Fragmento:
Quisimos asomarnos al balcón, pero las llamas no se veían; solo un resplandor rojo, como si la luna hubiese sangrado sobre la laguna. Entonces lo sentí: una presión en la médula, antigua, reconocible solo por los que han cruzado la frontera entre magia y muerte. Alguien, algo, estaba soltando un poder que no pertenecía a nuestra época.
Duración: 08:16
Al principio fue el clamor del fuego. No gritos, ni plegarias, sino el rugido mismo de la pira que devoraba las maderas antiguas del arsenal, las góndolas envueltas en llamas con sus remos tendidos como puñales al cielo enloquecido. Hubo quien dijo después que fue el diablo, y quien prefirió acusar a los alquimistas o las manos oscuras del Este. Pero yo sé que no fue cosa de hombres o fuegos comunes, sino de un desencuentro antiguo, una magia dormida que resucitó aquel año de 1421, cuando Venecia fue otro campo de batalla más entre los reinos visibles y los invisibles.
Yo era joven entonces, o al menos joven para un mago. Mi nombre era Oliviero Belesari. Había sobrevivido a la peste por obra de mi madre, que había trazado un círculo con su sangre sobre mi puerta. Recuerdo aún el olor: hierro oxidado y sal. También he sobrevivido a la Inquisición, y a tres duelos de los que nadie se enorgullecería. Si confieso tanto, ahora que escribo esto, es porque estoy solo. Y porque la ciudad, aquella que creía indestructible, duerme bajo otra piel, olvidada de quienes la salvaron y la condenaron a la vez.
Pero hablo de fuego, y de magia. No soy religioso, aunque he visto bastante para entender que, si Dios existe, prefiere no mirar demasiado a Venecia. La noche en la que comenzó el incendio, me hallaba en casa de la duquesa Fioravanti, una de esas damas que coleccionan magos como otros coleccionan porcelana. En el salón había un tapiz de Flandes, ancho como una ventana y tan antiguo que la seda se deshacía si le pasabas un dedo. Decían que mostraba una batalla contra los turcos, pero quien miraba bien podía ver otra cosa: criaturas delgadas y aladas posándose sobre los barcos en hilera, como gaviotas, solo que con dientes de tiburón y manos de niño.
No habíamos visto las llamas aún. Pasábamos las horas jugando con cartas pintadas en oro y polvo de malaquita, los rostros cansados, risas tensas bajo los candelabros. Yo hacía que las cartas danzaran solas sobre la mesa, y la duquesa reía para disimular el temor. "Haz truco, mago", me pidió. Pero antes de mover un dedo, el mayordomo irrumpió, jadeante. "Fuego en el arsenal", gritó. Todo el oro de la ciudad, toda su fuerza militar, devorándose a sí misma.
Quisimos asomarnos al balcón, pero las llamas no se veían; solo un resplandor rojo, como si la luna hubiese sangrado sobre la laguna. Entonces lo sentí: una presión en la médula, antigua, reconocible solo por los que han cruzado la frontera entre magia y muerte. Alguien, algo, estaba soltando un poder que no pertenecía a nuestra época.
La duquesa, muy blanca, murmuró: "El tapiz...", y yo la entendí. No porque creyera en historias de viejas, sino porque toda la sala parecía vibrar, como si las figuras bordadas en el tapiz hubiesen comenzado a moverse.
Eché a todos del lugar; la servidumbre se escabulló hacia la calle, dejando a la duquesa y a mí solos ante la tela antigua. Me acerqué, extendí la mano. Había sentido esto solo una vez antes, cuando abrí el grimorio hebreo de mi maestro y vi desfilar ante mis ojos cien visiones de muerte.
Pero el tapiz no me mostró nada: fue el aire a mi alrededor el que cambió. La seda se estremeció bajo mi tacto, la urdimbre se tensó. Un viento amargo sopló desde el puerto, colándose entre las ventanas; y entonces, entre las hebras, vi a las criaturas moverse, los ojos diminutos girándose hacia mí. No eran simples monstruos de fábula, ni hadas ni diablillos: eran vigilantes.
Dijo la duquesa, en un hilo de voz: "Dicen que vienen cuando llama la sangre. ¿Crees que vendrán ahora, Oliviero?"
Mi voz sonó más segura de lo que me sentía: "Ya están aquí. Y si el fuego es obra de una invocación, no serán los únicos."
