Fragmento:
Avanzó durante horas surrealistas, sus pensamientos fundidos en el gris, oyendo de vez en vez los sollozos de aquellas almas que la bruma había devorado siglos antes. Cada vez que creía ver el perfil de su amada Lorein entre los helechos retorcidos, giraba el rostro y marchaba más rápido.
Duración: 07:15
Había algo en el color de la niebla aquella mañana que le helaba los huesos a Drivian. Elevó el brazo a la altura de sus ojos, descubriendo una marca nueva sobre la cicatriz que dormía en su muñeca: un brillante punto azul, tan pequeño y feroz como un fragmento de cielo hostil. El vaticinio era claro: la bruma no venía sola. Los vientos gritaban que la muerte, esa vieja costurera, buscaba nuevas telas para zurcir su tapiz de almas.
El camino a través del Bosque Sombrasal estaba en completo silencio. Los árboles, de troncos lechosos y ramas cortadas a medias, parecían observar cada paso del hombre. Era allí donde morían los temerarios y nacían los héroes, siempre con las ganas de hendir su lanza donde no debían. Drivian, sin embargo, no se contaba entre uno ni otro. Llevaba viviendo de las cenizas de la esperanza demasiado tiempo para recordar si alguna vez había sido temerario.
A espaldas suyas, la risa de los lejanos cuervos rasgaba la serenidad. El peso de la lanza descansaba sobre su espalda y sentía el calor del talismán azul colgado de su cuello. Se lo había dado su madre en una tarde de polvo y vino, justo antes de que el Consejo llegara a buscarla por herejía. Como un mal presagio, el talismán destilaba a cada paso una vibración fría, una advertencia constante: nunca te fíes de la bruma.
El sendero se estrechó y el olor a hongo podrido trajo consigo la memoria de las antiguas leyendas. Decían que la niebla era la respiración de los dioses muertos, que surgía de las fauces irisadas de los abismos, malas noticias encarnadas en forma de agua y aire. Decían que sólo aquel que lograra mirar a través de la niebla, sin perderse en los espectros del pasado, podría encontrar el Umbral y despojarlo de su secreto. Decían muchas cosas. Pocas de ellas salvaban vidas.
Drivian olía ya la magia. Se le pegaba bajo las uñas como alquitran fundido; la misma que había arrancado las voces de los aldeanos años atrás, la que había dejado a su hermana sin rostro ni sombra, la que lo acompañaba desde entonces. La magia aquí no era virtud ni bendición, sino enfermedad. Sólo quedaba avanzar.
Cuando el caballo—un viejo tordo de ojos ciegos—se negó a dar el siguiente paso, Drivian lo entendió. Las raíces se deslizaban por el fango como tentáculos vivos, y la niebla se arremolinaba sobre el suelo formando figuras efímeras, fugaces ecos de miradas huidizas. El bosque susurraba su nombre: Drivian. Drivian.
La primera aparición fue tímida: una mujer de cabellos de oro descolorido y vestido de luto, que brotó de entre los arces caídos. Caminó hacia él invisible a la lógica, y cada huella suya dejaba tras de sí una flor renegrida. Era su madre, o lo que la niebla quería que creyese. Drivian apretó el talismán, sintiendo cómo la presencia espectral se evaporaba con un grito silencioso.
El precio de la magia en este bosque era la cordura. No la fuerza, no el valor, sino la pura resistencia al veneno de la memoria. Si cruzaba el Umbral antes del amanecer y enfrentaba a la guardiana de Aegeryth, la fuente de la bruma, podría sellar el vado dimensional y cerrar esa herida abierta bajo la piel del mundo. Pero sabía que, a cambio, entregaría uno de sus recuerdos más queridos —y el bosque, traicionero como siempre, elegiría cuál.
Avanzó durante horas surrealistas, sus pensamientos fundidos en el gris, oyendo de vez en vez los sollozos de aquellas almas que la bruma había devorado siglos antes. Cada vez que creía ver el perfil de su amada Lorein entre los helechos retorcidos, giraba el rostro y marchaba más rápido.
