Portada del relato El Último Alquimista de Sevilla
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Yusuf abrió un ojo, tentado a llamar a su amo de loco. Pero había oído suficiente sobre lo que había más allá del velo de la razón como para saber cuándo era momento de cubrirse la cabeza y susurrar el Shahada.

Duración: 08:06

El Último Alquimista de Sevilla
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las campanas de la Catedral de Sevilla doblaban por los muertos del verano de 1601. Sus tañidos, graves como la amenaza de peste que colgaba del aire, se deslizaban por las calles estrechas del barrio de Santa Cruz, rozando el adobe de los muros encalados y espesando el ambiente que ya era denso de por sí, cargado por la promesa de secretos y herejías. En un pequeño estudio improvisado entre los cimientos de una casa noble, el alquimista Don Gonzalo de Rojas, último de una estirpe arruinada, removía un matraz sobre la llama azulada de una lámpara alimentada con grasa humana.

El cristal destellaba, arrojando extrañas sombras sobre los tratados prohibidos que tapizaban la mesa. Había lectores novatos que se estremecerían ante las herejías que cantaban las páginas: Paracelso, Agrippa, la Clavícula Salomonis en latín bastardo. Gonzalo ya no sentía navegado aquel mar tenebroso, su alma endurecida tanto por la furia del Inquisidor como por la febril ambición del alquimista.

Aquella noche, el aire olía a cobre derretido y rosa marchita. Su criado, un morisco cojo apodado Yusuf el Tuerto, dormía en un rincón o fingía dormir, arropado bajo una capa harapienta, el rostro vuelto hacia la pared y el corazón rezando a un Dios que ya no oía desde el destierro de su pueblo. De pronto, el cristal soltó un chispazo purpúreo.

Gonzalo contuvo el aliento. El azogue parecía comportarse al fin como dictaban los grimorios, girando y desprendiendo una neblina opalina que, según prometía Agrippa, era capaz de atraer entidades de la Aethyr, el plano sutil entre el mundo y el infierno. El alquimista recitó las palabras latinas con voz cansada: “Duc, spiritus terrenae, famulus ex Umbra…” El humo se arremolinó, modelando figuras. De entre la niebla emergió una silueta: no era demonio ni espectro, sino algo más antiguo, vestigio de un mundo anterior a la Cruz.

Yusuf abrió un ojo, tentado a llamar a su amo de loco. Pero había oído suficiente sobre lo que había más allá del velo de la razón como para saber cuándo era momento de cubrirse la cabeza y susurrar el Shahada.

La aparición no tenía rostro sino una máscara de plata bruñida. Habló con una voz que era todas las voces y ninguna:

—Don Gonzalo de Rojas, ¿para esto me convoca un mortal? ¿Para trocar la vida por oro? ¿No sabes el precio de la transmutación?

Gonzalo tragó saliva y asintió. Había perdido tantas cosas ya: fortuna, familia, reputación. Su único hijo languidecía en el exilio, y sólo la promesa alquímica de redención mantenía el pulso en su muñeca.

—Te ofrezco mi sangre, mi nombre y mi amor. Quiero la Piedra. Quiero el secreto, el fuego secreto que enciende la carne muerta y purifica el plomo.

La sombra río, y su risa llenó el sótano con ecos de tormenta y melodía de ruinas romanas, aplastando la voluntad de los que habían olvidado cómo resistir.

—El fuego puro consume tanto al justo como al pecador. ¿No quieres oro y juventud? ¿Por qué la Piedra, Don Gonzalo?

La pregunta vibraba en sus oídos como el reverbero de campanas.

—Quiero el poder para salvar a los míos —respondió tenso—. Para devolver a Sevilla a la luz de la Razón. Para vencer a la Hidra de la Inquisición.

La figura dio un paso hacia él, provocando que Yusuf, retrocediendo arrastrado por el miedo, golpeara un vasija y la hiciera añicos. Ni el ruido ni las súplicas frenéticas del criado distrajeron a Gonzalo. Alzó el puñal ceremonial y lo hundió en su palma, dejando manar la sangre sobre el matraz. El azogue hirvió al contacto, y la sombra aspiró su aroma como un amante.

—Tu precio no es menester oro, Don Gonzalo, sino memoria. Dame a cambio tu pasado y te daré la llama de Prometeo. No recordarás el por qué ni el cuándo, sólo actuarás; tal será tu maldición y tu don.

