Portada del relato Sombras bajo la Luz del Hierro
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—¿Y los mercenarios?

Duración: 08:49

Sombras bajo la Luz del Hierro
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La sala del trono todavía olía a sangre seca, aunque habían pasado cuatro días desde la matanza. Había sido limpiada por los sirvientes del castillo, sus rodillas en carne viva mientras restregaban la piedra manchada, pero el Palacio Nocturno tenía memoria, y ninguna cantidad de vinagre podía borrar la huella del acero.

Arianne se detuvo en el umbral, los puños cerrados a los costados de su túnica desgarrada. Su sombra era alargada, recortándose en el fulgor de los braseros; parecía una grieta en el esmalte de la realidad. Más allá, el trono de hierro negro esperaba, su superficie retorcida de cuchillas fundidas reflejando tenues destellos de fuego.

El eco de las muertes susurraba en la estancia. Aquí mismo, su padre se había levantado para enfrentarse a la veintena de mercenarios encapuchados que irrumpieron en medio de la noche; aquí, su hermano menor, Aeleric, intentó una torpe defensa, una lanza inútil contra hombres que conocían la venalidad del oro mucho mejor que la crudeza del deber.

Había venido a reclamar más que una silla forjada en guerras antiguas. Vino a buscar sobrevivientes. Vino, al menos, a buscar respuestas.

Un crujido entre los tapices la hizo girar, la mano derecha de inmediato en la empuñadura de la daga plateada que colgaba de su cadera. No se aferró a la esperanza de que fuera su madre; esa esperanza había muerto junto con la bolsa de oro lanzada a los pies de un traidor.

—¿Arianne? —Una voz casi tan rota como el silencio.

Emergió Fiorel, la capitana de la guardia, cojeando, con vendas sangrientas enrolladas alrededor de la cabeza y el hombro. Sus ojos, siempre severos, parpadeaban conforme analizaban a la joven heredera. Se detuvieron en el puño tembloroso.

—Sigues viva —dijo Arianne, exhalando el aire que no sabía que contenía.

—Y armada, gracias a la montaña de cadáveres que nos dejaron. —Fiorel intentó una reverencia, pero solo logró una mueca de dolor.— Vas a tener que gobernar un cementerio.

—¿Cuántos quedamos?

—De los nuestros… —Los ojos de Fiorel se endurecieron.— Trece, contando a los heridos. Tres sirvientes se esconden en las bodegas, y la mayoría huyó cuando empezó el incendio. Hay rumores de saqueadores merodeando tras los muros.

—¿Y los mercenarios?

—La mayoría se retiró con el amanecer. Se llevaron algo.

Arianne asintió una vez. Su mente, entrenada desde la infancia no para la ternura sino para el cálculo, procesaba fríamente lo que debía suceder: cerrar el castillo, terminar la purga de traidores, reclutar entre quienes todavía creían en la Casa de Durnhaim.

Pero lo que la impulsaba a seguir de pie no era el deber. Era la promesa que le debía a su madre: “Nunca confíes solo en la lealtad. La lealtad se puede comprar. Busca algo más profundo: el juramento, el dolor compartido”.

Ya no era una niña, y las horas de aprendizaje entre el cuarto de costura y la sala de armas se habían mezclado en algo nuevo y tenso en su interior. Todavía recordaba la noche anterior, cuando la pequeña Ashella, su doncella más joven, había caído entre los cortinajes, su garganta cruzada de sangre y sorpresa. No probaría dulzura esta noche.

—Fiorel, dime la verdad. —Avanzó hacia la capitana.— ¿Quién les dejó entrar?

Un relámpago de miedo cruzó el rostro de la mujer.

—Fue Laggerd. El tesorero. Lo cosieron a lanzas en el jardín después de abrir la Puerta Menor, y… antes de morir gritó que había vendido el alma de la Casa por una promesa de exilio y carbón.

Arianne cerró los ojos. Lo había sospechado; la cobardía era casi siempre más peligrosa que la espada.

—Hizo lo que la mayoría haría bajo presión. Conspirar es fácil cuando piensas que serás recompensado. Pero el castigo no siempre viene en esta vida —susurró.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Fiorel.

Arianne contempló el trono. Tetras de hierro forjado; cada hoja, una historia. Su padre solía decir que para cada rey había mil cuchillas que un hombre podría clavarle en la espalda.

—Nos aseguraremos de que nadie vuelva a vendernos tan barato.

Cruzó la sala y se sentó en el trono, como en antiguos ensayos de su niñez. El frío del metal la estremeció sobre la tela ensangrentada. Al principio, el peso fue casi insoportable, pero luego se convirtió en una cálida exhalación de ira, como si las ánimas que habían muerto a su servicio reconocieran a una nueva soberana.

