Fragmento:
Tenía cuatro brazos recogidos como alas mojadas, ojos vendados por una tela de ceniza y un vientre abultado, como si gestara en su interior un enjambre de secretos. Su boca era una cicatriz, y a medida que Fausta se acercaba, algo crujía en el aire, tal vez viento, tal vez huesos danzando.
Duración: 08:07
La humedad de la ciudad era tan densa que podía oírse lo que quedaba del mar exhalar bajo el empedrado, junto al soplo de ratas y la baba invisible de los limos. A esa hora, cuando las luces de gas eran apenas luciérnagas agotadas por corredores subterráneos, sólo se arriesgaban por los callejones los obreros de la negrura: ladrones, brujas errantes, a veces algún teólogo expulsado del último círculo. Y, claro, Fausta.
La reconocías por su andar, el extremo izquierdo de su capa siempre más enfangado, arrastrando secretos. El sombrero de ala rota ahuyentaba incluso a los mendigos, pues decían que si Fausta te miraba y reía, te prometía tres días de desvelo, y al cuarto tu mente era tierra baldía. Habladurías de taberna, aunque nadie bebía bastante para tentar el riesgo.
Pero esa noche, Fausta tampoco era la misma. Una inquietud latía bajo su encaje negro, un tic en la mandíbula cada vez que la brisa olía a ceniza. Había estado leyendo en las cartas restos de una tragedia aún sin forma, y aunque la fortuna suele ser esquiva, la desgracia siempre deja rastro.
El encargo llegó con el dueño de “La Tabaquería de la Inquietud”, quien jamás salía tras su mostrador por menos de una catástrofe. Él mismo entregó la carta: una llave de hueso, un nombre que Fausta no conocía, y una cantidad de oro que no preguntaba por qué.
No lograba apartar la vista de la llave, tan delicada que parecía esculpida en la vértebra de un niño. No tenía ningún diente visible; sin embargo, la madera de la mesa crujió apenas Fausta la tocó, como si todo su entorno reconociera la presencia de un juramento antiguo.
La carta no pedía nada claro, salvo que llevase la llave al “Círculo Inhóspito”, justo al filo del amanecer. Los rumores sobre ese lugar eran muchos y variados, pero todos coincidían en lo mismo: quienes van, no regresan iguales, si es que regresan. Algunos decían que allí el tiempo se ondulaba; otros, que era simplemente la antesala del infierno, pero con mejor biblioteca.
Fausta dejó el oro donde estaba y salió, guardando la llave en la muñeca, junto al tatuaje de una serpiente dormida. El aire se volvía más espeso conforme avanzaba hacia el sur, dejando que las piedras del camino recordaran sus pasos. El Círculo Inhóspito estaba tras la Biblioteca de los Espectros, un edificio cuya piedra absorbía murmullos, rezos y confesiones nocturnas. Todo visitante debía dejar un recuerdo en la puerta; Fausta, simple, se llevó el broche de su madre y ni siquiera miró atrás cuando la uña de metal arañó la madera.
Dentro, el Círculo era menos que un cuarto, más que una celda: paredes de yeso con vetas molidas de obsidiana; una luz azul que se filtraba desde el centro, donde no había lámpara alguna pero sí una silla con algo encadenado. No era humano. Ni tampoco bestia, ni demonio conocido.
Tenía cuatro brazos recogidos como alas mojadas, ojos vendados por una tela de ceniza y un vientre abultado, como si gestara en su interior un enjambre de secretos. Su boca era una cicatriz, y a medida que Fausta se acercaba, algo crujía en el aire, tal vez viento, tal vez huesos danzando.
—¿Es para mí esa llave? —La voz brotó detrás de la venda, olía a turbiedad de laguna. Cada sílaba dolía en la lengua de quien la escuchaba, y Fausta supo que no podía mentirle.
—Tal vez —dijo, aunque odiaba dejar preguntas flotando. Pero la pragmática de la supervivencia imponía su ley.
El ser movió los brazos, las cadenas chasquearon. Por un momento, la luz titubeó, y Fausta se preguntó si no era una trampa, un sacrificio advertido.
—En este lugar —dijo la criatura— cada llave abre primero un recuerdo, luego una cerradura. ¿Estás lista para cruzar ambos?
No. Nadie lo estaba. Pero había oro, y preguntas. Fausta asintió.
