Portada del relato El eco de los altos tronos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


En aquel tiempo, Ulrich vivía solo y casi en ruinas, en una torre petrificada por las lluvias. Solo los que necesitaban paz natural, o los que no temían a los costurones violetas en el cielo nocturno, subían hasta su morada. Solía sentarse en la cornisa, escuchando. Una tarde, una niña llegó a la puerta con una cesta de setas y una carta guardada bajo la manga. No hablaba mucho —los silencios de los niños dicen más que los discursos de los reyes—, pero Ulrich entendió el mensaje: había alguien, algo, que estaba deshojando el mundo. Y si no hacía nada pronto, solo quedarían las historias para explicar las ruinas.

Duración: 08:10

El eco de los altos tronos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

¿Quién recordará el nombre de aquel que llamó la tormenta solo para salvar aldeas que ni constan ya en los mapas? Nadie acudió a los funerales de los héroes olvidados. Lo sé porque estoy allí, entre las lápidas confusas que se aferran a la bruma del tiempo, dejando que los líquenes hagan lo que los trovadores no supieron. Aquí, donde el musgo es más verde que la esperanza y la lluvia se desliza perezosa por los epitafios, resuena una leyenda que rara vez consigue atravesar la gruesa tela del olvido.

La leyenda comienza —como casi todas— con una promesa y un error. Eran los días en que aún caminaban entre nosotros los Hombres del Trueno, una estirpe forjada no tanto en el valor, como en ese extraño poder de oír lo que el viento susurra cuando parece que no queda ya nadie escuchando. Nadie recuerda cómo aprendieron a invocar los cielos. Algunos dicen que nacieron en medio de tormentas; otros, que robaron un trueno al dios caído y lo guardaron en los pliegues de sus corazones. ¿Quién lo sabe ya?

Ulrich fue el último de una línea que apenas dio hijos, y ninguno que llegara a mayor edad. En las crónicas que sobreviven en los monasterios del sur, su nombre aparece apenas en notas marginales: “Ulrich el Innombrable”, “el que no teme la lluvia”, “heredero de la tempestad”. Pero aquello que las plumas prudentes rechazan contar fue lo que transformó al hombre en leyenda, y más tarde, en eco dormido que a veces, cuando los relámpagos se enroscan como gatos en el cielo, vuelve a oírse en la memoria de quienes ya duermen.

Cierto atardecer, llegó a las tierras altas una sombra. No una sombra cualquiera, sino una que devoraba el color de todo lo que tocaba, que mudaba los recuerdos en ceniza y llamaba a la enfermedad y a la fuga del ganado. Nadie se atrevió a nombrarla, porque nombrar es reconocer y entonces perderá uno la inocencia de lo que ignora.

En aquel tiempo, Ulrich vivía solo y casi en ruinas, en una torre petrificada por las lluvias. Solo los que necesitaban paz natural, o los que no temían a los costurones violetas en el cielo nocturno, subían hasta su morada. Solía sentarse en la cornisa, escuchando. Una tarde, una niña llegó a la puerta con una cesta de setas y una carta guardada bajo la manga. No hablaba mucho —los silencios de los niños dicen más que los discursos de los reyes—, pero Ulrich entendió el mensaje: había alguien, algo, que estaba deshojando el mundo. Y si no hacía nada pronto, solo quedarían las historias para explicar las ruinas.

Durante siete noches Ulrich descendió por las sendas empapadas, vestido con una capa tejida con el pelo de las cabras de la tormenta, aquellas bestias salvajes que pastaban en las pendientes más expuestas. Había aprendido a leer el idioma de las nubes y a contar los segundos entre la luz y el estrépito del trueno. Con cada descenso encontraba una aldea menos, un corro de mariposas más pequeño, hasta que comprendió que la sombra no estaba ya conquistando: habitaba dentro de todos.

Era una niebla espesa y vibrante, que se refugiaba en los corazones cansados y en las gargantas rotas de los ancianos que ya no esperaban nada. La niebla, por supuesto, no podía ser atravesada por flechas ni por lanzas, y se reía de la pólvora y el hierro. Pero Ulrich, recordando los cuentos que su madre le hacía de niño —cuando aún llamaban a los Hombres del Trueno para bendecir cosechas y ahuyentar el mal—, supo que tenía algo distinto: la promesa.

Y fue así que en la octava noche Ulrich subió a la colina más alta y encontró allí a la sombra, que vestía formas humanas ese día y se sentaba sobre un roble, tejido de hojas muertas.

—¿Por qué luchas tanto? —dijo la sombra—. Nadie te llamará después de esto. Nadie.

