Portada del relato La noche ardiente de Alor
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Fragmento:


Poco a poco, el anhelo se fue convirtiendo en tormenta. Por las mañanas, escuchaba la charla de la gente en la plaza: de grano, cosechas, la inminente llegada del otoño, la aparición de lobos en los cerros altos. Y cuando el día caía, volvía a ese rincón de fuego, esperando el milagro del siguiente sueño. Pronto, empecé a desear no solo mirar los sueños, sino tocarlos, modelarlos, habitarlos.

Duración: 08:09

La noche ardiente de Alor
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Texto de ajuste de pausa.

Sabes mirar el fuego sin pestañear, sin que las lágrimas escapen. No todos pueden. Los niños de Alor aprenden desde pequeños, porque en Alor son los propios fuegos quienes sueñan. Así contaba mi abuela, y las palabras destilaban cada noche en mis oídos, recicladas como el humo lento que se arremolinaba bajo el techo de nuestra casa excavada en la loma.

Pero no todos escuchan igual. Si preguntases a Dara, la panadera, te diría que los sueños del fuego son solo leyendas: historias trilladas por unos y otros para dormir a los niños inquietos y vestir de encanto la necesidad. Porque en Alor, el fuego era dueño de la vida y del tiempo, y la oscuridad —ese monstruo que acechaba tras los robles y las vides— no se aventuraba nunca donde chisporroteaban las llamas de nuestros hogares.

Hubo un tiempo en que pensaba como Dara. Hasta que una noche vi el sueño del fuego.

Tenía yo diez años, y la casa se había quedado en silencio demasiado pronto. Mi madre dormía, mis hermanas también. Afuera, la luna estaba henchida y lechosa, envuelta en niebla, y el viento casi rozaba las ventanas sin animarse a entrar. Yo intentaba desenredar el hilo de mis pensamientos, que se pegaban como paja al techo inclinado, pero el sueño no venía. La lámpara de aceite se apagó y todo quedó envuelto en esa penumbra que alarga las sombras. Sólo la brasa del hogar, allá en la cocina, persistía: naranja, incandescente y diminuta.

Me acerqué al fuego, sentí el temblor del calor traspasando el aire frío de la casa. Apoyé la barbilla en las rodillas y miré largo rato las ascuas. Alrededor, el mundo dormía, pero en el rincón donde convive la ceniza con la promesa de la llama, aquello vivía. Vi cómo el leño quemado respiraba, contrayéndose y expandiéndose en una cadencia hipnótica, como si conservase latido secreto.

Al principio, sólo escuché el crujir y el soplido mineral. Pero después… oh, después, una imagen brotó entre las brasas: una ventana ovalada, tallada en una roca blanca, a través de la cual se veía un campo vasto y reseco, salpicado de árboles ardientes que no se consumían. Una muchacha caminaba bajo ellos, y los pájaros que sobrevolaban el cielo eran cometas naranjas que ardían sin ceniza y sin dolor.

No sé cómo lo supe, pero era una visión auténtica, un sueño extraviado del propio fuego. Y, sin buscarlo, lo sentí: el deseo apremiante de caminar con la muchacha, de pisar ese crepitar descontado del mundo incendiado sin daño. Pero la imagen palpitó y se desvaneció, mordiéndose la cola como el fuego cuando ha agotado la leña.

Me escabullí de la visión, la cara encendida, el pecho apretado. Los huecos en mi memoria eran tan reales como la imagen que acababa de contemplar. ¿Era verdad eso que contaba mi abuela? ¿Soñaban los fuegos con mundos donde se abrasaba el miedo, donde la luz era refugio y no amenaza?

Las semanas pasaron, y cada noche repetí el ritual. Miraba el fuego hasta que casi no podía aguantar la quemazón en los ojos, hasta que la visión afloraba de la brasa y me arrastraba los sentidos. Cada vez era distinta: el campo ardiente se convertía en un palacio de muros translúcidos donde las paredes lloraban hilos de fuego, en un lago de agua negra cubierto de chispas, en una sala silenciosa donde velas flotaban y cantaban canciones de cuna de estío. Ninguna imagen era igual, pero en todas había algo intocable, una frontera más allá de la cual yo no podía cruzar.

Poco a poco, el anhelo se fue convirtiendo en tormenta. Por las mañanas, escuchaba la charla de la gente en la plaza: de grano, cosechas, la inminente llegada del otoño, la aparición de lobos en los cerros altos. Y cuando el día caía, volvía a ese rincón de fuego, esperando el milagro del siguiente sueño. Pronto, empecé a desear no solo mirar los sueños, sino tocarlos, modelarlos, habitarlos.

