Portada del relato La pluma y la lanza
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Fragmento:


Al llegar al borde del claro, encontramos al padre del niño: arrodillado, manos atadas con cordel burdo, rodeado de soldados. Un clérigo joven, embutido en ropas de lana teñidas de púrpura, recitaba versículos mientras agitaba un grueso manuscrito de cuero. Temí que la autoridad de la palabra escrita superase la de los viejos himnos; sin embargo, cuando Melwas comenzó a tararear una melodía ancestral, el aire pareció volverse pesado. No era un canto bélico, sino un lamento, la invocación de las madres a la Dama del Lago.

Duración: 08:53

La pluma y la lanza
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Texto de ajuste de pausa.

Cepillé la escarcha de mi manto y observé la columna de soldados sajones moviéndose a lo largo del viejo camino romano. Los tambores vibraban en la niebla matinal, sus ecos entrecruzándose con el relinchar nervioso de mi caballo. Otros caballos paceaban tras los arbustos de acebo, inhalando el aroma del invierno como si hiciesen parte del mismo bosque. El mundo en torno era antiguo, saturado de historias y pactos, aunque para los hombres encadenados al servicio de la cruz, toda la isla no era más que tierra por conquistar.

Oculta detrás de un tronco musgoso, Melwas no apartaba los ojos del campamento. Su cabello trenzado parecía la sombra de un halcón, y cada uno de sus movimientos, incluso la manera de trazar con el dedo símbolos en la tierra, poseía la solemne precisión de un ritual. Yo apenas apartaba la vista de ella para vigilar a los sajones; a las primeras luces, un centinela giró y pronunció unas palabras de desdén en su idioma rudo. Melwas contuvo la respiración hasta que el hombre desapareció.

—Vendrán por ti, hermana—musitó, el ceño fruncido como la hoja de una espada olvidada en la batalla—. Este bosque no te protegerá siempre.

—Mi santuario es la memoria de mi madre y la luna—le respondí, sintiendo el frío calar en mi pecho—. No pueden entender los límites donde termina su fe y empieza la vieja magia.

El ejército había llegado el día anterior, buscando el antiguo monasterio de San Cedd, que nosotros protegíamos con más astucia que armas. Para los invasores, el monasterio era un símbolo: no les bastaba quemar un relicario, querían la bendición de las piedras, el eco de las oraciones esculpidas por quienes creían a la antigua manera y hablaban con los dioses pequeños. Esa noche, mientras la luna menguante lanzaba sombras sobre la aldea, Melwas y yo habíamos recorrido los senderos ocultos, recolectando los objetos de poder que nuestra madre nos había confiado y esparciendo pétalos de espino y sal bajo el umbral de la capilla para entrelazar el mundo físico y el otro.

Cuando las sombras crecieron y los gritos se alzaron del campamento sajón, entendí que los soldados no sólo temían a los guerreros, sino también a aquello que permanecía invisible. Un niño de la aldea nos esperaba en la roca del pastor, temblando con una antorcha apretada entre manos.

—Han apresado a mi padre—murmuró el niño, clavando la mirada en la tierra helada—. Lo acusaron de brujería.

—Todo lo que no comprenden, lo llaman hechizo—susurró Melwas, acariciando la cabeza del muchacho con ternura—. Debemos actuar antes del amanecer.

Sabía lo que eso significaba: el sacrificio y la decisión. En las viejas historias, transmitidas junto al fuego por mi abuela, existían pactos entre quienes vivían al amparo de la luna y aquellos que poseían tierras y títulos heredados de Roma. Los antiguos druidas eran los custodios del equilibrio; ahora, tras la llegada del hierro y la cruz, ese equilibrio pendía de un hilo.

Rodeamos el campamento sigilosamente, siguiendo el mapa inscrito en mi memoria y la sabiduría de las piedras. A cada paso el humo del campamento sajón resultaba más denso, salpicado ocasionalmente por el olor a pan hirviente y cuero mojado. Me aferré al amuleto de ámbar en mi cuello, recordando el sortilegio de protección. Si caía yo, Melwas reclamaría mi vida al otro lado del velo; pero si caíamos ambas, la estirpe de la luna perdería su último refugio.

Al llegar al borde del claro, encontramos al padre del niño: arrodillado, manos atadas con cordel burdo, rodeado de soldados. Un clérigo joven, embutido en ropas de lana teñidas de púrpura, recitaba versículos mientras agitaba un grueso manuscrito de cuero. Temí que la autoridad de la palabra escrita superase la de los viejos himnos; sin embargo, cuando Melwas comenzó a tararear una melodía ancestral, el aire pareció volverse pesado. No era un canto bélico, sino un lamento, la invocación de las madres a la Dama del Lago.

