Portada del relato El corazón de Glemvar
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El viajero se deslizó entre las rocas, avanzando con un sigilo que años de costumbre forjaron a la perfección. Cuando alcanzó la base de la torre, la vio: una figura en el alféizar, vestida de blanco. No era bruja ni sacerdote. No era tampoco uno de los guardianes animales. Era una mujer de ojos castaños brillando bajo la ceja, la piel cruzada por tatuajes que giraban sobre la mejilla en formas que recordaban espirales de ventisca.

Duración: 08:37

El corazón de Glemvar
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El hombre que ascendía las colinas carcomidas del norte no se llamaba como decía llamarse. En los ventisqueros niebla, se hacía presentar como Durn, pero el audaz que viaja con cuchillo envainado siempre guarda su verdadero nombre bajo siete sellos de carne y voluntad. Caminaba encorvado por el viento, la capucha tijereteada de escarcha, la cota de malla retorcida por la herrumbre, la mirada escudriñando cada trecho de hielo agrietado mientras depositaba sus botas en el camino traicionero. Acudía a Glemvar, donde las piedras daban paso a tallos azules de cristal y al final del valle surgían, de la costilla del mundo, las célebres torres. No era la estación apropiada: ni el cielo se había aburrido aún de la noche inacabable, ni los mercaderes del sur trafican con el clamor de las plumas blancas. Pero Durn —o como realmente se llamaba, en los labios de su dios olvidado— era uno de los últimos en apurar los fríos del mundo antiguo.

Cuando la primera de las torres apareció ante él, fue como una ruina translúcida, un hueso de dragón sembrado por error en la tundra salpicada de polvo de estrella. Arrancaba de la roca y se elevaba setenta codos, adornada por nervaduras parecidas a nervios bajo la piel. Los brujos de eras pasadas las modelaron con palabras de agua dormida, y decían que en las noches de equilibrio las almas de las bestias zarpaban por entre sus hendiduras, llorando por los tiempos de sol verdadero.

Durn apretó el mango de la espada bajo el manto. Todos los cuentos estaban manchados en sangre, porque Glemvar solo reverenciaba los pactos de la muerte. El sendero entre torres se angostaba mientras avanzaba, y pronto el bosque helado mezcló sus dedos con las garras azuladas. Por una de las ventanas de la Torre Este parpadeó una llama, dorada, humana. Aquello era impensable, pero Durn se detuvo apenas la notó. En los excesos del hielo, toda luz es enemiga; y en las torres, cada chispa significa un umbral entre las cosas vivas y los muertos interrogadores.

El viajero se deslizó entre las rocas, avanzando con un sigilo que años de costumbre forjaron a la perfección. Cuando alcanzó la base de la torre, la vio: una figura en el alféizar, vestida de blanco. No era bruja ni sacerdote. No era tampoco uno de los guardianes animales. Era una mujer de ojos castaños brillando bajo la ceja, la piel cruzada por tatuajes que giraban sobre la mejilla en formas que recordaban espirales de ventisca.

—¿Qué buscas en la lengua de hielo? —preguntó sin volver la cabeza.

Durn pensó en mentir, pero en la frontera de Glemvar la mentira es un perfume que atrae a los predadores espirituales.

—Un paso entre los sueños —contestó—. Una muerte honorable. Una respuesta.

Ella sonrió de modo que no era ni frío ni cálido. Un temblor de luna corrió por la superficie de la torre.

—Solo un brujo o un necio camina hasta aquí después del equinoccio —replicó—. ¿Cuál eres tú?

Durn no contestó, y durante el siguiente minuto solo se oyeron el crujido del hielo y la respiración acompasada de aquel extraño equilibrio posible entre dos seres en ruinas.

—Acércate —dijo ella finalmente—. Si buscas un paso, debes contemplar lo que dejas atrás.

Él subió los peldaños, cada uno tallado en glifos arcaicos que prometían y amenazaban a un mismo tiempo. A media escalera las palabras le rozaron el talón y le advirtieron: Nadie en su juicio recuerda la verdad de Glemvar y sobrevive, y el que olvida sus nombres propios no puede buscar piedad en la resurrección.

En la sala alta, rodeada por cristales opacos y la danza lenta de los fuegos fatuos, ella le esperaba sentada sobre una alfombra de piel de ciervo. Los tatuajes en sus brazos vibraban suavemente, como si un espíritu invisible los animara desde dentro.

—¿Sabes por qué estas torres se levantaron aquí? —preguntó, su voz una mezcla de desafío y curiosidad.

—Acumulan la fe de los condenados —dijo Durn, hundiéndose en la memoria de los relatos robados a las catacumbas del sur—. Contienen el grito de un exilio y una promesa de retorno.

Ella asintió, aceptando la mitad oscura de la verdad. Abrió una caja de marfil junto a ella y extrajo una copa, vertiendo en ella un licor azul que humeaba como si una aurora líquida latiera en su interior.

