Portada del relato La última flor de Asterión
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Fragmento:


Fue en los días posteriores a la gran tormenta, cuando los juncos aún sacudían el agua con su verde ansiedad y los lirios flotaban como pequeños sueños sobre la piel oscura de la laguna, que Selene cruzó el umbral del jardín prohibido de Asterión. Era una mañana húmeda y fría, con el viento como única compañía; y sin embargo, el jardín latía, oculto al mundo, bajo brumas plateadas y risas ausentes. No estaba invitada. Nadie pisaba aquellas sendas desde la desaparición de la última reina, cuyas cenizas alimentaban, decían, las rosas negras que resistían el desaliento de los siglos.

Duración: 08:43

La última flor de Asterión
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Texto de ajuste de pausa.

Fue en los días posteriores a la gran tormenta, cuando los juncos aún sacudían el agua con su verde ansiedad y los lirios flotaban como pequeños sueños sobre la piel oscura de la laguna, que Selene cruzó el umbral del jardín prohibido de Asterión. Era una mañana húmeda y fría, con el viento como única compañía; y sin embargo, el jardín latía, oculto al mundo, bajo brumas plateadas y risas ausentes. No estaba invitada. Nadie pisaba aquellas sendas desde la desaparición de la última reina, cuyas cenizas alimentaban, decían, las rosas negras que resistían el desaliento de los siglos.

Selene era alta y delgada, pero vestía ropas demasiado cortas para el frío, y su cabello rubio fulguraba como si retuviese aún el oro de la infancia. Sus pasos la guiaban con inquietud; no era curiosidad lo que la movía, sino hambre. No de pan ni de carne, sino de sentido, de algo alrededor de lo cual pudiera modelar el caótico barro de sus días. Porque, aunque a veces el pueblo de las colinas la llamaba bruja, lo que Selene era en realidad era una cazadora de finales.

El jardín estaba cercado por alambres y espinas, retorcidos por siglos de olvido. Nada en el exterior advertía del modo en que allí dentro la realidad se replegaba sobre sí misma como un origami viviente. Asterión, decían los viejos, había plantado en un solo día todas las especies de flores que cabían en la lengua de los hombres y de las bestias. Pero a cada promesa incumplida, a cada juramento murmurado bajo la bóveda de las estrellas, una flor se marchitaba irreversiblemente. Ahora, sólo quedaban las que resistían el peso de los secretos verdaderos: frágiles, cambiantes, impresionantemente bellas.

Al cruzar la primera roca cubierta de musgo, Selene no sintió temor. Olía a tierra y a fósil, y al perfume tenue de los narcisos viejos. No vio, tampoco, a la doncella de los dos rostros sentada entre las anémonas estériles. Era Menia, la guardiana, cuya mirada podía devolver un año de vida o conducir al olvido con idéntica ternura.

—No deberías estar aquí —murmuró Menia con una voz tan suave como una telaraña—. En la frontera de los jardines, los deseos se convierten en carne.

Selene miró a la doncella. El rostro diurno de Menia sonreía, pero el nocturno se lamentaba. Se inclinó en una parodia de cortesía.

—No busco nada, salvo la última flor. Dejadme pasar.

El viento, curioso, detuvo su ronda. Los sauces inclinaron las ramas, escuchando la promesa. Menia se puso de pie. Un pie permanecía en la luz, el otro en las sombras de la noche, y de este modo atravesaba sin mojarse ni quemarse todos los territorios de Asterión.

—La última flor sólo se ofrece a quien la debe perder. Pero las leyes del jardín no pueden ser enseñadas; sólo aprendidas al precio de renuncias.

Selene asintió. Los ojos de Menia eran espejos de agua lejana. Se apartó, y en ese gesto, la ruta quedó abierta. El sendero de grava desaparecía y reaparecía con la voluntad del jardín. Aquí, la niebla se retiraba para revelarle un macizo de flores cuya lengua era el azul. Allí, un seto formaba las sílabas de su nombre en hojas de oro y sangre seca.

Selene caminó, descalza, por el rocío que arrojaba cuchillos de frío contra sus plantas. Las flores parecían mirarla como criaturas vivas, y en el aire flotaban ecos de palabras no pronunciadas. Bajo un rosal marchito, una silueta de piedra —quizás la reina— parecía soñar todavía.

Y entonces, bajo el ala de un ciprés curvado por mil inviernos, vio al otro guardián: el hombre del torso transparente. Arión, cuyas costillas eran raíces entrelazadas, y cuyos ojos contenían una alborada que aún no había sucedido.

—Has venido por la flor —dijo Arión, y su voz provocaba en la tierra el temblor de los grillos—. ¿Sabes lo que es perder, Selene?

