Fragmento:
La luz de la mañana apenas tocaba el suelo, el bosque era un mundo suspendido de jade y sombras profundas. Thierry avanzó, notando primero cómo el tiempo parecía estirarse. El camino le llevó hasta un claro donde el aire era tan espeso que parecía vibrar con la expectación de algo a punto de manifestarse. Se detuvo —y entonces lo vio. Una figura difusa, traslúcida y opalescente, surgiendo de entre las raíces: los ojos enormes y variables, los labios sugeridos por la mueca de una sonrisa, y en el cabello caían hojas minúsculas, como si la primavera misma la dibujara hilo a hilo.
Duración: 08:59
La niebla que abrazaba el valle de Harlancourt en las primeras horas solía llevar susurros; algunos decían que era el viento jugando entre las copas húmedas, otros afirmaban que los fantasmas del bosque hablaban así, contándose penas y pactos olvidados a quien supiera escuchar. Thierry lo había escuchado desde niño, arrebujado entre las mantas de cáñamo, cuando la brisa nocturna empujaba las historias de su abuela hasta anidar en su almohada. La anciana nunca decía que los espíritus fueran malvados, pero sí advertía: “Hay sueños que no pertenecen a los hombres, Thierry. Sueños que seducen y se pudren desde adentro”.
La familia de Thierry, consagrada a la crianza de abejas y la recolecta honrada de castañas, vivía en la pequeña aldea que se encaramaba junto al bosque Lonpré, una extensión sombría de robles milenarios y serpenteos de niebla. Para muchos de los suyos, cruzar la linde al caer el sol era motivo de pesadillas o, peor aún, de perderse en deseos que los arrastraban a no regresar jamás. Así había desaparecido Auguste, el hermano de su madre, hace ya treinta inviernos; así, decían las malas lenguas, se había vuelto loca Lucille, la prometida del molinero, cuya risa aún a veces se confundía con el grito de los búhos.
Durante años, Thierry fue un hijo obediente, dejando que la frontera entre campo y bosque siguiera siendo límite y protección. Pero el destino es caprichoso como una ráfaga entre ramas secas, y nada permanece en su sitio cuando los sueños acuden. El cambio llegó en la forma de una carta, sellada con el escudo melancólico de los de Chavigny, llevada por un mensajero que temía mirar demasiado a los ojos. El vizconde de Chavigny convocaba a Thierry junto a otros tres hombres del valle: la cosecha de castañas había sido arruinada, y necesitaba mano firme para decidir cómo suplir el invierno venidero.
La reunión fue tan sombría como la lluvia que martillaba las tejas del salón principal. Alrededor de la mesa, la familia Chavigny apenas disimulaba el miedo tras una apariencia de cortesía. Se hablaba de los “mozos que han cruzado la linde por leña o por trufas y no han regresado”, del río que parecía hablar cuando nadie lo miraba, de “sueños crecientes” que poblaban las noches de los trabajadores. Solo Thierry se atrevió entonces a preguntar, en voz baja, por qué nadie cortaba árbol alguno más allá de los márgenes del bosque. Un silencio incómodo siguió a sus palabras, hasta que el vizconde murmuró:
—Hay cosas en Lonpré que no necesitan ser vistas, y aún menos ser nombradas por quienes desean sobrevivir. Las cortezas y las sombras guardan secretos que ni la familia real puede reclamar.
Esa noche, Thierry no durmió. El viento se coló por las rendijas, acunando promesas oscuras. Al alba, se sintió atraído, como si una delgada cuerda de hiedra le atara el corazón, hacia los límites del Lonpré. Era un impulso que no reconocía pero que, de algún modo, parecía clásico y ancestral, como si eco de muchas generaciones a través de la sangre lo empujara hasta la frontera de la espesura.
Los primeros pasos entre los robles le supieron a transgresión y dulzura amarga. No llevaba más que una linterna y la determinación silenciosa de una familia hastiada de perder cosechas. El sendero desaparecía pronto bajo helechos y un tapiz de hojas que crujían con pesar. El aire, inusualmente tibio, llenaba los pulmones de Thierry con el perfume del musgo antiguo y algo más, una nota de miel podrida que le hizo recordar flores marchitas junto a la ventana.
La luz de la mañana apenas tocaba el suelo, el bosque era un mundo suspendido de jade y sombras profundas. Thierry avanzó, notando primero cómo el tiempo parecía estirarse. El camino le llevó hasta un claro donde el aire era tan espeso que parecía vibrar con la expectación de algo a punto de manifestarse. Se detuvo —y entonces lo vio. Una figura difusa, traslúcida y opalescente, surgiendo de entre las raíces: los ojos enormes y variables, los labios sugeridos por la mueca de una sonrisa, y en el cabello caían hojas minúsculas, como si la primavera misma la dibujara hilo a hilo.
—Sabía que vendrías —musitó la figura, y su presencia golpeó a Thierry como un vino fuerte—. Todos vosotros venís, tarde o temprano. ¿Por qué, crees?
