Fragmento:
A la entrada del Jardín, aguardaba Mylon, con el rostro cruzado por arrugas y el cabello recogido en una trenza de múltiples colores, cada tono una promesa quebrada o cumplida en diferente mundo. Le tendió a Leticia una máscara, hecha a mano con madera de la Raíz Omnisciente. Ella sabía que debía ponérsela para evitar el contagio de los sueños ajenos.
Duración: 09:13
Era medianoche en Araceli, la ciudad erigida sobre el confín de dos mundos: un pie en la física cuántica y el otro enfangado en lo imposible. Grandes torres espejadas se alzaban como lanzas de mercurio, y cada noche sus reflejos bailaban entre los velos neblinosos de realidades superpuestas. Desde su ático elevado, donde el aire olía a ozono y sándalo, Leticia bajó la vista tras su copa de vino azulado y se preguntó si mañana despertarían en el mismo universo o en algún giro imprevisto del tapiz multiversal. Nadie en Araceli estaba nunca seguro de a cuál mundo pertenecía; eso formaba parte de la costumbre, del vértigo embriagador que los mantenía despiertos, vigilantes.
Leticia había nacido en un relato de fantasía escrito por el abuelo de su padre, pero eso era lo menos extraño de su existencia. Trabajaba como correctora de destinos: una labor antigua, secreta y sumamente riesgosa que consistía en reparar, con delicados instrumentos, las brechas que a menudo se formaban entre las dimensiones. Decía su mentor, el doctor Mylon, que cada mundo era una hebra frágil; bastaba una palabra acentuada de forma incorrecta, un deseo expresado con violencia al caer la noche, y la urdimbre de lo real se rompía, dejando entrar todo lo que jamás debería haber existido.
Aquella noche, Araceli emitía chispazos iridiscentes en la lejanía, y el rincón favorito de Leticia era el balcón, donde podía oír la melodía de los Mundos Ligeros, apenas perceptible si se entrecerraban los ojos y se sostenía la respiración. Dicen los poetas que en esas franjas sonoras viven los sueños que no han nacido aún; pero ella, práctica y sensible a las discontinuidades, escuchaba en cambio ecos de batallas antiguas, de catástrofes evitadas a duras penas.
Su teléfono dimensional, un artefacto forjado de obsidiana liquiforme y circuitos de marfil, tintineó con una notificación inquietante. Era la voz de Mylon, urgente y susurrante con ese tono que auguraba la ruina: “Leticia, ha aparecido un Resquicio Activo en el Jardín de las Realidades Paralelas. Ven. Ven ahora”.
El Jardín era el corazón prohibido de la ciudad, un trecho de terreno donde cinco dimensiones se lamían las heridas como animales vigilantes y, a veces, se disputaban el control. Nadie acudía allí salvo los temerarios o los dispuestos a dejar atrás su alma, pues cruzar entre realidades sin el debido resguardo era morir y renacer treinta veces en menos de un segundo.
Leticia descendió de su ático volando sobre la flauta de luz, una invención para la cual su ingenio era la única llave. Pasó por encima de avenidas con jardines colgantes y farolas bioluminiscentes, reinterpretando, como quien suelta notas al azar, las melodías que resonaban entre las mentes nocturnas del vecindario. El centro del jardín ya rebosaba de luz antinatural: filamentos turquesa y oro, teñidos del tinte violeta de las posibilidades perdidas.
A la entrada del Jardín, aguardaba Mylon, con el rostro cruzado por arrugas y el cabello recogido en una trenza de múltiples colores, cada tono una promesa quebrada o cumplida en diferente mundo. Le tendió a Leticia una máscara, hecha a mano con madera de la Raíz Omnisciente. Ella sabía que debía ponérsela para evitar el contagio de los sueños ajenos.
— Nos queda poco tiempo —murmuró el anciano—. El Resquicio se abre y del otro lado aguarda un idioma desconocido. ¿Estás preparada para enfrentarlo?
Leticia asintió. Había conocido el miedo y la maravilla demasiadas veces como para distinguirlos todavía en su pecho. Sólo avanzó junto a él, hasta la grieta inestable donde la realidad se retorcía, mostrando alternadamente un templo de cristal, una selva ardiendo, una ciudad flotante y finalmente… algo que parecía portar la vastedad de un vacío lleno de voces humanas y animales fundidas.
— No dejes que se lleven tu nombre —advirtió Mylon, dejando detrás su propia silueta como si cada paso lo desmembrara en esencias paralelas—. Lo querrán. Lo anhelarán. Y una vez que lo posean, serás parte de su inventario, una historia sin autor.
Leticia respiró la fragancia ácida del Resquicio. Era una mezcla de nostalgia y anticipación: el olor de la adolescencia y de la muerte, todo entrelazado. Entró. No hubo túnel ni sensación de caída; fue como abrir los ojos y ver que cada parpadeo tejía un universo distinto con su propia ley de gravedad sentimental.
