Fragmento:
La llanura de Raal parecía al borde de la exterminación eterna, con el sol cayendo tras los colmillos de la sierra Vetusta, bañando las nubes en tonos de azafrán y sangre. El viento, gélido y cruel, azotaba las tiendas como si quisiera estrangular los fuegos crepitantes que los Guardianes atizaban un momento tras otro. Dicen que allí donde la llanura termina y la montaña comienza, no hay nada salvo muerte y hielo. Nadie cruza esa frontera sin marcar a fuego el precio en la carne.
Duración: 09:21
La llanura de Raal parecía al borde de la exterminación eterna, con el sol cayendo tras los colmillos de la sierra Vetusta, bañando las nubes en tonos de azafrán y sangre. El viento, gélido y cruel, azotaba las tiendas como si quisiera estrangular los fuegos crepitantes que los Guardianes atizaban un momento tras otro. Dicen que allí donde la llanura termina y la montaña comienza, no hay nada salvo muerte y hielo. Nadie cruza esa frontera sin marcar a fuego el precio en la carne.
Eiran miraba la escena desde su posición, de pie junto a la trinchera tosca donde las llamas luchaban por sobrevivir. De todos los Guardianes, ella conducía el fuego mejor; la magia era tan natural para sus venas como el odio para los hombres del Norte.
"Eiran," llamó Haldran, cubierto por la armadura oscura que confería la Orden. Sus ojos reflejaban la inquietud—el ansia y la desesperación. "Están aquí."
Tal como si el mismo mundo quisiera sellar la profecía, el viento dejó oír, entre las ráfagas, el primero de sus cantos: una melodía quebrada, de aquellas que sólo la escarcha compone cuando devora los cuerpos de los caídos. Al otro lado de la llanura, casi confundidos con la ventisca, se perfilaban figuras recortadas en la luz mortecina. Eran altos como troncos y delgados como cuchillos, envueltos en túnicas blancas ribeteadas de plata líquida. Los Hombres del Hielo.
Eiran tragó saliva, paladeando el amargor del miedo mezclado con el sabor metálico de la expectación. "No negocian," musitó, "no entienden el lenguaje de los vivos."
"Tal vez sea el último despacho del mundo, entonces," murmuró Haldran. De su alforja extrajo una reliquia, símbolo supremo de su rango: un fragmento de piedra negra, estriada de rojo volcánico. Ninguna magia de los Hombres del Hielo podía apagar esa chispa, no mientras la palabra del Guardián permaneciera intacta.
Se escucharon gritos. Ásperos y rotos, rápidamente sofocados, seguidos por la explosión breve del fuego extinguiéndose, en una tienda cercana. El hielo avanzaba, y con él los hombres que lo servían.
***
El conjuro era sencillo en comparación con el vacío que sentía Eiran mientras lo pronunciaba. Sus dedos trazaban runas invisibles en el aire, y el fuego respondió jadeando, como un animal malherido.
—¡Eiran! —La voz de Haldran resurgió a su lado, arrastrando consigo la fragancia a tierra quemada y madera seca.— El muro... ¡Ahora!
No era un muro en el sentido tradicional. Las llamas, azules y rojas, formaron un arco de calor entre ellos y la vanguardia de los encapuchados. Los Hombres del Hielo, acercándose en silencio, alzaron los brazos y un brillo mortecino serpenteó por el aire, como vapor invertido. El calor palpita, pero no impide su avance: eran insensibles al dolor, sólo buscaban extinguir.
Eiran se adelantó, sintiendo cada vena arder con la desesperación de siglos de resistencia. Sus palabras, más viejas que la memoria, despertaron el núcleo de la piedra negra que portaba. Una llamarada brotó, incandescente, y encontró a uno de los enemigos. El contacto fue breve pero letal; la túnica blanca se tornó ceniza, revelando bajo ella no la carne sino un vacío cristalizado, frío hasta el núcleo.
Detrás, uno de sus compañeros cayó de rodillas, la vida drenada por una lanza de hielo atravesándole el costado. El muro vacilaba, y con él, el equilibrio de la batalla.
***
Historias más viejas que cualquier Guardián hablaban de cuando ambos pueblos—fuego y hielo—fueron uno solo, hijos de la Gran Montaña, igualados ante la mirada de los dioses dormidos. La traición, decían algunos, no fue simple elección sino un susurro deformado por la necesidad. Pero, ahora, enfrentados en la noche indomable, esas leyendas solo servían para alimentar el odio.
Brann, el más anciano de los Guardianes, tomó a Eiran por el codo cuando el muro cedía. En sus ojos, la luz de muchos inviernos y la amargura corrosiva de los que sólo sobreviven.
—El enemigo busca el Nido, —le susurró—. Sin el Nido, sucumbiremos todos. Guarda la llama aunque debas dejar que los demás ardan solos.
Eiran quería rebelarse—decirle que ningún Guardián abandona a los suyos. Pero al mirar al frente, vio el horror: los Hombres del Hielo deslizándose sobre la nieve, más espectros que guerreros, acechando la debilidad. Si el Nido, caverna secreta en lo hondo del monte, caía, la última chispa que encendía a todo el sur desaparecería.
