Portada del relato Rugidos en la Piedra Dormida
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Fragmento:


Nadie en Nydhelm, ciudad clavada como un cuchillo entre riscos y páramos, era ajeno a las historias prohibidas: los horrores que daban caza a los hombres con ojos sellados, los espectros que tejían con dolor las costuras del invierno. Pero hacía generaciones que no se hablaba en voz alta de runas, y menos aún de aquellas que, según los versados, podían apaciguar tempestades o, peor todavía, llamarlas al festín de las almas.

Duración: 07:36

Rugidos en la Piedra Dormida
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Texto de ajuste de pausa.

La llegada de los exiliados fue anunciada mucho antes de que nadie divisara sus figuras trastabillando entre la densa niebla de Drimloss. Aquella niebla, famosa por devorar el sonido y deformar la luz, era el aviso de que la noche, hasta entonces indiferente, acabaría inclemente. Desde la torre de observación de Nydhelm, la anciana Aestril lo vio con sus propios ojos: una línea de destellos azulados, primero inconstantes, luego furiosos, avanzando sobre el lecho petrificado del viejo río.

Nadie en Nydhelm, ciudad clavada como un cuchillo entre riscos y páramos, era ajeno a las historias prohibidas: los horrores que daban caza a los hombres con ojos sellados, los espectros que tejían con dolor las costuras del invierno. Pero hacía generaciones que no se hablaba en voz alta de runas, y menos aún de aquellas que, según los versados, podían apaciguar tempestades o, peor todavía, llamarlas al festín de las almas.

El primero de los exiliados fue capturado al amanecer. Corría descalzo, los pies cubiertos de llagas, y aún así zancajeaba porteando un trozo de basalto cubierto de cicatrices: trazos curvados, parcialmente borrados, que quemaban a la vista. Los guardianes lo derribaron entre insultos, pero el exiliado no gritó; solo jadeó entrecortadamente, y de sus labios desgarrados brotaban palabras que ningún hombre cuerdo habría pronunciado. Aestril, invocada de inmediato, descendió del torreón con la mirada grave. Sabía que la piedra —y lo que ocultaba en su piel— importaba más que la carne del forastero.

Durante el interrogatorio, el exiliado apenas se defendió; su voz era la de quien ha naufragado demasiado tiempo entre monstruos. Contó, entre convulsiones y espasmos, la historia de la Sima del Relámpago: cómo, al remover las ruinas de una civilización muerta, tropezaron con un alfabeto de relámpagos grabado en roca. Allí, decían, las palabras no se leían, se escuchaban: cada runa traía consigo el rumor del trueno y la promesa del fuego en sangre y huesos.

Aestril escuchó y comprendió que nada bueno podía salir de tal hallazgo. Sin embargo, los consejeros, sedientos de poder desde la niñez de la ciudad, exigían una muestra. Había hambre de protección contra las bestias del sur y las pestes del poniente: si la runa traía muerte, al menos la muerte sería ajena, no suya. Con repugnancia y piedad a partes iguales, la anciana ordenó una prueba.

El segundo exiliado, una mujer de manos encallecidas y voz rota, fue la primera en trazar una línea con el dedo sobre la piedra maldita. A su alrededor, los notables aguardaban; algunos rezaban, otros fingían valor. Al cerrar ella el círculo y pronunciar la última sílaba, la piedra vibró en su brazo roto, el aire crepitó y el polvo se levantó entre gritos ahogados. Un fulgor azul cortó la sala como una cuchilla afilada. Donde antes hubo mesa, copa y pan, no quedó más que carbón humeante. Donde la exiliada se hallaba, una costra de escarcha yacía adherida al suelo, con fragmentos de carne todavía palpitando bajo la capa de aire ionizado.

Hubo silencio al fin, un silencio denso, avergonzado, que permitió a los hombres escuchar el crujir de sus propias vértebras y el suspiro de algo que se arrastraba bajo la ciudad. “Basta”, dictó Aestril, pero ya era tarde. Los jóvenes, hijos de herreros, comerciantes y escribas, susurraban la promesa de las runas entre colmillos apretados. Quizá, pensaban, un poder así podía arrojarlos al dominio de sus propios demonios, al favor de reyes distantes.

