La noche estaba hendida de relámpagos. No la clase amistosa y estival, sino surcos azules y violetas que desgarraban las nubes en hilachas funestas, como si el cielo estuviera sangrando. En ese paisaje espectral, a medio camino entre la realidad y el sueño, los restos de la torre de Lysandar emergían sobre las llanuras, maltrechos y oscuros, como una garganta carbonizada implorando por la lluvia.
El muchacho de las botas rotas se llamaba Audric. Sus pies estaban húmedos y olían a raíces podridas, pero nada de eso le importaba mientras con la mirada devoraba cada centímetro de piedra musgosa y enmarañada por la hiedra. No era el primero en buscar fortuna entre los escombros de Lysandar, ni sería —salvo milagro o maldición— el último en intentarlo. Pero Audric era distinto, o eso creía, pues tras de sí no dejaba familia ni patria que lamentase su destino. Era solo y siempre viento, anhelo, promesa rota.
La torre se recortaba al fin, recia y senil, contra el retablo eléctrico del firmamento. Relámpagos titilaban como nervios al rojo vivo. Audric tragó saliva. En la fábula que había escuchado bajo alguna mesa de taberna se decía que Lysandar sólo caería una vez que el último Dragón de Trueno olvidase su nombre. Mira tú la ironía: los dragones eran más longevos que los hombres; la memoria, más traicionera que la espada.
No había entrado aún en el patio de armas, y ya los huesos de los osados que le precedieron chirriaban bajo sus botas. Los cuervos callaron. El silencio era grotesco, ingrávido. La boca de la torre parecía supurar tinieblas.
—¿Quién osa arrastrar barro sobre mis umbrales?— exhaló la voz, baja, atronadora y llena de electricidad.
Audric se detuvo. El hedor de ozono y metal quemado le llenó los pulmones. Sabía que muchas torres antiguas susurraban, pero ésta —por las Deidades ya olvidadas— escupía truenos.
—Audric, nieto de nadie, jinete de paso—contestó, no tan firme como desearía.
Los muros guardaron el eco. En las alturas, de algún recodo imposible, dos ojos despuntaron entre los cascotes: eran la promesa de la tormenta hecha mirada. Audric sintió la piel plagarse de descargas.
—Cuando los nombres se olvidan, las piedras se derrumban —gruñó la voz—. ¿Qué buscas aquí, Audric sin linaje?
El muchacho no tenía respuesta que su propia desesperación.
—Busco que la memoria umbilique con la eternidad. Busco que el relámpago me nombre hermano.
Comenzó entonces el viento a trepar las paredes, y las enredaderas ondearon como serpientes. De la torre se desgajó un fragmento de sombra y hueso, y allí emergió, flexionando sus alas convertidas en tormenta, el legendario Dragón de Trueno, Iroven.
Cuentan que Iroven nació con las primeras lluvias, cuando todavía el cuarto día de creación ignoraba la palabra “dolor”. Su cuerpo era una amalgama de escamas y nubes, y entre las garras tejía huracanes mientras soñaba con el mar. Pero era viejo ya, y la caída de Lysandar había corrompido sus recuerdos. Estaba atado a la torre no por cadenas, sino por un juramento olvidado, y cada trueno que provocaba era un eco de nostalgia y furia.
Lo miró desde lo alto, pestañeando como si las pestañas fueran ráfagas de luz.
—Fuera de la esperanza, sólo queda la ruina —roncó Iroven—. ¿Qué crees que hallarás? ¿Tesoros? ¿Gloria? Soy el último guardián de piedras que ya ni sueñan.
Audric dio un paso al frente, tragándose el miedo como agua estancada.
—No vengo a robar el pasado —dijo—. Vengo a recordarlo.
Las alas del dragón colisionaron en la noche. Un trueno reventó, y sólo la lluvia contestó durante un largo momento.
—Me moriré aquí, como el trono sin rey —susurró Iroven. Su voz fue menos tempestad, más lamento—. Llevo siglos y siglos, enseñando a las sombras a danzar y a los ecos a mentir. ¿Por qué debería confiar en ti?
Audric rebuscó en su propio dolor, y halló la respuesta que no buscaba.
—Porque los hombres olvidan, pero los cuentos no. Permíteme beber de tu memoria; permíteme hilvanar tus truenos con mis palabras. Los hombres temen la caída, pero los dragones... los dragones temen el olvido.
