El jazmín ardía en un brasero, y su aroma combatía el hedor a sangre, hierro y sudor del campamento. La tienda de Kurinth estaba hecha con pieles curtidas y doble forro, y ni aun así lograba acallar el viento de los llanos ni la curiosidad de los soldados dispersos fuera. Había seis en el círculo de la lámpara; cuatro enarcaban cejas ante la prisa agitada de la única mujer. Kurinth, llamado también el Rojo y el Acechador del Este, la observaba con paciencia cruel, sosteniendo entre dedos el último rubí negro de su colección.
—Ahora nos lo pedirás, Naosha —gruñó Kol, el gigantón que afilaba su hacha sobre la rodilla. Su voz tenía la aspereza del estaño—. ¿Por la puerta del demonio, o por la del oro?
—Ninguna —susurró Naosha.— Hay un tercer camino. Y por ese no se retorna.
Kurinth blandió el rubí hacia la lámpara, para que destellara como un ojo. Era vano: Naosha no miró la joya ni el oro. Miraba la sombra brutal de Kurinth, que se proyectaba larga, afilada y monstruosa sobre las pieles.
—¿Estás pidiendo la cabeza de Zaraul? —preguntó Kurinth con su voz aterciopelada, como la lija sobre musgo.
Todos contenían el aliento. A lo lejos resonaba todavía el eco de las campanas de aviso: la segunda patrulla de exploradores no había regresado.
—No pido la cabeza —Naosha pronunció con voz ronca, y sintieron la vejez súbita en sus palabras—. Pido las llamas. La plaga de Zaraul avanza. Nadie duerme ya en la Tumba del Valle, y el aire se cubre de ceniza y maldiciones. Nadie vuelve si va tras Zaraul. Pero la última vez, Kurinth, tú volviste.
Kurinth se encogió de hombros. Las cicatrices blancas serpentearon su antebrazo bajo la túnica.
—No fui solo —murmuró—. Fui con los Corales. Ellos murieron y yo regresé.
Naosha enderezó la espalda. Tenía arrugas como canales de viento en la arena.
—La sierpe ha vuelto. Si no se arranca la llama rubí de su frente, tomará hasta la última gota de vida de estos llanos. Esta vez no vengo a suplicar. Esta vez vengo a pactar.
En la tienda, el aire era tan denso que los hombres sentían el frío en las venas. Uno de ellos escupió, otro murmuró una oración en voz baja.
Kurinth se levantó, y la luz bailó sobre su armadura, que era de bronce bruñido y cuero de basilisco, curtido en aceites prohibidos.
—Habla, mujer. ¿Qué tienes para dar a cambio de Zaraul y su llama?
Naosha se metió la mano en la túnica, y el gesto fue tan ágil que ni Kol lo vio venir. Sacó una daga de hueso, negra por la edad y por la magia. Los cuatro guerreros se removieron, instintivamente buscando sus armas.
—Sangre por fuego, Kurinth. Tu promesa y una gota de tu sangre. Con eso, la sierpe perece y el ciclo termina. Por lo menos en esta generación.
Kurinth soltó una carcajada, dura y breve como el chasquido de una cuerda tensada.
—¿Quieres atarme a tu pacto, bruja? —El rubí tintineó contra el cuero de su cinturón—. ¿Y si me niego?
—Si te niegas —dijo Naosha, y sus ojos eran dos brasas sin sombra—, tu ejército no verá el alba.
En el silencio, un graznido retumbó, y todos vieron la sombra de la sierpe en la entrada, proyectada por la luna; humo y escamas y, al centro, una joya del tamaño de un puño: la llama rubí.
El tiempo se quebró en añicos. Kurinth asintió brevemente y extendió la mano. Naosha hundió la daga en la palma, y la sangre goteó, oscura como el vino añejo, sobre la madera y las pieles. Un aroma a cobre y a azufre llenó la tienda; una ráfaga barrió la lámpara y todos gritaron cuando la sombra de Kurinth, arrancada de su cuerpo como una piel vacía, fue succionada hacia la entrada.
La sierpe no era animal ni espíritu, sino ambos y ninguno. Su cuerpo era largo como una promesa traicionada y su boca era tan oscura como la noche que llevaba siglos esperando. Kurinth sintió el frío de la muerte, y lo vio: los Corales, sus antiguos hermanos de armas, arrastrados y demacrados, marchaban en parodia de vida, guiados por la sierpe y su ojo incandescente. En la frente del monstruo, el rubí ardía como un sol diminuto.