Pero la piedra no era instrumento, sino voluntad encadenada. Días después, comenzaron los sueños: pesadillas de ruinas abrasadas y cielos empañados de relámpagos. Los que habían presenciado el despertar de la runa sangrienta, padecieron visiones de un trueno sólido y serpenteante que estrangulaba a sus hijos. Probaron el olvido en jarras de vino y caricias vulgares, pero nada ahogó el retumbar o la certeza de que algo había sido convocado y no quería regresar a la penumbra de la Sima.

Un hombre, Keldren, herrero robusto y dueño de un carácter de acero, fue el primero en intentar dominar la segunda runa que quedó incandescente, marcada sobre otra piedra negra. El poder le sedujo por noches enteras hasta que, ajeno ya al raciocinio y famélico de esperanza, convocó a sus amigos más íntimos en la pequeña capilla de las Estatuas Quebradas. Allí, bajo el frío aliento del alba, trazó el gesto con el cuchillo en su palma, dejando que la sangre humedeciera los surcos de la piedra.

El trueno respondió, sí, pero no a Keldren: brotó de su piel y arrastró su carne lejos de los huesos. El relámpago convirtió el aire en un tapiz de lamentos y, por un instante, las estatuas sangraron lo que la ciudad pretendía ignorar. Los testigos, envilecidos por la visión de aquello, huyeron sin mirar atrás; cada uno juró por su padre y sus muertos que los relámpagos no tenían dueño y menos aún amo.

Aestrail, cada noche más encorvada y llena de artrosis, entendió entonces que debían arrancar el secreto de raíz, tal como arrancarían un diente infecto. Al alba, armó un contingente de los pocos no afligidos por el ansia de las runas. Bajaron a la Sima, antorcha en mano y miedo cosido bajo la lengua. Cuanto más se aproximaban, mayor era la presión: el aire tronaba aun en silencio, como si la roca les murmurara recuerdos de antiguas traiciones.

En el corazón de la Sima, la piedra relampagueaba de manera autónoma: evidencia viva de que la palabra más antigua era destrucción y su símbolo, el trueno. Los fragmentos de runa brillaban como ojos impávidos y, sobre su piel, se entrelazaban nuevos símbolos, brotando espontáneos, como si la piedra se reescribiera según la sed de los hombres que la codiciaban.

Aestril comprendió que la única manera de impedir el desastre era quemar la piedra desde su centro. Ofreció, pues, su propio corazón, retorcido y marchito, a la runa, pronunciando —no el verdadero nombre del trueno, sino uno de ruptura, extraído de los versos prohibidos que solo los ancianos recuerdan con repugnancia. No fue una oración, sino una orden atada a la sangre.

La respuesta fue brutal y definitiva. La piedra tembló, el eco surgió primero en lo profundo y después en cada uno de los cuerpos presentes. El trueno no cayó, ascendió, destrozando la sima y sepultando a los desdichados bajo una avalancha de relámpagos fosilizados. Toda la cordillera resonó durante un día entero; Nydhelm creyó ver dioses encadenados frotándose contra la luna.

Cuando amainó la tempestad, la piedra se había desintegrado, dejando una hendidura humeante donde ningún pájaro posaría sus alas. Aestril, la última en pie, emergió de entre los escombros. Sobrevivió solo para advertir al mundo, vaciada por dentro, con la piel marcada por rumores de relámpagos imposibles.

Las décadas, luego siglos, pasaron; el recuerdo de la runas del trueno se transformó en eco, y el eco en leyenda. Pero aún hoy, cuando la niebla de Drimloss se alza con el alba, y el relámpago rebota sin razón sobre la roca dormida, algunos juran que un susurro rompe el silencio: palabras sin lengua, promesas grabadas en una piedra inexistente, esperando a que otra generación decida escuchar a los dioses caídos y recoja la maldición.

Quizá algún día regresen los exiliados; tal vez alguien más sueñe con el poder de las runas, sin recordar las palabras que Aestril dejó talladas, no en piedra, sino en el viento:

“El trueno no es heraldo: es juez.”

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