—Convoca a los leales. Necesito saber quién sigue aquí por algo que no sea el oro.

Se congregaron en la capilla interior, un espacio donde se rezaba menos por intervención divina y más por venganza silenciosa. Los pocos que quedaban eran despojos: guerreros cansados, sirvientas con las manos blancas de fregar la sangre de los muros, dos viejos arqueros arrastrando una pierna cada uno.

Arianne los miró uno por uno. Reconoció a Hestor, el maestro de bestias, con la camisa raída, y a Ser Gathel, cuyo yelmo seguía abollado del combate.

No habló de redención ni de gloria. El silencio era la trampa en la que admitían su futuro: si no peleaban, morirían; si sobrevivían, cargarían la marca del castillo caído.

—La Casa Durnhaim ya no puede alimentaros como antes —admitió Arianne con brutal honestidad.— Pero os ofrezco algo que nadie más puede dar: la posibilidad de venganza, y con suerte, de reconstrucción. No puedo ofrecer riqueza, solo una esperanza de justicia. Os pido un juramento, no una insignia. Si eso no es suficiente, os dejaré marchar en este mismo momento.

Nadie se movió. Nadie se arrodilló. La respuesta fue una muralla de ojos encallecidos, cada par marcando una vida rota que aún anhelaba sentido.

Fue Hestor quien rompió el silencio.

—No fuimos fieles a tu padre por el oro. Ni lo seremos ahora por miedo. El León Durnhaim rugió por nosotros antes; rugiremos por él.

Así sellaron su pacto, no con palabras ni con sangre, sino con un asentimiento colectivo. Arianne sintió por primera vez que algo de la dignidad de sus ancestros sobrevivía.

—Bien —dijo—. Porque esta noche el enemigo vuelve.

El asedio no anunciaba cuernos ni fanfarrias de guerra. Era sibilino, reptando a través de la niebla con el sigilo de una mordida lenta. Se divisó un resplandor más allá del foso, antorchas y el roce de cadenas. Viejos compañeros de armas, ahora guiando lobos de hierro, se acercaban por un botín que apestaba más a rencor que a riqueza.

Arianne se atrincheró con sus trece en la Galería Sur: un corredor angosto donde la superioridad numérica se volvía menos relevante que la resolución. Les repartió las últimas flechas. Espadas melladas, lanzas rotas. Su única ventaja era la desesperación.

La espera era veneno. Entre susurros y oraciones, resonaba solo el retumbar del corazón colectivo.

Llegaron cerca del amanecer. Los mercenarios avanzaron primero, con escudos, probando la puerta con arietes improvisados. Los defensores resistieron dos oleadas, perdiendo a Ser Gathel y a Nara, la curandera.

Pero el enemigo, confiado en su número, cometió el error de avanzar por el pasillo lateral, donde Hestor y Fiorel, usando aceite hirviendo y la trampa de una escalera falsa, consiguieron aniquilar a varios.

Arianne luchó con la daga de su niñez, cortando el vientre de un asesino tan joven como ella; el muchacho la miró con sorpresa cuando la hoja le halló el hígado. No lloró ni dudó; sólo le apartó el torso y siguió combatiendo.

El crepitar de antorchas y el olor a carne quemada sucedían uno tras otro; las paredes, una vez cubiertas de tapices, devinieron grises y lisas como huesos viejos.

Al fin, el sonido de los pasos disminuyó. Arianne se asomó entre los cuerpos, la sangre hasta la rodilla.

En la entrada de la capilla, encontró a un hombre arrodillado. Iba vestido con los arreos negros de los traidores, pero su cara… No era posible.

—Aeleric. —La convicción la golpeó como una daga.

Su hermano menor, cubierto de polvo y sangre, la miró con odio y alivio entremezclados.

—No sabía a quién seguir —murmuró—. Ellos me dijeron que los Durnhaim estaban muertos… y yo solo quería sobrevivir.

Arianne avanzó despacio, la daga temblando en su mano. Todo juramento, toda promesa, se tensó en su garganta. La línea entre el dolor compartido y la traición era delgada como las hojas del trono.

—Incluso ahora puedes escoger. —Su voz no vaciló—. ¿El oro de los buitres, o el juramento de los caídos?

Aeleric bajó la cabeza. Lloró por fin; lágrimas auténticas.

Arianne extendió la mano libre. En ese gesto, selló el destino de la Casa Durnhaim: reconstruida sobre la traición, salvada por dolor y juramento.

El sol —pálido, hambriento— se filtraba por las aberturas rotas de la capilla. Era luz sobre un campo de muerte, pero también, tal vez, un atisbo de renacimiento.

Fuera, sobre la piedra pulida de la sala del trono, la mancha de sangre parecía menos implacable. Al menos por esta mañana.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.