Iroven descendió, el temblor de cada músculo convocando más relámpagos. Audric apenas lograba mantenerse en pie. Cuando el dragón apoyó la cabeza sobre el suelo, el olor a hierro y lluvia era tan intenso que casi no podía respirar.
—¿Qué me darás a cambio, viento sin patria? —preguntó Iroven.
Audric, desprovisto de joyas, familia y futuro, sólo halló el tesoro más miserable y, al tiempo, más valioso: el juramento.
—Seré tu nombre en los labios de los que aún escuchan. Haré que Lysandar vuelva a existir en la palabra, aunque no en la piedra.
El dragón resopló. Allí donde caía su aliento, los líquenes eran fulminados, pero brotaban flores relámpago, pequeñas y pálidas, en su lugar.
—Gran cosa prometes, Audric. Los cuentos deforman a los monstruos y redimen a los villanos. ¿Qué seré yo en tu historia?
—Serás tempestad. Serás el testigo que nadie supo leer. Y yo seré el primero en cantarte, aunque nadie quiera escuchar.
Un silencio solemne, casi santo, siguió a la oferta.
Iroven curvó su largo cuello, los ojos como dos amaneceres endurecidos.
—Acordemos un trato. Te enseñaré mi memoria, pero la cargarás como tu cruz hasta tu último suspiro. Y cuando la muerte te encuentre—porque siempre encuentra—, que otros reciban tu palabra y recuerden por ambos.
Audric apenas pensó. El miedo no valía ya nada frente a esa urgencia. Asintió.
El dragón lo tocó con la punta de una garra. Un rayo le atravesó la carne: no hubo dolor, sino un desfile caótico de imágenes, voces, lamentos y triunfos borrados por la lluvia. Audric vio reyes y damas danzando bajo fresnos, vio al joven Iroven trenzando nubes sobre la torre intacta, oyó gemidos de cuerpos rotos durante la última batalla, vio el momento en que la traición perfumó el aire y ningún juramento pudo retener la ruina.
Lo vio todo, como si hubiera vivido mil vidas. El corazón le galopaba en el pecho.
Cuando las imágenes retrocedieron, la noche era la misma, pero Audric no. Sobrevivía un scorzo de mortandad en las ruinas, un eco en el viento que ya nunca sería solo suyo.
—Ahora sabes —susurró el dragón, y su voz se quebraba como el trueno que se apaga en la distancia—. En tu lengua arde lo que yo ya no puedo proteger.
Audric se inclinó en agradecimiento, mientras la lluvia le arrastraba el polvo y la memoria al mismo tiempo.
Durante semanas vagó. Relató, en cada pueblo mezquino, taberna ruin y cruce de caminos, los nombres, las muertes y los amores de Lysandar. No embelleció nada. Repetía la verdad de Iroven sin edulcorantes: la gloria era sólo el eco del sacrificio, y la ruina, el destino de quienes se atreven a recordar. Los primeros lo tildaron de loco; los segundos, de profeta. Pero en alguna generación, un niño escuchó algo en el tono quebrado de Audric y, cuando el relámpago golpeó el horizonte, pensó en dragones que lloran y torres que aún esperan.
Son muchos años después cuando volvió a buscar la torre, ya con la barba plateada, y sólo la memoria en los ojos. El esqueleto de Lysandar era aún más harapiento. No halló rastros ni de escamas ni de relámpagos. Sólo el eco de su antigua promesa.
—Aquí estoy—murmuró Audric, la voz frágil y llena de historias—. Cumplí mi trato.
El viento aulló. El anciano se tendió a dormir junto a las piedras. Por fin, al cerrar los ojos, un último trueno rompió la noche, no en cólera, sino en canción.
Y cuentan que, desde entonces, cuando los rayos alfileran la ruina, no es sólo la tormenta reventando el cielo, sino Audric y Iroven nombrando juntos aquello que nunca debe morir: el recuerdo, hijo bastardo pero invicto de la esperanza.
En las llanuras olvidadas, las babas de la lluvia acunan lo que queda de Lysandar. Nadie repara en la figura acurrucada entre las rocas. Pero a veces, cuando la tormenta tropieza sobre las piedras, puede oírse una risa leve, un rugido amable, el tableteo de un juramento compartido entre un dragón y un hombre que se negaron a ser olvido.
La historia continúa, mortal y fulgurante, viva en la garganta de quien, un día, eligió nombrar la ruina.
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