—Bebe, forastero, y permite que las raíces de este lugar se enreden en tus sueños.

Durn aceptó porque la cuestión no era vivir, sino dar con la forma más digna de la caída. Sorbió el licor y la torre tembló.

Había oído que ciertos brebajes desataban los recuerdos de los propios huesos, e incluso que quienes miraban desde la ortiga podían volver a caminar en la infancia del alma. Pero el licor que sorbió era viento antiguo, y por un instante interminable se disolvió en el palpitar de la propia Glemvar, y vio.

Vio dragones congelados bajo la capa de los hielos. Vio reyes y brujas luchando por los restos de una magia que nunca les perteneció. Vio la primera torre, alzada en un juramento no de poder sino de olvido, y comprendió el valor miserable del precio pagado.

Cayó de rodillas mientras el licor se filtraba en su carne. Lo asaltaron nombres y heridas, caras y ruinas. Al alzar la vista, la mujer lo contemplaba con un aire de entereza compasiva.

—Has descendido hasta la sangre de esta tierra —dictaminó—. Ahora debes elegir: ¿serás celador, o ladrón? ¿Defenderás este yermo, o te llevarás un trozo al abismo para lucrarte con el eco de su agonía?

Durn sostenía la espada, pero era la voz de su dios-muerto la que respondía a través de sus labios:

—Fui enviado a tomar una de tus joyas. Pero aquí ya no hay joya que no esté emponzoñada.

—¿Quién te mandó? —preguntó ella, recogiendo la copa.

—El rey de los ciervos rotos. Buscaba la clave que permitiera el deshielo, una palabra robada antigüedad. Pero he visto su futuro: lo vi entre las grietas de la torre, y es solo un riachuelo de sangre y promesas profanadas.

La mujer asintió, y se levantó en toda su estatura, que era imponente y etérea a la vez. Bajando por la escalera, lo hizo signo de seguirla. Descendieron por cámaras pintadas con polvo de fósil y máscaras de animales que ardían en su propio azogue interior.

Al fondo los aguardaba una cámara sellada por un círculo de sal. En el centro, la auténtica gema de Glemvar: un pequeño corazón envuelto en un cristal de hielo tan denso que el frío quemaba solo con acercarse. Tardó Durn en comprender que no se trataba de un artefacto, sino de un niño, o la evocación de un niño, cuyas facciones dormidas evocaban tanto sufrimiento que la piedra de su pecho casi se resquebrajó de empatía.

—Él es la magia —explicó en voz baja la mujer—. Mientras sufre y recuerda, las torres se alimentan de huellas y suma las noches. Si se lo llevan, Glemvar se despierta y todo lo helado se libera. El sur será privado de inviernos, pero el norte devorará el tiempo restante de la humanidad.

Durn cayó de rodillas. Todo su oficio, toda la preparación, todo el veneno de la ambición sembrada por el rey de los ciervos rotos, se desmoronaba al ver el rostro apacible y roto de ese niño insondable.

—¿Quién eres tú? —susurró al fin.

—La madre de lo que sangra —respondió ella—. Celadora de los pactos y de las condenas. Pero también, tan prisionera como tú.

Se miraron largamente, y toda batalla interior terminó en ese silencio. Durn soltó la empuñadura de la espada, que resonó fría contra la piedra.

—Entonces, ¿esto es la redención? —preguntó, medio sonriendo.

Ella se encogió de hombros.

—O la condena —dijo—. Aquí, ambos son lo mismo.

La copa de licor azul seguía brillando en su mano; la ofreció una última vez.

—Bebe y olvida tu nombre si así lo quieres. Pero, si decides recordar, debes cargar con la vigilia de la torre.

Durn vaciló. El licor vibraba como una promesa de paz, pero la visión del niño en el hielo y de la celadora doliente lo hizo comprender que la única verdadera magia es cargar con el recuerdo. Tomó la copa y la vació, pero mantuvo su nombre muy adentro, indómito y feroz. Entonces aceptó la vigilia, y se sentó al pie del corazón helado, bajo la mirada de la celadora.

Así permanecieron, custodios de la noche interminable, hasta que el primer amanecer sin nombre rozó de rojo las manchas sobre el hielo y, al fondo, una nueva torre creció por la memoria de todos los olvidados.

Por mucho que el sur embestía con promesas y ejércitos, las torres de Glemvar se mantienen, irreductibles, custodiadas por los que han descubierto, demasiado tarde, que las respuestas sólo florecen donde el hielo nunca se derrite.

Y cuando preguntan, en las tabernas y en los mercados, quiénes velan en las torres al norte del mundo, responden las leyendas, siempre en murmullos: "Allí donde la magia se sustenta en el dolor y el pacto, vigilan los que no pudieron olvidar."

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.