Fue entonces cuando el sendero se ensanchó y a sus pies surgió la Vieja Puerta: un arco de piedra negra cubierto de musgo palpitante, tan frío que parecía burbujear. Detrás de ella, el Umbral: el lugar donde la realidad y los sueños fornicaban con furia y caos. La guardiana lo esperaba sentada en un trono de raíces y espinas. Era la Entidad de la Espina Azul, de piel traslúcida y cuencas llenas de luz líquida.
—Drivian—susurró con voz de terciopelo—. Vienes buscando fin, y terminarás siendo inicio.
Él alzó la lanza, aunque el temblor revele su debilidad.
—No busco gloria ni venganza. Sólo deseo que la bruma deje de tomar lo que amo.
La guardiana sonrió, y de sus dientes manó vapor.
—La bruma no toma. La bruma pregunta. ¿Qué has traído a cambio, hijo de lamentos?
Drivian arrojó el talismán al suelo junto a sus pies. Brilló entre la maleza con el ardor de una promesa rota.
—Mi memoria más dulce. Arráncala y quédate con ella. Pero cierra el Umbral.
Hubo un momento de quietud, el filo de una espera insoportable. La Entidad se incorporó, alta como un sauce, ligera como una hoja caída.
—Acepto tu trueque. Pero deberás caminar en mi reino y enfrentar lo que escondes de ti mismo.
La tierra lo tragó. Drivian cayó de rodillas en el Jardín de los Recuerdos, donde cada árbol recordaba una vida distinta: en uno era un niño feliz, en otro era el verdugo de su propia sangre, y en otro un amante despidiendo a Lorein con promesas eternas. Caminar allí era desollarse sin cuchillo.
El recorrido fue un vértigo, cada visión más punzante que la anterior. En la última, vio a su yo más joven, de mirada limpia y manos desnudas de sangre, abrazando a Lorein tras la primera nevada. “No te vayas nunca”, le suplica ese niño-hombre a su amada. En cuanto Drivian tocó esa imagen, el árbol ardió de azul y la memoria se dispersó como cenizas en viento invisible; su mente sintió la ausencia como un golpe seco.
Despertó en el bosque, de pie aún frente a la viejísima puerta. Notó que algo, fundamental y doloroso, le faltaba. Quiso pensar en Lorein y se encontró con una niebla densa en su interior: ni fuego ni rostro, apenas un eco de ternura extraviada. Luchó contra el llanto.
La guardiana danzó entonces por el Umbral, sus brazos multiplicándose hasta llenar el aire con luz. La bruma empezó a despejarse. El bosque se transformaba; la podredumbre cedía el paso a lo fértil, y los fantasmas se disipaban en su alboroto.
—El precio está pagado, Drivian. Llevarás este vacío toda tu vida, pero la bruma ya no devorará más aldeas—fue la última promesa de la Entidad, que se disolvió en hilos de claridad.
Drivian estaba solo. El sol asomó en el horizonte, y por vez primera en años ni un solo lamento rasgó el silencio del Bosque Sombrasal. Sabía que volvería a la villa, que sería recibido como héroe por los que nada comprenderían del vacío que se abría en su alma. Sabía también que la memoria perdida sería un hueco insalvable, una herida que sangraría de olvido.
Pero al menos, se dijo, ningún hijo más del bosque caería ante el hambre insaciable de la bruma. Dio un paso adelante, y cada paso dolía como el primero de un hombre que aprende a caminar de nuevo. Aunque el mundo nunca se lo agradecería, aunque el precio había sido todo lo que alguna vez amó, Drivian cruzó de vuelta al lado de los vivos.
La mañana, fría y punzante, traía consigo el milagro silencioso de la paz conquistada a fuerza de renuncia. Bajo el peso del nuevo vacío, Drivian entendió al fin el verdadero significado de heroísmo: no la gloria, ni la venganza, ni la promesa de ser recordado. Sino la voluntad de perder incluso lo que uno es, para que otros puedan seguir soñando.
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