Fragmento:
—Por la tercera opción —respondió él—: por venganza. Mi hermana fue devorada por la sombra hace tres meses. “Tan sólo un soplo”, dijo el pastor que la vio partir en la luz del atardecer. Volvió el rebaño y no volvió ella. Ahora quiero dar caza al que ha robado el nombre de mi linaje.
Duración: 08:07
El Domo de Arnil levantaba su sombra sobre la llanura como un diente extraviado, retorcido en la mandíbula de un gigante en descomposición. Los mandarines de los reinos del sur lo llamaban “La Aguja Doliente”, y preferían referirse a él como si hablasen de una herida, nunca como a una construcción. En los bosques que cubrían su base, lo único que vivía eran hongos palpitantes de color púrpura y ciempiés con coronas amarillentas, tan grandes que un niño hubiera podido cabalgar sobre ellos hacia la perdición.
A los pies de ese símbolo de desesperanza caminaba Yssarn, la última vigía de la Casa de los Guardias Grises. Había sido educada para leer señales silenciosas y para señalar con el arco aquellas criaturas que no debían dejarse avanzar, y también para entender que ciertas batallas se pierden mucho antes de que suenen los tambores. Su manto era de pieles de zorro negro, y detrás del velo de cuero que cubría la mitad de su rostro se ocultaba una cicatriz que decía más cosas de las que cualquier boca podría soportar pronunciar.
Eran noches en que la niebla se aferraba a la hierba como un amante, y donde las leyendas resbalaban por las orejas de los aldeanos hasta convertirse en promesas de muerte o deseo. De esas historias, ninguna tenía mayor eco que se alzaba en la sombra de esa torre imposible: que allí, en el vértice más lejano al sol, habitaba un dragón cuyo cuerpo era solo humo y sombra, un espectro al acecho de reinos caídos y pactos olvidados.
Yssarn había visto una sola vez el contorno de aquello que moraba en la altura. Fue en un mediodía raro, cuando el sol sangraba tras una tormenta, y entre destellos blancos creyó ver una forma enorme moverse entre la bruma, más delgada que lo que la vieja épica describía, como si se hubiera hecho a sí misma de todo lo que no era luz. Pero la vigía comprendía que hay cosas que viven para no ser nombradas.
Habían comenzado esa mañana antes del alba, recorriendo el sendero cubierto de savia seca y barro amargo. A su lado, su compañero de faenas —Ardel, hijo de la Poza Roja— trataba de abrirse paso entre susurros de historias de familia: que su abuelo había luchado en la Batalla del Sueño Vaciado, que su tía había fabricado el laúd en la caverna de cristal. Sin embargo, incluso Ardel, que hablaba para distraerse del silencio, callaba a medida que se acercaban al muro de obsidiana desmenuzada a la entrada del Domo.
—¿Viajas por deseo, o por deuda? —preguntó Yssarn observándolo de reojo, los pies descalzos sobre la tierra húmeda.
—Por la tercera opción —respondió él—: por venganza. Mi hermana fue devorada por la sombra hace tres meses. “Tan sólo un soplo”, dijo el pastor que la vio partir en la luz del atardecer. Volvió el rebaño y no volvió ella. Ahora quiero dar caza al que ha robado el nombre de mi linaje.
La vigía apenas asintió. Sabía que la venganza era hermana melliza del miedo e hija de la desesperanza.
El muro estaba cubierto de runas mordidas por líquenes. Al tocarlo, Yssarn sintió la chispa fría de la hechicería en sus huesos, una caricia de advertencia que los forasteros no notarían nunca. Había sido educada para estas cosas: donde otros sólo miraban piedra, ella veía los anillos de poder y los restos de pactos que zumbaban como insectos bajo la superficie.
Comenzaron el ascenso por la única grieta que permitía escalar. La torre, más alta de lo que podría haberse contado en años, se curvaba en giros imposibles, como si el propio tiempo se derrapara al intentar rodearla. Llegaron a un primer recoveco, donde bestias ciegas acechaban entre los huecos, y Yssarn tuvo que disparar una flecha envuelta en esencia lunar para despejar el paso.
Al segundo descanso, Ardel ya sangraba por la palma: había tocado un símbolo prohibido. El sabor férrico del dolor convirtió su voz en un susurro medroso.
—¿Crees que es cierto, lo de la sombra con forma de dragón? ¿No serán solo historias para mantenernos alejados de tesoros ocultos?