Y entonces, la peste llegó a Alor.

Nadie supo de dónde vino. Quizás de la ciudad al norte, contaban algunos, o del paso de los mercaderes, decían otros. Pero para el cuarto día, el pueblo estaba inquieto: niños y ancianos yacían en camas sudadas, balbuceando delirios y nombres olvidados. Todo hedía a apuro, a miedo. Los únicos que cruzaban las calles lo hacían con urgencia, los ojos envueltos en inquietud.

Mi madre cayó enferma. También mis hermanas, cuyos cabellos eran siempre brasas limpias a la luz de la mañana. Yo no dormía. Volví al fuego, como buscándolo, sabiendo sin saber que la respuesta estaba allí.

Aquella noche, las llamas danzaron como nunca antes: lenguas altas, perfectas, casi enteras. Por primera vez, sentí no sólo el deseo, sino la invitación. La visión me llevó más lejos: detrás del campo y el palacio y la sala de velas, una puerta se abrió. Y la voz de mi abuela, como en los cuentos viejos, dijo: "Donde sueñan los fuegos, nada muere, pero nada puede quedarse demasiado tiempo".

Crucé.

Al otro lado, el aire era denso, perfumado de resinas y ámbar. Los árboles ardían sin calor, y la muchacha que había visto meses antes se volvió hacia mí, con un rostro de ceniza suave y ojos tan negros como el relieve de una brasa extinguida. “¿Por qué has venido?” preguntó, y su voz era como agua hirviendo.

“Mi madre. Mi pueblo. Quiero saber cómo volver sanos.”

Ella se arrodilló junto a un leño incandescente. “Los fuegos sueñan para recordar. Cada sueño es una posible respuesta, pero ninguna se repite. Cuando los vivos atraviesan, se arriesgan a olvidar su propio nombre. Es el precio.”

Pensé en las cosechas, en el pan de Dara, en las palabras troceadas de los enfermos. “Estoy dispuesto.”

La muchacha me tendió un cuenco de vidrio, forjado en una fragua invisible. “Toma este cuenco y llévalo de vuelta. Contiene la llama del recuerdo antiguo. Derrámalo en el corazón del pueblo, junto al que más teme. Pero recuerda: has de regresar antes de que el cuenco se apague, o no podrás volver.”

Caí en la sombra, el cuenco apretado contra el pecho. Desperté de rodillas junto al hogar. El cuenco de vidrio estaba en mis manos, pesando como un corazón recién nacido, tibio y palpitante.

La urgencia me guió por las calles desiertas, hasta la plaza donde el viejo Rilai, siempre tan altivo, yacía solo, temblando. Derramé el contenido del cuenco —que era apenas una chispa, pero cegadora— y la llama se deslizó por su piel como rocío sobre pétalos dorados. El viejo suspiró, profundo, y abrió los ojos. Esa misma luz ardió en las ventanas y umbrales: la peste, como un banco de niebla al alba, comenzó a retirarse de Alor.

Corrí a casa. El cuenco palpitaba, pero ya casi era solo vacío y luz. Cerré los ojos, apuré los pasos, sentí que una puerta invisible se abría y la atravesé apenas en el último segundo.

Desperté enfermo de fiebre durante tres días. Nadie, ni mi madre ni mis hermanas, recordaron mi ausencia. Pero el pueblo recuperó la salud. Nadie murió ese mes; los lobos cesaron su merodeo. Y en la plaza, nadie hablaba de sueños de fuego. Quizá porque sabían que el precio había sido pagado.

Cada noche, sin embargo, volví a mirar la brasa. Las visiones seguían allí, pero nunca igual. En algunas noches, la muchacha me sonreía desde detrás del campo ardiente, y en otras sólo quedaban cenizas. Nunca conté a nadie mi viaje, pero en el fondo de mi ser sabía que los fuegos habían soñado conmigo también.

La abuela murió ese invierno, y en su velorio, cuando la llama de su vela titubeó, juro que vi la ventana ovalada, más allá de la cual el fuego sigue esperando sus sueños.

De vez en cuando, entiendes que has tocado algo que ya no te pertenece. Algo que, como los sueños, se escapa de los dedos si intentas aferrarlo demasiado fuerte. Pero si tienes el coraje de mirar el fuego sin parpadear, puede que una noche te invite a cruzar. Y entonces, cuando la llama te recuerde, sabrás que hubo un jardín detrás del sol, y que allí, por un instante, el fuego y el sueño dejaron de ser enemigos y se reconocieron hermanos.

Así termina mi relato, aunque entre las brasas, toda historia sigue ardiendo.

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