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La bruma reptaba por la muralla occidental con voracidad de fiera vieja, lamiendo la piedra verdosa y el hierro hueco. Y bajo esa niebla, que parecía tener garras y sed de ausencias, caminaba Rouc, la mano derecha de Lord Grevan, portando una linterna que titilaba con la indecisión propia de las cosas vivas.
Rouc llevaba días esperando las gemelas. Cuando ambas lunas aparecían en el cenit, según las crónicas, el Camino del Nudo —ese laberinto ignoto que yacía más allá de las catacumbas de Erith— se desvelaba fragmentariamente. El resto del año, el laberinto mutaba o desaparecía de la vista, como si el mismo recuerdo fuera un enemigo a erradicar. Solo la urgencia del encargo y el brillo entumecido en los ojos de Lord Grevan, amenazado por estirpes más jóvenes, mantenían a Rouc en esa encrucijada de niebla y piedra.
El primero de los dos centinelas, Andfin, tocó el hombro de Rouc.
—Las gemelas se asoman. —Y señaló: las dos lunas, Argéntea y Umbría, surcaban el firmamento, apenas veladas por la bruma. La luz que caía era extraña, mezcla de frío y filo, y la entrada del Camino del Nudo —una grieta ovalada en la piedra, siempre húmeda— pareció dilatarse.
No había regreso, sabían todos. No completamente gratuito, al menos. Pero Lord Grevan había prometido una vida dorada y breve, y ellos no eran hombres de decir que no. Rouc fue el primero en cruzar.
El interior del laberinto era, desde el primer momento, una negación de todo lo posible. Los muros no tocaban el suelo; en vez de ello, flotaban unos dedos por encima, como si la masa rocosa no estuviera atada a las reglas que regían el resto de Erith. El aire era denso, marcado por aromas de cal y sudor seco. Al girar la primera esquina, el muro a la izquierda les devolvió en eco sus propios pasos, pero distorsionados, como si todo se oyera bajo el agua.
—Rápido —murmuró Rouc, porque el laberinto no debía ser recorrido a paso lento—, la memoria se disuelve cuando se duda. Así lo decían los Antiguos.
La linterna escupió luz anaranjada sobre una bifurcación. Tomaron la izquierda. Rouc solo vaciló cuando el suelo, de pronto, se tornó pulido y resbaloso, como si la propia piedra llorara desde abajo. Los susurros —sí, susurros— se intensificaron. Andfin tropezó. Una sombra, más densa que la simple oscuridad, surgió de la grieta entre las losas. Tomó la forma de una mano que intentaba asir, más por hambre que por odio.
Ellos sabían, por cuentos de taberna demasiado verídicos, que el Camino del Nudo recordaba todas las pisadas, todo el dolor y la mezquindad de quienes lo atravesaban. Que, en noches como ésa, los ecos del pasado mordían. Rouc, temblando, alzó la linterna. La figura se replegó, arrastrando consigo el grito ahogado de Andfin, que se deshizo en un chillido de agua rota. Siguieron avanzando: ahora quedaban solo cuatro.
—No mires atrás —susurró Jarla, la exploradora, a su derecha—. Donde el eco muerde, la memoria es letal.
Las palabras dulces. Pero en el laberinto, cada palabra emitida era una hebra más pegada al hueso. El siguiente tramo fue una escalera descendente, en la que el calor aumentaba hasta el vértigo y las paredes se arrugaban como piel vieja. Llegaron a una rotonda: allí, en el centro, yacía un espejo tan grande como una mesa de banquete, con un marco tallado de hueso. Nada en su superficie devolvía reflejo, pero al acercarse, Rouc vislumbró en la superficie retazos fríos de su infancia: su hermano desaparecido, las manos de su madre, una promesa nunca cumplida.
El Camino cobraba peaje, lo sabían todos. Jarla cayó a rodillas y gimió, tocando el marco con dedos exánimes. Lady Nor, la hechicera, la alzó sin palabras.
