Portada del relato Las puertas de Malintra
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Fragmento:


Allí estaba la criatura: no era grande ni temible, sino pequeña como un niño, vestida de alambre y pétalos. Sus ojos multifacéticos reflejaban miles de Lichanes, y en cada uno era distinta, como si el ser tuviera la cortesía de adaptarse al miedo de su interlocutor.

Duración: 08:17

Las puertas de Malintra
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Texto de ajuste de pausa.

Lichane había nacido tres veces y muerto dos, y eso, le gustaba decir, no era poca cosa en estos días. Aunque, claro, en estos días nada era poca cosa: no el resplandor carmesí de los tres soles, ni los vientos venenosos que amanecían aullando, ni el hecho de que los humanos y los dragones ahora compartieran el mismo pozo en la plaza. Nada. Todo era enorme, trágico o simplemente absurdo.

Pero hoy Lichane caminaba bajo las ruinas de la ciudad de Varimathras porque le habían pedido un consejo, y cuando un emperador te pide consejo, haces bien en llevar calzado nuevo y dos mentiras bien ensayadas. Su silueta, flaca como una víbora tras el invierno, cruzaba los temblorosos arcos de la vieja biblioteca imperial, con la túnica azul oscura colgando apenas de sus hombros. Entre las paredes cubiertas de hiedra eléctrica, solo los vitrales rotos permitían la entrada de una luz oblicua, nerviosa, distinta.

El emperador, desde su trono improvisado de astillas y oro oxidado, no parecía distinto a la última vez. Pero en el reino de Malintra, eso era también sospechoso. Se dice que los gobernantes aquí cambian de forma cada siete lunas y la paranoia es religión; Lichane sabía que su audiencia podía terminar en conspiración, banquete… o jaula.

—He oído lo que buscan tus ojos, Lichane Vido —dijo el emperador sin girar el cuello—. Pero a veces debo fingir que no he oído.

Lichane se inclinó, como dictaba la costumbre, pero solo hasta ese punto rebelde que adoraban los cortesanos.

—Majestad, mis ojos buscan solo aquello que usted ha perdido.

—¿Qué se le ha perdido a un rey desposeído de su reino y su forma? —musitó el emperador. La voz era joven, pero los dedos temblaban—. Ven. Siéntate junto a mí. Necesito un héroe y tú tienes el hábito de vivir después de morir.

El lugar estaba lleno de espejos rotos, y a través de cada uno, Lichane se veía distinto: a veces mujer, a veces bestia, a veces nada. Supo entonces que no solo enfrentaría palabras, sino las puertas de Malintra, aquellas abiertas por los magos surrealistas siglos antes, por donde las cosas que no debía haber cruzan uno y otro lado del mundo y del instante.

—He soñado que las puertas vuelven a abrirse —confesó el emperador—. Y en el umbral, una criatura espera. No sé si es la salvación, el final… o simplemente una historia más peligrosa que la anterior.

Lichane no le preguntó qué había del otro lado. Nadie preguntaba eso; era de mala educación, como pedirle a un nigromante cuentas claras. Sabía que, si aceptaba atravesar las puertas, debería hacerlo sin armadura y sin esperanza, salvo la que se roba en el último segundo.

—Necesitaré mi lanza, tres palabras secretas y un poco de vino antiguo —dijo, quitándose la humildad de encima, como un abrigo. Y el emperador asintió, sabiendo que lo dicho era apenas la primera de muchas excentricidades.

Esa noche, Lichane se preparó para la travesía. Recordó la primera vez que cruzó el umbral, y también la segunda. La primera vez era joven y estúpida; la segunda, vieja y desesperada. Ahora, estaba entre medias: una especie de aburrimiento existencial con la muerte. Sonrió al recordar la advertencia de su madre: “Nunca atravieses una puerta mágica a menos que lleves el corazón bien sujeto en el pecho.” El suyo ya había sido saqueado por ángeles y demonios, así que lo sujetó malamente con picos de runa y ataduras de promesas rotas.

La ciudad dormía mal, entre rugidos y canciones de resaca. Las puertas de Malintra, erguidas en mitad del Viejo Barrio, tenían el aspecto de una broma cósmica: mármol negro, ángulos imposibles, y un zumbido de fondo que sonaba a enjambre y a orquesta a la vez. Lichane pasó la palma por el umbral, esperando frío; encontró calor. Era como acariciar la nuca de un enemigo dormido.