Apreté el medallón bajo mi camisa; sentí el frío del hierro. El tapiz temblaba, o era mi mano. Resulta difícil explicarlo a quienes no han tocado nunca el umbral de lo otro, esa frontera donde las ilusiones muerden. Vi las criaturas estirarse, rasgar los hilos, dejar paso a una sombra mayor en el centro de la tela: un rey sin corona, con cuernos de ciervo, la piel verde donde se acumulaba el musgo del tiempo.
"Escucha", susurró la figura, y la voz retumbó en mis dientes y en mi lengua. "Hace siglos sellamos un tratado. Mientras los hombres luchen entre sí, nosotros esperamos. Pero hoy el pacto se rompe."
El incendio, entendí de pronto, era el grito del otro lado. Y en esa batalla vieja, Venecia se erguía otra vez como frontera. Pero las fronteras ceden, y las puertas se abren, a veces justo cuando los hombres imaginan que todo responde a la lógica del oro o el acero.
La duquesa jadeó. Yo alcancé el bastón, aquel cuyo pomo era de ámbar, con una espiral grabada por el maestro que me salvó en la peste. Recité el verso aprendido de labios muertos: "Solo la sangre responde a la llamada de la sangre". Entrelacé mis dedos con los de la duquesa, porque la magia ama los lazos viejos y nuevos.
El tapiz ardía por los bordes, pero no era fuego, sino luz de otro color, como si el ocaso se hubiese colado a través de cien filtraciones en el tejido. De la boca del rey sin corona bailó una lengua de sombra que buscaba devorarnos. Cerré los ojos, giré el medallón en mi pecho, dejando que el hierro me quemara la piel. "Si la ciudad es la ofrenda, que la ciudad responda", repetí. Y Venecia, la vieja ciudad de los canales, respondió.
Sentí la inundación. No de agua, sino de recuerdos: cada piel marcada por la peste, cada niño sin madre abandonado en las escaleras de San Marco, cada oración arrojada al viento antes de un naufragio. Toda la pena, el hambre, la esperanza y el odio. Venecia era mucho más que piedra y comercio: era un espíritu colectivo, capaz de responder.
Por un instante vi a todos los habitantes de la ciudad: las putas rezando como monjas; los judíos encorvados en su gueto; los nobles sudorosos vaciando jarras de vino sobre cartas marcadas. Y todos, sin saberlo, tejieron una barrera de piel y lamento sobre la frontera de lo invisible.
El rey del tapiz chilló; el sonido hizo trizas los cristales de las ventanas. Abrí los ojos. El incendio estaba fuera, pero algo más ardía en el salón: la furia colectiva de la ciudad, hecha hoguera. Con un rugido final la figura del tapiz se consumió, arrastrando a sus criaturas con ella. Quedó la seda en blanco, y entre los nudos chamuscados, solo un leve resplandor verde, como musgo tras la lluvia.
La duquesa cayó de rodillas, sollozando. Yo limpié la sangre de mi palma; no recordaba haberme cortado. Bajamos juntos a la calle y vimos la procesión de gondoleros arrastrando cubos de agua, el humo, y por encima todo el silencio de una ciudad que sabía que había sobrevivido una vez más, sin entender nunca del todo a qué o a quién se enfrentaba.
Al día siguiente, los rumores cubrían la ciudad como un velo. Había quien hablaba de visiones: hombres cabalgando sobre el lodo de la laguna, ojos verdes asomando desde las sombras de los puentes. Se dijo que el tapiz se había quemado solo, aunque en la casa de la duquesa nadie quería acercarse a la sala. Yo recogí la tela, la guardé en un arcón de plomo. Juré no volver a rozarla. Pero cada noche, desde entonces, sueño con el rey sin corona, y con Venecia, la ciudad que arde mucho después de que las llamas se hayan extinguido.
Años después, cuando la ciudad volvió a enfrentarse a la peste, nadie vino a llamarme. Era otro tiempo. Los alquimistas se habían marchitado, los santos relucían de nuevo en las iglesias y yo, ya anciano, descubrí que en la soledad solo se espera lo desconocido. De vez en cuando paseaba por el mercado, y veía a los niños con los ojos muy abiertos ante los tapices de colores. Nadie parecía recordar la noche en que Venecia ardió en dos mundos.
Pero de todo lo vivido, hay algo que no olvido: la presión en la médula, la certeza de que toda ciudad, toda historia, es frontera. Y que bajo cada piedra antigua hay un pacto silencioso, sellado con fuego, sangre y el recuerdo de aquellos que, como yo, caminan entre los reinos visibles e invisibles, esperando solo el siguiente incendio.
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