Portada del relato Las máscaras del Emperador Crepuscular
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Fragmento:


Las leyendas sobre los “portadores de peltre” —hombres imbuidos de metales y oráculos antiguos— circulaban entre los talleres y las tabernas. Teodoro había oído los susurros; nunca había imaginado que fueran más que cuentos de soldados borrachos. El eunuco deslizó un pequeño cofre de madera tallada sobre la mesa, lo suficientemente cerrado para que Teodoro se preguntara qué contenido infame resguardaba.

Duración: 08:45

Las máscaras del Emperador Crepuscular
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Texto de ajuste de pausa.

Corre el año del Señor de 985. Bizancio es una colmena febril en las primeras jornadas del otoño, alborotada bajo el peso de los dioses antiguos y del Dios Único, envuelta en un oro sucio y una promesa lavada de sangre. Las calles resbaladizas huelen a especias y muerte, y ningún hombre cuerdo se adentraría lejos del Horreum bajo la amenaza creciente del anochecer. Pero para los que reniegan de la cordura —y de otros dioses—, la noche es un tablero en el que el destino lanza los dados.

Teodoro Kallistos, hijo de un médico griego y de una esclava capadocia, era un alquimista en busca de su redención o, al menos, de algo que pudiera parecerse a ella en una ciudad construida sobre los pecados de otros. Su taller era una vergüenza incluso para la empobrecida guilda de los filósofos naturales: una cueva de instrumentos oxidados, libros prohibidos y el hedor a óxido y azufre. La noche en que todo comenzó, Teodoro estaba revisando las fórmulas de los antiguos hermetistas cuando tres golpeteos secos y urgentes rasgaron la quietud de su puerta.

Pensó primero en los recaudadores de impuestos, o quizá en uno de los soldados del Strategos —exigiendo algún tributo o su propia ración de hachís—, pero lo que entró en la habitación era sólo una sombra. La silueta parecía transpirar autoridad, moviéndose en la penumbra con el aplomo de quien ha ordenado muertes como quien reparte monedas para el pan. Al encender la lámpara de aceite, reveló un rostro oculto tras una máscara dorada de líneas geométricas: la máscara del noble eunuco.

—Maestro Kallistos —declaró la figura, y la voz era doble, como si una sombra hablara encima de otra—. Vengo en nombre del Emperador Basileios.

Teodoro se puso de pie, sintiendo el vértigo de la oportunidad y el miedo entrelazados como viñedos.

—¿Qué desea Su Majestad de un alquimista cada vez más desprestigiado?

El eunuco no desenvainó la daga que Teodoro intuía bajo la toga, pero cada palabra parecía una herida.

—Hemos recibido informes del este, de la Armenia. Noticias de un culto que resucita nombres viejos, dioses que deberían haber caído en el olvido cuando Constantino vio la cruz en el cielo. El emperador teme que estos arcaicos servidores hayan creado un elixir, uno que promete devolver la vida o convertir la carne humana en algo más… resistente.

Las leyendas sobre los “portadores de peltre” —hombres imbuidos de metales y oráculos antiguos— circulaban entre los talleres y las tabernas. Teodoro había oído los susurros; nunca había imaginado que fueran más que cuentos de soldados borrachos. El eunuco deslizó un pequeño cofre de madera tallada sobre la mesa, lo suficientemente cerrado para que Teodoro se preguntara qué contenido infame resguardaba.

—¿Es esto lo que buscáis? —preguntó, abriendo el cofre lentamente.

En su interior, un frasco de vidrio verde, sellado con cera escarlata, contenía líquido que destellaba con un fulgor opalescente. Era como mirar el universo comprimido: galaxias arremolinadas, tormentas de color e incluso, juraría él, la huella de un dios dormido. Suficiente para tentar al mismísimo Prometeo.

—Queremos que analicéis este elixir —prosiguió la voz—, descubráis su verdad y, si es posible, reproduzcáis su poder para Bizancio. Pero cuidado: los seguidores del viejo dios Vahagn no dudarán en destruir a quien se interponga.

Teodoro aceptó, sabiendo lo que esa decisión costaría. La noche misma pareció cerrar sobre él, como las fauces de un lobo.

La investigación fue lenta y plagada de barreras. El alquimista analizó el contenido del frasco bajo la tenue luz de la luna, mezclándolo con pequeñas cantidades de mercurio y cobre, observando cómo respondía el elixir. Vio formas arcaicas danzando bajo su microscopio primitivo, vio el rostro burlón de seres sin nombre. Visitó bibliotecas cenicientas, consultó a ancianas hebreas y brujos sirios, pagó sobornos, esquivó espías. Y el eco de la guerra —de Armenia a las puertas de la ciudad— crecía como un tambor fatal.

