El cielo relucía con una ferocidad antigua, tornasolando nubes espesas en tonos de cobre y añil. Desde su alto mirador en las murallas occidentales, Kaelle observaba la marcha implacable de las tropas hacia la Ciudad de las Llamas Azules. Más allá de los campos de trigo, ya mustios en la reciente helada, la infantería de Rhodon portaba estandartes negros como la boca del Infierno mismo. Eran miles, y cada soldado tenía el rostro cubierto por las máscaras de hierro pulido que usaban los condenados de su rey. La brisa traía olor a ceniza y sangre; el presagio de un día que muchos no terminarían vivos.
Kaelle no era, ni mucho menos, la doncella que algun trovador melancólico cantaría. Su rostro era duro, surcado por cicatrices de antiguas batallas. Entre su melena castaña y salvaje asomaban las hebras de plata, mudos testigos de noches en vela y juramentos rotos. A su lado, Barenthron, su halcón de medianoche, aguardaba con la paciencia de los que han cazado más que soñado. Un ala negra relampagueó en su costado, y el pájaro giró su cabeza, escrutando el horizonte con el ojo dorado y frío de lo que casi es un dios.
Detrás de Kaelle, la Ciudad de las Llamas Azules se apiñaba en torno a la roca de Aelion como un puño cerrado, sus moradas hastiales encalados y tejas de lapislázuli chisporroteando con ese fuego cerúleo que ningún enemigo ha logrado jamás apagar. La magia de la ciudad era vieja, tan vieja como las montañas, y tan peligrosa como el filo de una hoja sin empuñadura.
—Los ves, ¿verdad, Barenthron? —murmuró Kaelle—. Rhodon viene a reclamar lo que no le pertenece.
El halcón soltó un graznido bajo, inquieto. Ella sabía lo que significaba. Había ruido en la corriente de la magia; el viento olía a premonición y crimen.
A sus cuarenta inviernos, Kaelle era la Guardiana de las Puertas Vacías, la última linaje de su orden. Nadie recordaba, salvo los más viejos, los días en que la ciudad temió a los dragones, o cuando los pactos con las damas grises de la colina regían el destino de los hombres y no los caprichos de un rey déspota. Los tiempos cambiaban, y a menudo sólo traían muerte y nada más.
—¿Cuántos días? —preguntó una voz a su espalda.
Kaelle no se molestó en girar. Reconocía ese tono: seco, vibrante, inquebrantable como hierro forjado.
—Ningún día, Harlon. Hoy al anochecer tocarán las puertas y nos pedirán rendición. Y si no la damos…
—No la daremos —bramó el hombre, y sus ojos de tormenta encontraban en los de Kaelle su igual—. Siempre hemos resistido. Esta ciudad se erigió como bastión, no como tumba.
Kaelle apenas sonrió. Admiro a Harlon desde que era niño; lo había entrenado cuando sus manos eran tan pequeñas que apenas podían empuñar una espada. Ahora era el capitán de la guardia, leal hasta lo insensato.
—Hay algo distinto esta vez. Lo sientes, lo sé. —Kaelle miró más allá de las llanuras, a donde el polvo oscurecía el sol—. No sólo traen ejército. Siento la magia en el aire, atada y rabiosa.
Harlon se persignó con el signo de la luna creciente, el antiguo gesto de los protegidos por la guardiana, aunque no sabía si creía en ello. Kaelle tampoco lo sabía.
—¿Lucharemos sin esperanza, entonces?
Kaelle se permitió un suspiro.
—Nunca se ha tratado de esperanza, Harlon. Las Guaridas mantienen las Puertas por deber, no por triunfo. Si fallamos, la ciudad cae. Y sabrás… he sentido que esta vez los portones no se contentarán con sólo defender. Quieren alimentarse.
Harlon palideció. Todo niño del enclave había oído las historias: las Puertas Vacías, relucientes de obsidiana caoba, capaces de tragar ejércitos enteros si una guardiana así lo ordenaba. Pero hasta Kaelle temía ese precio.
Mientras caía la tarde, la vida en la ciudad se tornó silenciosa. Hombres y mujeres sellaban ventanas, los niños eran llevados a las cámaras interiores, y los heraldos corrían de una esquina a otra, recitando órdenes y plegarias inútiles. Kaelle caminó hasta la Puerta, sus pasos resonando en la piedra como campanas de funeral. Barenthron la seguía, sus garras tintineando en el pavimento.
Allí, bajo la ominosa sombra de las Puertas, tres figuras aguardaban. El embajador enemigo, Escolio de Rhodon, portando su túnica carmesí; una mujer delgada, envuelta en un manto gris —una bruja, sin duda— y el tercer hombre, alto y pálido, una máscara de hueso cubriéndole el rostro.
