Fragmento:
Viéndolo objetivamente, no tenía razones para estar allí. Solo promesas. Un contrato firmado con el sello sangriento de un mago menor —Marias del Ámbar— y los guiños risueños de la muchacha pelirroja con la que compartía la taberna. Promesas, y una deuda, quizás. Aquello no era asunto para cobardes. La Bruja del Yelmo Astillado había despertado a los hierros de la forja rúnica, y cada luna creciente, una criatura forjada de metal y magia descendía de la torre, devorando las cosechas y la carne viva de quienes encontraba.
Duración: 09:06
Había oído decir que bajo la luna llena, las colinas del Vértigo Resonante entonaban su propia canción. No era el eco de riachuelos, ni el agudo ulular de los lobos hambrientos, ni siquiera el desgarrado susurro del viento entre yermas piedras. Era otra cosa. Una vibración antigua, el gemido de poder sepultado y nunca dormido del todo. Koss lo sabía bien. Había aprendido a escuchar. Como herrero y como asesino.
La empuñadura del hacha aún humedecida por la sangre pesaba deliciosamente en su mano. Caminaba a paso lento, enroscando los sentidos hasta el filo, atento a cualquier señal, a la más vaga perturbación. A su espalda la llanura relucía como cuero recién pulido, y su sombra, alargada y torcida, parecía acuchillar la hierba de primavera. Frente a él, una ruinosa torre marcaba el horizonte, avisando a los prudentes y llamando a los insensatos.
Por eso estaba allí, pensó con amarga sonrisa. Por imprudente. Por el dinero. Por las historias que los hombres susurraban junto al fuego y que le hacían soñar.
Las puertas de la torre eran dos planchas colosales de hierro negro, cubiertas con runas que parecían relucir y humear en la oscuridad. No resistieron el golpe frontal de su hacha. El trueno y el estruendo de la hoja forjada por el mismísimo Gallath el Profanador partieron el umbral, y la noche derramó sus entrañas sobre las baldosas arañadas y sucias del interior.
—¿Cuántos vendrán tras de mí, si fracaso? —murmuró.
Viéndolo objetivamente, no tenía razones para estar allí. Solo promesas. Un contrato firmado con el sello sangriento de un mago menor —Marias del Ámbar— y los guiños risueños de la muchacha pelirroja con la que compartía la taberna. Promesas, y una deuda, quizás. Aquello no era asunto para cobardes. La Bruja del Yelmo Astillado había despertado a los hierros de la forja rúnica, y cada luna creciente, una criatura forjada de metal y magia descendía de la torre, devorando las cosechas y la carne viva de quienes encontraba.
El primer vestíbulo olía a óxido y a fruta corrompida. El mosaico del suelo, antaño magnífico, mostraba guerreros enfrentándose a seres que eran mitad hombre, mitad cuchilla. Uno de ellos parecía incluso tener la faz de Koss, aunque el herrero sabía que tales ilusiones solo engañan a quien desea ser engañado.
Pisó el mosaico, ignorando el escozor supersticioso que le mordía el talón. Oyó el susurro de acero: la primera guardia ya estaba despierta. Desde los nichos de sombra, armaduras de guerra se desmontaron de sus pedestales, arrastrando dobleces de placas dentadas y lanzando un gruñido gutural, mitad chisporroteo, mitad orden. Eran cinco, y la que marchaba a la cabeza llevaba por estandarte una lanza que chorreaba veneno verde como el corazón de una pesadilla.
No había tiempo para estrategias. Koss saltó. Su hacha describió un arco bajo y preciso: el mango tocó la rodilla de la armadura líder, la hoja mordió la pechera, un chispazo verde iluminó el pasaje. Se apartó rodando, justo cuando una de las figuras más lentas descargaba su mandoble sobre el sitio donde un momento antes estaba su cráneo.
No era esclavo del miedo. Pero tampoco tan estúpido como para despreciar a criaturas forjadas con ritos y maleficios. Cada una de esas armaduras era un receptáculo de almas torturadas, un golem de acero y rabia. Necesitaban ser desmanteladas, no solo destruidas. Así lo había enseñado la vieja Vera, su única maestra honorable.
Atacó sin piedad. Decapitó, partió y soltó esquirlas. AL principio, la danza era brutal; luego, se volvió sutil: supo aprovechar los huecos de la coraza, la torsión del metal, los lamentos que surgían al acertar en runas ocultas. Para cuando acabó, el vestíbulo había recuperado el silencio, un silencio de penumbra aturdida y sangre oleosa.
Avanzó. Recogió el estandarte envenenado, sintiendo el hormigueo del liquido atravesar el lino y buscar su carne, una búsqueda infructuosa. La bruja tenía mejores defensas.
En el segundo nivel la atmósfera cambió. Sentía la magia ondular en cada esquina, un oleaje sordo, peligroso, que le invitaba a perderse en recuerdos antiguos. Las paredes se curvaban de forma imposible, y por un instante vio a su propio padre, sentado ante la forja del hogar, doblando espadas que nunca fueron empuñadas en batalla. Se forzó a recordar el propósito: no estaba allí para buscar verdades, sino para matar a la bruja.
