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El crepúsculo caía sobre Tirosh, ciudad-estado que una vez fue joya del Mediterráneo, ahora anclada en los azules eternos de la memoria rota y la obsesión de clanes y dioses. Las murallas cicatrizadas se desvanecían bajo la fina neblina marina, y los pescadores retiraban sus redes con la ansiedad reservada a tiempos antiguos: temiendo más lo que la oscuridad podía devolverles que las tormentas del día.
En la taberna de las Tres Lunas, la penumbra vibraba con el vigor sombrío de los mercenarios, hechiceros y exiliados que hallaban en Tirosh, si no redención, al menos una noche lejos de la muerte. Allí, un viajero compartía el vino con extraños, en el lugar donde las historias se mercadean tanto como la carne y la pólvora.
Él era conocido como Soron el Escriba, aunque el título era irónico. No porque le faltara tinta, sino porque sus relatos siempre teñían la historia con ficciones imposibles. Su rostro, gastado por el salitre, usaba la ironía como máscara, y sus ojos amarillos reflejaban tormentas aun en la calma.
Contempló la sala hasta hallar a su interlocutora: una mujer de cabellos entrelazados con perlas negras y plata. La conocían como la Dama del Templo, aunque lo que adoraba estaba más allá de los dioses locales. Bastaba una mirada para adivinarlo. Nadie sobrevivía a tanto luto en los ojos sin haber visto caer imperios.
Habían llegado cartas de Tebas y Cartago, rumores de que en las ruinas bajo el mar, donde yacen las antiguas columnas de reyes olvidados, ardía una llama negra imposible. Decían que algunos se atrevían a descender y, quienes volvían, sólo podían hablar en susurros. Magos y alquimistas cruzaban las rutas comerciales, buscando aquello que podía romper la historia, hacer reyes nuevos o volver a las viejas estirpes que el tiempo había condenado.
Soron tanteó el cuenco de vino, buscando el coraje que los dioses ofrecen cuando están de buen humor.
—¿Por qué envían astrólogos, si lo que acecha es un espectro de la era de hierro? —preguntó a la Dama.
Ella esbozó una sonrisa que era tanto compasión como amenaza.
—Quizá porque esta llama no sólo arde en el tiempo de los hombres, sino también en el de sus sueños. La historia es maleable cuando los dioses recuerdan sus deseos.
Soron, con la paciencia de quien ha pisado demasiados campos de batalla, dejó fluir la conversación hacia donde el destino tejía su tapiz.
La leyenda de la Llama Negra no era nueva. Hablaba de un poder encerrado en las cámaras de una ciudad sumergida por la furia de Thammuz, rey de los altos días; un relicario vivo capaz de alterar destinos, transformar las líneas de sangre, incluso resucitar ídolos caídos. En noches como esta, la frontera entre mito y pasado se volvía tan delgada como la tela de araña sobre el pozo de los condenados.
—¿Sabes?, en la última gran marea, un hombre emergió de las profundidades, muerto de frío y risa —dijo Soron—. Traía perlas negras, iguales a las tuyas, y un corazón que palpitaba fuera de su pecho. Aquella noche, las sombras en mi tienda murmuraron nombres antiguos, nombres que ya no existen. Tal vez los dioses están hartos de dormir.
La Dama cruzó la barra, sus dedos de marfil marcando mapas invisibles sobre la madera gastada.
—Yo también escuché aquella risa. La ciudad se inquieta cuando las líneas de sangre despiertan. Te propongo algo, escriba: acompáñame a las ruinas. Si hallamos la llama, tal vez la historia cambie para ambos. Pero debes saber que lo que yace dormido no siempre despierta bajo nuestro mandato.
Fuera, la niebla se espesaba en un abrazo injusto. Hombres de mirada dura discutían en idiomas muertos para la mayoría, y la noche avanzaba con pesadez de tumba abierta. Soron bebió de un trago el vino y aceptó con un leve asentimiento. No porque confiara en la Dama, sino porque el pasado no se dejaría escribir con tinta fácil y él estaba cansado de historias donde los finales eran dictados siempre por otros.
Partieron al alba, escoltados por el silencio infiel de la ciudad vieja. El mar despertaba con gruñidos de monstruos que pocas veces asomaban a la superficie. Se adentraron en los canales secretos que sólo conocen los que han conjugado la desesperación y la esperanza; túneles que huelen a incienso y hueso, a sangre reciclada tras mil inviernos.
