Portada del relato El susurro de los vitrales
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Fragmento:


La única alma cálida entre los huéspedes era Edrien, el trovador, encargado de llenar los salones con historias prestadas y melodías importadas de tierras menos crueles. No era guapo, ni astuto, ni valiente: era, sencillamente, terco en su apego a la vida, como una raíz febril aferrada a la roca. Había llegado al castillo durante una ventisca de tres días, con los dedos ennegrecidos por la escarcha y una promesa impresa en la lengua: contarle a la reina una historia que nunca antes hubiera escuchado.

Duración: 10:12

El susurro de los vitrales
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Texto de ajuste de pausa.

Había una vez un reino empotrado en el confín mismo de los mapas, donde la gente dejaba de señalar y los comerciantes se negaban a viajar. Allí, más allá de la sombra límite de los pinos eternos y de los lobos famélicos, se alzaba un castillo elevado no tanto por piedra y mortero, sino por la clarividencia helada del invierno. Sus bastiones resplandecían bajo el sol como fracturas en el aire, y sus vigas, talladas con justicia sobrenatural, eran columnas de hielo tan puras que el mismo tiempo parecía reticente a dejar en ellas una mota de polvo o una huella de recuerdo.

En este castillo vivía una corte: un puñado de nobles cubiertos de pieles de zorro ártico, sus bocas siempre cubiertas de vapor, sus miedos distorsionados en los reflejos de los muros traslúcidos. Pero el poder real no lo ostentaba el trono, ni las lenguas cortadas de los senescales, sino la propia reina: Alisandre, que nunca caminaba dejando marca, porque la escarcha cicatrizaba tras ella igual que se disuelve una palabra no pronunciada.

No podía decirse, ni siquiera en las tabernas de las aldeas lejanas, si Alisandre era realmente de carne y hueso, o una especie de aparición cincelada del viento septentrional. Los trovadores murmuraban, acodados en mesas grasientas, que su madre había sido una tempestad y su padre, un copo de nieve caído en la palma de un dios distraído. Una versión menos poética, registrada en los polvorientos anales del Gran Heraldo, atestiguaba que había llegado una noche arrastrada por lobos, con la piel azulada del recién nacido y unos ojos que nunca pestañeaban.

Fuera como fuera, todos sabían que nada envejecía en el castillo. Las flores de cristal, pulidas a mano por aprendices hechiceros, se mantenían inmaculadas año tras año. Los tapices, tejidos directamente de la niebla y de la memoria de los cuentos, no se deshilachaban. Incluso los perros guardianes —silenciosos, míticos, con collares de perlas congeladas— parecían estar siempre en ese instante intermedio entre el gruñido y el bostezo, sin avanzar jamás hacia su final natural. En cuanto a las personas, no morían: solo se volvían más lentas, más frías, con las pulsaciones reducidas a un leve tic-tac, hasta que un día dejaban de moverse, detenidas como estatuas bajo la cúpula de hielo.

La única alma cálida entre los huéspedes era Edrien, el trovador, encargado de llenar los salones con historias prestadas y melodías importadas de tierras menos crueles. No era guapo, ni astuto, ni valiente: era, sencillamente, terco en su apego a la vida, como una raíz febril aferrada a la roca. Había llegado al castillo durante una ventisca de tres días, con los dedos ennegrecidos por la escarcha y una promesa impresa en la lengua: contarle a la reina una historia que nunca antes hubiera escuchado.

Nadie sabía qué le retenía allí. Algunos decían que buscaba la salvación para un amor perdido; otros, que jugaba un doble papel como espía de algún rey rival. Edrien, por su parte, solo pensaba en las noches: cuando el castillo crujía como si respirara, los ventanales reverberaban con un brillo lunar, y el silencio se volvía tan absoluto que cada palabra pronunciada se congelaba en el aire, cayendo luego al suelo como fragmentos de ámbar helado.

—Cuéntame otra —pidió la reina, la tercera noche de aquel invierno interminable.

Edrien, con las manos envueltas en pañuelos de lana, miró hacia la gran bóveda translúcida. Se preguntó si los primeros arquitectos habrían previsto que su obra resistiría no solo al clima, sino al tiempo y al olvido.

—Esta es la historia de una nación donde nacen árboles de cobre en vez de abetos —empezó—, y donde los ríos fluyen hacia arriba…

Pero no llegó a terminar la frase. Un sonido, como el crujido de mil cristales pisoteados en una catedral, invadió la sala. La reina ladeó la cabeza, atenta. Los miembros de la corte, congelados en su habitual letargo, ni siquiera parpadearon.

—No es palabra tuya lo que altera el hielo —susurró Alisandre—. El castillo escucha otra voz.

Edrien contuvo el aliento y, por primera vez, notó el gélido temblor de su propio cuerpo. Alguien, o algo, estaba tratando de entrar en el castillo, y el hielo no le impedía el paso. Una corriente de aire, levemente más cálida, arrastró consigo un aroma insólito: resina, tierra recién removida, y un matiz de hojarasca húmeda. Un olor ajeno a todo aquel reino, que no olía ni a nieve ni a miedo.

El castillo —como si respondiera con desesperación— dejó caer de sus paredes lágrimas suspendidas, que en el instante se endurecieron en puñales.

Alisandre no mostró temor, pero en sus ojos centelleó una preocupación nueva.

—Exiliados… —murmuró—. Hijos del deshielo.

