Portada del relato El Abrazo de las Hadas Olvidadas
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Fragmento:


—Te has perdido, hijo de la ceniza —dijo, no con la voz, sino de algún modo, en la sangre de Ciel.

Duración: 08:41

El Abrazo de las Hadas Olvidadas
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Texto de ajuste de pausa.

Había una vez —como en toda buena historia— un reino cuyo corazón era un bosque tan antiguo que los árboles recordaban los susurros de la creación. Los aldeanos que vivían al borde de su linde lo llamaban el Bosque de Lluvia Lánguida, pero quienes conocían los mapas secretos de la reina lo llamaban el Refugio de Hadas Olvidadas. Aquel dominio de ramas y luces moteadas era tan hermoso como peligroso, pues las hadas exiliadas de sus propios reinos hallaban allí consuelo y venganza en dosis iguales.

No se trataba de duendecillos risueños ni de brillitos danzarines, sino de seres cuya belleza podía helar la sangre y cuya voz podía seducir a un rey o a un mendigo al abismo de la locura. Ciel era un muchacho de la frontera que no creía en historias para asustar niños, pero sí en la necesidad de leña seca. Su madre lo enviaba al límite de la foresta cada atardecer, advirtiéndole: “No te adentres más allá del arroyo de las piedras azules. Prométemelo, Ciel.” Él asentía distraído, pensando más en la hija del molinero que en el peligro invisible. Aquella tarde, la niebla parecía más espesa y blanca. Tentado por una rama caída más allá del arroyo, Ciel cruzó la línea invisible del permiso y el amparo.

Fue entonces cuando escuchó la música. No era canción de pájaros, sino un coro imposible; como si las hojas, el agua y el viento hubieran aprendido una sola melodía y la susurraran en un idioma anterior a todos los humanos. El muchacho siguió el sonido con el corazón acelerado, revolviendo la bruma hasta que desapareció todo rastro de sendero. El bosque aquí era distinto: los troncos tenían tonos de cobre y añil, el aire olía a jazmín y extraños frutos colgaban como luciérnagas detenidas en un parpadeo perpetuo.

La Reina del Refugio estaba sentada sobre un trono de espinas entrelazadas y líquenes dorados. Ciel, criado entre la rutina y la escasez, sintió cómo su alma flotaba ante la visión de la Dama del Bosque: su piel era pálida como la niebla, sus cabellos tan largos y oscuros que se confundían con las raíces bajo sus pies descalzos. Vestía solo hojas y constelaciones cosidas con savia y secreta tristeza.

—Te has perdido, hijo de la ceniza —dijo, no con la voz, sino de algún modo, en la sangre de Ciel.

Él, paralizado de asombro, solo pudo asentir.

—¿Sabes quiénes somos?

—Hadas, creo —balbuceó.

—Eso fuimos, eso somos y no somos —respondió ella. Detrás de la reina se movían docenas de figuras etéreas; unos tenían alas como telarañas de escarcha, otros piel marmórea surcada de cicatrices, otros formas que desafiaban los límites de lo humano. Todos observaban a Ciel con hambre, compasión y algo más antiguo que ambas cosas.

Una figura de alas rotas se adelantó y tocó un laúd invisible.

—¿Por qué cruzaste el arroyo?

Ciel deseó mentir, dar una respuesta heroica, pero el bosque parecía arrancarle la verdad de la lengua.

—Vi leña, y tenía frío.

Un murmullo recorrió la corte de las hadas, como una brisa afilada.

—Frío humano. Hambre humana. Siempre igual. —La Reina sostuvo la mirada de Ciel y, sin apartar los ojos, agitó una mano. Las ramas se apartaron, revelando una mesa de banquete tan suntuosa como temible: frutas cuyo aroma embriagaba, copas rebosantes de líquidos iridiscentes y carnes de colores imposibles.

—Come, muchacho, si eres tan valiente como para adentrarte en nuestros dominios —invitó la reina.

Ciel recordó las advertencias: jamás probar la comida de las hadas, jamás quedarse hasta el canto del gallo. Sin embargo, el hambre se le hinchaba en el vientre y la visión era un imán. Tomó una baya dorada y la llevó cautelosamente a la boca. El sabor era todos los veranos y todos los otoños a la vez; le recorrió la médula de pies a cabeza, y sintió que lloraba por amores no vividos mientras su lengua aprendía el idioma polvoriento de los secretos.

El banquete siguió. La corte danzó y reía, y las historias fluyeron como el vino. Narraron las traiciones de los hombres, la quema de bosques para edificar castillos, la persecución de criaturas distintas, la promesa inquebrantable de los exiliados: jamás volver al mundo, pero jamás olvidar el daño recibido. Sin embargo, una melancolía espectral teñía cada risa, cada burla.