Gonzalo vaciló apenas un instante. El miedo era menos frente a la desesperación. Con un gesto afirmativo, aceptó el pacto. Un zumbido llenó la estancia; la sombra se disolvió en la neblina luminosa, que se tragó al alquimista durante un instante fuera del tiempo.

***

El amanecer lo halló entre los escombros de su propio laboratorio, la ropa empapada en sangre y sudor, los tratados de Agrippa hechos jirones bajo su cuerpo. Tenía en la mano una piedra de tono indefinido, ni negra ni blanca, con reflejos dorados y verdes. Debía sentir júbilo, pero lo invadía una extraña frialdad.

No recordaba exactamente qué había deseado. Había manchas en su memoria, como antiguos frescos borrados por la humedad. Yusuf lo observaba desde la puerta, aterrorizado.

—Amo… ¿sois vos? —preguntó, pero Gonzalo sólo asintió vagamente, sin encontrar palabras.

En los días siguientes, las cosas se torcieron. El rumor de su experimento inflamó la ciudad. Hubo quienes afirmaron haber visto relámpagos azules rasgar los cielos sobre la casa de Rojas, y los susurros llegaron a Don Ignacio de Jaén, Alto Comisario de la Santa Inquisición. Un edicto fue recitado en la Plaza de San Francisco: cualquiera que supiese del tráfico de secretos prohibidos debía acudir bajo gravísima pena.

Gonzalo escuchaba las voces de sus vecinos —culpables todos de alguna tibia herejía— y sentía un interés distante, como si el mundo entero fuera un libro en latín leído al amanecer de la resaca. No podía recordar por qué había sentido tanta urgencia. Solo guiaba sus actos la presencia de la piedra filosofal, que no quemaba ni pesaba pero lo llenaba de una certeza perversa. Movía sus manos en sueños y convertía sin darse cuenta la vajilla de plomo y la cuchillería de hierro en oro puro, y el oro a su vez en agua. Las leyes naturales se descomponían en su presencia, y él mismo era ajeno a la causa de su poder.

La noticia de milagros menores —una anciana curada de la peste, un niño ciego que recobraba la vista— empezó a atraer peregrinos al barrio. Pero con ellos vinieron también los espías y devotos flagelantes, y la sospecha se extendió como gangrena.

Al quinto día, Yusuf huyó, dejando tras de sí solo un zurrón con una carta: "Amo, vos ya no sois vos. Lo que habéis llamado no es del mundo de los hombres. Escapad antes de la aurora, porque la Inquisición no perdona."

Pero Don Gonzalo ya nada temía ni se sentía capaz de desear salvación. Veía a los habitantes de la ciudad como muñecos agitados por un titiritero ausente. Su memoria era una ruina: recordaba fórmulas y la distribución de las calles, pero no el nombre de su madre ni el rostro de su hijo. Solo la piedra brillaba, incitándolo a experimentos más y más osados.

Una noche, los inquisidores reventaron su puerta. Lo hallaron rodeado de dibujos alquímicos y pequeños prodigios: orquídeas hechas de plata, una serpiente transformada en coral; sus ojos vacíos e inyectados en sangre, incapaces de parpadear. Don Ignacio lo condenó sin juicio. Fue arrastrado, encadenado, al Auto de Fe, y exhibido ante la multitud de fieles y herejes arrepentidos.

Bajo el sol cruel de julio, lo azotaron y torturaron, esperando que confesara pacto con el Diablo. Pero él no recordaba ya el porqué de su sacrilegio, ni el propósito de su obra. Se limitaba a sonreír:

—Yo solo busqué… la luz. La chispa. El mundo de atrás del espejo…

Arrojaron al fuego su cuerpo destrozado. Nadie oyó sus gritos, porque no gritó. El hollín se alzó junto a la Giralda, dibujando por un instante la máscara sin rostro de la sombra invocada. Y el pueblo de Sevilla, esa noche, creyó ver cruzar por las calles la silueta de un hombre hecho de sombra y polvo de oro, que murmuraba oraciones en un idioma que ni cristianos ni moriscos reconocieron jamás.

Lo que nadie supo es que Don Gonzalo siguió caminando por las callejuelas mucho después de muerto. Cada vez que alguien moralmente abatido invocaba la ciencia prohibida o experimentaba con el azogue y el azufre en la penumbra de su habitación, la sombra del alquimista acudía, sin nombre propio ni pasado, pero irresistible, guiado solo por el hambre de redescubrir su propósito. Y así, la llama de la alquimia no se extinguió, como tampoco lo hizo la sombra de su precio: el olvido, tan absoluto como la noche sobre la Giralda.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.