Portada del relato El último suspiro de Calíope
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Fragmento:


Los rascacielos flotantes reflejaban los haces verdes que recorrían los puentes, conectando islas con progresiva precariedad, y Calíope sabía que, dentro de poco, todo se separaría de nuevo. Así era cada década: el ciclo de fractura. Sin aviso, sin piedad.

Duración: 08:17

El último suspiro de Calíope
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Texto de ajuste de pausa.

El zumbido era lo primero que notabas cuando llegabas a Etría, un cosquilleo grave y persistente en la base del cráneo, vibrando al ritmo de miles de engranajes invisibles. Así era la vida sobre las islas flotantes: siempre al límite, siempre al compás de un poder que nadie terminaba de comprender, ni siquiera los ingenieros que mantenían la ciudad suspendida sobre el abismo.

Calíope Tedra ascendió desde el subsuelo a la terraza del distrito sur, donde las luces de neón delineaban el borde extremo del mundo. Era la vigilia de los muertos: esa noche, bajo el crepúsculo artificial, los habitantes lanzaban a la ventisca pequeños fuegos de colores por cada alma perdida hacia el vacío, esperando que algún Dios mecánico los atrapara antes de que los tragara la nube.

Pero Calíope no llevaba fuegos consigo. Su duelo era una herida sin ritos y la muerte que lamentaba estaba demasiado cerca: la suya. O más bien, la de su otro yo, su réplica, lanzada a la deriva por la policía secreta apenas treinta horas antes.

Respiró hondo, el aire reciclado le supo a metal y soledad. Se asomó al abismo y contempló las naves de contrabandistas que zumbaban entre los fragmentos de roca, moviéndose como luciérnagas en un charco de petróleo. Era difícil recordar la tierra firme después de un año aquí arriba. Y aunque nadie admitía su existencia, los rumores de la Corte Suspendida seguían alimentando las pesadillas colectivas.

Los rascacielos flotantes reflejaban los haces verdes que recorrían los puentes, conectando islas con progresiva precariedad, y Calíope sabía que, dentro de poco, todo se separaría de nuevo. Así era cada década: el ciclo de fractura. Sin aviso, sin piedad.

Esta noche, sin embargo, el peligro no venía del ciclo natural. Su doble, Merak, había dejado atrás una caja negra, un artefacto pequeño, tan antiguo como las primeras tormentas de ingeniería. Alguien la había colocado, minucioso, en su cubículo; alguien que conocía el patrón de la llave y la forma en que Calíope miraba por la ventana antes de dormir.

Hacía falta valor para abrir una reliquia así; hacía falta desesperación para no hacerlo. Calíope transitaba ambas cualidades, así que, apenas sintió la leve vibración de la caja sobre la palma, supo que no podría resistirse.

La abrió al atardecer, sin encender la luz. El artefacto desplegó un holograma difuso: una grabación. El rostro de Merak apareció, idéntico al suyo pero con los ojos inapropiadamente tranquilos.

Tienes que encontrar la reina, susurró la imagen. Ya no está en la isla central. Van a cortar el puente de Yara. Si escuchas esto, te quedan exactamente treinta y siete horas antes de que el ciclo active la dispersión. Tienes que tratar con el guardián del viento, en las forjas. No intentes rescatarme, lo que le hicieron a mi cuerpo es irreversible.

Calíope apretó los puños. La voz de Merak era un cuchillo en el cerebro. Sabía que la reina era el nexo oculto, la criatura que controlaba los equilibrios climáticos de Etría pero que pocos habían visto y menos habían sobrevivido para contarlo. El guardián era otra historia, una leyenda de los desheredados: un remanente de las antiguas castas, capaz de negociar con las fuerzas que mantenían en vilo a las ciudades del cielo.

Consultó el reloj gravitatorio en su muñeca. Treinta y siete horas. Cada minuto que pasara siendo cauta era un minuto perdido, pero no podía moverse sin ayuda. La policía secreta rastreaba todo, y sabían que la huella genética de Merak era idéntica a la suya salvo dos proteínas. Si la atrapaban, la acusarían de subversión y la lanzarían al abismo antes del ciclo de dispersión.

Por eso cruzó la terraza y bajó al club de los Caminantes, una sociedad semiclandestina de mecánicos, brujos y escapistas. Allí era donde compraba nuevas identidades y moduladores de voz, donde los sueños y los temores tenían precio en criptograma circulante.

Enseguida la reconocieron; su sombra era inconfundible, pero no tenía tiempo para los rituales del anonimato. Localizó al brujo de la segunda barra, aquel de dedos amarillos, el que traficaba partes de androides y recuerdos de ametista.