Al fondo del corredor, sobre una tarima de piedra y hueso, estaba ella. Alta como un espino, de cabellos tan negros como la sangre seca, y con un vestido tejido de lamentos y espinas. Su mano derecha estaba encadenada al yunque rúnico, la izquierda sostenía una maza de oro azul tachonada de ojos sin párpados. Cuando habló, la voz lo abarcó todo, llenando la sala de un eco de siglos.
—¿Por qué vienes, mortal? —preguntó la Bruja—. ¿Por oro, por poder, por venganza o por simple estupidez?
Koss sonrió, limpiando el sudor de la frente con el antebrazo.
—A veces un hombre viene porque ha jurado volver una vida menos monstruosa de lo que la encontró. Y a veces, simplemente, porque se le ha acabado el miedo.
La bruja rió. Pero no era una risa cruel, sino resignada. Hurgó en el polvo a sus pies, sacando una daga de filo translúcido.
—Qué lástima. Creía que serías diferente a los otros.
Con un movimiento grácil, la bruja se deslizó del altar. La sala se contrajo; las runas ladraron órdenes en un idioma muerto. Hierros flotantes surgieron del techo, rotando en círculo, chorreando fuego azul. Koss adoptó posición, notando por primera vez el cansancio mordiéndole los huesos.
No llegó a tiempo. El primer hierro atravesó su antebrazo. Gritó, saboreando el cobre de su propia sangre. Contraatacó. Su hacha giró, masticó el aire y partió uno de los hierros, desintegrando la runa que lo animaba. Otro hierro cayó, cortándole la mejilla. Se apartó, rodó.
La bruja avanzó. Su maza cantaba, invocando tempestades en miniatura, destellos que olían a tormenta recién nacida. Cuando blandió la daga, Koss supo que no era solo un arma: contenía un conjuro de atadura, una condena infinita. El tiempo pareció ralentizarse.
Recordó un fragmento de su formación: “Si te enfrentan a la magia, golpéala con otra magia. Pero si careces de ella... golpea más fuerte”.
El estandarte envenenado seguía en su mano izquierda. Lo blandió como una lanza, arrojándolo directo al yunque. El veneno destilado del estandarte y el metal rúnico produjeron un estallido violento, un rugido que sacudió los cimientos. Chispas azules, esquirlas calientes y el grito de la bruja, más furioso que doliente.
Solo hubo un instante para actuar. Con su hacha hendió el aire, apuntando al brazo encadenado al yunque. El filo surcó el vórtice de magia, cortó carne, hueso y metal. La bruja gimió, cayendo de rodillas.
La sala parecía encogerse, respirar caóticamente. Koss tambaleó. Sangraba demasiado, sentía el veneno de la runa penetrando en el interior de su corte, pulsando como un corazón falso.
Se acercó a la bruja. Ella, jadeante, le sostuvo la mirada con una mezcla de odio y piedad.
—No lo entiendes, jamás lo entenderás —susurró.
—No es mi propósito comprender— gruñó él—. Solo ha de hacerse.
El último gesto de su hacha fue preciso, casi misericordioso. Le separó la cabeza de los hombros. La magia burbujeó, explotó, reclamó el cuerpo sin vida, desapareciendo en una llamarada de lamentos. El aire olía a hierro y a ceniza.
Y entonces, por primera vez, el silencio fue profundo. No un silencio quebradizo de tormenta o de muerte, sino ese silencio que solo pertenece a los lugares donde el horror ha sido exorcizado.
Koss cayó de rodillas. Respiró hondo. Sentía el pulso de la herida rebotar en el cráneo, hilillos de veneno haciendo su camino por la carne. No viviría mucho. Pero tampoco lo deseaba.
Extendió la mano, tocó el yunque rúnico. Apenas un roce, y los sueños de la bruja, las torturas, los pactos y los juramentos pasados desfilaron ante su mente como carroña ante cuervos. Supo, entonces, la verdad: la bruja había sido encadenada allí, obligada por los suyos a custodiar la forja; devorar, construir y liberar bestias, o ver su alma eternamente prostituida.
Y supo también que fallaría. Pronto la torre volvería a cantar bajo la luna nueva, otra bruja, otro herrero, otro pacto oscuro.
Con las últimas fuerzas, Koss se arrastró hasta la puerta rota de la torre, sus huellas pintadas con sangre y desolación. Se recostó mirando las estrellas, y rió sin alegría.
El viento trajo el eco de una balada antigua. Tal vez era la canción de las colinas del Vértigo Resonante. Tal vez era solo el retumbar sordo de la propia muerte.
Pero Koss sonrió. Porque, aunque solo fuera por una noche, la sombra de la Forja Rúnica había callado. Y la deuda, la suya y la bruja, había sido, durante un respiro, saldada.
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