No sé qué se siente al cortar un alma, pero sospecho que es casi idéntico a lo que sentí la primera vez que hundí mi espada-magia en la carne de un hombre—un escalofrío rancio que me partió las vísceras y me drenó por dentro. Mi nombre es Raban, y en Cárcex los de mi especie tenemos un lema: “Nos mancillamos para que otros sueñen.” Yo soñaba una vez. Ahora solo sangro.
Cárcex no es un lugar. Es un enjambre; manufacturado y esclavizante, con torres imposibles que arañan la negrura sin estrellas, y calles donde la capa de hollín y polvo mágico es tan gruesa que el agua se vuelve color del óxido. He nacido y moriré aquí: el último Bastión de Humo, frontera entre el dominio de los brujos y el vacío que palpita fuera, donde la Realidad se quiebra en jirones de nada.
En esta ciudad no hay héroes. Hay coleccionistas de deudas, mercenarios de la espada, y, encima de todos, los brujos: clanes que amasaron el control del éter, ese pulso inmaterial que trenza la vida, la muerte y la magia que se infiltra hasta en el pan. Quizá por eso vivo a la sombra del Gremio de Guerreros, alquilando mi filo a quien pueda pagarlo, vendiendo mis días, gastando mis noches. No creo en causas, ni en profetas caídos. Solo creo en mi espada-vínculo, y en las pequeñas victorias: un trago de licores de grano, una mujer de alquiler, una noche sin gritos bajo mi ventana. Pero nadie escoge su destino en Cárcex, y menos quien lleva acero y carga la mirada de un huérfano.
Aquella noche el encargo vino envuelto en seda negra. Lo trajo Jol, uno de los infaustos mensajeros ciegos de los brujos de Sythel. Vino encapuchado, bañado en polvo de polvo rojo, con los ojos vendados, como si ver mi rostro fuera peligroso. Colocó en mi mesa un cilindro de vidrio roto por dentro, en cuyo interior flotaba una pequeña criatura traslúcida, como una mariposa muerta.
—Al norte de la Factoría, Raban. Médium Vor—roncó, con esa voz de los que nunca se acostumbran al peso del secreto—. Paga doble, si vuelve entera la niña. Ella… recuerda cosas que no debe.
El temor es la moneda más valiosa en Cárcex, más que el oro y el éter. La gente paga sumas irracionales por sacudirse la atención de los brujos. La criatura era una especie de vínculo, un conjuro de seguimiento; la abracé a mi muñeca y la sentí excavar bajo mi piel con garras de tiniebla húmeda.
La noche olía a tormenta y serrín. Me calcé los guanteletes, la capa impermeable, ajusté la vaina con mi espada-magia—esa hoja sin canto que puede herir tanto lo físico como el alma de una criatura—y partí hacia la Factoría, arrimado a los márgenes de la ciudad y sus chimeneas que vomitaban azufre. Por el camino, los fantasmas-ombra, seres relegados a la faz intermitente de la no-vida, me espiaban, sus rostros distorsionados por la red de cables de éter que surcaban los cielorrasos.
En la Factoría, todo rezuma poder corrupto. Allí los brujos devoran a sus aprendices más débiles para prolongar, cada lustro, el latido de sus propias existencias. Las paredes sangraban mugre, y los portales de hierro fundido chisporroteaban restos de sortilegios. El conjuro en mi muñeca palpitó, guiándome a un recoveco entre los talleres, donde el suelo vibraba con el llanto de máquinas nunca dormidas.
Ahí estaba ella. No una niña, como suponía, sino una joven de la edad en que la belleza amenaza volverse peligrosa. Los ojos, enormes y anegados, la piel marcada por fragmentos oscuros, como si la hubieran intentado alterar y el procedimiento hubiese fallado. Casi parecía de carne, pero cada movimiento dejaba un destello de luz imposible, una señal del éter corriendo furioso bajo su piel.
—No deja que se acerquen —murmuró alguien, y noté que, además de la chica (o lo que fuera), había dos cuerpos tirados en el suelo, viejos soldados, carne quemada por hechicería.
—No me acerco, entonces —dije, las dos manos abiertas, la espada dormida a mi costado—. Te han enviado a buscar, Vor. Debes volver.
Ella me miró. Y entonces la Factoría entera tembló. Fichas enloquecidas de magia brillaron en el aire. Su voz se coló en mi cabeza sin pronunciar palabra.
*No volveré. No a ellos. No puedo olvidar.*
No se trataba de palabras, sino de imágenes: rostros hendidos en mitad del grito, experiencias de horror amplificadas por un don maldito. Ella no solo recordaba, sino que absorbía lo que otros sufrían; cada fragmento de dolor, cada intento de borrarle la memoria, se almacenaba y reencarnaba en su carne.
