Portada del relato Las Campanas de Ashavel
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Fragmento:


—Él no habla ya, Rineth —dijo el niño—. Soy la única voz que te queda.

Duración: 08:55

Las Campanas de Ashavel
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Texto de ajuste de pausa.

La ciudadela de Ashavel se alzaba como un colmillo de granito sobre campos salpicados de hierba negra, cercada por muros que llevaban tanto tiempo en pie como las más viejas canciones del mundo. Era una ciudad de prodigios anticuados y horrores recientes: en sus plazas aún se apiñaban estatuas que lloraban agua en los equinoccios, las sombras recorrían callejas que ya nadie se atrevía a nombrar, y por las noches el aire parecía henchirse de presagios. Bajo las piedras avejentadas, la sangre de la magia rezumaba todavía, volviéndose cada vez más escasa mientras las campanas de la Vigilia tañían sus notas huecas.

Era primera luna del mes del Corzo cuando Rineth, a medio camino entre bruja y asesina, acabó por presentarse en la puerta sur, cubierta con un manto de viaje raído por siglos. Llegó a pie, con la cabeza baja, y nadie advirtió lo especial de su presencia salvo los cuervos, que vinieron en procesión a los aleros, y el viejo de la cabaña de los porteros, que al verla sintió los dientes de la premonición clavársele en el pecho.

—No traigo recuerdos ni promesas —dijo Rineth, cuando le preguntaron su nombre, y la dejo pasar sin más, pues así se recibía a todas las que huían de algo mayor que ellas mismas.

La luna, una copa de plata hueca, vigía desde el cielo mientras Rineth avanzaba por las calles vacías. Cada paso la alejaba de la última muerte que había presenciado. Cada sombra evocaba los fragmentos de una vida que no podía —o no quería— olvidar: el aroma a sándalo de la biblioteca de Ismir, el color violeta de los laureles recogidos en la madrugada para preparar los ungüentos de despedida, los labios resecos de Tiral, que había muerto hace apenas dos noches y a quien había amarrado, con magia y dolor, a su propio cuerpo para evitar que se llevase consigo los secretos de la Vigilia.

Ashavel no era un refugio, lo sabía. Era la celda final; el lugar donde las amenazas del mundo venían a pudrirse bajo el peso de las promesas incumplidas. Aunque incluso en ese muladar de expectativas truncas, una guardiana como ella era una anomalía.

Cuando llegó a la plaza de las Estatuas Llorosas, se detuvo. Un niño dormía en el banco de piedra bajo la estatua rota de la Reina Ashna, la que había sido llamada Madre de los Milenios. Era demasiado pequeño para la rudeza de su ropa y demasiado pálido para no ser de algún linaje maldito. Rineth avanzó hacia él sin sonar sus pasos. El niño despertó de repente, como si esperara su llegada.

—¿Has traído el último nombre? —le preguntó, y la voz era la de alguien demasiado mayor, o demasiado cansado, para un cuerpo tan frágil.

Rineth desvió la vista. En su bolsa llevaba los huesos pulidos de Tiral, envueltos con un hilo negro, pero eso no constituía ningún nombre que pudiera ofrecer.

—No —respondió—, pero vengo a buscar al Rey del Río Sombrío. Dicen que aquí tocó las campanas, y que aquí, por última vez, habló a los vivos.

El niño la miró con los ojos abiertos, y una corriente de aire helado barrió la plaza mientras el agua manaba de la estatua sobre su cabeza.

—Él no habla ya, Rineth —dijo el niño—. Soy la única voz que te queda.

La bruja no retrocedió. Sabía que el niño no era un niño, sino un recipiente provisional, un vestigio del verdadero poder de la ciudad, alguna vieja maldición adaptada a tiempos de escasez. Se sentó frente a él y extendió las manos.

—Necesito cruzar el Umbral. Ninguno de mis caminos conduce lejos de aquí. ¿Qué precio pides por mostrarlo?

El niño ladeó la cabeza: las lágrimas de la estatua caían sobre ambas figuras con un ritmo sordo.

—La memoria de algo que no quieras soltar —dijo, y sonrió, dejando ver dientes de obsidiana.

No era un precio infrecuente. Rineth sacó de su bolsa un pequeño cuenco tallado en marfil: en él guardaba la última hebra de voz de Tiral, ese eco que permanecía aún anudado a sus propios recuerdos. Estaba acostumbrada a perder, a ceder partes de sí para obtener pasos en caminos prohibidos. No dudó.

—Que sea este —ofreció, y el niño asintió.

La brisa cesó. Ashavel entera pareció suspender su respiración. En la siguiente exhalación, la plaza había desaparecido. Rineth se encontró ante la puerta mayor de la ciudadela, esa que miraba hacia el río y que nunca, ni en los años de la gloria, se abría para nada humano.

