Portada del relato Las Sangreclara de Keshar
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Fragmento:


—Ni uno regresó. Y tú me ofreces plata estropeada… ¿Esperas que lo haga por compasión?

Duración: 08:29

Las Sangreclara de Keshar
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Texto de ajuste de pausa.

***

La taberna del Borracho Tuerto, en el corazón del Barrio Verde, olía a sangre seca, sudor y madera vieja. Un lugar de promesas rotas, donde un juramento valía menos que una moneda mojada y estaba sujeto a ruptura con la misma facilidad con la que el vaso de cerveza del tamaño de un cráneo era lanzado por un hombre desesperado.

Y aún así, era el único sitio donde podía sentarme sin que alguien gritara mi apellido. Las luciérnagas mágicas estampadas en tarros arrancaban sombras azules de las esquinas; la peor de todas era la mía, acuchillada bajo la mesa, inquieta, como si pudiera saltar sobre mi bebida y estrangularme. Debería agradecer a mis ancestros por el don de la inquietud. Los Sangreclara nunca sabíamos estarnos quietos.

El hombre que se sentó enfrente llevaba una capa raída y un perfume de miedo apretado en su boca. Lo reconocí antes que hablara. Tenía los mismos ojos que mi padre cuando tragaba su última mentira antes de morir: la promesa de algo valioso. Tal vez oro. Tal vez redención.

—Te he visto luchar, Siani —dijo, pronunciando mi nombre como un susurro de estilete—. Fuiste quien le cortó la mano al xorikán en la plaza este.

Cierto. Le había cortado la mano y la lengua. La mitad de mis recompensas venían con partes separables, y la alquimia de las muertes no distinguía entre el pago y la necesidad. Si matas a un xorikán frente a media ciudad, te vuelves leyenda. No cobré ni una pieza más de lo normal. Las leyendas trabajan gratis.

—Vete al grano —respondí—. No quiero tu historia, solo tu oro.

Sacó una bolsa y la dejó sobre la mesa. El tintineo era bajo y húmedo. Plata ennegrecida; el dinero de los desesperados o de los malditos.

—La bruja del Jardín de Cordia —murmuró—. Ha tomado a mi hijo. Dice que nació bajo el signo negro y debe ser… preciso.

Oí eso mismo en boca de todos los padres aterrados de los barrios. La lauriselvia negra había florecido este otoño, y Cordia, la bruja paleada, se había paseado por el mercado escogiendo niños como quien escoge frutas ajadas. Mi ritmo cardíaco marcó un compás antiguo: la canción de los contratos imposibles.

—¿Cuántos mercenarios mandaste antes? —pregunté.

El hombre me miró como si le arrancara una uña. Las respuestas siempre huelen a miedo.

—Tres. Y un sacerdote.

—Ni uno regresó. Y tú me ofreces plata estropeada… ¿Esperas que lo haga por compasión?

No tenía otra cosa que ofrecerme. Nadie la tiene, no realmente. Miré la bolsa y pensé en mis propias monedas: pocas, acuñadas de sangre y remordimientos.

—¿El chico sigue vivo?

—No lo sé. Pero Cordia siempre da una oportunidad.

Había algo en cómo pronunciaba “una oportunidad" que me erizó la piel. Lo odié por traerme esa clase de encargo, porque el problema con la magia es que nunca se va de vacío, ni cuando ganas. Solté mi daga sobre la mesa, solo el suficiente filo para ver la tensión en sus ojos.

—Dame su nombre.

—Isun.

Por lo menos, un nombre honesto. Lo guardé entre los trozos rotos de mi sentido de la ética.

—Ve a casa. Si regreso esta noche, mantén las ventanas abiertas y la lámpara encendida.

No pidió garantías. Tampoco me las ofreció. Allí, el negocio de rescatar lo irremplazable estaba envuelto en la niebla de lo improbable, pero igual me levanté de la mesa.

El barrio de Cordia era una llaga rota en el lado oeste de Keshar, donde las casas se torcían como espinas y el musgo viejo devoraba las piedras. El aire olía a muerte lenta, a pequeños crímenes olvidados. Caminé bajo lluvia ácida, escupiendo hacia las sombras, contando los pasos.

Cordia vivía bajo un árbol que jamás florecía, ni siquiera cuando el resto de la ciudad exhalaba el perfume falso de la primavera. El jardín estaba rodeado por una verja de hueso de caballo, y la puerta pendía de bisagras de escarcha que jamás se derretía.

Traspasé la verja con una calma que me mentía. Cuchillo en la manga, prisa en la garganta. No toqué la puerta, solo la empujé.

Adentro, la magia crujía como madera vieja. La casa no tenía paredes, solo libros apilados llenos de textos escritos con sangre, y la bruja Cordia sentada en un sillón que no tocaba el suelo.