Al principio, sólo el sonido de un refrán torcido le dio la bienvenida. Después, la realidad cuajó en una vasta llanura de espejos líquidos, de pie sobre cielos reflejados, donde criaturas plateadas reptaban por debajo de la piel del agua. Se acercó con cautela, notando que sus propios pensamientos se convertían en palabras fugaces sobre la superficie. Una de aquellas criaturas, un destello lumínico con algo de felino y algo de niño perdido, emergió ante ella.
— ¿Has venido a negociar? —preguntó, su voz alternando entre la de un niño, una mujer y un viejo soldado.
— Busco cerrar el Resquicio antes de que devore lo que queda de Araceli —respondió Leticia, sin apartar la vista de su silueta que flotaba dividido en facetas como un diamante.
La criatura asintió, encendiendo nuevas luces en su interior.
— Quienes viven más allá de tus sueños han enviado embajadores. Ellos desean comprensión, un trueque, o tan sólo una historia que les permita dormir en la noche. ¿Qué nos ofreces tú, correctora de destinos?
Leticia reconoció la trampa en la pregunta. En los Reinos Paralelos, nada era gratuito, mucho menos las preguntas.
— Ofrezco el eco de lo perdido —dijo, tendiéndole la mano—. Un secreto de mi infancia atrapado entre el sueño y la vigilia, jamás pronunciado en voz alta. Si cierras el Resquicio y sellas las fisuras, será tuyo.
La criatura titubeó. Bajo los reflejos que temblaban, docenas de otras bestias idénticas surgían, cada una replicando el momento exacto de la negociación. De repente, Leticia supo que sólo una era la auténtica, y el resto, simulacros, trampas diseñadas para atrapar a los incautos.
El verdadero ente, envuelto ahora en una luz más tenue, aceptó.
— El Resquicio quedará sellado. Dame el secreto.
Y entonces Leticia lo pronunció. No en palabras, sino en sentimientos e imágenes; un juego perdido en el jardín de la infancia, la fragancia de la lluvia ácida sobre un columpio, la soledad primera de saberse diferente bajo el cielo fracturado de Araceli.
El intercambio fue inmediato y absoluto. Las criaturas se dispersaron, disolviéndose en el aire. Los espejos líquidos comenzaron a endurecerse, volviéndose piedra azul. Por un instante, pareció que Leticia la había logrado, que la urdimbre de la realidad se reconstituía y la ciudad resplandecía intacta a su alrededor.
Pero un eco, apenas audaz, retumbó tras de ella, algo que no formaba parte de ninguna melodía previa. Era la memoria residual de su secreto: ahora humano, ahora bestia, ahora palabra sin dueño. Leticia intentó regresar a la grieta, pero se sintió anclada por una nostalgia imprevista. La criatura auténtica, o uno más entre sus disfraces, respiraba a su lado.
— Los secretos son semillas —dijo en voz baja—. Cuando los entregas, germinan. El Resquicio está sellado, pero habrá jardines enteros que nacerán en tus ensoñaciones, fragmentos nuestros, tuyos, mezclados, mudando de formas hasta el fin de los ciclos.
Leticia exhaló, y al hacerlo, se dio cuenta de que algo de ella quedaría para siempre varado en ese plano. A cambio, la realidad de Araceli volvería a su cauce, por un tiempo quizá breve, pero suficiente para que nuevas historias —y nuevos errores— nacieran de los que aún respiraban entre las torres de mercurio.
Mylon la esperaba al borde del Resquicio, su trenza reluciendo con un matiz nuevo.
— ¿Qué has entregado? —preguntó en voz baja, reconociendo en la mirada de Leticia el vacío de los que han negociado consigo mismos.
— Lo justo —contestó ella simplemente—. Un fragmento de mi origen, un camino nunca vuelto a transitar.
El dolor era real, pero también la serenidad. Leticia sabía que la ciudad estaba a salvo, aunque sólo de forma temporal.
— ¿Cuántas veces podremos arreglar lo que está roto entre mundos? —preguntó Mylon, con el suspiro de los cansados.
— Tantas como la música siga sonando en los pensamientos de quienes creen en los límites —dijo Leticia—. Una sinfonía infinita, aunque ninguna nota se repita jamás.
Y así, bajo los brillantes reflejos de Araceli, Leticia regresó a su ático, ahora distinto a como lo recordaba, aunque igual en apariencia. Sabía que cada noche traería su propio Resquicio, su nuevo laberinto; que de ella dependería el equilibrio entre lo posible y lo soñado, entre la catástrofe y la esperanza. Mientras la ciudad dormía, la sinfonía continuaba, y Leticia —correctora de destinos, negociadora de secretos— estaba lista para el siguiente movimiento.
En la ciudad de los espejos, sólo quien acepta sus propias sombras puede seguir bailando entre los reflejos. Y cuando la realidad vuelve a fragmentarse —que siempre, indefectiblemente, lo hace— sólo quienes han aprendido a negociar con lo imposible pueden coser, aunque sea de manera temporal, el tapiz interminable de la existencia.
Fuera, en el Jardín de las Realidades Paralelas, brotaba una flor nunca antes vista, azul y luminosa, testigo silente de las semillas de verdad y sacrificio que mantienen unidas todas las cosas, incluso aquellas que jamás debieran haberse encontrado.
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