Portada del relato La ciudad de los relojes invisibles
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Fragmento:


No lo comentó con nadie, por supuesto. Había aprendido de niña —cuando las palabras que elegía pesaban el doble que las que reservaba para sí misma— que compartir esos detalles le valía miradas de compasión, o peores todavía: esas leves sonrisas que significan “ya no hay remedio”. Pero algo quedó germinando en la raíz de su columna: una inquietud cálida y vibrante, como si formara parte de una vasta maquinaria que sólo revela sus engranajes cuando te sorprendes desprevenido.

Duración: 09:22

La ciudad de los relojes invisibles
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que Valeria sintió el tiempo detenerse fue en el baño del tren que iba de Santander a Bilbao, mientras rascaba la espuma de afeitar de su rostro y oía la corriente invisible de voces tras la puerta. El reloj de pared, un cuadrado amarillo que colgaba ahí desde el franquismo, titiló en el hueco del silencio, y durante el parpadeo Valeria percibió, con esa extraña certeza que aúlla sólo en las horas inútiles, que la Tierra había dejado de girar una fracción de segundo.

No lo comentó con nadie, por supuesto. Había aprendido de niña —cuando las palabras que elegía pesaban el doble que las que reservaba para sí misma— que compartir esos detalles le valía miradas de compasión, o peores todavía: esas leves sonrisas que significan “ya no hay remedio”. Pero algo quedó germinando en la raíz de su columna: una inquietud cálida y vibrante, como si formara parte de una vasta maquinaria que sólo revela sus engranajes cuando te sorprendes desprevenido.

El tren siguió su trayecto, las colinas desfilaron ante la ventanilla de cuarto de baño, y la vida, fiel a una lógica que a ella le resultaba hostil, continuó con su palpitación insistente. Valeria regresó a su asiento. Frente a ella, el hombre del pasillo —pelo canoso, mirada de isla— escribía en un cuaderno sin detenerse, como si el mundo entero le dictara palabras.

Pasaron semanas antes del siguiente episodio. Esta vez no fue en movimiento, sino detenida, aplastando una colilla contra el suelo de su terraza en el décimo piso. El aire era tan viscoso como el de un sueño; entre las luces de la ciudad distinguió la silueta de un hombre que, apoyado en una farola, sostenía un reloj de arena invertido sobre su cabeza. Valeria pestañeó y la imagen se deshizo, evaporándose en el calor de la noche. Ese hombre, sin embargo, regresaría en sus pensamientos a intervalos inexplicables, despertando cada vez que el mundo a su alrededor parecía suspenderse en un instante de irrealidad. Valeria, que había crecido en una familia de fantasmas callados y abuelas a las que se les aparecían santos en los azulejos del baño, lo atribuyó a la memoria o, mejor dicho, a ese músculo residual donde se amasa la tristeza ancestral.

Pero en la ciudad de los relojes invisibles —así le gustaba pensar en Bilbao— las reglas se erosionan como la piedra contra el agua. Y a veces, las grietas se llenan de prodigios.

Valeria vivía sola en un apartamento minúsculo, colmado de libros viejos, polvo y cartas nunca remitidas. Trabajaba en una librería cuyo frente lucía una marquesina torpe, desvanecida por el tiempo, donde las palabras “Círculo de Humo” sólo se leían al anochecer, cuando la humedad imprimía un relieve efímero sobre el cristal.

Fue en esa librería donde, por tercera vez, el tiempo se negaba a avanzar. Estaba colocando la última novela de algún escritor noruego de moda, cuando el zumbido de las luces fluorescentes se elevó dos octavas, estremecedor. Los libros en los estantes temblaron apenas, y un olor a tierra mojada —imposible en el hormigón polvoriento del local— la envolvió en una cúpula de recuerdos prestados.

El hombre del tren entró entonces, meticulosamente, como si atravesara el filo de una página que apenas se sostiene. Vestía el mismo abrigo gris, llevaba el mismo cuaderno, aunque no escribía. Sus ojos se posaron en los de Valeria y ella sintió, sin palabras, una invitación a cruzar. A cruzar qué, no lo supo; tal vez la frontera entre lo que se dice y lo que no se dice y, por tanto, existe.

—Han vuelto a detenerlo —murmuró él, más para la eternidad que para ella—. Pero aquí casi nadie lo nota.

Valeria quiso preguntar, quiso romper la costra de años de silencio, pero algo la retuvo. El hombre se deslizó por el pasillo entre las mesas, se perdió detrás de una cortina de cuentos infantiles. Y entonces, como siempre, el tiempo prosiguió. Los ruidos regresaron. Un niño rompió a llorar.

Esa noche, mientras la ciudad parecía cribada por hilos de lluvia, Valeria revolvió viejas agendas y encontró, entre las hojas manchadas de café, una fotografía de su madre. La mujer la había abandonado a los nueve años, descosiéndose de la realidad como una sombra acorralada por la luz. Su rostro —en la imagen, joven e imperturbable— le devolvió una mirada burlona; la mano izquierda sostenía un reloj sin manecillas.

