Portada del relato El Ojo que Vigila las Eras
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Fragmento:


—Cruzarás la Puerta de Umbral —dijo Gael, con su voz de chispa—. Más allá hallarás la Estepa Imposible. Y después, la Forja.

Duración: 08:35

El Ojo que Vigila las Eras
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Texto de ajuste de pausa.

El joven Azmac descendió la escalinata de obsidiana negra, y sus botas resonaron en el vacío colosal del Trono de Penumbra. El aire olía a relámpago, a metal gastado y a la ceniza que brotaba, invisiblemente, de la propia piedra. Había dormido mal aquella noche, entre sueños perturbadores: océanos ensangrentados, un dios caído que lloraba en una prisión de fuego, y una corona de cristal partida en dos. Sabía, con la amarga certeza de los visionarios, que nada en estas pesadillas era producto de su propia imaginación.

El Trono de Penumbra era el centro de la Torre Primigenia, una estructura tan antigua que se decía que la misma gravedad de aquel mundo se había anclado en sus cimientos. Su madre, la Dama Ibrae, le esperaba sentada en el trono, rodeada por los custodios pálidos y silenciosos de la Casa de la Niebla. Azmac supo en ese instante que la noticia temida había llegado. Que el Ojo, en lo alto de la torre, había parpadeado.

—Acércate —dijo la Dama Ibrae, su voz como el rumor de un estanque frío. No había afecto en su tono, como nunca lo había habido—. El Velo se ha rasgado. Los Cosechadores cruzan los linderos.

Azmac tragó saliva. El código de la Orden Prohibida era claro: los Cosechadores sólo traspasaban los linderos cuando el equilibrio entre los mundos pendía de un hilo.

—¿Hacia dónde marchan? —preguntó, aún aunque ya lo intuía.

—Hacia la Forja de Voren. Hacia la misma raíz de la Creación.

Por un instante, la sala quedó inmóvil, como si el tiempo dudase continuar.

Desde la fundación de los Mundos Enlazados, la Forja de Voren había permanecido sellada. Era el lugar donde la realidad se ataba y desataba, donde los deseos de los dioses y los susurros de la nada competían. Si los Cosechadores alcanzaban la Forja, podrían deshacer el tejido de lo posible. Convertir la realidad en un desierto yermo.

Azmac no era un héroe. Nunca pretendió serlo. Pero dentro de él, desde niño, había sentido la llamada de algo más grande que la vida en la torre. Ya no podía mirar atrás.

—Debo cruzar a la Forja —dijo.

La Dama Ibrae alzó la mano, mostrando la Llama Gris: la insignia de su linaje. Ardía pero no quemaba; era y no era materia.

—Toma la Llama. Troncharás lo que deba ser tronchado. Dejarás atrás lo que no puedas salvar.

En ese momento supo que no solo caminaba hacia la Forja, sino hacia el juicio absoluto de todo cuanto existía.

***

En la cámara más alta de la Torre Primigenia, Azmac observó el Ojo: vasto, irisado, girando lentamente bajo una cúpula de espejos rotos. Era la ventana entre los mundos, pero también la puerta hacia la locura. Allí, en el fulgor cambiante de su superficie, se proyectaban las guerras de los siglos y la danza de las galaxias. Azmac sintió la presencia de Gael, la Venerable Custodia, quien le seguía desde la sombra.

—Cruzarás la Puerta de Umbral —dijo Gael, con su voz de chispa—. Más allá hallarás la Estepa Imposible. Y después, la Forja.

—¿Y los Cosechadores?

—Ya han cruzado. Son sombras con voluntad. Van delante de ti, portando las máscaras de quienes más temiste.

Azmac asintió. Su corazón latió como un tambor de guerra. Avanzó hacia el Ojo y, por un instante, la realidad se torció; sintió que la carne y el pensamiento se separaban, y durante veinte eternidades —o apenas un suspiro— se convirtió en nada y en todo, en la suma de mil dolores y deseos.

Despertó en la Estepa Imposible. El cielo era una herida violeta, y el aire olía a sal y ceniza antigua. Por doquier, monolitos torcidos emergían del polvo, y criaturas sin nombre danzaban entre ellos, sus cuerpos hechos de nostalgia.

Avanzó, guiado por la Llama Gris, que iluminaba el sendero oculto entre los mundos. Tras horas, o quizá años, divisó las huellas de los Cosechadores: pisadas hundidas en el suelo, fragmentos de sueños rotos y risas afiladas como cuchillas.

De repente, sintió que algo le observaba. Giró y vio a la primera de las criaturas: una mujer-máscara, cuyos ojos eran charcos de olvido. Sus palabras caían como cuchillas.

—¿La Forja? No hallarás misericordia allí. Los Cosechadores la abrirán, y toda esperanza quedará deshecha.

Azmac no respondió. Su deber era más fuerte que el miedo.

