Portada del relato Nacidos en la Escarcha
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Fragmento:


Ella soltó un bufido y volvió adentro, dejando tras de sí un rastro de vapor. Fragan escupió y el esputo chisporroteó contra la escarcha.

Duración: 09:28

Nacidos en la Escarcha
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Texto de ajuste de pausa.

La ventisca se arremolinaba en torno a las casuchas de Uldvur, cantando entre las grietas de la piedra, rascando como uñas de espectro en el patio de armas. Toda la aldea parecía a punto de ser borrada por el aliento del norte, y solo los caminos de piedra, anchísimos y cubiertos de escarcha, resistían el asedio incesante del invierno. Como vasos comunicantes del destino, esos senderos de los ancestros se extendían desde la puerta este, atravesando bosques petrificados por la nieve, hasta el corazón mismo de las montañas Rogda.

Fragan, hijo de Issil, se recostó contra la muralla, el hacha entre las rodillas y la mirada perdida en el color ceniza del cielo. Las historias decían que los caminos no eran obra de hombre, que la piedra había aparecido una noche sin aurora hacía mil años, perfectamente encajada, sin huella de cincel ni sudor humano. Los viejos se juraban entre sí que eran venas abiertas, restos de una era en la que los dioses todavía caminaban la tierra. Pero a Fragan solo le preocupaba si esta tarde los lobos hambrientos se atreverían a bajar por ellos otra vez.

"¡Te caerás de frío ahí parado, hijo!", tronó la voz de su madre desde la puerta. Llevaba las manos enrojecidas bajo un manto grueso, las venas abultadas y el gesto de quien nunca conoció el calor verdadero.

Fragan le ofreció una media sonrisa helada. "Y si me quedo aquí, me cogen los lobos. Si entro, me come el aburrimiento."

Ella soltó un bufido y volvió adentro, dejando tras de sí un rastro de vapor. Fragan escupió y el esputo chisporroteó contra la escarcha.

Aquella mañana, sin embargo, algo rompió la rutina. Desde las cumbres blancas del este, donde la niebla solía aguardar como una bestia apática, comenzaron a llegar ecos nuevos: el metal chocando, un rumor sordo de batallón desplazándose sobre piedra y hielo, precedido de una vibración que se incrustó en las raíces de cada choza.

Los que conocían los senderos sabían que algo avanzaba, quizás una marcha migratoria —pero ningún hombre del sur se atrevía con los caminos y menos con la ventisca salvaje. Entonces, ¿quién o qué?

El consejo del poblado se reunió en el salón. Las antorchas se retorcían por el aire y los rostros parecían tallados de la misma piedra que los caminos. Morril, el herrero viejo, fue el primero en alzar la voz:

—Hay rumores de bestias del hielo, como hombres, pero nacidos de la escarcha. Cuentan que bajan cuando la noche duerme, y que las piedras se calientan con su paso.

—Palabrería —gruñó alguien al fondo—, supersticiones de niños.

Pero Fragan escuchaba. Recordaba la talla en el dintel de la vieja capilla, un guerrero hecho de nieve, helmanto de carámbanos y brazos como estalactitas. Los héroes de hielo —unos decían que eran castigo, otros que eran la última esperanza de un mundo desmoronado.

Fragan pidió hablar. El consejo se apartó, desconfiado. Él apenas tenía veinte inviernos, pero el miedo no reconoce edades cuando se clava en las encías.

—Si de verdad hay algo en los caminos, lo sabremos antes de que el miedo haga presa de todo el pueblo —dijo—. Iré, veré qué hay. Mi familia ha vigilado la muralla desde antes de que hubiera un Uldvur. Toca devolver la deuda.

—Morirás como los demás —lamentó su madre, que se había colado, erguida y temblorosa—. No eres ningún héroe de las canciones.

—No, pero alguien tiene que serlo cuando nadie más lo intenta —respondió él.

Lo armaron: grueso manto, botas de osezno, dos hachas, una daga y un pequeño frasco de cristal que guardaba una llama azulada. Cuando le preguntó a Morril sobre aquello, el viejo le susurró: "Hielofuego de la vieja era, solo arde para lo imposible."

Pisó el camino fuera de la aldea al alba. La ventisca le arañaba la barba, los cristales de nieve cortaban como fragmentos de espejo. No había huellas humanas, solo rastros borrosos de bestias que no temían ni el frío ni la muerte. Fragan avanzaba, cada paso resonando en lo profundo del sendero, como si la piedra misma murmurase cada uno de sus pensamientos.

Al pasar la curva de los Tres Pinos, donde antiguamente el consejo sacrificaba cabras negras a los antiguos, Fragan vio el primer cadáver. Un hombre, protegido bajo una armadura de placas ennegrecidas, la sangre transformada en un carbunclo reluciente. Donde la carne se había abierto, brotaba una escarcha extraña, azulada, que devoraba la vida misma del cadáver. Era un mensajero del sur, reconoció por el sello en el peto. Estaba de espaldas, como si hubiese intentado huir hacia la neblina.