Las manos del ser —dedos con uñas filosas y membranas de humo— extendieron la tela, y Fausta vio que no era venda, sino un mapa tejido en ceniza: figuras diminutas, la silueta de un pozo, una montaña volcánica, una luna hendida por cuchillas. Y una niña caminando bajo la lluvia, con la capa demasiado grande.
—Elige —ordenó la criatura. Su respiración tenía el ritmo de una tumba siendo desenterrada.
Fausta tocó la figura de la niña. Sintió que la humedad de la ciudad se deslizaba bajo su piel, el olor de la sopa ácida de su infancia, los gritos en las paredes de la casa; recordó la noche en que su madre la obligó a tragarse una moneda de cobre “para aprender lo que pesa el hambre”. Un zarpazo de memoria que no dolía pero tampoco podía escapar.
La criatura rió, ronco, como quien ha tragado años y los escupe oxidados.
—Llave, entonces —siseó, y extendió las palmas. Fausta colocó la llave de hueso en aquellas manos, si es que se podía llamar manos a aquellas extremidades. Sintió un escozor, como si todo lo que era propio se desembarazara de sus límites.
—Hoy abres no una prisión, sino un camino —dijo la criatura, y metió la llave en su propio vientre, girando. El sonido no fue de cerradura, sino de carne desgarrándose, y la luz azul se volvió negra, más densa que la tinta. Un azogue envolvió a Fausta y todo olió, por un instante, a raíces podridas y cal recién removida.
Despertó en un bosque donde no recordaba haber estado. El follaje, a pesar de la oscuridad, vibraba; los árboles eran torsos de mujeres girando, pestañas de alquitrán colgando sobre sus ojos ciegos. En el centro, un pozo: cubierto de sangre seca, rodeado de exvotos, cabello, dientes, retazos de vestidos de niños.
Al borde del pozo, un espectro igual a Fausta cuando niña, miraba el agua con fijeza. La voz de la criatura, que ya no era criatura, sonó en alguna parte entre los árboles.
—¿Qué posees que deseas olvidar? ¿Te atreves a arrojarlo aquí?
Fausta se contempló reflejada en el pozo. No era adulta—era todos sus años amontonados. Vio los nombres de los que había traicionado, los hijos que no quiso, los padres que la olvidaron, el oro escondido bajo la uña, la sangre coagulada tras una pelea por hambre o rencor.
—Si lo olvidas, no volverás. Si te aferras, la cicatriz será para siempre.
Sabía que esa noche, como toda noche sin luna, la ciudad esperaba algo de ella. Lo fácil sería arrojar su madre, sus años hambrientos, las huellas de un amor perdido bajo la morgue: dejar el pasado como piel vieja y regresar ligera, lista para hallar una nueva máscara.
Pero entonces recordó lo que pesa el hambre. Y el oro no llenaba nunca; y despojarse de todo rencor era borrar la memoria, sí, pero también el motivo por el cual había sobrevivido a todo.
Giró sobre sí misma, tanteando las esquinas del bosque y sus ojos sin fondo. Allí, entre la neblina, su infancia cantaba. Pero allí, también, estaba la sombra de la bestia que la había traído: no un demonio externo, sino lo que uno elige. El sacrificio del recuerdo por el alivio inmediato.
—No —dijo. Su voz retumbó en los huesos del pozo—. No lo echo a perder. Ni a mí ni a los míos.
El pozo hervía; el espectro de la niña se disolvió en una bandada de cuervos; las hojas se arrancaron solas. Fausta supo que pagaría un precio, pero eligió. No más liviandad. No más sellar puertas con llaves ajenas.
Cuando parpadeó, ya estaba de regreso en el Círculo Inhóspito. La criatura había desaparecido. Sólo quedaba la llave de hueso, ensangrentada, y el oro. Fausta no tomó nada. Dejó la sala, abrazando, por una vez, todo lo que ardía en su memoria.
Afuera, la ciudad seguía negra y líquida. Pero Fausta sintió, con ese olfato suyo para el futuro, que nadie la volvería a contratar para trabajos de olvido. Y aunque temblaba, supo que, después de esa noche, había hecho un trato con la oscuridad: llevarla consigo, sin miedo, sin aliviar el peso, hasta que la mañana se atreviese a tocar sus párpados.
El último farol se apagó al pasar. Y nadie, ni vivos ni muertos, volvió a preguntarle jamás lo que había visto en el pozo.
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