No siempre fue medianoche en la región de Trencavel, pero desde hacía años, unos susurraban que el sol no había encontrado el valor de entrar en sus bosques. Otros decían que la luna, celosa de los juramentos humanos, había cubierto de azul negro el valle. La mayor parte, sin embargo, guardaba silencio.
Los hombres y mujeres de Trencavel no salían de sus casas después de la penumbra, y sus cascos se llenaban de luz dorada como una defensa. Sólo una, Hélène, la tejedora de cuentos, desafió las palabras no dichas. Era joven y hermosa en un sentido poco común: sus cabellos caían como una cortina de hollín sobre hombros pálidos y tejería en su telar historias imposibles de arrancar de la memoria. Criada por una tía muda y un gato tuerto, Hélène ignoraba el miedo a la oscuridad: tras sus pasos, la madera nunca crujía y la brisa olía a violetas.
La noche en que esto verdaderamente comienza, la estaba esperando a la puerta de su cabaña una figura envuelta en sombras. Parecía un hombre, pero sus ojos eran demasiado claros y, aunque no apartaba la mirada, su silueta cambiaba al ritmo de un viento invisible.
—Señora de los hilos —dijo, y su voz era como el roce de las hojas entre sí—, te vengo a buscar por encargo de los que no duermen.
Ella debió estremecerse, pero sólo los dedos se le crisparon en el cabo de lana que envolvía.
—No soy tejedora de sueños ajenos. Si buscas otra clase de hilo, acude al taller de la señora Brière.
La criatura meneó levemente la cabeza y de la oscuridad salió una risita seca.
—Brière hace alfombras para los pies de los enamorados. No bastaría su seda ni su oro. Te queremos a ti, Hélène, porque eres capaz de tejer lo que no existe.
Con ese gesto de la que ya está harta de los desvaríos de clientes nocturnos, Hélène bajó el farol que colgaba sobre la entrada, lo sostuvo a la altura del pecho y se inclinó hacia adelante. La luz cayó sobre la criatura y, donde debería haber sombra, encontró una maraña de flores marchitas, insectos de alas transparentes, ramitas de sauce trenzadas.
—¿Quién eres? —preguntó al fin, bajando la voz como si hablara a solas en su taller.
—Mi nombre importa poco. Soy enviado de la Reina de las Coronas Marchitas. Mi señora necesita tu arte para volver a vestir la frontera entre el bosque y el mundo.
—¿La frontera? Las fronteras son para quienes les temen a los demás.
La criatura sonrió y los pétalos de su corona se agitaron de deseo.
—No la vieja frontera de arbustos y piedra. Otra, tejida de remordimientos, pactos rotos y de todo cuanto los hombres olvidan antes de dormir. Allí han crecido los huecos, y la noche se derrama por ellos como agua. Sin tu obra, Hélène, la Reina cederá el valle entero a la Oscuridad.
Esas palabras despertaron en la tejedora un eco amable y doloroso, el sabor de aquel primer cuento que su madre le contara antes de desaparecer bajo la niebla de una mañana lejana. Sin decir más, extendió la palma y convidó a la figura a avanzar. Caminó, pues, siguiendo al extraño bosque adentro, las briznas de hierba volviéndose espejos fugitivos bajo la linterna.
El sendero cambió pronto bajo sus pies: un adoquinado de costras de hongo y musgo, betas luminosas que danzaban entre los dedos, ramas que susurraban proverbios arcanos. El aire se espesó de canciones medio olvidadas.
En el corazón del bosque, al fin arribaron al lago. Era más grande de lo que imaginaba Hélène, curvándose como el lomo de un dragón dormido, rodeado de lilas viejas que exhalaban una fragancia embriagadora y húmeda. Allí, sobre una balsa de cañas y perlas, vio a la Reina. Lucía coronas hechas de flor marchita, velos de telaraña y se cubría con el manto glauco de la nostalgia.
—Has venido —dijo ella sin moverse, y hasta los sapos callaron—. Muchos años he esperado la mano que sueñe y no tema.
Hélène se inclinó, recelosa, aunque no sin una curiosidad fresca y punzante.
—¿Qué quieres de mí? Ninguna tela resiste al olvido.
—No busco resistencia, sino pasaje. Quiero que hiles una frontera capaz de distinguir deseos y arrepentimientos. Los primeros volverán a cruzar hacia los sueños que aún pueden nacer; los otros, quedarán conmigo y nutrirán mi reino.
Atónita, la tejedora repitió, como para sí:
—¿Arrepentimientos, coronas de flores…?