Le ofrecí mi mano, sabiendo que era pura idiotez: —Si no vuelves, irán tras de ti. Después tras mí. Nadie puede huir para siempre.
La joven (Vor-la-bruja, la médium recolectora de recuerdo) tembló como una vara bajo la tormenta. Y entonces sentí el peligro percibirnos, como el preámbulo de una tempestad eléctrica. Los Sythel estaban cerca, sus heraldos de carne y de niebla.
El primer enviado cayó del tejado silencioso: no era un brujo, sino un secuaz engordado a fuerza de mutaciones; piel trenzada de hierro y acero líquido, ojos que ardían como carbones. Mi espada vibró en su vaina, ansiosa de morder. El monstruo tronó hacia nosotros. Un golpe de mi filo le abrió el torso como una sandía podrida—pero no murió. Se rajó en dos, cada mitad reptando, aturdiendo de éter la atmósfera.
Vor gritó. Un estallido de recuerdos se proyectó sobre la calle, haciéndonos ver—y revivir—los peores días de nuestras vidas. Sentí el látigo de mi infancia de huérfano, el lecho frío de la adolescencia perdida, el grito de mi madre cuando se la llevaron. La única manera de resistir era hundirse más, y entonces maté a la segunda mitad del monstruo con una palabra que solo conocíamos los espadachines de mi sangre: “Final.”
Vor se derrumbó a mi lado, exhausta. Aparecieron más heraldos—una procesión de soldados fantasmales, una mezcla ruinosamente hermosa y demente de anatomía y magia negra—y yo luché por cada metro de callejón, cada bocanada de aire mezclado con polvo tóxico. La pelea no era de este mundo: el éter sacudía los cuerpos como piezas de porcelana.
—Debes decidir —jadeé, apoyado contra una verja oxidada—. ¿Quieres morir aquí, o intentamos huir juntos?
Ella asintió. No tenía opción. Con la daga mágica que llevaba en su manga, se cortó el antebrazo y vertió una gota de sangre sobre mi espada. Sentí como si me tragara el propio Vacío. Ahora estábamos atados.
La huida fue pura negación de la muerte. Bajamos a los túneles donde los viejos ingenieros de Cárcex intentaron una vez encerrar a los brujos, siglos antes, cuando aún quedaba esperanza. Allí, la oscuridad era tan densa que la luz de mi espada era una herida sobre lo irreal.
Vor recuperó algo de fuerza y me contó lo esencial, en murmullos con el aliento trizado:
—Fui creada… para almacenar el duelo de Sythel. Sin mí, los brujos deben cargar con su propia culpa.
—No les interesa salvarte—escupí.
—Quieren matarme. O refundirme. Si llegamos a la Torre del Éter—, señaló el centro de la ciudad fabulosa—, podré liberar todo. Y destruirlos.
La palabra “destruir” en boca de una médium poseída por los recuerdos de sus torturadores no es un acto de venganza, sino de justicia. Acepté, porque no se me ocurre otra cosa más noble que destruir a quienes fabrican el dolor como moneda. Nos abrimos paso por túneles de huesos y de cables, mostrando a Vor, y a mí, que no todo dolor tiene dueño.
En la Torre del Éter, nos aguardaban los brujos de Sythel: tres antiguas figuras envueltas en capas de vapor púrpura, la piel tatuada con runas de antigüedad. Sus ojos brillaban con miedo y hambre. Nos ofrecieron riqueza, olvido, incluso falsos recuerdos de un pasado mejor.
—Te condenarás —me susurró el mayor—. Si la ayudas, el vacío se tragará tu alma.
—Probablemente ya esté medio vacía —repliqué, y empujé a Vor hacia la cima, sobre el tapiz de relámpagos.
Vor cantó, y la ciudad entera se torció como un gusano en el gancho. Cada gota de éter que los brujos habían robado a sus víctimas regresó en un torrente: vi la piel de los Sythel rasgarse, sus huesos hendir el aire como ramas muertas. La torre colapsó en un aluvión de relámpagos y cicatrices invisibles.
En el clímax, Vor cayó a mis pies, exánime. Mi vínculo vibró, hambriento, exigiendo la última gota de su esencia. La levanté en brazos, aún sintiendo su poder arder en mi sangre, y supe que o ambos sobrevivíamos, o ambos desapareceríamos como una pesadilla evaporada al alba.
Sobrevivimos. Pero al salir, éramos otros. La ciudad era un poco menos corrupta, los brujos un poco menos temibles. Y Vor y yo—ligados para siempre por cicatrices y recuerdos, por la sangre y el éter—erramos de noche en noche, de sombra en sombra, buscando redención en una ciudad que apenas entiende la palabra. Aquí, tal vez, también los mancillados podemos aprender a soñar otra vez.
Fin.
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