Ella lo miró sin hablar. La pregunta era una herida abierta en su memoria. Arión avanzó. Bajo su piel, los sistemas de venas y hojas tejían caminos imposibles.

—Toda flor aquí es un final, y cada final, una liberación. Pero el precio es la memoria de aquello que te trajo. ¿Abandonarás tu deseo por la flor, o dejarás la flor por tu deseo?

Selene apretó los labios. Siguió andando, y Arión, imperturbable, se diluyó en la bruma. A cada paso, el jardín le ofrecía espejismos: a su derecha, vio la imagen de su madre, dormida en la vieja butaca, antes de ser llevada por la fiebre y los cuervos. A la izquierda, la visión de sí misma, niña aún, riendo entre manzanos, crédula y salvaje. Pero Selene no se detuvo, porque sabía que cada sombra era una cuerda destinada a atraparla.

El corazón del jardín no tenía forma definida, pero todos los caminos conducían, tarde o temprano, al círculo de las flores. Allí, bajo el cielo sin pájaros, crecía la última flor de Asterión: una criatura delicada y blanca, cuya fragancia era la suma de todos los recuerdos robados y todos los secretos olvidados. Temblaba, sí, como si supiera que su destino era desvelarse sólo para quien no podía conservarla.

Al acercarse, Selene sintió que la memoria se licuaba en su interior: la infancia, la culpa, los amores extinguidos, la promesa de la felicidad que nunca llegaría… El peso de la pérdida la dobló, pero no la detuvo. Se arrodilló delante de la flor y, posando su mano sobre el tallo transparente, susurró:

—Vengo a perderte.

La flor titiló, como una sílaba a punto de pronunciarse. El aire tembló. Selene sintió que el jardín la examinaba, que todos los juramentos rotos, todas las esperanzas flotantes, la rozaban como polen en el viento. Y entonces, la flor habló —no con palabras, sino con una música sorda y viscosa que llenó cada vacío de su alma.

Vio, entonces, lo que nadie ve: la historia secreta de Asterión, el titán de los jardines, atrapado por su propio amor a lo efímero. Vio cómo cada florecimiento era un estallido de esperanza, cómo cada marchitamiento era un pacto cumplido; y supo que la flor era testigo de todas las despedidas.

Selene comprendió lo inevitable: si tomaba la flor, todo lo que había amado, incluso su propia búsqueda, se disolvería, y con ella el vacío que le daba forma. Si la dejaba, la flor moriría, y en el mundo se perdería la única promesa que no se había corrompido. Sufrió un instante indecible de duda, cuya duración abarcó la vida de una galaxia y el parpadeo de un colibrí. Al fin, con lágrimas en los ojos, retiró su mano.

La flor susurró una palabra de gratitud, y la melodía se desparramó, liberadora, en el aire. Selene supo, entonces, que el verdadero final era elegirse a sí misma, con todo el peso del deseo y el vacío que ello conllevaba. Supo que el sentido se encuentra no en la posesión, sino en el abandono lúcido. Se incorporó, y por un instante, el jardín floreció con luz impensable, como si aplaudiera el coraje de renunciar.

Menia y Arión la esperaban al borde del sendero, cada uno con sus cicatrices visibles, testigos de antiguos dilemas. El rostro nocturno de Menia le regaló una sonrisa, y Arión, por un segundo, pareció ser menos raíces y más hombre.

—¿Te llevas algo, Selene? —preguntó Menia.

Selene recogió una lágrima fugitiva y la sostuvo con delicadeza.

—Me llevo la promesa de no olvidar el precio de cada flor, de cada secreto cumplido o roto —contestó.

La bruma descendió, y el viento, satisfecho, reinició su marcha entre los sauces. Selene salió del jardín. Ya nada era igual; el mundo, aunque seguía flotando en la misma tristeza y esperanza de siempre, resonaba en ella de un modo nuevo. Al volver los ojos, sólo vio un terreno yermo detrás, sin rastro de jardines ni de flores, sólo la memoria imprecisa de un paraíso imposible en el que, por una mañana, fue la cazadora de finales, la guardiana de un secreto que sólo a ella pertenecía.

En el mercado, bajo la luz de las farolas, la gente la miraba como si advirtiera en ella la huella de un prodigio. Nadie le preguntó por qué sus manos temblaban, ni por qué sus pasos parecían flotar apenas sobre el empedrado. Pero, cada atardecer, cuando el viento se colaba por las calles y arrancaba pétalos invisibles al tiempo, Selene sentía que una música distinta habitaba en su pecho: el eco de una flor nunca poseída, siempre prometida, siempre perdida.

Así acabó la historia de la última flor de Asterión, que fue salvada no por la fuerza ni por la astucia, sino por la renuncia. Y Selene, la de las ropas cortas y la mirada hambrienta, encontró, por fin, un final digno de memoria.

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