Al cruzar, el mundo se volvió vertical, después líquido, después un roce de nácar sobre piel. Nada de lo conocido tenía sentido, pero para un héroe de fantasía, el absurdo es la coraza. Cayó de pie junto a un pozo de obsidiana, bajo un cielo púrpura surcado de criaturas que solo existen en sueños o en la última noche de fiesta de un dios menor.

Allí estaba la criatura: no era grande ni temible, sino pequeña como un niño, vestida de alambre y pétalos. Sus ojos multifacéticos reflejaban miles de Lichanes, y en cada uno era distinta, como si el ser tuviera la cortesía de adaptarse al miedo de su interlocutor.

—Lichane Vido —dijo la criatura, modulando una voz que sonaba a fuga y a reencuentro—. He esperado tanto que el tiempo se ha aburrido de sí mismo. ¿Vienes a matarme o a soltarme?

Lichane sentía la lanza vibrar; las palabras secretas a punto de deshacerse en su lengua.

—Nadie me dice a qué he venido, ¿verdad? —preguntó más para sí misma—. Así funcionan las leyendas.

La criatura negó con una ternura impensada.

—Has venido porque mueres más veces que los otros. Has venido porque donde otros ven puertas, tú ves preguntas. Y has venido porque en el fondo te importa más la respuesta que la victoria.

—¿Y tú qué eres en esta ecuación? —susurró Lichane.

—Soy el final de la memoria —dijo el ser—. Y la memoria es lo único que sobrevive a las puertas.

El silencio cayó como una red, denso y pegajoso. Lichane sabía que debía actuar: acuchillar, invocar, negociar. Pero el movimiento adecuado tardaba en presentarse, y en ese interregno la criatura siguió hablando.

—¿Recuerdas la canción que tu madre cantaba en la pequeña casa de roca, cuando aún no sabías que algún día cruzarías puertas mágicas?

La melodía acudió, como agua subterránea tras el látigo. Lichane no quería recordar, pero tampoco podía impedirlo. Los héroes nunca escogen qué historias les tullen el alma.

—¿Eres tú mi castigo o mi redención? —quiso saber, y la lanza bajó, como un brazo cansado.

La criatura sonrió.

—Ambos. Y ninguno. Te haré una pregunta: si pudieras olvidar cada una de tus muertes, ¿volverías a cruzar la puerta?

Lichane, por primera vez, dudó. Porque la heroicidad nunca está en la fuerza, sino en soportar el precio. ¿Volvería a cruzar, sabiendo el dolor, la pérdida, el desgarro? ¿O aceptaría la solución sencilla y dejaría que la criatura, final de la memoria, cumpliera su promesa de olvido?

El silencio era el verdadero antagonista en ese lugar.

—¿Qué pasa si respondo que sí? —preguntó, apenas un suspiro.

—Te irás en paz —dijo la criatura—. Sin recuerdos, sin dolor. Serás solo otro nombre en la lista de los que fueron, cruzaron y nada trajeron de vuelta.

—¿Y si digo no?

—Te daré un regalo —respondió la criatura—. Serás capaz de recordar cada puerta, cada muerte, cada regreso. Y la memoria pesará, pero serás tú, auténtica y rota.

Y así fue como Lichane entendió la esencia de la heroicidad adulta: no está en salvar reinos o derrotar dragones; está en cargar el peso de la experiencia y aún así avanzar. No hay truco, ni premio diseñado por bardos. Solo una soledad compartida con quienes hicieron la travesía.

—No quiero olvidar —dijo, y su voz sonaba a hueso limpio.

La criatura asintió, y en esa mueca Lichane vislumbró compasión.

—Entonces cruza de vuelta. Y lleva contigo la memoria de los otros que no volvieron.

De pronto estaba otra vez en la ciudad, junto a las puertas de Malintra. En la mano, un trozo de pétalo metálico, y en el pecho, el dolor intacto. El emperador la esperaba, ansioso, y por un instante Lichane vio, tras sus ojos, la pregunta inconfesable: ¿qué trajiste de allá?

Solo pudo entregarle el pétalo, y una frase.

—Majestad, ningún héroe regresa intacto. Pero a veces encontramos belleza entre las ruinas.

El emperador lloró, en silencio, y Lichane se fue. Caminó por calles maltrechas, con la memoria como única lanza, y supo que esa era, al final, la tarea más heroica: sobrevivir a lo que uno es, después de atravesar las puertas. Porque la verdadera fantasía heroica comienza cuando los cuentos terminan y el dolor insiste en quedarse.

Así Lichane, nacida tres veces y muerta dos, siguió andando la noche de Varimathras, bajo tres soles menguantes, sabiendo que todas las puertas estaban abiertas, para siempre.

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