—Cuanto más das, más saldrás roto —susurró Lady Nor—. Pero rasga más profundo y hallarás respuestas.
Había esperanza, entonces. El grupo —tres ahora, pues Jarla no volvió a incorporarse, hecha nudo de sollozos y hebras grises de cabello— siguió descendiendo. Las lunas a veces temblaban en la piedra mojada, filtradas desde fisuras imposibles del techo. Ojos de plata y ceniza los vigilaban desde cada sombra.
—Buscamos el Hilo del Péndulo —gruñó Rouc con voz áspera—, la única llave para desatar este laberinto y salvar la estirpe de Grevan. Sin ello, somos solo carne entrelazada en las fauces de lo incognoscible.
Lady Nor se detuvo frente a una puerta tallada en raíz negra. Tocó la superficie, pronunciando viejas sílabas:
—Que el recuerdo me nombre, pero no me hunda.
La madera cedió. En el otro lado, las leyes del mundo dejaron de importar. Un abismo de escaleras suspendidas, de pasadizos sin principio ni fin. El tiempo, quebrado, doblegado alrededor de la voluntad de la piedra. En el centro, colgaba el Hilo del Péndulo: un simple cordel de luz que oscilaba, atravesando los planos gemelos de las lunas reflejadas sobre sí mismas.
El aire se llenó de presencias. Eran vigilantes, o víctimas anteriores, o simplemente el recuerdo de quienes recorrían el lugar. Rouc avanzó y sintió su propia vida deshilacharse en el aire. Lady Nor extendió una mano, pero Rouc no la miró: tomó el Hilo.
En ese instante, le sobrevino la visión: el tiempo en Erith partido, la sangre de Lord Grevan extendida sobre la vieja corona, la ciudad fragmentada por su propia lucha interna, las lunas —uno sangrante, otro pálido— devorándose en un abrazo de muerte. Supo, entonces, que no había promesa que resistiera aquel precio.
El laberinto se cerró en torno a Lady Nor y Rouc, y la oscuridad fue tan honda que pareció no haber nunca existido la luz.
Al despertar —o quizá fue una reencarnación, un regreso pactado— Rouc se hallaba afuera, con el cordel luminoso empapando sus dedos y la linterna extinguida, a las puertas ya cerradas del Camino del Nudo. Junto a él, el cadáver de Lady Nor, envuelto en un resplandor mortecino, los límites de su carne difuminándose hasta la nada.
Las lunas gemelas aún reinaban en lo alto, pero el aire estaba cargado de silbidos. Por todas partes, las sombras alargadas de la ciudad parecían palpitar, expectantes. Al regresar, Rouc entregó el Hilo del Péndulo a Lord Grevan, sin palabras.
Pero en el rostro de Grevan había terror. El precio—lo entendió Rouc, finalmente—no era haber atravesado ileso el laberinto, sino haber traído consigo el eco de todo lo que allí se había perdido y devorado. Desde esa noche, por generaciones, Erith conocería noches donde las propias sombras susurraban lamentos, y las lunas, congeladas en su danza, no serían jamás de nuevo fuente de consuelo.
A Rouc, nada le fue concedido salvo el recuerdo atroz y la certidumbre de estar hecho ya, él mismo, de nudos en la sombra.
El oro prometido duró lo que tarda una linterna en consumirse. Pero quedan historias en las tabernas y en los portales húmedos, donde se cuenta que, bajo las lunas gemelas, quien se adentre demasiado en caminos donde la sombra y el eco gobiernan puede no regresar nunca igual, incluso si vuelve.
Y por generaciones, las puertas del laberinto han permanecido selladas, salvo cuando ambos ojos trémulos abren otra vez el cerrojo. Sólo entonces, otros —llamados por la avidez o por la ruina— descienden tras la estela de aquellos que, como Rouc, no lograron dejar atrás sus propios nudos.
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