Portada del relato El Puente de los Cien Susurros
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Fragmento:


No respondí. La mujer levantó entonces una mano, y en su palma brillaba un anillo de cobre, igual al mío. “Para vencer al olvido —decía su mirada— hay que ofrecer memoria”.

Duración: 08:40

El Puente de los Cien Susurros
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Texto de ajuste de pausa.

Tendías la mano y el aire susurraba entre tus dedos, cargado de esos aromas salinos y terrosos que sólo encuentra el caminante que lleva muchas millas a las espaldas, y muchos pecados guardados bajo la lengua. Allí, donde el acantilado se curva para abrazar al río, y la ciudad de Kearitth se encoge sobre sí, temerosa y orgullosa a partes iguales, daba comienzo la senda de los héroes y los necios. Anochecía y la niebla caía lenta del monte, derramándose como lino sucio por los tejados y los torreones de los palacios.

Mi nombre no se pronuncia ya en las plazas de Kearitth; CORHAR, hijo de nadie, cría sin madre ni padre, salvo el Orfanato del Heraldo. Pero un nombre es sólo la sombra de lo que uno fue y de lo que aún puede ser. Caminaba entonces bajo la promesa rota de la luna, acompañado tan solo por el crujido ansioso de la madera del viejo bastón y la secreta esperanza de que algún dios menor aún mirara con misericordia los pasos de un recién expulsado.

La ciudad, de muros gruesos y mercados serpenteantes, mantenía su corazón invulnerable a los forasteros, pero era para los exiliados como yo que guardaba sus verdaderas pruebas. Se corría la voz, incluso entre paredes silenciosas, de que el Puente de los Cien Susurros —el nexo entre el reino civilizado y la vasta tierra de Lo Desconocido— pedía un precio nuevo a quienes lo cruzaban cada luna. No era oro ni perlas lo que exigía el puente, sino algo más profundo: un fragmento de alma, la semilla de tu destino.

Aquella noche, mientras los guardas se parapetaban en faroles anaranjados, aguardé en el extremo norte del puente. El viento traía murmullos, tan nítidos que casi podía distinguir los nombres extraviados. "Deja atrás lo innecesario", decían. Y así lo hice: de mi bolsa arrojé cartas, promesas, y la daga mellada que heredé del Oráculo. Sólo conservé el bastón y un anillo de cobre trenzado —pues hay objetos, y hay símbolos, y a veces uno no distingue.

Al colocar el pie sobre la primera tabla, el puente vibró, reconociéndome. Vi, frente a mí, una figura—alta y encapuchada, envuelta en una bruma que parecía exhalar recuerdos antiguos. No dijo su nombre, pero lo supe: era la Heralda del paso, la Manifiesta. Sus ojos eran agua estancada en un pozo profundo.

—¿Por qué cruzar?—preguntó, en una voz que era eco y crujido, terciopelo y hueso.

—Para buscar lo que he perdido —dije, porque la verdad se instala en la lengua de los hastiados.

Me hizo una seña para avanzar. El Puente cantaba bajo mis pies, cada tabla un antiguo juramento, una duda vencida. A cada paso, los susurros en mi oído se iban haciendo palabras; sentí la culpa de un hermano que nunca existió, el miedo de una madre que nunca me quiso, la codicia de un futuro que se me negó una y otra vez en los umbrales de Kearitth.

Pero el verdadero desafío no era la travesía, sino lo que aguardaba al otro lado: el Llano de las Máscaras, donde toda certeza es cuestionada y lo que esconde un rostro puede determinar el fin de un linaje.

Al pisar la hierba plateada del Llano, la niebla se cerró tras de mí, y comprendí que la Heralda había clausurado el regreso. El aire era denso, perfumado de mentiras dulces y fantasías rotas. Hombres y mujeres de piel traslúcida danzaban entre fuegos azules, portando máscaras de hueso, de madera, de vidrio que reflejaba sus propios corazones. Nadie osaba hablar, porque en ese lugar la voz podía despertar a las Sombras-que-preguntan.

Recordé entonces la advertencia del viejo Eryn, el único tutor del orfanato que no intentó venderme por una moneda: “En el Llano, el silencio es la mejor espada. Y tu destino, Corhar, no está en tus labios, sino en tus manos”.

Crucé entre las figuras, sintiendo sus miradas huecas seguirme. No debían tocarme, no debían interrogarme. Pero uno de ellos —una mujer alta de cabellos trenzados con sal marina, máscara de madera pintada— se cruzó en mi camino.

—¿Has venido a buscar tu nombre o a perderlo para siempre? —susurró, su voz un hilo de viento.