El trovador no entendió, pero la corte sí. Un murmullo sordo recorrió los corredores como un escarabajo bajo el suelo. Todos sabían qué significaba ese nombre: los que una vez habitaron el castillo y, al fracasar en el abrazo de su invierno, habían sido arrojados a la intemperie. Caminaban, decía la leyenda, tan desnudos de abrigo como de memoria, incapaces de encontrar descanso donde el hielo ya no teje escudos.

Edrien fue llamado al gran vestíbulo. Allí, delante del portón de cristal tallado, la reina aguardaba, envuelta en un manto que parecía tejido de auroras boreales petrificadas. Los exiliados no tardaron en aparecer: primero la silueta de una mujer menuda, con la piel agrietada y los ojos como cuentas de ónice; luego un niño, delgado hasta la transparencia, y por último, una sombra sin rostro, que arrastraba un manto de hojas secas cubiertas de escarcha.

La reina, sin un solo gesto de conmiseración, pronunció la letanía ritual.

—¿Por qué volvéis, si el frío no os toleró?

La mujer de los ojos de ónice respondió con voz trémula, cada palabra convirtiéndose en carámbano tangible:

—No hay hogar en la desolación. Regresamos para fundir los muros, para reclamar lo que fue nosotros antes del olvido.

El niño no dijo nada, sólo extendió una mano, huesuda y translúcida.

Edrien, aturdido, sintió primero compasión. Pero la sombra de hojas parecía absorber toda la calidez de la estancia, desatando una ventisca interior.

—Lo que fue roto no puede ser rehecho —sentenció la reina—. El hielo guarda, pero no devuelve. ¿Qué os haría pensar que ahora seréis admitidos?

La mujer de los ojos de ónice sonrió con la resignación de quien ha sufrido largas inviernos:

—El mundo entero cambia, Alisandre. Incluso el castillo no será eterno. El hielo compacta la muerte hasta que se rompe, irreparable. Venimos para recordártelo.

La sombra avanzó y, con un movimiento imperceptible, depositó a los pies de la reina un pequeño cubo de hielo, tan claro que dentro de él dormía una rosa de verano, aún viva, aún roja. La temperatura del vestíbulo cayó varios grados: las lágrimas de la corte, esos nobles petrificados, se deslizaron en perfecto silencio por sus mejillas lívidas.

Alisandre se arrodilló, gesto insólito en la reina del hielo. Sus dedos, hermosos y fatales, acariciaron la caja traslúcida.

—La memoria del verano no calienta aquí —dijo, pero ningún destello de ira o desprecio empañó su voz.

—Sí —dijo la mujer—, pero tampoco puedes olvidar que existió.

El trovador, con el corazón repiqueteando en su jaula estéril, se sintió súbitamente útil. Había venido a contar historias inaccesibles, pero ¿qué era cada leyenda sino una verdad encerrada en palabras, como una rosa en su recipiente inútil? Se adelantó, clavó la mirada en la reina y, temblando, habló:

—¿Qué sería un castillo de hielo sin quienes lo recuerdan caliente por dentro? El verdadero exilio es no ser contado nunca más.

La reina le observó, una sombra de humanidad asomando bajo sus párpados. No dio señal alguna, pero sus cortesanos petrificados, uno por uno, empezaron a soltar finos hilos de vapor por la boca; diminutos signos de vida y de arrepentimiento.

La sombra de hojas secas habló, su voz como el roce de plumas heladas:

—Nada permanece. O aceptas la grieta dentro del hielo, o te vuelves estatua en tu propio salón.

Por primera vez, el silencio dolía. Edrien sintió como todo el castillo contenía el aliento, esperando una respuesta. Era el tipo de decisión ante la que los cuentos suelen titubear, y fue entonces cuando vislumbró lo que nunca nadie había contado.

La reina cerró los ojos, su corona hendida momentáneamente por la duda. Luego, con un gesto casi imperceptible, deslizó la caja de hielo hacia el centro del vestíbulo. El cubo cayó, la rosa rodó afuera. Su aroma llenó la estancia: el recuerdo de un jardín aún no devorado por el invierno. Y, por primera vez en generaciones, una grieta diminuta cruzó el muro principal; un destello coral que ensució la pureza absoluta del hielo.

Nadie se movió, salvo Edrien, que empezó lentamente a cantar. Una canción sobre veranos extinguidos, de fiestas bajo manzanos y de amores que se creían eternos. Los exiliados rieron y lloraron, el niño aplaudió, la sombra exhaló sus últimas hojas secas y, antes de desvanecerse, se inclinó en gesto de gratitud.

La reina abrió los ojos: en ellos brillaba la comprensión trágica de los dioses.

—Al fin lo entiendo —susurró—. El hielo nos da forma, pero el recuerdo nos salva de la muerte verdadera.

A partir de esa noche, el castillo nunca volvió a ser igual. Cada invierno, una grieta más aparecía en los muros, y el rumor de las historias se filtraba hasta la misma médula de la corte. Algunos decían que Edrien y la reina fueron amantes, otros que él partió antes del último deshielo, pero el eco de su voz —y de aquella canción— nunca abandonó el salón nevado. Y, en lo más profundo del hielo, aún reposa intacta la rosa de los exiliados: un recordatorio de que ninguna prisión es perfecta, y ningún olvido es definitivo.

Y así, en el confín del mundo, bajo bóvedas transformadas en vitrales tallados por grietas, el castillo siguió reinando. Con su soledad distintiva. Con sus cuentos congelados a mitad de camino entre la tragedia y la salvación.

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