Portada del relato Las llamas del Alba
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Fragmento:


En el límite septentrional del mundo conocido se alzaba el Reino de Mithralia, donde los glaciares erigían murallas tan antiguas como el tiempo y la nieve nunca se derretía, ni siquiera bajo los atisbos del escaso sol de verano. A los ojos del resto del mundo, Mithralia no era más que una fábula empapada de ansiedad y maravilla, una advertencia susurrada junto al fuego sobre la imposible belleza y el peligro mortal que reinaba bajo sus cielos de jade.

Duración: 08:36

Las llamas del Alba
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Texto de ajuste de pausa.

En el límite septentrional del mundo conocido se alzaba el Reino de Mithralia, donde los glaciares erigían murallas tan antiguas como el tiempo y la nieve nunca se derretía, ni siquiera bajo los atisbos del escaso sol de verano. A los ojos del resto del mundo, Mithralia no era más que una fábula empapada de ansiedad y maravilla, una advertencia susurrada junto al fuego sobre la imposible belleza y el peligro mortal que reinaba bajo sus cielos de jade.

La reina actual, Syrella Tarse, residía en la Torre de Ágata, una aguja de cristal azul que refulgía con cada ventisca. Su linaje de mujeres, decían, no era de sangre cálida, sino de los cristales tallados en antiguos cabalísticos rituales cuando las mortales, perseguidas por los señores del valle, buscaron refugio entre los espíritus de la escarcha. Así se forjaron las Reinas de Mithralia, y su pacto: gobernar con justicia a un pueblo que apenas conocía la cosecha o los jardines en flor, y mantener a raya las ansias de devorar del invierno eterno.

Syrella, en su décima temporada como soberana, era descrita por sus súbditos como más hermosa que ninguna antes de ella. Tenía la piel pálida, casi traslúcida; el cabello largo, arrastrando como una cola de cometa tras de sí; y los ojos grises, densos, donde las miradas de los mortales se perdían como brisa en la niebla. Sin embargo, su gentileza era un rumor escaso. Nada pasaba inadvertido y sus castigos eran tan fríos y definitivos como la ventisca más aguda.

Una noche, a la sombra de la aurora boreal y a espaldas del mar helado, alguien cruzó los límites del Reino: una peregrina, envuelta en pieles, avivando con dificultad una antorcha ennegrecida. Los vigías, alarmados por la extrañeza de este acto —pues solo la locura llevaba al forastero tan lejos al norte—, la llevaron ante la Reina.

Fue así como Syrella vio, por primera vez en años, algo que le intrigó de verdad: la joven no parecía ni temer ni admirar el resplandor de la corte. Sus ojos, del verde de las hojas mojadas, no se apartaban de los de Syrella, y su voz, templada por la certeza y el cansancio, no titubeó.

—Mi nombre es Bram, señora de Mithralia. Vengo de las tierras de Sarn. Me arrebataron a mi amante en la noche y los adivinos han visto nuestros pasos aquí, encadenados con el destino.

Los cortesanos se agitaron, unos por asombro, otros por disgusto; pero Syrella vio reflejado en el rostro de Bram algo que los suyos habían perdido hacía siglos: determinación y dolor humano, mezcla que envenena y renueva.

—¿Por qué, si dices amar, has venido hasta mí?, preguntó la Reina, sentándose recta como el mástil de un navío.

—Porque dicen que nada puede escapar de Mithralia —respondió Bram, los puños envueltos en piel endurecida—, ni el calor ni la esperanza. Y necesito entender el alcance de tu poder.

Un murmullo recorrió las filas de damas y consejeros; de las historias antiguas se sabía que quien pedía algo a la Reina, recibía siempre una respuesta... pero nunca la que esperaba.

Syrella fijó su atención, escrutando la esencia misma de Bram.

—Ven, conoce mi reino antes de formular tu petición. No te prometo nada salvo verdades.

A la mañana siguiente, la Reina condujo a Bram por las terrazas donde los ventisqueros enterraban esculturas milenarias. Le mostró el Lago Quieto, destinado a no romperse nunca, donde las cortesanas pesaban sus lágrimas congeladas para predecir el futuro. Le reveló la Cámara de los Ventis, donde los ecos de las antiguas reinas discutían aún en un susurro de escarcha. Al final del recorrido, Bram se hallaba extenuada, los dedos amoratados, pero no se retraía.

—Aquí no queda ni amor ni odio, forastera —dijo por fin Syrella, la voz como un viento de enero—, solo deber y memoria. ¿Tienes aún fuerzas para tu pregunta?

Bram asintió.

—¿Por qué condenas al mundo a este frío, Reina? ¿Qué te dio poder sobre las estaciones y el corazón de quienes te rodean? Mi amante fue hecha prisionera de tu escarcha; quiero saber si en ti queda compasión o si solo te resta el vacío.

