Portada del relato El Último Resplandor del Alba
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Ofreceos a mí; ceder vuestras espadas, sellad este ciclo fútil de vigilancia. Deponed el acero y la fatiga. O, decidme, ¿arriesgaréis el corazón por un mundo que no recuerda ya vuestro nombre?

Duración: 07:44

El Último Resplandor del Alba
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

En el último confín del reino de Loria, donde los bosques se inclinaban ante el paso del viento y los lagos reflejaban más cielo del que los dioses podían soñar, se alzaba la Torre de Lin. Sobre su cúspide, tan alta que las tinieblas la rozaban sólo al atardecer, custodiaban el paso dos figuras enmarañadas en velos de bruma y misterio: los Guardianes celestiales. Llamados así no por su origen, pues de madres y padres humanos nacieron, sino por la carga insólita que llevaban a cuestas: cada uno era portador de una Espada gemela, forjadas en un pasado que el mismo tiempo se resistía a recordar.

El primero, Arand, era alto y de mirada tan serena que los pájaros a menudo anidaban a sus pies, ignorando el peligro del acero oculto bajo su capa. El otro, Sinea, parecía más un destello que una criatura de carne; su risa, rara pero despiadada, solía llevar consigo ecos de antiguas tormentas. El temple de sus almas era tan opuesto como el reflejo de una espada en el agua frente a la hoja auténtica: Arand contemplaba el deber, Sinea la pasión. Ambos, no obstante, estaban hermanados por el filo de acero y la promesa sellada en la infancia: defender el paso entre el reino mortal y el dominio de lo innombrado, el Velo del Sueño Eterno.

Cuenta la leyenda –mas la leyenda mismo es apenas la gota más clara en el lago de la verdad– que una bruja enlutada descendió una noche para reclamar las espadas de los guardianes. Ansiosa de poder y eternidad, la Dama Escarlata tejió hechizos en la orilla del lago de Silf, llamando a sombras que incluso los viejos robles temieron abrazar.

Bajo una luna acuchillada por nubes, Arand despertó cubierto por el sudor de un sueño quebrado. El eco de un choque de metal aún resonaba en sus oídos, y la imagen de su hermana de armas, Sinea, caía una y otra vez entre una tempestad de alas negras. Al otro extremo de la torre redonda, Sinea bebía de la escarcha del amanecer, impasible ante el estremecimiento de la magia recién despertada en el aire.

—Alguien juega con los hilos del destino —dijo Sinea, sin volver el rostro—. ¿Sientes cómo tiembla el acero?

Arand asintió. Cada centímetros del filo de su espada, Oráculo, vibraba con una urgencia presa de pánico.

—Debemos velar hoy más que nunca —murmuró—. El Alba nos pide juicio.

Apenas caída la tarde, los puentes de niebla que separaban el mundo de los sueños comenzaron a ceder. Por entre las grietas emergió la Dama Escarlata, envuelta en plumas y escarlata carmesí, los cabellos largos deslizándose sobre sus hombros desnudos como serpientes inquietas.

—Guardianes de Lin —anunció, la voz destilando una dulzura emponzoñada—, os busco no por el retumbar de vuestros nombres ni el vaivén insomne de vuestra vigilia. Busco lo que durante siglos me ha sido negado: la promesa del poder absoluto.

Levantó entonces ambas manos, mostrando en una la promesa de un mundo sin muerte, y en otra los cirios apagados de la condena sempiterna.

—Ofreceos a mí; ceder vuestras espadas, sellad este ciclo fútil de vigilancia. Deponed el acero y la fatiga. O, decidme, ¿arriesgaréis el corazón por un mundo que no recuerda ya vuestro nombre?

Arand bajó la vista. La tentación exploraba cada grieta de su voluntad. El cansancio era una arena dulce en su garganta. Sin embargo, Sinea se adelantó, voz ascendente como el canto de las cigarras al final de un verano:

—Mil veces he soñado con el olvido y mil veces lo he rechazado, vieja bruja. Nuestras espadas no se forjaron para cobijar la lujuria del poder. Fueron templadas para ser espejo y seguro, llave y jaula. Suelta tu veneno; así probaremos el temple de ambos.

