el sentido del vacío en las ecuaciones nuevas, llenas de símbolos nacidos del miedo y del asombro.
Solo una reliquia perduró: en el Salón Prohibido, al pie de una estatua rota, yacía una marioneta de ámbar, sin hilos. Cuando la luna se alzaba sobre Amnareth y el licor era más dulce que la nostalgia, la marioneta parecía respirar.
Y en su lento, diminuto pecho latía el deseo de que, tras la Quimera, tras el hambre y la renuncia, siempre quedara al menos un cuento, una posibilidad, un sueño en pie.
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