Con el corazón envuelto en llamas, Eiran corrió, con Haldran tras sus pasos y otros dos Guardianes rezagados. El aire se sentía cada vez más pesado, la llanura más inhóspita, el hielo acercándose.
—¡Nunca nos alcanzarán! —jadeó Haldran.
Pero Eiran, que escuchaba el lenguaje perdido del frío, supo que ya estaban rodeados.
***
Llegaron al cañón justo antes de la medianoche. La entrada al Nido era visible tan solo para aquellos que portaban una chispa real: una grieta vaporosa en la roca de basalto, que exhalaba un hálito cálido aun en el crudo invierno.
Dentro, el calor era opresivo. En la cámara central ardía el Corazón: un brasero vivo, tallado de una sola pieza de piedra roja, donde había fuego incluso sin leño alguno.
Eiran extendió las manos y, con una plegaria, transfirió la escuálida llama de su piedra negra al Corazón. Una onda expansiva de calor bañó la caverna; ella sintió cómo el pulso del Nido respondía, reforzando la muralla mágica que protegía la llanura entera.
Entonces Haldran, jadeando, se desplomó junto a la pared.
—Me alcanzaron —susurró, y descubrió en su costado un cristal de hielo profundo, enrojecido de sangre. El frío emanaba de la herida, devorando vida y espíritu.
Eiran, con lágrimas ardiendo por el pánico y la impotencia, apretó las manos sobre la herida, susurrando palabras antiguas de fuego y ternura. Haldran sonrió, su carne ya transparente, aferrándose al último vestigio de calor.
—Prométeme —gimió— protegerás el Nido. Aunque el último vestigio de la llama seas tú sola.
Eiran asintió, sintiendo que la maldición de los Guardianes no era morir en batalla, sino sobrevivir, siempre y cuando el fuego arda.
Haldran exhaló una última vez y se desvaneció, dejando tras de sí apenas un poco de ceniza y el perfume de los días lejanos al verano.
***
Afuera, la tormenta arreció. Los Hombres del Hielo, al percibir el reforzamiento del Nido, se agolparon a la entrada. Los Guardianes caídos ahora eran pocos: Brann resistía en las afueras, su fuego menguante y la determinación grabada en cada arruga de su rostro.
Eiran sabía lo que debía hacer.
Se despojó de la túnica, sintiendo el fuego bailar en su piel. Con el Corazón a su lado y la magia recorriéndole las venas, entonó la Canción de los Primeros Días. El aire vibró, la roca titiló y, en la antesala de la muerte, el fuego creció enloquecido. Se lanzó, envuelta en llamas que eran la vida misma, hacia los invasores.
El calor era su súplica y su venganza.
El primer Hombre del Hielo cayó sin sonido, deshaciendo su túnica en un vapor negro lleno de cristales rotos. Otro saltó a un lado, creando una trampa de hielo bajo los pies de Eiran. Sintió el frío, pero la llama interna no cedió. Una a una, las canciones de fuego despertaban en su mente, recordándole los cuentos que su madre le susurraba junto al hogar, antes de que la guerra lo devorara todo.
Al final, sólo quedaban ella y un Hombre del Hielo, diferente a los demás: sus ojos brillaban con una luz azul profunda, y en su frente —contra toda lógica—un círculo de escarcha formaba un símbolo antiguo.
—¿No ves? —susurró él—. Así como tú eres fuego, yo fui llama alguna vez.
Ella dudó. En el eco de la caverna, su pulso se hacía uno con el Corazón.
—¿Por qué vienes? ¿Para destruirnos?
El Hombre del Hielo extendió la mano. Parte de su piel parecía aún humana bajo el yugo de la escarcha.
—Fue la desesperación, Eiran. Cuando decidimos abandonar el fuego para abrazar el hielo, creímos hallar fortaleza en el olvido. No sabíamos que solo hallaríamos vacío. Pero nuestro frío solo puede terminar donde la llama todavía canta.
Eiran sintió una compasión ardiente—quizás ese era el último y verdadero poder de los Guardianes. Se acercó. Su fuego vaciló, amenazó apagarse, pero no cedió.
—Permíteme recordar —susurró—. Si aceptas la llama, no hay glacial que no pueda derretirse.
Tomó la mano del enemigo, y en ese instante el fuego y el hielo no fueron enemigos, sino una antigua disonancia resuelta. La escarcha en los ojos del hombre se quebró, permitiendo que una lágrima cálida corriese por su mejilla y cayera al suelo de roca ardida. Dicen que allí, en ese punto, nació el primer manantial cálido de la montaña.
La batalla terminó no con un rugido, sino con el suave suspiro de la reconciliación. El Corazón del Nido ardió más brillante que nunca, y afuera, la mañana despuntaba, tibia, como una caricia sobre la llanura destrozada.
Porque, cuando la llama y la escarcha aprenden a danzar, el mundo puede finalmente sanar.
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