La barca se deslizaba entre pilares derruidos, serpientes de coral que devoraban estatuas de reyes sin nombre. Por encima, la ciudad no dormía; vibraba de miedo ante el retorno de las viejas magias.
Una vez en las ruinas, un viento ácido les recibió como si la tierra aún guardara rencor. Sobre las piedras —cubiertas con líquenes que cantaban en la tormenta—, descifrar el paso de antiguos ejércitos era tarea de locos. Restos de flechas, cálices volcados, una corona oxidada y rota en dos.
Soron encendió una lámpara y la llama vacilante apenas alumbró las inscripciones. La Dama murmuraba oraciones en una lengua en la que quizás el silencio era la única respuesta. Al adentrarse, el aire cambió, denso y mortal, como si cualquiera de sus gestos pudiera despertar la cólera del mar.
Al llegar a la cámara sumergida, vieron la Llama Negra: una pira que no devoraba al aire, sino a las sombras mismas. A su alrededor, fragmentos de espejos y huesos incrustados en la roca; el lugar era un altar y un sepulcro. Soron sintió que sus recuerdos vacilaban, que le costaba recordar su nombre, incluso su rostro.
La Dama avanzó, extendiendo las manos sobre la fuente del fuego, y la llama se tornó azul por un instante. Los rostros reflejados en los fragmentos del muro parecían alternar entre vida y muerte, entre el pasado y el futuro.
—Aquí yacen las promesas no cumplidas. Cada dinastía condenada arde aquí un instante antes de volver a la nada —dijo ella.
Luego se giró, su mirada clavada en la de Soron.
—Dime, escriba. ¿Si pudieras reescribir la historia, a quién traerías de vuelta? ¿Qué juramento romperías?
Soron, repelido y atraído al mismo tiempo por el nihilismo de la visión, extrajo de entre sus ropas el medallón de hierro, herencia de su padre, último traidor de una estirpe que juró lealtad y cayó en la misma semana.
—Creo que las historias que uno escribe, una vez nacen, deberían mantenerse en movimiento, como el mar. Pero mi estirpe, mi padre... quizá fue. O no. —Bajó la voz—. ¿Y si todo final es apenas la promesa de otro inicio erróneo?
La Llama Negra susurró palabras ilegibles, y, por un efímero segundo, Soron asistió a la visión del pasado: ejércitos marchando bajo la luna rota, profetas devorados por su propia fe, amantes despeñados en el acantilado del tiempo. Vio a su padre, no como el villano pintado por los vencedores, sino como un hombre que, perdido, eligió una traición para evitar una masacre mayor. Los dioses, absortos en su crueldad, jugaban con humanos porque los humanos creían en el orden de las historias.
La Dama recogió una de las perlas, la arrojó al fuego, y la Llama Negra aulló en todas las lenguas del dolor. Algo cambió en el aire; se sintió más ligero, casi libre. Los espejos dejaron de temblar.
—Quizá una historia sólo necesita ser contada de otra manera —dijo la Dama, el dolor evaporándose de sus ojos por vez primera—, así el pasado nos suelta y la cadena del destino se aligera.
El regreso a la superficie fue menos tenso, como si hubieran pagado peaje suficiente a los dioses. La ciudad de Tirosh, a la luz del amanecer, no prometía milagros; seguía siendo la suma de escombros, sangre y olvido, pero ahora, bajo las calles, una Llama Negra palpitaba más leve.
Esa noche, en la taberna de las Tres Lunas, Soron escribió sobre la Dama, sobre sí mismo y sobre la distorsión de los relatos; trenzó la historia en una nueva melodía, borrando las fronteras entre villanos y héroes, entre historia y mito. Quienes escucharon su relato tiempo después supieron que la verdad era sólo otra herramienta, y que en la ciudad donde alguna vez dormía un imperio, la magia verdadera era, y será siempre, la capacidad de volver a contar el pasado —y sobrevivirse.
Tirosh siguió siendo un eco en las costas del olvido, pero en la memoria de quienes recuerdan, la llama negra persiste: faro y condena. Porque toda historia, aún las que se cuentan en susurros o con la tinta de la sangre, sólo espera su momento para ser narrada otra vez, y que la historia, por una vez, sea justa.
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