Kurinth desenvainó la espada. No tenía nombre ni leyendas, pero había cortado la garganta del falso rey del este y la lengua del heraldo de Sombras Muertas. El acero brilló, y, durante un latido, la sierpe dudó.
Naosha gritó desde la tienda: un conjuro de ataduras antiguas, en la lengua de los primeros. Kurinth oyó las palabras como si fueran sal y llamas frotadas contra sus huesos. La sierpe giró la cabeza hacia la bruja. El rubí titiló.
Kurinth recurrió a la voz de los muertos, aprendida hace una vida, y habló en el idioma de los Corales. Los espectros titubearon, pero su lealtad era hueso y juramento. Kurinth recordó el rostro de Leth, el capitán:
“Por tu honor, por tu gloria, por tu sombra.”
La sierpe estalló en violencia. Kurinth rodó por la hierba, la espada apenas desviando las fauces. Llamas verdes lamieron su brazo y un susurro de la magia de Naosha tejió un escudo invisible, que crujió y se quebró de inmediato. La sierpe arremetió de nuevo, lamiendo con su aliento muerto a los guerreros de la tienda. Uno fue incinerado donde estaba de pie; otro gritó y huyó, su cuerpo envuelto en espuma negra.
Kol blandió el hacha y se interpuso un instante. La sierpe lo barrió a un lado como a una espiga. Pero su sangre salpicó la joya de la frente monstruosa, y el rubí vibró.
Kurinth se lanzó, apuntando no a la sierpe, sino al rubí. “Por tu honor, por tu gloria, por tu sombra.” El conjuro de Naosha trenzaba líneas carmesí en el aire; la sierpe chilló, un alarido de siglos. Kurinth sintió cómo una fuerza brutal le desgarraba la mano, aún sangrante por el pacto, y un latido más, la sangre y la promesa se trenzaron con la magia de la bruja.
La hoja encontró el rubí y, por un segundo eterno, la sierpe se petrificó. Kurinth clavó la espada hondo, atravesando escama y joya y carne de sombra.
La explosión de luz fue muda y atroz. Los muertos se desplomaron, cáscaras liberadas. Kurinth cayó de rodillas; humo y quemaduras le devoraron el antebrazo. El rubí, partido, rodó hasta la tienda. Allí Naosha lo recogió. Los ojos de la bruja brillaban con una promesa cumplida y otra nacida.
El monstruo yacía, derritiéndose en una mancha negra sobre las llanuras. Kol, herido malamente, se sentó en el suelo. Los otros soldados habían muerto o huido. Kurinth respiraba con dificultad y la bruja se arrodilló a su lado, apoyando una mano fría sobre su pecho.
—La sierpe muere, y la plaga se retira. —La voz era más joven ahora, o tal vez Kurinth estaba más cerca del vacío—. Pero la sangre aún reclama el círculo.
Un silencio. Los ecos del combate se esfumaban, llevados por el viento nocturno. La lampaza ardía sobre miembros polvorientos y la magia se desvanecía.
—¿Cuál es mi precio, bruja? —susurró Kurinth con los labios en carne viva.
—Un futuro —respondió Naosha—. Mi hija no nacerá mientras la sierpe gobierne los sueños. No era mi vida, sino la suya, lo que robó Zaraul. Esta noche no te pido oro, ni gloria, ni incluso tu sombra. Solo que vengas, cuando la luna esté en sangre, a atestiguar el nacimiento de quien atará otra vez el ciclo.
Kurinth escupió rojo, rió con amargura y aceptó.
Naosha se desvaneció en la bruma, el rubí hecho polvo en su puño. Kol se levantó, apoyado en su hacha. A lo lejos, bajo la primera luz incierta, los demás corredores del campamento avanzaban, cautelosos, entre cadáveres y brasas, para buscar supervivientes y rumores de guerra.
Kurinth se tambaleó fuera de la tienda y miró a los hombres y mujeres que quedaban. Miró la mancha donde la sierpe se deshizo. Miró la bruma donde la bruja se perdió. Su sombra era más pequeña ahora, y el frío del amanecer le mordió los cabellos y la barba. Ni rastro de la promesa, ni de la sangre pactada. Solo cenizas y una llanura esperan, siempre, nuevos martirios y vaticinios.
Pero desde ese día, cuando la luna sangraba roja en el horizonte, Kurinth caminaba hasta el círculo de piedra y velaba en silencio, aguardando un destino que no era de este mundo ni de ninguno que acepte sombra y espada como última ley. Y por generaciones, en el Valle de Ébano, no volvió a arder la plaga de Zaraul.
FIN
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