Fragmento:
Estanislau se detuvo antes del puente roto. Al otro lado, aguardaba su destino. Nadie había cruzado aquel vano desde la Noche del Incendio, cuando el rey usurpador cayó y la sangre anegó las calles de la ciudad. Los aldeanos murmuraban acerca de espectros. Pero Estanislau no les temía.
Duración: 07:25
El caballo de Estanislau resopló, marcando la fría mañana con vapor y el sonido de los cascos golpeando la escarcha endurecida. El sol aún era un esbozo de luz pálida tras las colinas, y las ruinas de Gibrantia—las murallas chamuscadas, las torres rotas, los arcos como huesos sobre los que aullaba el viento—se alzaban negras contra el este.
Estanislau se detuvo antes del puente roto. Al otro lado, aguardaba su destino. Nadie había cruzado aquel vano desde la Noche del Incendio, cuando el rey usurpador cayó y la sangre anegó las calles de la ciudad. Los aldeanos murmuraban acerca de espectros. Pero Estanislau no les temía.
En sus caderas tintineaban las llaves forjadas de bronce—la herencia de su familia, custodiada por tres generaciones. Su abuelo, el magister del castillo, había muerto durante la revuelta tratando de proteger los pergaminos más antiguos de la Biblioteca Real. Su padre había resistido un asedio sin agua ni pan, solo por defender el último códice de los hechiceros caídos. Ahora, Estanislau regresaba al sitio prohibido, no por la gloria ni el oro, sino por una verdad ansiaba a entender: ¿Había alguna vez justicia en el incendio de Gibrantia, o solo la inagotable sed de venganza de los dioses?
El eco de los cuervos le siguió cuando cruzó la pasarela de madera. El olor a humedad, hollín y hierba podrida le golpeó como una bofetada; los escombros estaban cubiertos de musgo, como si la naturaleza pretendiera tapar la vergüenza de la derrota y el olvido. Sin embargo, bajo los pies de Estanislau, resistían las piedras negras y, sobre ellas, símbolos inscritos: un ojo, un lobo, una serpiente comiéndose la cola. Sabía desentrañar la lengua antigua—latín corrompido por siglos de malos sueños—y murmuró las palabras:
“Custodiados tras bronce y roca,
Hasta que la luna rasgue la noche.
Que el iniciado reclame la vara de fuego,
Pues el trono será restaurado en sangre.”
El silencio se llenó del susurro del viento entre las torres mutiladas. En el centro de la plaza yacía, al pie de una estatua decapitada, el acceso sellado de la Cripta. Estanislau se arrodilló y recorrió la piedra agrietada. Encajó la llave más pequeña en el orificio casi invisible, girándola hasta oír un suave “clic”. El pavimento tembló. Un bloque rectangular se desplazó, revelando una escalinata que desaparecía bajo tierra.
Sacó la antorcha y descendió. El aire era denso y olía a páginas podridas. Fragmentos de mosaico relucían débilmente en las paredes, dibujando escenas de batalla y de sacrificios. En las profundidades, Estanislau sentía el latido de la historia: los cánticos de las druidesas, el choque de las hachas y las promesas rotas en la medianoche.
Al final de la escalera encontró una sala abovedada. Allí, esperándole, reposaba el Manuscrito de Fuego. Un libro encuadernado en piel humana—su terror lo supo en seguida—atado con correas de cobre y cerrojos, como si su contenido amenazara con escapar. El magister, su abuelo, le había dicho que quien lo abriera sin la verdadera llave vería sus deseos hechos cenizas.
Pero Estanislau tenía la llave: la de bronce forjada con la sangre hollada de sus ancestros. Tembloroso, encajó la pieza. El cerrojo cedió. La sala pareció vibrar. El libro abrió sus páginas, garabateadas con letras imposibles, y de pronto la voz le habló, no con palabras, sino con imágenes quemándose en su mente.