Thierry sintió miedo y una febril curiosidad, la férrea columna de su voluntad doblándose ante la voz que era arrullo y zumbido. No supo qué responder.
—Tenéis sueños —continuó el espíritu—. Sueños que no os pertenecen. Los dormís con ansia de niño hambriento, pero olvidáis un precio: cada deseo no cumplido, cada secreto sepultado debajo de la rutina, busca resquicio.
Thierry se atrevió a susurrar:
—Esos sueños… ¿nos llaman?
La figura se deslizó hasta quedar a su lado, las raíces mismas retrocedían; el bosque guardaba silencio ante los ofrecimientos de las antiguas presencias.
—Solo los que se atreven a escuchar —la voz era calidez y cuchillo—. Los sueños prohibidos, Thierry, son la otra cara de los lamentos del bosque. Son ofrendas y condenas.
El deseo de Thierry era simple, y al tiempo infinito por su imposibilidad: amaba a una mujer prohibida, Annette, la hija menor del vizconde. Había visto su pelo dorado brillando en las tardes de otoño, había sentido su voz como promesa de futuro, pero nada podía cruzar las divisiones impuestas por clase y sangre. Ese amor mudo le envenenaba sueños, le había convertido en sombra en su propia casa.
La criatura —la Dama de Lonpré, como llamaban los ancianos— conocía sus pensamientos sin que hiciera falta voz. Extendió su mano, y a su toque sintió Thierry un vértigo desbordante: imágenes de Annette, sonriendo, extendiendo la mano en un prado de lirios; un beso robado más allá de toda vigilancia; risas danzando bajo la lluvia y el perfume de castañas asadas como un hogar imposible. Era el sueño no pronunciado, exhibido y hecho carne por la marea de la magia.
—Dime, ¿deseas vivir tu sueño? —siseó la Dama.
Thierry asintió, débilmente, aun sabiendo que aquel era precisamente el umbral que nunca debía franquearse.
La Dama rió, melodía rota como el fragor de ramas viejas. Entonces el mundo viró: Thierry sintió su cuerpo disolverse, volverse niebla, raíces. Un grito ahogado brotó de sus labios antes de que la lucidez y el deseo se confundieran. Cuando abrió los ojos, ya no era el bosque lo que veía, sino la bóveda de la sala grande de Chavigny. Annette estaba delante de él, más viva que cualquier recuerdo. Se acercó, le susurró palabras de amor, de fuga, de noches lejanas juntos. Parecía más real que la vida misma. Se arrojó a sus brazos y, por un momento, Thierry lloró de felicidad.
Pero el goce profundo del sueño es caducidad; la realización de los deseos más hondos es, en sí misma, el germen de la podredumbre. Pronto notó cómo el tiempo se plegaba y su amada Annette giraba, inquieta, como una luna mordida. Las palabras de amor comenzaban a sonar vacías, el color se desvaía tras sus mejillas, el abrazo era ahora solo un eco de calor. Intentó retenerla, gritar su nombre, pero la escena se resquebrajó como un espejo mal pulido. Despertó jadeando, empapado en sudor frío, tendido sobre el lecho de hojas del claro.
La Dama estaba de pie, contemplando su agonía con una expresión triste e implacable.
—Tal es el precio de soñar en el bosque —dijo suavemente—. Ningún deseo realizado en el sueño puede sobrevivir a la vigilia. Llevas ahora dentro un hueco imposible de llenar. Así alimentas el susurro de Lonpré.
Consumido por un vacío abrasador, Thierry intentó huir. Pero el bosque ya era diferente. Cada árbol le devolvía fragmentos de su visión, cada sombra parecía advertirle que el camino de vuelta era también un círculo, que la prohibición de soñar era, sencillamente, una advertencia para no buscar la felicidad donde no nace.
En los días que siguieron, Thierry apareció en la aldea trastornado. No hablaba del bosque pero ya no dormía. Su mirada era la de aquellos que han cruzado entre lo crudo y lo cocido, entre lo vivo y lo soñado —y su corazón, como predijo la Dama, era ya solo un recipiente vacío, un eco de lo que alguna vez ardió adentro.
La familia de Thierry nunca supo lo que realmente ocurrió en Lonpré esa mañana, pero la leyenda creció: de las devas que ofrecen sueños a cambio de futuro, de hombres que, marcados por la promesa de un amor imposible, terminan perdiendo la posibilidad de sentir la vida real. El bosque siguió susurrando a quienes se atreven a escuchar, recordando, cada otoño, que los sueños que no deben vivirse no lo son solo porque estén prohibidos, sino porque su precio es anular para siempre la esperanza de despertar satisfecho.
Y así, Lonpré sobrevivió a los siglos, guardando en su espesura el secreto de los hombres vacíos y las mujeres que ríen en la cumbre de la locura. Solo los niños escuchan aún la advertencia de las abuelas: “Cuida tus sueños en el bosque, Thierry. Algunos deseos, una vez probados, diluyen para siempre el sabor de la vida”.
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