Portada del relato El eco de las palabras rotas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La noche en que comenzó mi historia, el cielo sobre la ciudad de Drith estaba manchado por los vapores violáceos de una aurora antinatural. Pocos se atrevían a levantar la cabeza, y los que lo hacían eran apenas siluetas encogidas por la resignación. La gente ya estaba acostumbrada a las visitas periódicas de los magos celestes, que descendían envueltos en resplandores turquesa y, sin mediar palabra, arrasaban con todo lo que fuera escrito. El día anterior, la última biblioteca pública había ardido hasta el mismo subsuelo. Ya no quedaban más papiros, ni pergaminos, ni siquiera etiquetas sobre los frascos de las boticas.

Duración: 09:20

El eco de las palabras rotas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Los hombres y las mujeres que aprendieron a leer cuando los libros aún eran de papel jamás imaginaron que, un día, la tinta no bastaría para retener las palabras. Ni las bibliotecas más profundas se atrevieron a soñar los horrores del gran Fulgor, cuando una estirpe de magos celestes descendió sobre la Tierra y, con manos horadadas de luz, transformó toda la sabiduría escrita en simples cenizas.

Cualquiera en esos albores oscuros habría jurado que la humanidad estaba condenada a la simpleza eterna. Pero yo no estaba dispuesto a permitirlo, aunque mi propio cuerpo pagara el precio de tal obstinación.

Mi nombre es Rian Teldras, hijo de un carbonero y una narradora de historias. No fue la sangre, ni el oro, y ni siquiera el destino quien me eligió: fue la desesperada curiosidad, el ansia de retener palabras en un mundo que las vomitaba en polvo y humo. Cuando aparece la angustia, uno descubre que el verdadero hambre no es del cuerpo, sino de memoria.

La noche en que comenzó mi historia, el cielo sobre la ciudad de Drith estaba manchado por los vapores violáceos de una aurora antinatural. Pocos se atrevían a levantar la cabeza, y los que lo hacían eran apenas siluetas encogidas por la resignación. La gente ya estaba acostumbrada a las visitas periódicas de los magos celestes, que descendían envueltos en resplandores turquesa y, sin mediar palabra, arrasaban con todo lo que fuera escrito. El día anterior, la última biblioteca pública había ardido hasta el mismo subsuelo. Ya no quedaban más papiros, ni pergaminos, ni siquiera etiquetas sobre los frascos de las boticas.

Pero había conservado, a costa de traicionar a mi mejor amigo, una página arrancada de un diario olvidado, oculta en la suela de mis botas.

Esa noche, resuelto, busqué a quien llaman la Dama de las Cenizas.

No muchos conocen su nombre real. Algunos juran que fue una vez bibliotecaria imperial; otros, que fue una maga de los cielos que traicionó a los suyos enamorada de un poeta. Uno aprende rápidamente que, en Drith, la verdad suele ser una mezcla entre ambas cosas y ninguna. Encontrarla no es fácil. Tienes que saber qué preguntar, pero, sobre todo, tienes que estar dispuesto a pagar el precio; usualmente, no con dinero.

Hay un callejón entre la tercera muralla y los acueductos hundidos donde la niebla nunca deja de reptar, aunque sea pleno verano. Allí me aguardaban los ojos más grises que he visto en mi vida, y la murmuración de cientos de hojas desintegrándose. Supuse que era la Dama por la cadencia de su voz: cada palabra parecía salir escoltada por otra, como si tuviera miedo incluso del silencio.

“No traes mucho, pero traes algo”, dijo observando mis manos temblorosas.

Saqué la página escondida y se la tendí. Era el inicio de un cuento infantil. “La luna y la marea”, rezaba un título con tinta casi invisible.

La Dama lo sostuvo entre sus dedos, y al hacerlo, la hoja comenzó, inevitablemente, a humear por los bordes. Yo solté un quejido; ella cerró los ojos, recitó en voz baja un conjuro parecido al sollozo, y la ceniza flotó entre nosotros. Cuando la nube gris descendió, la Dama la recogió en una urna de cristal, que ya estaba casi llena.

“Mira”, ordenó, y me mostró el fondo de la urna. Allí, en la ceniza, danzaban palabras luminosas, mezcladas y rotas, pero reconocibles por instantes.

“Parte de ellas sobrevive”, explicó la Dama. “No importa cuánto busquen borrar los Celestes, la memoria encuentra otras formas de aferrarse al mundo. Estas son las letras que resisten cuando el papel y la tinta no bastan.”

Me atreví a preguntar lo que nadie preguntaba: “¿Por qué lo hacen? ¿Por qué los Celestes odian tanto la escritura?”

La Dama suspiró, y por un segundo sus ojos parecieron dilatarse hacia otra era. “No es odio, muchacho. Es miedo. El cielo teme recordar lo que alguna vez fue. Los Celestes... no siempre lo fueron. Alguien, allá arriba, recuerda haber caminado encorvado entre graneros. Temen que los libros los devuelvan a la tierra.”

Fruncí el ceño, mirando la urna. Y entonces supe que mi camino nunca sería seguro, ni tampoco breve.

“¿Y si pudiéramos devolverles la escritura que tanto temen? ¿Y si las palabras no sólo resistieran... sino que atacaran?”

