Portada del relato La Niebla de Bronce
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Fragmento:


El viento lamía con lenguas ácidas los restos de la ciudad de Gr'alt. Columnas de bronce corroídas, rotas como miembros amputados, despuntaban entre olas de niebla funesta que se arremolinaban en las ruinas. El crepúsculo ahogaba la luz en una asfixia de tonos cobrizos y púrpuras, y sólo el acero todavía brillaba: las armas, desnudas y listas, de aquellos que osaban adentrarse en la espiral de sombras.

Duración: 08:57

La Niebla de Bronce
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Texto de ajuste de pausa.

El viento lamía con lenguas ácidas los restos de la ciudad de Gr'alt. Columnas de bronce corroídas, rotas como miembros amputados, despuntaban entre olas de niebla funesta que se arremolinaban en las ruinas. El crepúsculo ahogaba la luz en una asfixia de tonos cobrizos y púrpuras, y sólo el acero todavía brillaba: las armas, desnudas y listas, de aquellos que osaban adentrarse en la espiral de sombras.

Ahí estaba Edran Lux, el último de la estirpe Baridian, arrastrando su propia sombra y una espada demasiado ancha para cualquier humano común. Una vez, esa hoja había sido lucidez y ley bajo la cúpula de los magos-reyes, pero ahora sólo brillaba para sobrevivir. Edran detuvo su marcha, olfateando el aire, porque cada zancada en Gr'alt podía ser la última: la ciudad estaba infectada por máquinas errantes y espectros eléctricos, los frutos ilegítimos de antiguas alianzas entre los arcanos y la ingeniería.

El motivo, sin embargo, justificaba el riesgo. Al fondo, entre los restos humeantes del Palacio Esmeralda, se oían los cantos: notas reptilianas que vibraban con energía, el rumor de magia desenterrada. Edran apretó los labios. Ninguna canción sana podía surgir de esa boca herida que era Gr'alt. Sólo había una criatura capaz de conjurar luz desde la desgracia: un brujo de los Desolladores del Alba.

A Edran le desagradaba admitir que necesitaba de su ayuda, pero las circunstancias no permitían orgullo. Las trenzas de su cabello bailaban sobre su cuello sudoroso mientras vigilaba los movimientos tras los cortinajes de la niebla. Cuando asomó la silueta envuelta en un manto gris, supo que era él.

“Hytaros,” susurró la espada, hambrienta de sangre. Tenía esa peculiaridad: hablaba sólo cuando presentía peligro, y para Edran, cada frase era una invitación a la cautela.

El brujo emergió del humo. Su cara era un tapiz de cicatrices y arte arcano, runas tatuadas y quemaduras de relámpago. Los dedos largos ondeaban con nerviosismo, una marioneta invocando intrigas invisibles. Tras su espalda flotaba la esquirla del Demonio de la Sal, encadenada a un carcaj de hueso.

—Edran Baridian —dijo con voz que era al mismo tiempo marea y trueno—. Has venido a buscar el Esquema del Plata, ¿verdad? Los demás murieron intentándolo.

—No tengo elección —respondió Edran, y si temía o no, ningún músculo lo delató—. Sin ese esquema, mi linaje termina aquí. Y puede que la civilización también.

Hytaros sonrió, mostrando dientes afilados como si los hubiese limado para parecer más monstruoso.

—Toda civilización muere —dijo, y se agachó sobre una piedra pulida, tocando las venas de cobre expuestas en el suelo—. Pero vayamos. Los espectros no tardarán en venir, y tus rezos no sirven contra ellos.

Avanzaron, envueltos en esa tensión que sólo surge entre viejos enemigos obligados a cooperar. La niebla olía a ozono estancado, un hedor que despistaba los sentidos y emborronaba la realidad. Cada tanto, vocecillas eléctricas susurraban desde la oscuridad, fragmentos de pensamientos rotos atrapados desde hacía décadas entre los circuítos enloquecidos de la ciudad.

—No te apartes del círculo —advirtió Hytaros, dibujando un rastro con sal negra de su esquirla demoníaca—. Los centinelas de cobre sólo ven lo que está fuera de mi protección.

Edran asintió, sin apartar las manos de la empuñadura. Bajo el escudo espectral del brujo, avanzaron por un bulevar de sillas rotas, relojes fundidos, restos de antigüedades que alguna vez marcaron el pulso de la metrópolis. La ciudad les respondía, con chirridos metálicos y chasquidos que imitaban la respiración de un enfermo moribundo.

Frente al Palacio Esmeralda les aguardaba la auténtica prueba: dos custodios de bronce, colosos erigidos para vigilar la Sala del Plenilunio, donde el esquema yacía oculto. Sus ojos eran faros blancos y vacíos, y en sus manos llevaban lanzas tan largas como mástiles de galeón.

Hytaros no dudó. Elevando la esquirla, susurró palabras que apestaban a trueno y a sangre seca. La máquina demoníaca gimió, un lamento helado, y de su interior brotó una lengua de fuego azul que arremetió contra las articulaciones de uno de los custodios. Las runas de la armadura, sin embargo, absorbieron el golpe como si fuera un simple aleteo de polvo.

