Portada del relato El susurro de Mareth
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Fragmento:


Ella no ignoraba las leyendas, pero tampoco las creía del todo. Había nacido al sureste, en la costa de Arenisca, lejos de los abismos de Rotkven y su cortejo de historias. Lo que la había traído aquí no era la sed de emociones, sino una simple y vulgar promesa de oro. De todos modos, bajo el cielo opaco de ese crepúsculo, las leyendas se sentían como hechos.

Duración: 09:00

El susurro de Mareth
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando Neryssa despertó, la barcaza ya no flotaba sobre aguas apacibles sino sobre un mar que gemía como un animal herido. El oleaje negro, enfurecido, estaba surcado de espuma gris como saliva de monstruo, y el aire olía a hierros y a algo más antiguo, salobre y húmedo, el aliento de la mismísima noche. Se reincorporó con el balanceo de la cubierta, notando bajo la piel el temblor de las tablas, como si todo el barco respirara conteniendo el pánico. En la distancia, surcando la niebla, las luces de la costa eran promesas inalcanzables, centinelas de un mundo más seguro que ahora parecía condenado a no alcanzar.

Brincó al ponerse en pie, el frío le mordía los huesos bajo la túnica de lino, y cuando salió tambaleante a la cubierta, solo la lámpara de aceite que custodiaba el timonel daba batalla a la bruma. Los otros pasajeros, puñado de mercaderes y un puñado más pequeño de aventureros, murmuraban plegarias a dioses olvidados: cada cual buscaba consuelo donde podía. Nadie miraba a los ojos a los marineros, porque todos sabían que era allí donde podía asomar el verdadero pavor.

Sin embargo, sólo el capitán Lemar parecía intacto, de pie junto al timón, con los labios apretados y manos de nudos como raíces sujetando el destino del barco. Al verla, le dedicó una mueca que podría interpretarse como saludo o advertencia.

"Nos falta poco, dama," dijo, el acento rugoso y viejo como el propio mar. "Las estrellas lo tapan, pero pronto ese acantilado asomará. Y... mejor no mirar de cerca lo que nada por aquí, ¿entiende?"

Neryssa se apretó el manto. "¿Por qué la prisa? Los vientos son atroces."

Lemar rió con amargura. "Esta región no es clemente ni cuando duermen las bestias. Hoy, menos que nunca."

De algún lugar bajo la quilla, un golpe sordo propagó una vibración gélida por todo el barco. El murmullo de los rezos se hizo más apremiante. Neryssa sintió el pulso animal de aquello: la certeza de que algo se movía en la profundidad, más antiguo que las estrellas, lo bastante paciente como para esperar la ocasión de devorar el mundo.

Ella no ignoraba las leyendas, pero tampoco las creía del todo. Había nacido al sureste, en la costa de Arenisca, lejos de los abismos de Rotkven y su cortejo de historias. Lo que la había traído aquí no era la sed de emociones, sino una simple y vulgar promesa de oro. De todos modos, bajo el cielo opaco de ese crepúsculo, las leyendas se sentían como hechos.

"El reino abisal," musitó un anciano pasajero, cuando ella pasó a su lado. "Dicen que alguna vez fue tierra firme, antes de que los antiguos dioses la hundieran. Dicen que las criaturas que allí habitan no olvidan su furia ni su hambre."

La barcaza viró súbitamente, como espoleada por un capricho invisible. El acantilado apareció, emergiendo de la niebla con la arrogancia de un cuchillo de granito. Los marineros con voz de mando desplegaron la vela de tormenta y la nave obedeció a regañadientes, chirriando.

Y fue allí, entre el rugido del oleaje y la furia del viento, cuando la vio.

Un tentáculo negro, vasto como el tronco de un roble, surgió del agua silenciosa, perlado de ventosas pálidas y cicatrices de mil batallas, y se enroscó bajo la quilla. El cuerpo al que pertenecía era un abismo en sí mismo, una sombra inmensa apenas percibida en el límite de la imaginación. El aire se llenó de un hedor acre y Neryssa sintió que la garganta se le obstruía de puro horror.

El barco se sacudió violentamente, astillas lanzadas por doquier. De la tripulación, algunos cayeron al agua. La bestia, indiferente, buscó algo que sólo ella conocía; la barcaza no era, para ella, más que una curiosidad efímera sobre la que palpar el mundo real.

Fue en ese instante, mientras el caos se apoderaba del conjunto, que Neryssa descubrió por qué exactamente había sido contratada. El orbe de obsidiana que colgaba de su cinto, hasta entonces mera joya, palpitó como un corazón al latido de la criatura. Souen, quien la había convencido de aceptar el viaje y desaparecer en una posada sin rastro, le había advertido: "No mires atrás cuando llegue la hora." Pero nada la había preparado para el contacto entre su orbe y la criatura abisal.