La Dama Escarlata sonrió. El cielo osciló sobre el horizonte, el viento se envalentonó con los gritos de los árboles. De su palma surgió una espada idéntica a las suyas: la Tercera Hermana, la hoja ausente largamente narrada en las baladas de Loria.

—¿Creíais que las leyendas mienten del todo, pequeños centinelas? —susurró mientras la cruz de la hoja chisporroteaba de magia apenas contenida—. Hoy, el verdadero pacto será sellado.

El combate no fue sino una coreografía de siglos comprimidos en minutos. Sinea giraba como una estela de relámpago, su espada Adivina componiendo geometrías en el aire; Arand, sin embargo, resistía, cada tajo una negativa, cada defensa un recordatorio. Los bosques palpitaban, el lago se iluminaba de relámpagos silenciosos; cada roce de metal recibió la noche con un grito de júbilo o de dolor.

Por fin, la Dama logró apartar a Arand con un barrido brutal. El guardián cayó contra el pretil, el latido de su corazón ahogando el rumor de la tormenta. Sinea, sola, enfrentó a la Dama, las dos espadas temblando entre ellas como dos instrumentos que se niegan la armonía.

—¿No ves, pequeña? —dijo la Dama—. Somos lo mismo. Tú también ansías más: no la fútil inmortalidad, sino la trascendencia.

Por un instante, Sinea vaciló. El reflejo de la Dama brilló en sus ojos: la posibilidad de ser más que centinela, más que retazo de carne y custodia, embriagó su sangre.

—No, —dijo entonces, como si se encadenara con su propia palabra—. No seré todo a costa de perderme.

Clavó entonces Adivina en la tierra, entre ella y la bruja.

—El Pacto exige elección. Si queremos romper el ciclo, debemos elegir juntos.

La Dama Escarlata avanzó, dejando caer la Tercera Hermana entre ambas espadas. El acero crepitó. Sinea cayó de rodillas, las lágrimas surcando el barro seco.

—¡Arand! —gritó—. ¡Nuestra infancia asoma! ¡La promesa, repítela!

Desde el confín, Arand, herido pero incólume en espíritu, se puso en pie. Con la última fuerza, arrastró Oráculo hasta el círculo de espadas, cerrando el triángulo.

—No fue la fuerza lo que nos hizo guardianes —susurró—. Fue la voluntad de no olvidar al otro.

La luz brotó de la intersección de las hojas: oro y escarlata, frío y tibio, oscuridad y amanecer, mezclándose hasta ser indistinguibles. El grito de la Dama se tornó en coro desafinado de cuervos huidos.

Perdida en la maraña de luz, la bruja alzó manos temblorosas.

—¿Es esto… redención? O apenas castigo…

Pero la promesa cumplida tras siglos de vigilancia no comprendía redención ni condena, sólo ciclo y elección, fin y renacimiento.

Cuando la claridad se disipó, la torre seguía en pie, el lago aún reflejaba el vaivén de las constelaciones. La Dama Escarlata yacía dormida, su figura reducida a una joven de ojos asombrados que apenas recordaba los años de espinas y sortilegios. Ante ella, las espadas gemelas yacían enterradas en el suelo, la tercera hoja desaparecida como la memoria de una pesadilla.

Sinea y Arand se contemplaron en silencio largo.

—El deber nos otorgó mucho y ahora nos devuelve más —dijo Arand, ayudándola a incorporarse.

—Fue la esperanza lo que selló el ciclo —sonrió Sinea—. No la fuerza.

Ambos sabían que el Reino requeriría nuevos guardianes. Mas por vez primera en incontables años, el alba se alzó sobre ellos sin la amenaza de la vieja deuda, y ante la claridad nueva, caminaron más allá de la torre, descalzos, dejando en la piedra fría sólo la huella de quien vivió bajo la sombra del deber y encontró, en la decisión compartida, la libertad.

En la orilla, la joven que fue Dama Escarlata recogía ahora lirios agua, el cabello al sol perdido de la mañana. No recordaba las espadas, ni la tentación, sólo la sonrisa de unos rostros lejanos y la promesa de un día sin historia.

Así acabó el ciclo de los guardianes y de las gemelas forjadas, no con un estruendo de acero, sino con la tenue melodía de una decisión compartida: la última y única magia de los mortales.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.