Tenía más años que los fantasmas, y su cabello era una nube de ceniza. Los ojos, sin pupilas, se abrieron sobre mí como un disparo de magia.

—Has venido por Isun —dijo. No lo preguntó. Sus palabras dejaban un rastro de plomo—. ¿Por qué debería devolvértelo?

Respiré hondo antes de contestar.

—Porque su padre me pagó. Porque no tienes derecho.

La bruja sonrió mostrando encías rosadas.

—Los Sangreclara ven derechos donde otros solo ven oportunidades. Pero ni siquiera tú quieres saber el precio de la magia.

—Lo sé. La sangre.

—La voluntad —corrigió—. Puedes entrar y sacarlo si tienes más voluntad que la mía. Pero si fallas, tu sombra se quedará aquí, y tú sabrás lo que sienten los padres que nunca recuperan a sus hijos.

Me giré para mirar la estancia: el suelo de raíces, los libros que tiritaban, las sombras extrañas. Cordia sostuvo un espejo de cobre y lo inclinó hacia mí.

—¿Quieres mirar el rostro que tendrás si fallas?

Negué con la cabeza. La muerte puede esperar, pero la humillación, esa te sigue.

Vi a Isun, acurrucado en una esquina, los ojos abiertos hacia lo imposible. Había una línea dorada entre sus labios: la marca de la magia, sellada con voluntad ajena.

Avancé. Cada paso me costó una parte de mí. Noté cómo mi sombra comenzaba a separarse, deslizándose como una serpiente perdida. El filo de mi daga pesaba como si llevara los pecados de todos mis ancestros.

—Isun —susurré—. Ven conmigo.

La voz de Cordia rebotó en las paredes sin nombre.

—Debes ofrecer un trato nuevo. Así es como funciona esto. Nada gratis. Nada para siempre.

Consideré mis opciones. Las leyendas no son mejores que los mendigos, solo tienen una mejor historia para contar en los entierros.

—Una verdad a cambio —dije, apostando mi mejor carta—. Te daré un recuerdo. El peor.

Cordia se echó hacia atrás, sus pupilas girando, escudriñando mi propuesta.

—Que sea suficientemente amargo —dijo—. Que hierva en mis venas y me cure de ti.

No tenía elección. Abrí la piel en mi brazo con la daga, dejando que la sangre cayera en el suelo de raíces. Cerré los ojos y recordé a mi hermana, el rostro que nunca rescaté la noche en que las tropas de Keshar arrasaron nuestro hogar. Su grito. El fuego. Las promesas que no cumplí.

Sentí que algo se arrancaba de mi pecho, una piedra caliente, y supe que nunca volvería a sentir remordimiento. Había vendido mi único verdadero dolor.

Cordia se estremeció y, por un instante, pareció más joven, más triste. Su boca tembló.

—Tómalo. Pero si no sales de este jardín antes de que amanezca, tu sombra me pertenecerá.

Isun temblaba. Estaba vivo, pero había dejado atrás a una versión de sí mismo. Lo alcé y crucé la puerta, y el mundo mordió mi piel como si la gravedad se hubiera duplicado.

La verja de huesos se cerró detrás. Sentí el vacío donde una vez estuvo mi miseria. No recordaba el rostro de mi hermana, solo fragmentos: una risa, una trenza deshecha, una estrella quebrada en su muñeca.

El padre de Isun me esperó bajo el balcón roto de su casa, la lámpara encendida como una promesa de bienvenida. Cuando vio a su hijo, cayó de rodillas y lloró lágrimas silenciosas. Le devolví la bolsa de plata ennegrecida. No la quería.

—¿Estás bien? —preguntó.

Lo estuve una vez, supuse. Isun tardó un momento en responder. Miró mis ojos y me preguntó:

—¿Eso era una bruja? ¿Como las de las historias?

—Peor —le respondí—. Porque las historias se acaban. Con Cordia nunca hay final.

Cuando regresé a la taberna, la bebida tenía un sabor plano. No podía recordar bien por qué había aceptado ese encargo, ni por qué su rostro me seguía doliendo un poco, como un diente fantasma.

En el Barrio Verde, las leyendas caminan cojas. A veces, te arrancan los recuerdos que más necesitas para seguir siendo humano. A veces, lo único que te queda es una sombra inquieta… y las mentiras que te cuentas para dormir.

Al menos, así es como sobrevivo. Así es como sigo siendo Siani Sangreclara, la que conoce el precio de la voluntad. Y esta noche, sola en la taberna, me prometí no regresar nunca más al jardín de Cordia.

Las palabras sonarán vacías, pero el juramento pesa en mi pecho. Como la daga en mi manga.

Hasta la próxima moneda. Hasta el siguiente hijo perdido en la promesa de la magia.

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