Una mueca irónica torció los labios de la Dama. “Piensas en rebelión y lo llamas esperanza. Siempre hay uno como tú en cada siglo. Así empezó la era de las Biblias Verdes, así cayó el Concilio de los Mnemotécicos.”

“Pero...”, insistí, “¿habías visto antes que la ceniza retuviera palabras? ¿Se pueden usar?”

Ella asintió. “No es sin riesgo. Extraerlas de nuevo requiere que alguien pague el precio con sus recuerdos. Si quieres intentarlo, debes estar dispuesto a olvidar lo que más amas. Así funciona la magia de ceniza. Nadie sale indemne”.

Mi cráneo zumbaba con el eco de esa promesa. Recordé a mi hermana menor jugando entre las raíces de los viejos olmos, anhelé por un instante el tibio regazo de mi madre, las canciones del carbonero, mi padre. Pero más poderosa era la necesidad de volver a tener libros, historias enteras, palabras propias.

“No quiero ser el último en recordarlas”, murmuré.

La Dama asintió, aceptando el acuerdo que yo apenas era capaz de comprender. Juntos, nos internamos en el Santuario de las Ruinas, un lugar al que sólo se accedía tras cruzar un laberinto de estanterías carcomidas y el polvo de mil generaciones. Allí, las cenizas recolectadas durante años se apilaban en criptas de madera petrificada.

“No hay instrucciones para esto”, aclaró la Dama mientras, con movimientos rituales, esparcía palabras de ceniza sobre un atril de hierro. “Lo que emerja dependerá de lo que estés dispuesto a perder”.

Yo estaba aterrado, y sin embargo, avanzaba. Vi las palabras refulgir en el aire, formando en el humo la silueta de un texto: no era exactamente el cuento original, sino una amalgama de sus retazos, fragmentado y hermoso a su modo. De pronto sentí un tirón agudo en mi memoria. Las rimas que solía recitarle a mi hermana desaparecieron de mi mente. Quise recordar su rostro, pero sólo pude evocar una línea curva, un eco de su risa. Sentí el vacío, y sin embargo, también una exultante alegría.

La Dama observaba, impasible, mientras mi vida era trocada por palabras olvidadas. Cuando el proceso acabó, tenía en mis manos el primer Libro de Ceniza: no era papel ni pergamino, sino un volumen intangible, formado por letras que sólo veían quienes habían perdido algo precioso.

“Ahora es tuyo”, dijo la Dama. “Pero todo mago de ceniza es perseguido por los Celestes. Prepárate.”

Miré alrededor. El Santuario parecía vibrar con las nuevas palabras, y sentí la premonición de la culpa que acompañaría a todo aquel que se atreviera a leerlas. Pero la decisión estaba tomada.

Salimos esa noche, apenas un par de sombras entre las ruinas ancestrales, con el libro flotando cerca de mi pecho, invisible salvo para mí.

Durante los días siguientes, busqué otras almas hambrientas de relatos. Unieron sus recuerdos a la brasa viva de la ceniza, y poco a poco la ciudad olvidada volvió a resonar con cuentos, versos y tratados mutilados pero vibrantes.

La magia de ceniza se expandió como una red secreta. Quien quisiera leer, pagaba un precio distinto: una amistad difusa, una promesa incumplida, la melodía de una nana infantil. Era una rebelión callada, la única posible.

Pero no todo podía ocultarse para siempre. Una noche, sin preámbulos, los Celestes descendieron sobre el Santuario.

Y aquella fue la primera vez que entrevimos su verdadera naturaleza.

No eran dioses ni criaturas forjadas en el azul puro. Bajo las túnicas resplandecientes, sus rostros estaban surcados de tatuajes de escritura antigua, cicatrices que relampagueaban bajo la luz de la luna. Eran, como nosotros, mortales que alguna vez amaron los libros tanto que su único refugio fue destruirlos antes de permitir que otros los recordaran.

Vi en sus ojos el mismo vacío que había sentido yo tras cada ritual, pero multiplicado por mil. Deseábamos cosas opuestas, pero pagábamos los mismos precios. La líder de los Celestes me miró fijamente, y en sus labios temblaba una pregunta.

“¿Por qué insistes en recordar?” preguntó, casi sin voz.

Respondí como sólo podía hacerlo quien ha perdido lo esencial: “Porque olvidar también es una forma de morir. Y porque, incluso en la ceniza, hay semillas.”

Entonces, la batalla no fue de rayos ni de gritos, sino de palabras. Los Libros de Ceniza liberaron sus frases ante el brillo celeste, y por un instante, la noche se llenó de esquirlas de historias, refranes y poemas que incendiaban el aire. Algunos Celestes tartamudearon, y en sus iris surgieron recuerdos robados. Otros, lloraron lágrimas negras.

Cuando amaneció, no sabíamos si habíamos vencido o perdido. El Santuario ardía. Muchos habían olvidado aún más de sus vidas. Pero las palabras sobrevivieron, fragmentadas, girando como briznas en la brisa matutina.

Hoy, cuando llego al final de estas líneas, apenas sé quién fui. Sin embargo, contemplo el Libro de Ceniza, y en sus páginas relucientes, por un momento fugaz, reconozco la forma de mi hermana jugando bajo los olmos, y quiero creer que, mientras una sola palabra resista, nada estará jamás del todo perdido.

Porque, como dijo la Dama un día, “la memoria es ceniza, pero arde”.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.