Fragmento:
Las calles de Tarnis eran oscuras, y cuando llovía, la neblina formaba cortinas que ocultaban las esquinas y los secretos. Pero había una luz extraña, azul y vacilante, que se divisaba a través de los ventanales de la taberna de Marn. Era tarde, y los parroquianos de costumbre—ladrones, aventureros en ruina, comerciantes de sueños y venenos—hacían un medio esfuerzo por no mirar demasiado tiempo hacia la esquina donde la luz danzaba.
Duración: 08:32
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Las calles de Tarnis eran oscuras, y cuando llovía, la neblina formaba cortinas que ocultaban las esquinas y los secretos. Pero había una luz extraña, azul y vacilante, que se divisaba a través de los ventanales de la taberna de Marn. Era tarde, y los parroquianos de costumbre—ladrones, aventureros en ruina, comerciantes de sueños y venenos—hacían un medio esfuerzo por no mirar demasiado tiempo hacia la esquina donde la luz danzaba.
Kellan mantenía la capucha baja y la mirada perdida en el fondo de su jarro, pero en realidad estaba atento a cada movimiento del salón. Era un hombre que nunca mostraba las palmas de las manos si podía evitarlo, y eran muchos los motivos para ello. El menor de ellos era la marca quemada que tenía en el centro de la derecha: un círculo negro con tres líneas, símbolo de alguien que había pactado—o sido maldecido—con uno de los cinco Magos del Oeste.
La muchacha de la esquina, sin embargo, no miraba su jarro ni el fuego normal del hogar. Ella alimentaba una pequeña hoguera que ardía en el interior de una esfera de cristal verdosa, y su llama bailaba en tres colores distintos que nunca se mezclaban: azul, rojo y violeta. Cada chispa que lanzaba la esfera caía en el aire, se disipaba a medias y se transformaba en algo más denso que el humo. El ambiente entero vibraba con la promesa silente de peligro contenido.
Kellan se levantó, dejando caer una moneda cobreada en la barra. El posadero, Marn, no levantó la vista; solo carraspeó en un suspiro, deseando tal vez que los magos hicieran su magia en otros barrios. Pero la riqueza, el miedo y la curiosidad eran hermanas en Tarnis, y mientras hubiera una tentación nueva, los rumores encontrarían oídos ansiosos.
“¿Vienes a pedir deseos, asesino?” preguntó la joven sin levantar la vista ni interrumpir la danza de la esfera.
“Quiero respuestas, no deseos, Ilra,” replicó Kellan. La conocía. En el mundo de los tratos y las piras prohibidas, los nombres viajaban rápidamente y la reputación aún más. Ilra no era simplemente una maga, sino una que había visto el abrazo de la Reina de Ceniza y había vuelto con cicatrices en la mente y en el cuerpo. Ahora vendía su habilidad al mejor postor, pero pocos eran los que se atrevían siquiera a preguntar el precio.
“Eso es más costoso,” respondió ella, con una sonrisa que era solo para sí misma, mientras el fuego en la esfera crecía y menguaba al ritmo de su respiración. “Las respuestas siempre traen dolor.”
“Tengo dolor de sobra,” dijo Kellan en voz baja. “Tú vendes fuego. Yo busco uno. Uno que no apaga el agua y que arde de noche sin quemar. Lo llaman el Sello de las Sombras. Alguien lo ha robado de la cripta de Tormis.”
Ilra sacó la mano de la tela gris con que cubría sus dedos, y Kellan vio las quemaduras: vetas antiguas, líneas de rojo y blanco que la magia no había podido borrar, o que ella se negaba a curar, como recordatorio o advertencia.
“El Sello,” murmuró. “No tienes miedo de ir tras quien lo robó.”
“No puedo permitirme el lujo,” respondió él, y las palabras le supieron a historia vieja, estudiadas y desgastadas por el uso.
El fuego en la esfera giró en espiral invertida, y la taberna pareció hacerse más fría.
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La ciudadela maldita de Tormis estaba a solo una jornada de Tarnis, pero la noche oscurecía el camino y lo hacía parecer interminable. Kellan había partido antes del amanecer, llevando consigo solo la espada curva que le había costado dos dedos y una deuda impaga a una mujer tuerta. Su capa olía al humo estancado de la taberna y a las hierbas que Ilra había metido en su bolsa.
“El fuego responde al fuego,” había dicho ella, antes de darle el pequeño frasco lleno de polvo gris. “Solamente úsalo cuando el aire se vuelva espeso y no puedas ver el color de tu propia sangre. No lo lances, no lo inhales, y sobre todo, no intentes alimentarlo.”