Valeria jamás recordó haber visto aquel reloj, y sin embargo, la nostalgia le arañó la piel como las uñas de un animal intranquilo. Comenzó a sospechar, desde ese momento, que el tiempo —su tiempo, al menos— se encontraba enredado con hilos que otros no veían. Hilos que vibraban en el umbral de lo posible.

Se obsesionó. Pidió préstamos a la biblioteca, devoró tratados de física y cuentos de hadas, manuales esotéricos y diarios de insomnes. Todos parecían repetir lo mismo: el tiempo es un río, decían unos. Otros, que era un océano donde uno sólo flota. Nadie mencionaba las arenas que rezumaban entre los dedos de los que, como ella, lo sentían detenerse en la mitad de una oración, la mitad de una caricia, justo cuando el mundo susurraba un secreto que sólo unos pocos, tan pocos, podían escuchar sin enloquecer.

Pronto, las interrupciones —así comenzó a llamarlas— se repitieron. A veces en la panadería, al romper el pan caliente con los dedos. Otras veces en el cine, justo antes de que los créditos iniciasen, colando esa grieta extraña en la cual recordaba todos los sueños de su infancia en un solo parpadeo. Cada vez, la ciudad parecía congelarse en un aliento prolongado, en el cual Valeria encontraba la silueta del hombre del reloj de arena, cada vez más nítido, más real.

Todo se aceleró la noche que, atravesando el Puente Zubizuri de regreso a casa, sintió que una presión helada le crispaba la nuca. De repente, los autos se detuvieron, las luces parpadearon y, entre el humo de la ría, Valeria vio —tan claro como había visto jamás nada— a decenas de figuras de arena que caminaban en el aire, transparentes, llevando relojes detenidos en la frente.

El hombre del tren estaba allí, y su voz, por primera vez tan cercana como un susurro al oído, le habló en una lengua que reconoció de inmediato como la de su abuela: el euskera antiguo, con palabras que evocaban el agua, la luna y esa otra estación en la que los muertos regresan a consultar la hora.

—No temas —le dijo, la mirada tan lenta como encima de un sueño—. Eres de los nuestros. Los que recuerdan cómo se teje y desteje la memoria en las costuras del tiempo.

—¿De los vuestros? —preguntó Valeria, temblando, aunque sin miedo.

—Los guardianes —respondió él—. Los pastores del ahora, los que recolectan los segundos perdidos y vigilan que el olvido no devore el presente.

Las figuras de arena cuchichearon en la brisa, sus voces como granos estrellándose contra una ventana. Valeria sintió que, en aquel instante, atravesaba su propio reflejo.

—¿Por qué yo?

El hombre acarició el reloj de arena. Un hilo de luz azulada lo surcó.

—Porque tienes la herida y la mirada, pero sobre todo porque nunca preguntas cómo ni cuándo, sino por qué.

Valeria recordó a su madre, el reloj sin manecillas, la casa vacía y la soledad colgando como un adorno más en las paredes desnudas. Allá, en los balcones, las sombras de otros como ella miraban la escena, y por sus ojos corrían lágrimas espesas de oro líquido.

—¿Qué ocurre si no acepto?

—Alguien más cuidará las horas —dijo el hombre—, pero tú perderás para siempre la memoria del instante. Y no hay destino peor para quienes ven el mundo entre parpadeos.

Durante una eternidad comprimida en un segundo, Valeria pensó. Pensó en la ternura que se escurre entre los gestos cotidianos, en la brutal belleza de las mañanas indecisas, en la misericordia de poder olvidar ciertas cosas. Y supo, con la profundidad de una certeza antigua, que aceptar era la única forma de regresar a casa.

—Acepto —susurró, y el mundo giró sobre sí mismo.

Las figuras de arena se disolvieron. El hombre, ahora más joven, más anciano, sólo un instante más nítido, le sonrió.

—Bienvenida a la ciudad de los relojes invisibles.

La vida de Valeria cambió en los detalles, no en los grandes gestos. Aprendió a escuchar el zumbido detrás de las conversaciones, a reparar en las personas que, como ella, se sobresaltaban ante los mínimos vacíos, los ligeros extravíos de la realidad. Custodió el canal secreto por el que el tiempo fluye y se atasca, encendiendo, de vez en cuando, la memoria de los que olvidan.

Y así fue como, en la ciudad donde la lluvia nunca olvida, empezó a crecer un rumor nuevo: que los segundos robados a la prisa se cuelan en los ojos de quienes han aprendido a esperar la música de la pausa. Que donde nacen los espejos, cada reflejo es, en realidad, una puerta entre los mundos. Y que a veces, bajo la luz indecisa de los portales húmedos, se ve pasar a una mujer sola —de andar lento y mirada ensoñada— llevando entre las manos un reloj sin manecillas, buscando a aquellos que aún pueden recordar cuánto dura exactamente un instante antes de que el tiempo, implacable, reinicie su marcha.

Y justo después, cuando todo es de nuevo posible, los relojes invisibles laten, sólo por un segundo, al compás de quienes son capaces de habitar la frontera callada donde nunca dejó de ser medianoche.

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