Un mes después, tras un tormentoso anochecer, la respuesta apareció bajo su propia carne. Teodoro, jugando con una gota del elixir en la yema de su dedo, sintió una punzada de calor recorrer su cuerpo. En una pesadilla febril, vio ciudades consumidas por lenguas de metal y sangre. Vio al mismísimo Emperador, sentado en un trono no de oro, sino de huesos ennegrecidos, coronado por un halo de luz ardiente. Comprendió los peligros de su descubrimiento, el filo que podía cortar a toda la cristiandad.

Esa misma noche, otra figura se coló en su taller. No era eunuco, ni soldado imperial, sino una sacerdotisa del viejo culto: una mujer alta, vestida de negro, de ojos tan profundos como los de Érebo. Se llamaba Siranush.

—Teodoro —dijo, con el nombre reluciendo en su boca como una moneda recién acuñada—. Lo que tienes en tu poder no es para los hijos de Roma. Nos pertenece. Si el Emperador obtiene el secreto, su reino durará mil años… y sólo será oscuridad.

La sacerdotisa le habló del pacto antiguo, entre los magos de Armenia y los hijos del trueno, del precio pagado para encerrar a Vahagn en su tumba quemada bajo las piedras de Ani. “El elixir es una grieta en las murallas del pasado”, susurró. “Quien lo beba gana poder, sí, pero también queda abierto: es puerta y presa de los dioses exiliados.”

Teodoro, finalmente, comprendió que lo perseguían dos fuerzas: el ansia de Bizancio por sobrevivir a cualquier precio y el orgullo ancestral de quienes preferían la ruina a la esclavitud. Para ambos, él era solo un instrumento.

Esa madrugada, Bizancio ardía en rumores de insurrección. El palacio estaba sacudido. Teodoro fue enviado al Gran Palacio, donde el Emperador esperaba con sus generales y sus sacerdotes. Trajo consigo el elixir, la fórmula imperfecta, y dos posibles destinos: servir al imperio o destruirlo con un acto de traición.

Ante la corte, presentó su hallazgo. Usó palabras cautelosas, ocultando detalles cruciales, tejiendo mentiras tan hábiles como las monedas falsas del Bósforo. Los nobles debatían sobre la utilidad del elixir, proponiendo ejércitos de supersoldados. El patriarca alertaba del sacrilegio. El Emperador, frío y atento, veía el futuro desplegarse como la caída de una ficha de dominó.

Siranush estaba entre las sombras, mirándole. En un momento de caos, le hizo un gesto imperceptible: huir. El alquimista sabía que no podría volver atrás.

Eligió un tercer camino. Rompió el frasco ante la asamblea, dejando que el elixir salpicara la losa de mármol. El líquido chisporroteó, se disolvió y, por un instante, la sala se llenó con la esencia de lo primitivo: rugió un trueno y la luz bailó a través de los vitrales en haces violentos. Los presentes vieron visiones —algunos lloraron, otros cayeron de rodillas— y durante unos segundos, el tiempo se detuvo.

El Emperador ordenó la muerte de Teodoro.

Afuera, las calles ya eran insurrección. Los estandartes caían en la sangre. Siranush y Teodoro escaparon a través de túneles secretos, llevando consigo sólo los recuerdos y las cicatrices.

El exilio fue largo y cruel. Atravesaron Anatolia bajo tormentas y emboscadas, evitando tanto a las cohortes del emperador como a los fanáticos de Vahagn, que les perseguían por igual. En las noches, Siranush enseñaba a Teodoro a rezar en idiomas olvidados. Le habló de futuros que se bifurcan, donde Bizancio es polvo o donde se hace inmortal a costa de su alma.

En las colinas de Capadocia, encontraron una aldea dispuesta a acoger a dos fugitivos. Allí, Teodoro se dedicó a curar heridas y aprender humildes recetas de vides, dejando atrás las fórmulas de poder. Siranush, mientras tanto, enseñaba a los niños a contar las estrellas y a temer el silencio bajo la tierra, donde aún yacían dioses dormidos.

A veces, por la mañana, un ciervo dorado cruzaba el bosque cercano, y la leyenda se reescribía: el ciervo era el espíritu de una ciudad que había preferido el sacrificio a la corrupción, la ruina digna a la eternidad impuesta.

Muchos años después, cuando Bizancio cayó de otras formas, el recuerdo de Teodoro sobrevivió en las canciones de los pastores y los cuentos contados al calor del vino. Decían que había salvado al imperio de la tentación última, o tal vez sólo a sí mismo del precio de la inmortalidad.

Algunos también susurran que, en noches de tormenta, la voz de Siranush resuena por los riscos: advierte a quien escuche sobre el precio de abrir puertas entre los mundos —y la certeza de que, mientras haya hombres y dioses, las máscaras seguirán cambiando, pero la ambición nunca dejará de bailar al filo de la historia.

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