Por un instante, Syrella no respondió. Su mirada se perdió más allá de la ventana de hielo, donde la aurora coloreaba el horizonte con violentos rojos y fucsias. Finalmente habló, la voz apenas audible:

—En Mithralia, la compasión es un lujo prohibido. Trabamos amistad con el hielo para sobrevivir al tiempo de la Cacería, cuando los primeros hombres nos expulsaron a este confín. El frío era nuestra única defensa y, con los años, se hizo nuestro amante, nuestra segunda piel. Cada reina, al ascender, deja su último latido en el Trono; la calidez es una debilidad que no podemos permitirnos ante los males de fuera.

—¿Llamas amor a una prisión? —replicó Bram—. ¿Acaso no sientes el peso de cada alma doblegada bajo este yugo de invierno?

Syrella alzó una mano enguantada. Algo en sus pupilas vaciló, como si recordara una melodía antigua.

—El amor, cuando es grande, puede convertirse en ley. La elección es peor: las flores, los frutos, mueren bajo el asedio exterior. Nuestro hielo es protección, no venganza. Pero sí, a veces pienso en el calor, en la risa de un niño, en la pasión de la sangre tras la piel... A veces, en noches de aurora, me permito recordar. Hoy, has traído esas memorias.

Bram no cejó.

—Entonces permíteme un solo día, Reina. Déjame buscar a mi amada en los dominios de tu reino. Si la hallo, y si me reconoce, devuélvela conmigo al sur. Si no, me ataré a tu escarcha y serviré como una de los tuyos.

Hubo un silencio tan pesado como la caída de la primera nevada. Las damas buscaron los ojos de su Soberana, pues nunca antes una forastera había formulado tal trato.

Syrella, contra el consejo de todos, accedió.

***

Le dieron a Bram un amuleto de plata para protegerla de las ventiscas, pero ninguna promesa ante espíritus ancestrales garantiza amparo ante el miedo. A cada paso, los curanderos la vigilaban, temerosos de que algún espectro o bestia de la nieve percibiera su calor y la devorara.

Durante horas, Bram buscó entre los jardines helados, entre espectros atrapados en las esferas de cristal que colgaban de las ramas fosilizadas. En cada rostro congelado reconocía la desesperanza de los que se habían perdido en Mithralia, todos ellos condenados al susurro y la mudez. Pero la voz de su corazón la guió hasta un nicho oculto tras el Trono de las Reinas, donde el hielo formaba un nido reluciente.

Allí, entre racimos de musgo seco, una joven yacía adormilada, la piel tan fría como las manos de Syrella, pero en sus labios vibraba el eco de un nombre: “Bram”.

Llorando, Bram depositó un beso, el mismo con el que años atrás había sellado una promesa junto al río de Sarn. La escarcha retrocedió apenas, y en los ojos de la joven se encendió por un instante la memoria; entonces la Reina entró, rígida y majestuosa.

—Has hallado lo que buscabas, Bram. Pero una vida en Mithralia solo puede rescatarse con otra. Son las reglas que defendieron mi linaje frente al olvido.

Bram titubeó, observando a la mujer amada, y luego a Syrella, que por primera vez había bajado la cabeza.

—Entonces, tómame. Pero prométeme que cuidarás a los tuyos, y que cuando puedas, recordarás la calidez del amor que salvaste hoy, aunque sea solo un susurro.

Syrella se acercó y tomó las manos de Bram entre las suyas. Por primera vez en décadas, la Reina sintió el pulso de otro latido. Una lágrima, pequeña y translúcida, surcó su mejilla, rodando hasta el suelo, donde el hielo la absorbió como una gema preciosa.

***

Dicen ahora que, en noches de aurora, la Reina se pasea sola entre los ventisqueros, sus dedos brillando aún con el calor que una forastera entregó hace mucho. Bram fue transformada, sí, y sirve en la Torre de Ágata como guardiana silenciosa, pero cada tanto, los niños del reino afirman haberla visto, vagando con una capa verde, susurrando a las estatuas de cristal.

En cuanto a Syrella, el hielo nunca se fundió en Mithralia, pero todos coinciden en que, desde aquel día, bajo sus órdenes se permitieron pequeños parterres de musgos y semillas traídas del sur. Dicen que el amor —aunque sólo un susurro— tiene el poder de contorsionar hasta el más antiguo de los pactos, y que en el corazón de la Reina florece, todavía, la invisible primavera de un sacrificio humano. Que así sea para todos aquellos que cruzan el límite entre la escarcha y la memoria, y que no olviden, nunca, que incluso en el reino más gélido, hasta el hielo puede aprender a soñar.

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