—Nada fácil, ¿eh? —gruñó Edran, lanzándose al combate.

Saltó hacia adelante, cortando con la hoja que ardía en llamas violetas; la espada exudaba un grito de odio mientras se deslizaba por la articulación de la rodilla del golem. Chispas y escoria chisporrotearon alrededor. El coloso respondió barrando su lanza, estrellándola contra la barrera de sal que aún los envolvía. El impacto hizo vibrar los huesos de Edran, pero la barrera aguantó.

—Una distracción más, Baridian —rugió Hytaros, y clavó la esquirla demoníaca en el suelo—. ¡Sangre por sombra, dolor por hierro!

La niebla se espesó y de la boca de la tierra surgieron garras espectrales; aullidos de condenados rugieron al rozar la coraza del coloso, que por fin retrocedió. El segundo custodio intentó aplastar a Edran con un puño ciclópeo, pero la espada chirrió de placer mientras cortaba la mano metálica, rebanando cables y tendones falsos. El coloso cayó de rodillas, y Edran aprovechó para escalarlo como un basilisco herido, abalanzándose sobre el casco y enterrando la espada entre los ojos blancos.

Un crujido estremeció la avenida. El coloso se desplomó, y mientras lo hacía, el otro custudio, aún asediado por las sombras de Hytaros, dejó de moverse, escurriendo chorro tras chorro de savia luminosa.

—Nunca dejan de perturbarme —susurró Edran mientras se limpiaba la sangre mecánica de la mejilla—. Estos monstruos son la herencia de los magos-reyes y sus tratos impíos.

Hytaros apenas sonrió, como si trozos de historia se desmoronasen en la lengua.

—Ven, rápido. La ciudad nota todo lo que ocurre. Nos quedan minutos.

Penetraron en el Palacio Esmeralda, cuya belleza decadente sobrevivía a la destrucción: la cúpula aún reflejaba fragmentos de plata bajo las ondas de polvo, mientras que estalactitas de vidrio parecían lágrimas eternas. Avanzaron por salas saqueadas, entre cadáveres de sillas y restos de libros que alguna vez dictaron el destino de países enteros.

La cámara del Plenilunio estaba oculta por un velo de fulgor azul: la última magia funcional en toda Gr’alt. Hytaros murmuró una letanía y abrió un tajo en el aire, rasgando el velo como si fuera tela. Edran entró primero, espada lista. Allí, sobre un pedestal de hueso y cobre, flotaba la Tabla del Esquema: una placa translúcida, grabada con letras que sólo aparecían bajo cierto ángulo de la luz lunar.

Una presencia se manifestó a su derecha, la sombra viviente de la propia ciudad. “Has venido a robar el corazón de Gr’alt”, sentenció la voz, helada y profunda, vibrante como mineral triturado.

Edran miró a Hytaros, que palideció. Sabía lo que era: la última inteligencia arcana, el alma mecánica que regía la ciudad cuando los hombres ya no podían. Si fallaban aquí, no habría regreso.

“Gr’alt ya no pertenece a sus creadores”, dijo Hytaros, arrojando la esquirla de sal hacia la sombra. “El sacrificio fue hecho, el pacto sellado. Déjanos salir, y la ciudad puede seguir alimentándose de sus propios susurros y olvidos”.

La sombra vaciló, extendiéndose por las paredes como un humo inquisitivo. Por un instante, Edran sintió que cada recuerdo suyo era explorado, cada miedo examinado y probado en los circuitos del gran oráculo.

“No sois dignos”, susurró finalmente la ciudad, “pero sois todo lo que queda”. La barrera dobló y fluyó, dejando al descubierto la tabla de plata.

Edran la tomó, sintiendo su carne hormiguear con fragmentos de energía antigua. El peso de la historia caía sobre sus hombros, pero también la promesa de redención. Si el esquema sobrevivía, su gente tal vez aprendería a reconstruir sin repetir los horrores de Gr’alt.

No hubo gloria en la salida: sólo una mueca amarga. Los dos, brujo y caballero, salieron al amanecer entre escombros, perseguidos por murmullos y espejismos.

—¿Y ahora qué, Baridian? —preguntó Hytaros, con sonrisa de dientes rotos.

—Volveré a las cenizas de mi dinastía —dijo Edran, mirando la tabla bajo la luz mortecina—. Y volveré a fallar. Pero al menos, habrá algo digno por lo que luchar.

La ciudad se disolvía en la neblina tras ellos, como un suspiro largo y tóxico. Las espadas no traían redención; la magia no podía devolver la vida a lo muerto. Pero, bajo el manto del peligro, quedaba la certidumbre de lo imposible: que incluso en el borde del abismo, los obstinados podían arrebatar a la ruina un último susurro de esperanza.

De este modo, la fantasía y la maquinaria siguieron su eterno vals en el mundo quebrado, mientras Edran y Hytaros desaparecían hacia un futuro que sólo podía ser forjado a golpe de hierro y sortilegio.

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