Érase una vez, en un reino donde las noches eran tan largas que los relojes se negaban a contar los minutos y las sombras se estiraban hasta cruzarse con sus propias dudas, vivía una mujer llamada Lys. Ella poseía una belleza madura, ajada en los bordes por desvelos, de esas que asustan a los hombres por la serenidad con que miran y la firmeza con que aman. Tenía el cabello plateado no por la edad, sino por la promesa de no inclinar la cabeza ante ningún poder sin antes escuchar el propio corazón.
Lys cuidaba el último fragmento de bosque virgen que quedaba en el reino de Viridia, un espacio modesto, encajonado entre la última hilera de cerezos y el primer marco de hierro de la ciudad en expansión. A Lyss le gustaba decir que no era guardiana, sino intermediaria: la encargada de negociar los términos de coexistencia entre el bosque y la civilización que necesitaba la madera para edificarse sobre los sueños de otros seres.
Una tarde de luna encinta, en el solsticio más largo del año, Lys escuchó el primer llanto en años venir desde el corazón del bosque. Sabía distinguir entre el lamento de una zorra y el grito de las cigarras aturdidas, pero aquel sonido no era ni animal ni humano: era un llanto de magro color violeta, un gemido tan sutil que casi podía tocarse. Lo llamó el Dolor Azul. Desabrochó su capa de musgo, dejando que el frescor le llegara a la piel, y fue descalza hasta el lugar de origen.
Allí halló, temblando entre una maraña de rosales, a una mujer de piel traslúcida y cabellos tan verdes que resultaba imposible mirarla sin que los ojos buscaran el reflejo del follaje. Vestía harapos de oro y hollín. Cuando la mujer alzó la mirada, Lys vio en sus ojos girar círculos de galaxias diminutas. Entendió que no era humana, pero no tuvo miedo: había visto cosas peores en el corazón de los hombres.
—¿Quién eres y qué haces aquí entre mis raíces? —preguntó Lys, sin alterar la voz, como si esperara una simple disculpa.
—Me llaman Rialla —musitó la forastera—. He venido buscando el Jardín de las Sombras Olvidadas.
El nombre casi se deslizó del idioma, como el azúcar derritiéndose en la lengua. Lys guardó silencio un momento y luego se arrodilló a su lado. Le quitó un rasguño de la mejilla y de las uñas, y notó que la sangre de aquella criatura era de un azul tan intenso que relucía aun en la penumbra.
—No existe ya Jardín de las Sombras en Viridia —dijo Lys con tristeza—. Tal vez lo busques en otro reino, uno donde aún queden duendes alados o libros que lloran por las noches. Aquí, lo más parecido es mi propio vergel de sueños. ¿Qué buscas realmente?
Rialla la miró entonces con gravedad, como se miran los abismos a sí mismos:
—Vine a ofrecerte un pacto. Llevo siglos errando y sólo tú puedes ayudarme a regresar lo que he perdido. A cambio te ofrezco que nunca sientas culpa ni olvido por aquello que dejes ir.
Lys pensó en todo lo que ya había dejado atrás: amantes convertidos en polvo dorado, hermanos desaparecidos en la guerra, promesas que quedaron colgando de los ganchos de la historia. La tentación era fuerte. Pero ella había aprendido —como aprenden las buenas brujas— a no ceder ante anhelos demasiado rápidos.
Rialla entendió su reticencia y le tendió una mano de dedos finos y largos:
—Llévame al centro del vergel y deja que la noche decida.
Juntas caminaron por senderos de tierra apisonada y luces verdes como luciérnagas. Los matorrales susurraban leyendas en lenguajes olvidados, y las raíces se apartaban con delicadeza de los pies. Llegaron a un claro donde un pozo de aguas negras reflejaba la luna partida en tres. Allí Lys se detuvo.
Rialla comenzó a contonearse en una danza extraña, moviendo manos y caderas en un rito que parecía al mismo tiempo antiguo y totalmente nuevo. Del pozo ascendió una bruma azul, que se arremolinaba sobre sus cabellos. Lys sintió cómo alrededor suyo todo vibraba como una cuerda tensa; los árboles lloraron lágrimas de resina, gruñendo por lo bajo.
—¿Qué has traído aquí? —susurró Lys, reconociendo la vieja magia de las hadas caídas, esa alquimia de cambio que nunca sale gratis.
—El recuerdo de una reina desterrada —respondió Rialla— y el uno por uno de sus sueños quemados.