—Guardiana —saludó Escolio, una sonrisa cortante como el filo de un alfanje—. Venimos para ofrecerte la única opción razonable. Rinde la ciudad y viviréis. Si no…
—Mientes —intervino Kaelle, con una calma que no sentía—. Lo hayáis hecho antes. Ninguna ciudad que se rindió ante Rhodon sobrevivió intacta.
El hombre enmascarado dio un paso, y la magia en el aire vibró. La bruja ladeó su cabeza, los ojos brillando como carbones.
—Sabes que podemos forzar las Puertas. Mi magia… —empezó la mujer.
—Tu magia —replicó Kaelle, fijando sus ojos en ella— es sólo una sombra comparada con la mía. Y la de la ciudad. Mira bien las llamas que coronan nuestras torres. Nadie las ha extinguido, y nadie lo hará.
Barenthron, inquieto, extendió sus alas, y la magia fluyó entre las plumas como oleaje nocturno. Kaelle sintió el antiguo vínculo pulsar en su sangre, el precio del pacto que su linaje pagó siglos atrás.
Escolio dudó por una fracción de segundo. Pero la bruja elevó su mano, y en torno a su pulsera de hueso, las sombras se retorcieron y lanzaron un dardo invisible hacia Kaelle.
Fue rápido, pero Barenthron más aún. Con un chillido cortante, el ave interrumpió el encanto, la magia chisporroteando entre las piedras. La bruja se tambaleó, mortalmente pálida.
—¡La decisión, guardiana! —gruñó Escolio, furioso—. ¿Abres las puertas o las abro yo?
Kaelle avanzó hasta que su sombra tocó las Puertas. La obsidiana pulsaba como un corazón vivo. Sabía lo que debía hacer, aunque temía el sacrificio. Recorrió el grabado de la puerta, símbolos en lengua olvidada por todos salvo las guardianas. Murmuró el juramento:
—Puesto que la muerte viene, pido a las Puertas Vacías. Pues sólo sangre podrá alimentaros, y sólo mi linaje será el pago.
La puerta tembló, una vibración sorda que arrastró el aire con fuerza ciclónica. Detrás de Kaelle, su halcón se erizó, abierto el pico en un graznido que parecía arrastrar toda la noche consigo. Bajo sus pies, la piedra hervía.
La bruja chilló, retrocediendo. Escolio trató de alzar su estandarte, pero un vendaval invisible lo estrelló contra las piedras.
Desde los patios, miles de soldados de Rhodon vieron horrorizados cómo la Puerta se abría… pero no hacia la ciudad, sino hacia ellos. Del otro lado no había callejones ni plazas, sino un torbellino de oscuridad hambrienta. Manos de sombra surgieron, atrapando a los primeros corredores, arrastrándolos con fuerza brutal hacia el abismo. La bruja imploró ayuda, pero su magia fue devorada como una vela bajo el viento.
Kaelle permanecía firme, aunque sentía la vida drenarse de sus venas. Los días y años de su existencia, el rostro de su madre, los juegos de su infancia, todo flotó un instante en la oscuridad de la Puerta. Era el precio; siempre lo había sido.
Barenthron voló alto, círculo tras círculo sobre la vorágine, acuchillando con su voz cualquier intento de resistencia. El ala cortaba la luz, y los hombres de Rhodon huían presos de pánico, lanzándose unos sobre otros. Aquel día, ni uno solo pisó la ciudad. Cuando la Puerta se cerró, sólo quedó silencio y ceniza.
Kaelle se desplomó de rodillas al pie de la obsidiana. La ciudad estaba a salvo, pero la magia exigía su coste. Sintió como si cada latido la arrancara un poco más de este mundo.
Los ciudadanos salieron de sus escondites, encontrando a Kaelle pálida pero sonriente. Harlon corrió a su lado, los ojos húmedos por lo que ya sabía:
—¿Vivirás, Guardiana?
Ella negó con la cabeza, pero alzó la mirada hacia el halcón, que descendía despacio, posándose junto a ella.
—La ciudad vive, y eso basta.
Barenthron inclinó la cabeza y, con una delicadeza imposible, tocó con su pico el pecho de Kaelle. La vieja guardiana recostó su frente en las plumas de medianoche, y, en el crepúsculo de la Ciudad de las Llamas Azules, su espíritu se desvaneció, fundiéndose al fin con las llamas eternas de su hogar.
Harlon levantó la mirada hacia las torres, donde el fuego azul ardía imbatido. Sabía que en los siglos venideros la ciudad cantaría la balada de la última guardiana, la mujer que eligió pagar el precio del deber, y de un halcón que fue, por un día, algo más que un dios menor, algo más que un pájaro. Un amigo, un testigo.
Desde el borde del abismo, la Ciudad de las Llamas Azules recordaría siempre que la esperanza no era el don de los débiles, sino la elección feroz de los que, aún sabiendo que perderán todo, deciden entregar todavía más.
Y en cada solsticio, las llamas azules arderían más alto, recordando a todos que la guardiana jamás será olvidada.
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