Frente a la puerta, ataviado aún con el manto de luto de la antigua monarquía, aguardaba un hombre alto, de piel cenicienta y ojos que ardían como carbones. Era —oh milagro, oh horror— el Rey del Río Sombrío, Leorath el Inmutable, cuya sombra arrasaba países por el simple hecho de existir.

—Has venido, entonces, Rineth Tamar —dijo el rey, y la bruja sintió cada sílaba como si fuera un alfanje sobre la piel—. ¿Qué deseas de mí, última de las encadenadas?

Rineth inspiró profundamente. Había ensayado sus palabras innumerables veces: bajo la luna, ante el cadáver de Tiral, escuchando la respiración entrecortada del mundo mientras se desplomaban los reinos.

—Vengo a sellar el Pacto. Quiero que el Rito se complete, y que la última magia que corrompe mi sangre se transfiera a quien la reclame. No deseo más custodia ni recuerdos: estoy aquí para soltarlo todo.

Leorath guardó silencio, y fue el tipo de silencio que haría huir incluso a los muertos de las criptas. Sus ojos se posaron en ella con esa mezcla de lástima y evaluadora crueldad propia sólo de los dioses caídos, aquellos que han dejado de tener algo que perder.

—El precio es caos —anunció—. Si entregas la magia, los sellos se romperán. Ningún equilibrio protegerá tus mundanos mientras beban de tus fuentes. El Pacto traerá de vuelta lo antiguo.

Rineth no retrocedió. Extendió sus manos, mostrándole los nudillos destrozados por años de plegarias y asesinatos.

—Entonces que así sea. Más temí siempre a la podredumbre lenta que a la aniquilación.

Leorath pronunció un nombre. Con esa sola palabra, el aire se hizo denso, oloroso a sal y a hierro, y toda la ciudad vibró bajos sus pies. El Umbral se abrió en la forma de una grieta surcada de humo azul y risas apagadas. Rineth entró sin volver la vista: no había regreso posible tras esa decisión.

Al otro lado, el mundo era una sala interminable, tejida en sombras y centelleos, con estalactitas de hueso y espejos en los que los reflejos temblaban como fuegos fatuos. Aquí, los ecos de quienes lo habían cruzado antes murmuraban con voces amigas y enemigas a la vez. Rineth sintió el tirón de mil recuerdos, luchando por agarrarla y arrastrarla a la sumisión.

En el centro, sobre un altar rodeado de cirios negros, esperaba una figura que era a la vez hombre y bestia, anciano y niño, reina y verdugo. Era la Esencia del Pacto, la entidad que mediaba entre dones y castigos.

—¿Tienes la semilla de tu poder? —preguntó la voz, múltiples y una a la vez.

Rineth asintió. Sacó del manto la diminuta jarra de jade donde, muchos años antes, su madre le había legado la chispa de la Vida Vieja, la energía que corría por la línea Tamar y los condenaba a ser vasijas de poder.

—¿Y aceptas ser vaciada? ¿Renuncias al recinto de tu memoria y cedes el último eco de tu nombre?

El momento de dudar había quedado atrás. Rineth cerró los ojos. Sintió cómo la magia fluía fuera de ella, arrancando raíces, recuerdos, sueños y miedos. Alrededor, las caras de los viejos enemigos surgían en los espejos; Tiral lloraba en una, la Reina Ashna apenas sonreía en la otra; la memoria de la última cosecha, la canción balbuceada por su padre moribundo. Todo se soltaba, como pétalos de una flor marchita atrapada por el viento.

Cuando terminó, un frío absoluto llenó el vacío. La figura del altar sonrió.

—Has cumplido. Eres libre, Rineth Tamar. Pero recuerda: un vaso vacío siempre puede volver a llenarse.

La grieta se cerró súbitamente, y Rineth despertó de nuevo en Ashavel, arrodillada como una mendiga ante la gran puerta. Sostuvo la jarra de jade, ahora inerte. Sintió la ausencia de la magia, que era algo así como un miembro amputado. Y sin embargo, en ese hueco, algo nuevo germinaba. Un murmullo, apenas perceptible: la ciudad respiraba, y era ella quien ahora escuchaba.

Leorath no estaba. Las calles resonaban con los pasos de otras, otras como ella, que buscaban perder lo que era imposible de retener. El aire olía distinto ahora: a primavera, a sangre renovada, a futuros posibles.

Rineth se levantó, aun tambaleante, y empezó a caminar. No había conjuro en sus manos, pero sí el rumor de una vida despojada de cargas. La historia estaba recién empezando, aunque los dragones ya no cantasen y los reyes guardasen silencio. Ashavel, la ciudad del último pacto, la acogía como a una hija pródiga.

Bajo la luna, las campanas de la Vigilia tañeron un tono nuevo, y Rineth avanzó más allá de la última sombra. Donde todo aquello que había perdido ya no pesaba, y el mundo, al fin, empezaba de nuevo.

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