—Nadie trata de proteger verdaderos tesoros con historias tan viejas. Si hay algo en la cima, no es un botín. Es un castigo —musitó Yssarn.
El viento sopló entre las piedras como un canto de duelo. Y siguieron subiendo.
En el último tramo, antes de la plataforma final, los esperaba la sombra. No era un ataque brusco, sino algo más terrible: aquella oscuridad descendió como humo y luego la forma fue tomando densidad. Ojos gris plata destellaron entre los pliegues etéreos, y el contorno de un hocico enorme se dibujó apenas sobre el limbo. Era un dragón, sí, pero no de carne, no de escamas, sino del material con que se teje el pavor durante los sueños febriles.
Parecía estudiar a los intrusos, moviéndose lento entre la materialidad y lo imposible. Yssarn sintió el impulso de inclinarse, aunque sus órdenes eran no ceder, nunca ceder.
—Buscas venganza y yo, redención —dijo la vigía en voz alta, ofreciendo la palma desnuda como signo de verdad.
El dragón no habló, pero el aire vibró en torno a él, y las palabras se colaron directamente en la mente de ambos como agujas frías:
“¿Qué redención se halla aquí, donde han venido solamente aquellos que quieren robar la última belleza de lo que la sombra custodió?”
Yssarn no respondió. Los mejores vigilantes conocían bien las trampas de responder a las preguntas de las sombras.
—Solo pido justicia, antes que la noche se lleve mi nombre también —dijo Ardel, sin embustes, con voz quebrada.
La criatura abrió las alas y durante un instante la noche se oscureció un tono más. En ese despliegue, ambos mortales vieron cosas que el lenguaje no podría acomodar: niños hechos de sombra danzando entre ráfagas, reyes olvidados arrodillados ante el vacío, promesas que nunca se pronunciaron en luz sino en el eco enfermizo de los sueños.
“Un precio debe pagarse. Quien sube, no baja. Aquí, donde no hay líneas entre guardián y bestia, entre redentor y vengador, sólo hay sombra.¿Qué ofrecerás por tu demanda, hijo de la Poza Roja?”
Ardel tragó saliva, sintiéndose reducido. Entonces alzó la mano herida, marcando en la carne su dilema: venganza, justicia, olvido; que el dragón escogiera.
El aliento de la sombra lo cubrió y—con un jirón de tiempo más tarde—Ardel quedó reducido a una imagen más: una silueta desvaneciéndose en la oscuridad, la palma cruzada por la cicatriz que sangraba hacia la nada. Su cuerpo jamás tocó el suelo.
Yssarn, obligada a resolver el enigma de su propio futuro, elevó la voz, quebrando el silencio:
—Yo no pido pacto. Ni oro, ni redención. Solo deseo entender para qué existe un guardián sin deber, una torre sin promesa.
El dragón sombra recortó su contorno contra el cielo estrellado. El silencio era presión sobre sus costillas, como si el universo pidiera sangre por insolencia.
“Esta torre fue erigida no para encerrar monstruos, sino para que los monstruos pudieran mirar el mundo y recordar. Yo soy el último recuerdo de una raza que eligió la oscuridad porque no podía soportar la luz. Quedé aquí para preguntar, en cada visita: ¿alguna vez seremos otra cosa?”
Yssarn bajó la mirada hacia el abismo: abajo, la llanura, la neblina púrpura, la promesa de días cada vez más breves. Sus pies descalzos no temblaron.
—Quizás nadie sea solo una cosa. Quizás incluso la sombra pueda recordar lo que fue la luz —murmuró.
El dragón la observó durante largos latidos. Luego, como si el viento decidiera, la sombra desplegó alas y se elevó, dejando que Yssarn sintiera el frío de un mundo sin miedo ni redención, sino solo memoria.
Descendió sola la vigía. En la aldea, nadie preguntó nunca por Ardel; sólo los ancianos contaron historias sobre una nueva cicatriz en la torre, brillando en noches muy oscuras, donde una vez hubo solo piedra.
Yssarn se convirtió en leyenda por haber regresado. Pero ella, la vigía, nunca volvió a temer a la sombra. Porque había visto que incluso las bestias imposibles necesitan preguntas para mantenerse despiertas en medio de su propio olvido.
Y así la torre y su guardián siguieron, recordándose el uno al otro cada amanecer de bruma: la imposibilidad de ser solo monstruo o solo memoria cuando el mundo se asoma, frágil, sobre la piel de la noche.
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