Kellan no era necio para preguntar más. Caminó rápido, pero pensaba lentamente. No se podía confiar ni en un hechizo ni en una promesa en los senderos entre Tarnis y Tormis. La ruina del mundo no venía solo de las bestias y los terrores sin nombre, sino de los hombres desesperados que pensaban que robar magia los haría invulnerables. El Sello de las Sombras era objeto de leyendas: una llama perpetua creada por el primer Mago de la Aurora, capaz de quemar la memoria y el tiempo si se usaba bien. O de condenar a miles si caía en las manos equivocadas.
A las puertas de Tormis, una criatura esperaba en los escalones rotos. Llevaba el rostro cubierto por una máscara de madera tallada en runas, y en sus manos sostenía una antorcha que no era de fuego, sino de luz verdinegra, ausencia y presencia a la vez. No saludó ni advirtió; simplemente escudriñó a Kellan con unos ojos que parecían estar muy lejos, o muy cerca, y luego levantó la antorcha apuntando hacia el portal roto.
“¿Vienes por el Sello?” dijo la voz cavernosa, hueca, como el eco de un pozo seco.
“Vengo por aquel que lo robó. ¿Estás con ellos o en su contra?” Kellan no pensaba malgastar saludos.
“No tengo parte. Guardaré la puerta mientras dure la noche. Si sales, saldrás cambiado. Si caes dentro, serás ceniza antes del alba.”
Kellan no respondió, porque las verdades viejas no necesitaban compañero.
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La cripta olía a piedra muerta y a esperanzas extinguidas. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones que ardían débilmente al paso de Kellan, como si reconocieran la marca en su palma y temieran su presencia. Había mucha historia enterrada en Tormis; demasiadas muertes, demasiados juramentos sellados con llamas invisibles.
En el corazón del laberinto, una figura esperaba sentada sobre el altar caído. Su cabello era como una catarata de cuero quemado, y los ojos—ay, los ojos—eran dos brasas líquidas. El Sello de las Sombras flotaba sobre su palma abierta, rebosando un fuego negro que absorbía la misma luz alrededor.
“Así que viniste, Kellan de la Marca,” susurró. No era pregunta, era certeza trágica.
“Devuélvelo, Lyra. Este artefacto no puede quedarse contigo. No sabes lo que hará.”
Lyra se echó a reír, amarga, fatal. “Cuando fuiste mío no pensabas en los límites de la magia. Buscabas un fuego que calentara hasta el alma, ¿recuerdas? ¿Ahora temes arder?”
“No son tus cuentas las que me preocupan. El mundo no sobreviviría si lo usas mal.”
Ella se alzó, con el Sello flotando sobre ambas manos.
“¿Y si quiero que el mundo arda? ¿Si cada sombra merece castigo por lo que ha tomado de mí?” La llama negra tembló, y las paredes parecieron derretirse, revelando otros mundos debajo. Las marcas en la piedra chisporroteaban y la sangre de Kellan se volvió plomo.
No había solución sencilla para el dolor de Lyra. Pero el mundo nunca había estado hecho para aliviar el dolor de los individuos.
“Me tienes que matar si quieres salvarlos,” murmuró ella, y el Sello giró más rápido, vomitando partículas de oscuridad que aullaban buscando carne.
Kellan no dudó. Sacó el pequeño frasco que Ilra le había dado, lo arrojó a los pies de Lyra y gritó un conjuro en el idioma que solo los condenados aprendían. El polvo se inflamó en una llamarada pálida, y por primera vez en siglos, el fuego compitió con el fuego dentro de esas catacumbas.
Lyra aulló, y fue un sonido de pérdida absoluta. El Sello se agitó como una bestia herida, su llama negra y voraz buscando escapatoria. Kellan se abalanzó, espada primero, cegado por la furia y el deber. La hoja encontró carne, y Lyra se desplomó, con los ojos aún ardiendo, pero ya vacíos.
El Sello cayó al suelo, y Kellan se debatió entre recogerlo o huir. Pero el polvo había cumplido su cometido—había vaciado la magia de la sala, robando fuerza al Sello y a su dueña. Lo recogió con la marca de su palma brillando blanca, y el fuego le habló en una voz antigua: “Uno muere, uno arde. Así es el pacto.”
Salió tambaleándose al alba, pasando junto al guardián de la puerta, que ahora le miraba con compasión.
“El precio se paga siempre,” dijo la criatura, y la puerta se cerró tras de Kellan.
***
Regresó a Tarnis, buscando de nuevo la taberna de Marn. Nadie le miró cuando entró, y ni siquiera Ilra se atrevió a preguntar cómo era posible que hubiera vuelto. Sólo él conocía el peso del Sello y el eco de las llamas que ardían ahora en su interior, borrando recuerdos que nunca más serían suyos. Quizás el mundo había sobrevivido una noche más. Pero Kellan sabía que cada fuego deja cenizas, y cada ceniza, tarde o temprano, vuelve a arder.
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