De un pliegue en su vestidura extrajo un objeto pequeño, envuelto en telarañas de pantalla fina: un corazón. No uno de sangre, sino de raíces, tierra y piedra, que latía leve, cubierto de líquenes. Al mostrarlo, el pozo susurró el verdadero nombre de Lys, ese que hacía mucho había olvidado.
Con el corazón entre las manos, Rialla acercó su boca a la piel de Lys y le sopló un aliento frío y dulcísimo. De pronto, centenares de voces antiguas estallaron en la memoria de Lys: relatos de otras Lys que huyeron de su destino, que cedieron la custodia al miedo y cerraron los ojos ante el resplandor tripartito de la luna. Supo entonces que estaba condenada a custodiar el borde entre magia y mundo, entre gracia y ruina.
—¿Qué me pides a cambio? —preguntó con la voz taladrada de presentimientos.
—Que me devuelvas el nombre que olvidé. Que me reconozcas como parte de tu dolor y lo dejes ir.
Las palabras eran límpidas y pesadas. Lys entendió que el trato no era por cosas sino por recuerdos, y el precio no se contaba en monedas sino en memorias devueltas como ofrenda. Si aceptaba, tendría que entregar esa parte de sí que aún palpitaba por todos los rencores pasados, esa herencia lóbrega de los que pierden y no olvidan.
Miró el corazón verde, sintiendo cada latido como un trueno en medio del silencio. Alzó el objeto y lo sumergió en el pozo de aguas negras mientras murmuraba:
—Rialla, tu nombre real es Érase Todo y Era Nada. Tu dolor es mío, y el mío, tuyo. Lo suelto en la corriente del olvido.
Un rayo surcó el cielo sin tormenta. Las raíces se arremolinaron y ahuecaron el espacio bajo el pozo, engullendo el corazón de raíces y piedra. Un crepitar azulino iluminó la escena: la bruma se disipó, y Rialla —ahora transformada en figuras superpuestas, una joven y una anciana, una reina y una sirviente— se inclinó ante Lys. Abría y cerraba las bocas superpuestas en su rostro, como quien aún aprende a ser sólo una.
—Ahora ambos estamos libres. —Rialla/ÉraseNada le sonrió con los labios marchitos—. Podremos sentir culpa, pero ya no será una prisión. El jardín podrá crecer sin memorias amargas.
La figura se desvaneció como el rocío bajo el sol y las hojas susurraron, agradecidas, en el idioma de raíces y alas.
Lys sintió que una losa invisible se elevaba de su pecho; por primera vez en años pudo llorar sin que su llanto sembrara malas hierbas en la memoria. Caminó de regreso a su cabaña despacio, posando los pies con humildad, como una recién llegada al mundo.
Esa noche, cuando el reloj de la ciudad marcó una hora que sólo existía en la imaginación —la hora de los que renuncian y los que reencuentran—, Lys se tumbó en el lecho y se dejó abrazar por el sueño. Soñó con el jardín y las tres lunas, con una muchacha brillante que se alejaba y volvía, siempre renaciendo de la culpa y el olvido, llevando el corazón de piedra como una estrella entre los dedos.
A la mañana siguiente, Viridia se despertó diferente. En las calles no faltaban los susurros sobre la tormenta azul de la medianoche ni sobre el aroma dulzón de resina y madreselva que invadía la ciudad. Los relojes, por un único día y una larguísima noche, marcaron una hora secreta que nadie pudo nombrar y que sólo conocieron aquellos que alguna vez entregaron una parte de sí mismos a cambio de un poco de paz.
Lys, la mujer del cabello de luna y la mirada serena, siguió cuidando su vergel, pero algo en ella había cambiado: ahora, cuando regaba las plantas o hablaba con los pájaros, ya no sentía esa quemazón antigua de las heridas no cerradas. Y cuando a veces, en los atardeceres lentos, alguien le preguntaba por el secreto de su paz, sólo sonreía y respondía:
—El verdadero olvido no es dejar atrás, sino aprender a llevar la luz y la sombra dentro del mismo corazón. Pues no hay jardín que florezca si no ha aprendido antes a perdonar sus propias raíces.
Así, entre leyendas susurradas y silencios respetados, el jardín de Lys siguió creciendo. Y aunque cada tanto una sombra azulada se deslizaba entre los cerezos o un lamento antiguo se colaba entre el viento, nadie volvió a temerle. Porque en Viridia, gracias al pacto entre una guardiana y una reina de espinos y estrellas, por fin floreció algo más duradero que la culpa: el consuelo de ser, a pesar de todo, un poco más humanos.
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