La Reina asintió.
—Cada hombre o mujer que duerme aquí deja, sin saberlo, su arrepentimiento junto al lago, en mis manos. Pero el velo que lo contenía se ha rasgado: la culpa y el pesar han salido y envuelven a Trencavel. El sol no entra porque las historias no se han contado.
Por primera vez, Hélène entendió que no se trataba de una historia ajena, sino de su propia fortuna. Aceptó el encargo, cogiendo para ello la rueca de ramas suaves que la criatura le ofrecía, y su guía regresó al bosque, dejándola a solas con la Reina.
Durante siete noches, Hilène trabajó sentada al borde del lago, con el murmullo de las aguas grises sugiriendo motivos y formas. Tejió con hilos que encontraba: promesas no cumplidas escondidas entre las raíces, confesiones susurradas al oído del viento, lágrimas secas sobre nenúfares y nombres antiguos que sólo la sombra reconocía. El tejido creció: un tapiz casi vivo, cambiando de color y espesor según el aire, los recuerdos, los suspiros de la tejedora.
En la octava noche, la Reina se presentó con un séquito de criaturas extrañas: faunos ciegos que andaban de la mano, cornejas que parecían hiladoras de humo, ciervos sin astas y chicas hechas de hojas.
—Tienes talento —dijo la Reina mientras sus dedos delgados exploraban el borde del tejido—, pero falta el precio.
Hélène comprendió entonces que toda magia demanda una paga. Se mordió la lengua.
—¿Qué quieres?
La Reina no sonrió, ni su tono varió:
—Un solo recuerdo tuyo. Uno que nunca podrá ser recuperado.
Era una demanda terrible, porque la memoria es trama y urdimbre de toda historia. Hélène vio desfilar todos los recuerdos que nutrían sus relatos: la imagen de la madre peinándola ante el hogar, la caricia del rostro sobre la almohada recién lavada, un paseo a caballo en una robe de gala que nunca existió. Podía entregar uno falso y salvarse, pero el tapiz perdería su poder y la culpa entraría para siempre en el valle.
—Tómalo entonces —dijo, herida en el fondo, sabiendo que era justo.
La Reina se inclinó y, con una uña de musgo, apartó de la mente de Hélène una escena breve: la última noche que su madre le contara un cuento, el susurro del viento mezclado con voz humana, el temor de no terminar nunca la historia. Desapareció como el humo y, en ese vacío ardiente, Hélène comprendió la clase de tejido que había hecho —uno que podía proteger y, a la vez, impedir el regreso de lo olvidado.
El tapiz fue tendido al borde del lago, allí donde la penumbra era más espesa. La Reina le otorgó sus últimas bendiciones y, en cuanto las primeras palabras del amanecer arañaron el cielo, el velo se tensó entre los troncos de lila, vibrando con los secretos de hombres y bestias.
Un temblor recorrió el bosque. Las lilas estallaron en flor recién abierta, el lago limpió sus aguas de fantasmas y la luna, satisfecha al fin, permitió que se colara un rayo amarillo y lejano.
La Reina desapareció al alba, llevándose consigo el remordimiento de cuatro generaciones de Trencavel. Hélène retornó entre las raíces y las hojas, ligera, pero un poco menos real. Tardó semanas en advertir la ausencia: sentada ante su telar, ninguna narración sobre una madre amorosa brotaba ya. Se desilusionó al principio, luego se resignó. Pero cada vez que un niño, una mujer, o un hombre tocaba el tapiz al arrullo del lago, los recuerdos regresaban restaurados, sólo los necesarios, nunca más los que hacían daño.
El pueblo olvidó la Oscuridad, y la Historia se volvió un bien valioso.
Un año después, en la primera primavera, bajo las lilas recién florecidas, la Reina de las Coronas Marchitas reapareció. Sonreía, ligera, como quien ha entregado su propio pesar a las aguas.
—Gracias, Hélène. Este será mi último favor en el mundo de arriba. ¿Una corona hecha de tus hilos?
La tejedora sonrió y tejió para ella una diadema de deseo y dulces promesas, la puso sobre su frente sin mirar atrás.
Y desde entonces, cuando la noche cae sobre Trencavel, el velo sigue ahí: separando culpa de esperanza, y los arrepentimientos quedan entre lilas.
Los habitantes, si alguna vez escuchan una voz apagada entre las flores, saben que esa noche ningún remordimiento alcanzará sus sueños. Solo los deseos, los genuinos, hacen noche en la orilla y al alba cruzan al otro lado, donde la memoria de las historias nunca termina.
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