***

A lo lejos, una sombra crecía: el perfil de la Forja de Voren, una ciudadela imposible tejida de espirales y columnas, flotando sobre un abismo sin fondo. Los Cosechadores avanzaban en procesión: tres figuras encapuchadas, envueltas en sudarios de palabras y gestos.

Cuando Azmac llegó, la Procesión ya giraba alrededor de la puerta sellada de la Forja, susurrando en una lengua que rompía la razón. El aire se torcía a su alrededor, y el propio suelo parecía temblar, a la espera de ser desencadenado.

—Has venido, Hijo de la Penumbra —dijeron a coro, sin mover los labios—. Detrás de esta puerta yace el Primer Designio. El Fin y el Comienzo.

Azmac sintió la tentación de retroceder. Pero la Llama Gris ardía en su mano, y la voz de la Dama Ibrae retumbaba en su memoria: “Troncharás lo que deba ser tronchado…”

—No abrirán la Forja —respondió. No sabía en qué confiaba, salvo en la obstinación heredada de los suyos.

Las figuras se rieron, un sonido extraño, sin gozo ni crueldad.

—Ya está abierta —dijeron. —Tu llegada era la última cerradura.

El portón de la Forja vibró. De su superficie goteaba luz y oscuridad, entrelazadas como raíces descompuestas. Un ojo titánico se abrió en su centro; no era humano, ni siquiera era vida, sino algo más esencial y cruel: el caos puro de la Creación.

Los Cosechadores se arrodillaron. Azmac luchó por mantenerse erguido, sintiendo el peso de mil destinos sobre su pecho.

—¿Qué eres? —musitó, dirigiéndose al Ojo.

El cielo empezó a oscurecerse. El abismo debajo de la ciudadela cobró voz.

“YO SOY EL NUDO. EL PRINCIPIO EN QUE LA REALIDAD SE ENROLLA. BUSCAS SALVACIÓN, AZMAC, PERO LA SALVACIÓN YA FUE ESCRITA Y BORRADA DIEZ VECES EN LOS HUESOS DE LOS MUNDOS.

“LOS COSECHADORES SON SOLO REFLEJOS DEL DESEO MÁS ANTIGUO: RENOVAR EL REINO, VOLVER A EMPEZAR…”

Azmac sintió una comprensión amarga; el verdadero peligro no era la aniquilación, sino el eterno ciclo de destrucción y renacimiento. Los Cosechadores no servían al vacío, sino a la renovación. Pero toda renovación exige sacrificio.

—¿Quién debe ser sacrificado? —preguntó Azmac, aunque ya conocía la respuesta.

“LA LAMA DE LA REALIDAD BUSCA SANGRE REAL. EL HIJO DE LA PENUMBRA, EL QUE LLEVA LA LLAMA.”

El dolor lo atravesó. El deber era lo que siempre había temido.

—¿Y si rehúso? —dijo, con la voz quebrada.

“LA FORJA SE CERRARÁ, Y LOS MUNDOS SE PUDRIRÁN DESPACIO. NADA CAMBIARÁ. TAMBIÉN ESO ES UNA ELECCIÓN.”

Azmac contempló la Llama Gris en su mano. Sintió el peso de todos los que le habían precedido, de la Dama Ibrae y de los anhelos que nunca serían realizados. A su alrededor, la torre, la estepa, los custodios, los monolitos: todo parecía vacilar, a punto de desmoronarse.

Se arrodilló ante el umbral. Ofreció la Llama. Y, en ese acto, fue desgarrado.

***

No murió exactamente, no como espera un hombre mortal. Su conciencia fue dispersada a lo largo del tejido de los mundos, una chispa que ardía y se extinguía simultáneamente. Experimentó la creación de galaxias, el canto de los átomos, la desesperación de los dioses menores y la risa de los niños recién nacidos.

En el corazón de la Forja, el Ojo se cerró. Los Cosechadores desaparecieron, transformados en simples rumores en la brisa. La realidad cobró un nuevo pulso, las heridas de los mundos comenzaban a sanar. Pero Azmac ya no era Azmac, sino algo más. En cada esquina de la existencia había quedado una huella de su sacrificio: una brizna de ceniza, una luz gris, un eco.

En la Torre Primigenia, la Dama Ibrae sostuvo la Llama Gris, que había reaparecido en sus manos, y por primera vez en siglos, lloró.

Porque toda esperanza demanda un precio, y todo mundo necesita a quien lo salve, aunque ese salvador jamás vuelva a ser el mismo.

¿Fue triunfo? ¿Fue condena? A veces, entre los pliegues del crepúsculo, cuando las estrellas titilan y los dioses callan, puede oírse el suspiro de Azmac, vagando entre mundos: testigo eterno del ciclo sin fin, y guardián —por siempre ausente— de la Forja de Voren.

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