La reina lo observó en el clímax de la fiesta.

—¿Sabes, hijo de la ceniza, qué celebramos esta noche?

—No —susurró él, embriagado y triste a la vez.

—Celebramos la traición de nuestra hermana, la Dama Roja. Cada año la recordamos, porque ella amó demasiado a un humano, y pagó con nuestra condena. Desde entonces, nadie puede salir de este bosque, ni amar un corazón humano sin perder el propio.

El laúd sonó otra vez, esta vez un lamento. Las figuras danzantes se tornaron sombras, y el aire se llenó de escarcha.

—¿Quieres partir? —preguntó la reina.

Ciel asintió.

—¿A costa de qué?

—Lo que pidan —musitó él, con la ingenuidad de quienes ignoran que toda deuda mágica se paga con la vida, la memoria o los sueños.

La reina descendió de su trono y, tocando la frente de Ciel con un dedo frío, susurró:

—Quiero ver el mundo a través de tus ojos. Solo por una noche. Y tú verás el bosque a través de los míos. El intercambio termina al amanecer, si ambos sobreviven a verse como el otro.

No hubo tiempo para dudas. Ciel sintió que sus huesos se volvían estrellas, que sus nervios eran raíces, que su aliento era el canto del bosque mientras la reina, dentro de su cuerpo humano, temblaba como si el invierno hubiese entrado en ella.

Él, ahora espíritu del bosque, contempló el mundo desde lo alto, notando cómo las presencias humanas aparecían como luces ávidas, como fuegos que consumían y daban calor al mismo tiempo. Su pensamiento era antiguo, vasto; el hambre, la soledad de milenios, la nostalgia de la piel humana perdida. Cada hoja, cada insecto le contaba una historia. El murmullo de los exiliados en la corte era, en su nueva experiencia, un solo y prolongado lamento de la tierra condenada.

Mientras tanto, la Reina, vestida con el cuerpo de Ciel, caminó vacilante hasta la aldea. Los aldeanos se cruzaban a su paso, sin conocer la mirada ancestral que los observaba desde aquellos ojos de muchacho. Entró en la casa de la madre de Ciel, olfateó el pan y se sentó junto al fuego, sintiendo lágrimas que no entendía. Por primera vez, el corazón de la reina, acostumbrado al eco interminable del bosque, se agitó con la sencilla ternura de una madre preocupada, el silencio nocturno del hogar, la esperanza y la fatiga humanas.

La madre, percibiendo algo raro, preguntó:

—Ciel, ¿estás bien?

La reina, incapaz de mentir, solo asintió y miró la mano humana. Sintió las cicatrices, la rigidez de los huesos, la debilidad, pero también la calidez. Se atrevió, por un instante eterno, a comprender por qué la Dama Roja se atrevió a amar a uno de los suyos.

Cuando el alba desveló los primeros hilos de oro tras las montañas, la reina abandonó la casa y, corriendo al bosque, buscó al Ciel árbol y sombra. En el claro donde el hechizo se fraguó, ambos recuperaron sus cuerpos. El muchacho lloraba, su mente permanentemente alterada por la vastedad de la vida arbórea y la memoria de dolores ajenos. La reina susurró, con una voz que temblaba por primera vez:

—Ahora entiendes, hijo de la ceniza. El mundo humano y el nuestro laten en el mismo pecho herido. ¿Qué nos queda, sino buscar consuelo unos en la herida de otros?

Él, trastocado para siempre, solo pudo asentir, y esa noche, regresó a su hogar, convencido de que llevaría la compasión del bosque al mundo de los hombres.

Antes de perderse en la niebla, la reina habló una vez más:

—Vuelve el día que el mundo de los hombres muestre misericordia, y las hadas regresarán. Pero si pierdes el recuerdo de esta noche, nosotros también perderemos el nuestro.

Ciel prometió recordarlo y vivió, de ahí en adelante, como el guardián invisible del lindero. Sus hijos, y los hijos de sus hijos, crecieron sabiendo, más allá de cuentos para amedrentar, que la frontera del bosque era la frontera entre el dolor y la ternura, entre el mundo visible y el secreto.

En el Refugio de Hadas Olvidadas, cuando el viento sopla desde la aldea, la corte escucha una melodía distinta, leve pero verdadera: es la canción de un hombre marcado por la belleza y el dolor de ambos mundos, y en ese canto, la esperanza —enquistada en el alma de los desterrados— sigue reverberando, agazapada entre las raíces.

Y así, la noche y el día se prometen, a orillas de aquel arroyo de piedras azules, que su encuentro jamás será olvidado mientras quede al menos un corazón dispuesto a recordar las heridas… y a perdonarlas.

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