Ulrich recogió una piedra fría y, sin mirar a la sombra, arrojó al cielo una pregunta:

—¿Por qué no lo haría?

Un relámpago, atraído por la sinceridad más que por el metal, descendió entonces, y la noche se rasgó como un paño en llamas. La sombra gritó, o tal vez solo el viento chilló, y toda la tierra pareció inclinarse por un instante hacia la posibilidad del milagro. Pero milagros, ya lo sabéis, rara vez reconocen a quienes los buscan. La sombra se dispersó, sí, pero no fue destruida. Volvió a surgir allá donde el miedo no tenía nombre y el cansancio era tan espeso como la miel de los inviernos largos.

Estaba cansado Ulrich, tanto que la propia lluvia parecía llorar por él. Pero no podía volver atrás. El precio de ser un Hombre del Trueno no es la gloria, sino recordar. Recordar implica cargar con el peso de las promesas rotas y de las noches inacabadas. Vagó entonces bajo la lluvia, desterrado tanto entre los vivos como entre los difuntos. Donde pasaba, las madres le despedían con una caricia ausente y los niños le arrojaban frutas, más por costumbre que por fe. Mientras tanto, la sombra regresaba cada vez más débil, pero también más astuta, refugiándose no ya en lo visible sino en lo inimaginado; una añoranza, una palabra no dicha, la paz que nunca llega.

Pasaron los años. Nadie se acercaba ya a la torre. La niña de la cesta, ahora mujer, buscaba cada tanto señales de que Ulrich seguía luchando. En los graneros y las cocinas, las historias cambiaban: ya no hablaban de combates titánicos, sino de gestos mínimos. Había que ofrecer la última hogaza al extraño, rescatar a los perros del río, guardar silencio cuando el trueno repicaba. La memoria colectiva, que siempre corta esquinas, acabó por transformar a Ulrich en una presencia difusa, apenas un rumor que recorría los caminos cuando los robles crujían a medianoche.

Decían algunos que Ulrich había sellado la sombra dentro de la torre, otros que se había hundido bajo tierra para convertirse en raíz y brote; los más viejos preferían creer que había subido a alguna estrella, donde aguardar la próxima tormenta. Pero la verdad, tan obstinada como las estaciones, era más modesta: Ulrich permanecía sentado a la puerta de su casa, conversando con la lluvia, esperando el crepúsculo final. Algunos decían que un día, una figura encorvada llegó a buscarle, con una melodía antigua entre los labios y una vara de saúco en la mano. Que, en la última noche, Ulrich entregó al desconocido su promesa, envuelta en un hilo de trueno, y que se marchó sin hacer ruido para no despertar a quienes necesitaban creer que la paz es algo perdurable. Ninguno de los presentes quiso luego contar el desenlace. Tal vez, por fin, comprendieron que los héroes son incómodos testigos en los tiempos tranquilos, esos que todos juramos desear en voz alta mientras, en secreto, añoramos una mínima sacudida de tormenta.

La niña —ya mujer, ya anciana— guardó la historia bajo la lengua durante inviernos enteros. Solo cuando la sombra, más vieja y cansada aún que Ulrich, regresó sigilosa para robar el aliento de los dormidos, se atrevió a pronunciar el nombre perdido en el umbral de su casa. No hubo trueno, ni luz, ni siquiera despedida. Pero al día siguiente, los niños encontraron las campanas de la iglesia bañadas en rocío, como si alguien hubiera llorado desde lo alto, y en el aire flotaba una promesa renovada, apenas perceptible: mientras alguien recuerde —aunque sea moviendo los labios en sueños— los Hombres del Trueno seguirán esperando en el horizonte, listos para llamar a la tormenta una vez más.

Y así el ciclo se repite, con menos testigos y menos certezas. Los héroes olvidados caminan entre nosotros, convertidos en hojas que crujen bajo nuestros pies, en el susurro de la lluvia contra el cristal y en el pequeño alivio de saber que, incluso cuando todo parece terminado, alguien —aunque no sepamos su nombre— está escuchando la promesa de los truenos y la esperanza de que, alguna vez, el olvido sea menos fuerte que la memoria.

Tal vez los relámpagos no respondan ya tan rápido. Quizá los héroes prefieran el anonimato a la estatua. Pero si alguna víspera de tormenta notáis un escalofrío distinto, una mano invisible sosteniendo el cielo un instante más, recordad: fueron hombres y mujeres así los que tejieron el mundo que heredamos. Los que, sin pedir nada a cambio, trajeron la aurora donde solo florecía la sombra. Con o sin nombre, ellos son los guardianes de todos los cuentos, y aún hoy esperan un gesto —el vuestro, tal vez— para no ser, del todo, olvidados.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.