No fue sólo una sensación, sino una presencia colosal en su mente: imágenes de ciudades sumergidas, de lenguajes de burbujas y destellos, de un hambre tan grande que cualquier goloso humano sería polvo en viento en comparación. Y, curioso, un ruego: libera.

La criatura no buscaba la destrucción. Buscaba la libertad.

Neryssa levantó el orbe, dudando. Los relámpagos caían lejanos, momentos donde el mundo se volcaba en claridad fugaz. Había aprendido a leer esas señales en su niñez: lo que no se nombra es lo que más te acompaña.

"Si os libero," susurró, sin saber de dónde provenía el arrojo, "¿Qué dejáis atrás?"

En su mente, la respuesta fue inmediata: Dejarán en paz la superficie, sellarán los rastros de su veneno. Era un destino ofrecido, no una promesa.

Los marineros gritaban a su alrededor. El capitán Lemar intentaba recuperar el control, mientras remolinos de oscuridad circundaban el barco. Otros tentáculos surgieron y los gritos se elevaron aún más. Neryssa pulsó su voluntad sobre el orbe, que pareció arderle en la mano. Recordó entonces la advertencia de Souen: "En todo pacto hay un precio."

La criatura gritó su presencia en su mente: el grito era de siglos de encierro, una furia afilada entre cuyas aristas asomaba el terror de la muerte definitiva. Y, sin embargo, también suplicaba. No a ella como persona, sino a ese minúsculo poder –la voluntad humana– que alguna vez los dioses legaron a los mortales.

Neryssa sintió piedad, y también un pánico corrosivo.

Apretó el orbe y entonó la palabra arcana que le había enseñado Souen. El mundo cambió. Las aguas burbujearon, el tiempo se ralentizó. Su visión se pobló de fragmentos: cuerpos de bestias titánicas en el umbral de la descomposición, vestigios de antiguas civilizaciones asediadas por su propia arrogancia, mares cubiertos por la sombra de criaturas tan grandes que partían el horizonte.

El orbe se resquebrajó. Una brisa glacial barrió la cubierta. Los tentáculos se retiraron con un estallido de espuma y burbujas infernales. La criatura emergió por completo, mostrándose brevemente bajo la luna: era de un azul tan profundo que devoraba la luz, sus ojos como piedras azules hundidas en la noche. Ella vio la mano; un gesto, implausible, de gratitud.

En un pestañeo, la criatura abandonó su prisión. El mar se aplacó súbitamente, la bruma se disipó con violencia y las estrellas, por fin, rompieron el telón negro.

Cayeron en un silencio atroz y pleno. Muchos de los suyos yacían muertos, otros gemían heridos. Lemar la miró sin hablar; sus ojos viajaban entre el horror y la perplejidad.

Neryssa guardó el fragmento del orbe con manos temblorosas. Ni oro ni promesas podían ya compensar la marca que sentía en su pecho, una quemadura invisible nacida del contacto con lo primigenio.

***

En el puerto arrasado de Theryn, las autoridades aguardaban con farolillos encendidos en la madrugada. Nadie quiso preguntar nada al principio; Neryssa veía en los ojos de los supervivientes la sombra de la criatura, atisbos de un secreto compartido e innombrable. Jamás se habló en voz alta de lo ocurrido, pero, noche tras noche, hubo quienes vigilaron el horizonte, temiendo el regreso de los gigantes del mar abisal.

Ella misma guardó silencio. Por cada moneda recibida, sintió que el precio era mayor: había liberado la promesa de una tregua, pero también un juramento de silencio. Cada vez que miraba el mar, de día o de noche, sentía aquel ojo azulada mirándola desde la profundidad; no por odio, sino por reconocimiento.

Tiempo después, cuando los mercaderes se animaron a cruzar los canales y las barcazas volvían a zarpar, Neryssa se embarcó en tierra firme. Nunca más buscó fortuna en las costas del abismo. A veces, en las noches de tormenta, soñaba con ciudades sumergidas, con dioses-dragón atrapados entre corrientes y grietas, y con la visión de un mar sin memoria. Pero al despertar, sólo el rumor de las olas resignadas recompensaba su vigilia; promesa de que, por ahora, las criaturas del abismo dormían.

Su viaje había terminado. Pero lo que acecha bajo la costra del mundo sigue esperando, soñando con la libertad, y recordando –quizás con un temblor de piedad– que los mortales, aunque pequeños y frágiles, pueden negociar el destino de dioses y sombras.

Tal vez tanto los que caminan en la luz como los que acechan en la profundidad al final sólo temen una cosa: el día en que nadie recuerde lo que fue sellado, ni los susurros, ni el precio. Porque todo abismo, alguna vez, debe regresar la mirada. Y toda promesa, ser saldada.

Y así, bajo la luna creciente, la historia se deslizó al silencio, como una criatura en retirada, dejando tras de sí apenas una estela de espuma sobre el mar indómito.

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