Continuó. Cada cien pasos encontraba otro cuerpo, algunos humanos, otros de formas irreconocibles, como si la carne se hubiera endurecido, adoptando el aspecto y la dureza del hielo. Unos pocos simplemente habían desaparecido, dejando siluetas calcinadas sobre la piedra.

Fue justo antes de la garganta de Skar, donde el camino se adentra en el desfiladero, que los vio.

No eran hombres ni animales. Se movían con la lentitud de las eras geológicas, figuras altas, revestidas de fragmentos de hielo y con los ojos brillando azulados bajo yelmos de escarcha. No cuidaban de ocultarse; sabían que el terror valía más que cualquier sorpresa. Eran seis, pero cada uno parecía una tropa en sí mismo.

Fragan se apretó el manto y bajó la mirada. Los héroes de hielo, según la leyenda, respondían no a la violencia, sino al honor. La tradición decía que, si uno los encontraba de frente, solo quedaban dos opciones: huir o pronunciar tu nombre y tu propósito con verdad absoluta.

Pese a notar el temblor en sus rodillas, Fragan gritó: "¡Soy Fragan, hijo de Issil, y vigilo la muralla para que los nuestros no mueran en la oscuridad! Decidme, ¿pasáis para ayudar o para destruir?"

El viento pareció detenerse. El primero de los héroes —o eso parecía, pues sus hombros eran más anchos y llevaba una lanza tan alta como una torre— habló con voz de ventisca triturando grava:

—La sangre de los que caen helará el camino y partirá el mundo. La piedra está enferma. Hay vida bajo ella que no debió crecer. Somos la cura, no la plaga.

—¿Cura? —replicó Fragan, manteniendo la voz firme pese al miedo—. ¿Por qué matar a mi gente, entonces?

El héroe de hielo extendió una mano, y la escarcha a su alrededor pareció danzar. Al hacerlo, la imagen de una ciudad dorada, sepultada bajo la montaña, apareció como un espejismo entre los copos. Vio estatuas, rostros petrificados en rictus de terror… y entre ellos, hombres semejantes a Fragan, congelados, pero intactos.

—Han despertado lo que duerme bajo la piedra —dijo el héroe—. Si llega a romper el sendero, no habrá resguardo ni para los hombres ni para los nuestros. Solo queda sellar, sellar y sellar, aunque caiga quien deba caer.

Fragan sintió la desesperación del guerrero que nunca pidió serlo, pero supo lo que debía hacer.

—Si es preciso un sacrificio para que la vida continúe, que así sea. Pero deja a mi pueblo. Yo os guiaré por el sendero oculto, lejos de los hogares, hacia la muralla que respira bajo la montaña. Yo abriré la puerta que nadie más osa cruzar.

El héroe de hielo lo estudió. Sus formas fluctuaban con el viento. Finalmente, asintió.

—Caminarás con nosotros. Tu llama nos guiará; sólo el fuego imposible puede sellar el mal que respira.

Tomaron el camino detrás de Fragan, que sintió sus pasos crujir la piedra como si el mundo mismo se partiera. La travesía fue una sucesión de visiones: árboles convertidos en hielo, el cielo roto por relámpagos azules, el aire tan frío que se podían oír los latidos del planeta bajo los pies. Ninguno de los héroes habló, pero Fragan percibía la tristeza de cada uno, la soledad de quien comprende que todo sacrificio, por noble que sea, es siempre tragedia.

Al tercer día llegaron a la boca de la muralla, un arco ciclópeo tallado en el corazón de la roca, sellado hacía siglos con símbolos que relucían bajo la llama azulada que Fragan portaba.

Entendió entonces que no era su vida lo que pedían, sino su honestidad, su arrojo, el valor de aceptar la verdad, aunque fuera amarga. Cantó la antigua letanía —la que los ancianos solo murmuraban en noches de gran peligro— y la puerta cedió, liberando una oleada de vapor glacial.

Los héroes de hielo entraron primero. Fragan les siguió. En las cámaras profundas, descubrieron la raíz del mal: un corazón palpitante de sombra, envuelto en llamas negras, custodiado por criaturas deforme, nacidas del miedo de generaciones completas.

No hubo batalla. Solo resignación y deber. Fragan acercó la llama al corazón, los héroes de hielo formaron un círculo enclavándose en la piedra. Juntos pronunciaron la palabra final, la que sella y condena a la vez que salva.

El mundo tembló. La piedra volvió a descansar. Los héroes de hielo se desvanecieron, fundiéndose con sus propios mitos. Fragan recuperó la superficie, exhausto y solo, cambiado para siempre.

Al volver a Uldvur, nadie preguntó qué vio en la muralla. Nadie quiso saber por qué la escarcha rugía menos ferozmente desde ese día. Y solo los viejos, al ver el destello azul en los ojos de Fragan, comprendieron que había caminado por los senderos de piedra y había vuelto menos humano, pero, quizás, más necesario que nunca.

Esa noche, los ancianos susurraron una nueva historia al fuego: la del vigilante que aprendió que a veces, para enfrentar lo helado y antiguo, basta el valor de un solo hombre, dispuesto a mirar la verdad bajo la piedra y regresar para contarlo.

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