Vio a su tatarabuelo, Adalbert, sosteniendo la Vara de Fuego entre el humo y los gritos del asedio romano. Vio los rostros de los druidas asesinados por traicionar al rey legítimo, sus almas retorciéndose en los anillos del tiempo. Y, por último, vio la figura del Usurpador, su piel marcada por la corona, dando órdenes al ejército que incendiaba Gibrantia. La ciudad moría una, dos, mil veces ante sus ojos.
Estanislau lloró, pero no retrocedió. Volvió la página y el manuscrito respondió: interrogó su carne, leyó su linaje, y al hallarse digno, le mostró el mapa. Un sendero oculto, bajo las catacumbas, que llevaba a la Sala del Trono Olvidado.
El camino era estrecho y susurrante. Las ratas lo observaban desde la penumbra, y a veces el eco de pasos ajenos, imposibles en esa soledad, le erizaba el vello. Finalmente, llegó a la puerta de hierro forjado; sobre ella agitábanse dragones y grifos en relieve.
La llave de bronce se ajustó a la cerradura y, al abrirse la puerta, un aire caliente, dulce y sangriento le envolvió. Dentro, aguardaba el trono extinto, cubierto de polvo y arañas, pero intacto. Ante él, de rodillas, una figura encapuchada.
Al principio, Estanislau pensó que era un cadáver: la piel era fina como el pergamino, las manos sostenían una copa de vino seco. Pero la figura habló, y la voz fue la de su madre, la voz del pasado: "¿Por qué has venido?"
"Por justicia", contestó él. "Por la verdad, pues toda ciudad incendiada merece su crónica."
La figura alzó el rostro, y en los huecos de los ojos ardía un fuego frío. "¿Acaso crees que la historia es justicia? Aquí, bajo los restos de la ambición, solo reina el arrepentimiento. Abre los ojos, portador del manuscrito, y contempla la herencia de tu linaje."
Estanislau miró más allá del trono y vio… ruinas. No solo piedra y madera, sino las memorias grabadas en espectros: el chico ahogado en la fuente por negarse a delatar a su padre; el anciano torturado en la bolsa de cuero; las madres arrojando a sus hijos sobre las murallas para evitar que ardieran vivos. La historia no era un tapiz heroico, sino un charco de sangre reflejando la luna rota.
El portador del manuscrito cayó de rodillas. Los susurros del pasado, incesantes, aullaban en sus oídos. Pero Estanislau encontró fuerzas en la miseria y el pesar:
“No busco gloria, ni restaurar la ciudad. Solo guardar la memoria. Solo proteger el nombre de los que habitaron y murieron aquí.”
La figura asintió, y por un instante, la sala se inundó de luz; los muros se poblaron de las imágenes de antaño: mercados floreciendo, niños corriendo, amores furtivos entre las columnas. Por primera vez en años, Gibrantia resucitó, aunque fuera en fantasmas de memoria.
El Manuscrito de Fuego, satisfecho de haber sido testigo en vez de arma, se selló, sus páginas brillaron con una última llamarada, y la llave de bronce se fundió en las venas de Estanislau, dando paso al título más doloroso y hermoso de todos: Guardián del Olvido.
Cuando emergió de las ruinas, la escarcha aún cubría los campos, pero el sol rompía al fin sobre ellas, desgarrando la cúpula de la noche. Los cuervos alzaron el vuelo en círculos, como rúbricas negras sobre la mañana incierta.
Cruzó el puente destartalado, con la certeza de que los verdaderos reinos solo viven mientras alguien recuerda y, en su recuerdo, renuncia a repetir las llamas.
Gibrantia siguió siendo ruina para el mundo, pero en el corazón de Estanislau—y en las crónicas que escribiría, en la sangre que legaría, en los sueños que soñaría—la ciudad vivía.
Y mientras el viento barre las cenizas, en cada rincón del mundo, los hijos de los vencidos y los reyes caídos saben que la memoria, ardiente y dolida, es la última corona de los hombres. Porque, para los hombres, la historia no es sino el presagio y el castigo de los dioses.
FIN
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.