–Necesito un pase al distrito de forjas, susurró. Y algo más: una franja de invisibilidad espectral.

El brujo le sonrió, desdentado. –¿Ya te cansaste de ser dos?

–Ahora solo queda una, respondió Calíope, y su voz era tan áspera como la turmalina.

Le costó todo lo que tenía en su cuenta y un año más de promesas, pero al amanecer estaba lista, envuelta en una burbuja de distorsión espectral, camino a través del precario puente magnético que conectaba la isla principal con el anillo industrial.

Aquí, el zumbido era un aullido. El vapor lo bañaba todo, nubes de calor y chispas bajo estructuras ciclópeas, forjadas en los primeros días de la flotación. No veías más que siluetas encorvadas alimentando a las máquinas, y de vez en cuando el destello de ojos inhumanos.

El guardián resultó no ser un mito, sino un cuerpo alterado, saturado de placas y de hueso electrónico. Llevaba una máscara de respiración y varias manos.

–Vienes tarde, dijo, sin girarse siquiera. –Ya han pasado otros buscando a la reina. No con tu cara, pero sí con tu miedo.

Calíope sacó la caja negra.

–No busco a la reina por mí, replicó. Busco el equilibrio. Si se dispersan las islas, si el ciclo comienza y la corte no está completa… caeremos todos.

La carcajada del guardián parecía una fuga de vapor.

–La caída es inevitable. No existe gracia en retardar lo que debe descomponerse. ¿Por qué desobedeces la dispersión?

La replicación es dolor, pensó Calíope, pero sólo dijo:

–Porque aún no hemos hecho suficiente con lo que nos dieron.

El guardián la observó en silencio. Luego sacó de entre los pliegues de su exoesqueleto una llave tallada en obsidiana. –La reina espera en el observatorio superior, más allá de la tormenta nocturna. Llévale esto y tu verdadero nombre. No mientas sobre ninguno de los dos.

Calíope tragó saliva. –¿Qué sucede si miento?

–La reina te permitirá mirar abajo. Y lo que veas será tuyo para siempre.

Eso era una amenaza y una promesa. Calíope guardó la llave y se dirigió escaleras arriba, ascendiendo más allá de los puentes iluminados, donde el aire ardía y los reflejos bailaban en el metal pulido. Después cruzó el umbral del observatorio y sintió el vértigo, la inminencia de lo irreversible.

En el centro de la habitación flotaba la reina en su trono giratorio, esbelta y etérea, los ojos cubiertos por una venda de luz. Su presencia era demasiado, una sinfonía compuesta de viento y motor.

–Tengo la llave, y mi nombre es Calíope Tedra –anunció en cuanto pudo recobrar el habla.

–Ambas cosas pueden ser verdad y mentira, replicó la reina. El ciclo está en marcha. ¿Por qué reivindicas tu permanencia?

La voz de la reina era muchas y una sola, y arrastraba el recuerdo de todas las veces que Merak y ella habían compartido una vida robada.

–No quiero permanencia –admitió Calíope–; quiero elección.

Una pausa. El aire giró en torno a la reina, afilado como el invierno en una máquina.

–El precio de la elección es más alto aquí arriba, susurró la reina. ¿Qué darás a cambio?

Calíope vaciló. Debía ser algo verdadero. Entonces, inspiró, arrastrando dentro la amargura y el deseo.

–Mi ciclo, ofreció. Cuando todo esto acabe, no huiré del abismo. Cuando llegue mi hora, no buscaré otro cuerpo; descenderé.

La reina extendió la mano y la clave de obsidiana brilló entre ellas, como una promesa sellada.

–Así sea. Toma el control de la corte. Salva lo que te importa.

Entonces todo cambió: la sala se inundó de códigos arcanos, el zumbido se convirtió en un rugido, y Calíope sintió el peso de la maquinaria cósmica ajustándose a su voluntad. Entendió lo que debía hacer: reescribir el código del ciclo, redistribuir el flujo gravitacional para mantener las islas juntas un poco más.

No podía prometer eternidad, pero podía dar unos años más de cielo.

Salió del observatorio cuando el sol artificial despuntaba. La ciudad seguía flotando, la dispersión demorada; algunos puentes parpadearon y se extinguieron, pero Etría resistía.

La vida sobre los engranajes era siempre temblorosa. Pero, al menos por ahora, Calíope podía elegir no caer.

Ya habría tiempo para morir cuando el viento lo reclamara.

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