No respondí. La mujer levantó entonces una mano, y en su palma brillaba un anillo de cobre, igual al mío. “Para vencer al olvido —decía su mirada— hay que ofrecer memoria”.

Continué andando, pues ya sabía qué debía buscar: el Árbol del Recuerdo, espina dorsal del Llano y custodio de lo que la ciudad negaba. Doce ramas en espiral, hojas que susurran los secretos de cada alma que cruza el puente. Sólo quien planta algo suyo bajo sus raíces puede reclamar una historia de regreso.

Me acerqué al árbol, su corteza rugosa como la voz de mi infancia. Las raíces se desplegaban, deseosas de alimento, pero no bastaba cualquier ofrenda. Aquella tierra había probado lágrimas, sangre, risas, y todos carecen de peso si no van acompañados de sinceridad.

Me quité el anillo, único legado de un pasado incierto, y lo deposité en la hendidura más profunda. Al hacerlo, una ráfaga me sacudió los huesos, y de pronto sentí que era niño otra vez, huérfano en la sala fría, escuchando cuentos de héroes que nunca serían como yo.

El Árbol habló, en un idioma anterior al miedo.

—Corhar, sin linaje ni blasón, ¿qué eliges: verdad o venganza?

Recordé el motivo de mi exilio: un asesinato cometido a los pies de la torre de la ciudad; una vida segada por mi mano en defensa de un deseo prohibido. A esa pregunta, la única respuesta posible era la verdad desnuda.

—Elijo recordar —susurré—, aunque duela.

En ese instante, la corteza del Árbol tembló, y una sombra se separó de su tronco: una forma ambigua, a veces mi propio reflejo, a veces el de la mujer de la máscara marina.

—Para ascender, debes descender —dijo la sombra. Nos adentramos, sin palabras, en las raíces del Árbol, caímos.

El descenso fue un mar de imágenes: la ciudad de Kearitth desde arriba, la niña de ojos de escarcha a quien quité la vida, las puertas que me cerraron cuando imploré piedad. La sombra me acompañaba, guiándome hasta un útero de oscuridad y río subterráneo.

En esa caverna, vi acerarse a los guardianes verdaderos del Puente: tres seres de piedra y remolino. No permitían el regreso sin una respuesta, una herida abierta. Se me acercó el primero, el de los dedos de roca.

—¿A quién amas más allá del rencor?

Vi en mi mente el rostro de la joven Muira, aprendiz de curandera, quien se quedó, a mi pesar, en la ciudad. Piensa en ella, me dije, piensa en el porvenir que ambos negaron para sobrevivir.

—A quien jamás me negó un nombre —dije.

El segundo guardián, envuelto en nubes, suspiró:

—¿Qué temes sin nombre?

A esto respondí con el silencio. Y en el silencio floreció mi único temor: morir y ser recordado solo por mis errores.

El tercero, cambiaformas de sombra y vapor:

—¿Qué entregarías por una oportunidad nueva?

Me quité la túnica, la solté en el suelo. Nada tengo sino lo que sueño. Le extendí las manos vacías.

—Todo —contesté.

Las figuras se retiraron. El suelo vibró y comprendí que bajo el Árbol había pasado la última prueba. Ascendimos, la sombra y yo, de regreso al Llano, donde el aire temblaba con un nuevo amanecer.

Al volver a la superficie, una multitud esperaba. No eran habitantes del Llano, sino aquelarres de proscritos, mercenarios y exiliados —los que alguna vez soñaron con volver, fallando. Me acerqué al árbol y una hoja cayó sobre mi palma. Temblaba, viva, palpitante con pulsos de luz.

La hoja ardió y en mi mente resonó una voz: "Ahora puedes volver". Todo se derrumbó detrás de mí —los susurros, las máscaras, los pecados, incluso la memoria de haber sido algo tan solo.

Cruzando el Puente hacia la ciudad, sentí que cada tabla, cada murmullo, era ahora un canto distinto. Traía conmigo mi nombre, pero era nuevo: no el infante asustado, ni el paria, ni el asesino, sino el Heraldo de una posibilidad.

Al llegar a la puerta de Kearitth, los guardias retrocedieron. En sus rostros vi reflejada sorpresa, temor y una suerte de esperanza que rara vez permite la costumbre.

Me arrodillé, dejando que la primera luz rozara mi frente. No les rogué. Dejé que el silencio —mi arma y mi escudo— hablara por mí.

Y comprendí, finalmente, el precio del Puente: volver, sí, pero ya nunca igual; pisando la frontera entre héroe y monstruo, tan leve la línea que apenas podía distinguirla yo mismo. Acepté el pacto. Caminé entre el gentío, respirando el perfume punzante de la ciudad renovada.

Me supe, entonces, dueño de mi propio susurro.

FIN

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