El centinela más cercano giró la cabeza, sobresaltado, y en ese instante Melwas lanzó al viento un puñado de polvo pálido. Donde caía, la niebla se espesaba, las formas se tornaban borrosas y los hombres caían en confusión. Aproveché la distracción y, deslizándome guardando el equilibrio sobre la escarcha, corté las ligaduras del prisionero.

Corrimos hacia el bosque, sin mirar atrás. Sabía, no obstante, que la ofensa no sería olvidada. El clérigo gritó palabras antiguas, invocando a su dios protector, pero el bosque rugió con la voz de la tormenta. Melwas y yo nos disolvimos en la espesura, llevando al prisionero de regreso a la seguridad.

Aquella tarde, escondidos entre acebos y helechos, Melwas me miró largamente. Sus ojos tenían el color de la corteza tras la lluvia, duros y viejos.

—No podremos detenerlos por siempre, hermana. Esta vez tuvimos la sabiduría. La próxima, necesitarán sangre.

Cené a solas con el crepúsculo, recogiendo las palabras de Melwas como si fuesen guijarros preciosos. Sabía que tenía razón: lo que había comenzado como escaramuza pronto sería guerra abierta. La tensión se arremolinaba como el vapor sobre las aguas del río Severn. Nuestros viejos aliados —las bestias, los fantasmas de las colinas, los gigantes que yacían en el nudo de sus tumbas neolíticas— escuchaban, pero ofrecían ayuda sólo a quienes comprendieran el precio.

Cerca del anochecer, acudió a nosotros una mujer anciana, sus labios agrietados por la sabiduría y el invierno. Traía consigo el estandarte de la luna menguante, regalo de generaciones atrás.

—Vienen por el Foliantum Secretorum—dijo la anciana, y el aire vibró al pronunciar los nombres antiguos—. Lo buscan porque han escuchado que resguarda las palabras con las que se canta a los muertos y se convoca el alba. No lo entregues, hija. Si los cristianos lo reciben, el tiempo de los nacidos bajo las estrellas terminará.

El libro estaba escondido en una cavidad sellada bajo el altar del monasterio. Escrito en latín y ogham mezclados, contenía recetas para sanar heridas, fórmulas para invitar la buena cosecha y, sobre todo, los nombres verdaderos de los protectores invisibles del bosque. Ocultar el libro significaba arriesgar la vida, pero perderlo supondría la extinción de nuestro linaje.

Aquella noche, la luna menguante bañó de azul las piedras y Melwas y yo preparamos nuestra defensa. Envolvimos el Foliantum Secretorum en paños de lino y, tras cubrirnos de cenizas, salimos a través de las galerías ocultas bajo la iglesia derruida.

Del otro lado del santuario, un grupo de soldados sajones había levantado barricadas. Su capitán, un hombre recio con el pelo trenzado y la espalda marcada de cicatrices, dio la orden de avanzar. Oí el chirrido de armaduras, el susurro del hierro desenvainado; también escuché los lamentos del viento en los robles, como si los antiguos dioses respondiesen a una invocación olvidada.

Nos enfrentamos en el claro, bajo la mirada de los que yacían bajo las colinas. Melwas, brillante y terrible, levantó la antorcha envuelta en hierbas secas.

—Si dais un paso más—su voz se alzó como trueno—, la sangre de los inocentes será cobrada por las raíces y los arroyos. ¡No pertenecéis a esta tierra, ni vuestro dios reina aquí!

El capitán rió, confiado en la superioridad de su acero y su fe. A una señal suya, la soldadesca cargó. Pero antes de que llegasen a la línea de piedras sagradas, las raíces de los robles emergieron como serpientes, enlazando tobillos. Decenas cayeron, atrapados, y Melwas arrojó el polvo de luna, que sumió a los asaltantes en una atroz somnolencia. El clérigo joven intentó levantar el crucifijo, pero un cerco de llamas —invocado por mi canto— lo rodeó y retrocedió en pánico.

La batalla duró lo justo para sembrar terror. La mayoría de los invasores huyó hacia la seguridad de sus tiendas, convencidos de que la tierra misma se rebelaba. Algunos gritaron a su dios, otros simplemente se disolvieron en la niebla. Al terminar, el bosque pareció respirar aliviado, y nosotros, exhaustas, nos arrodillamos en la hierba, agradecidas.

Pero la victoria fue amarga. Bajo la primera luz fría del alba, hallé a Melwas desplomada entre helechos, la frente partida por una piedra arrojada en la confusión final. La sangre aún tibia manchaba su manto. Lloré, golpeando la tierra, y recité la plegaria de las madres. Solo la luna parecía escuchar.

El relato termina aquí, hermano lector. Soy la última hija del trueno y el halcón. Con el Foliantum Secretorum aún a salvo, el mundo antiguo sobrevive en los márgenes, esperando otra edad que escuche sus susurros. Si tu fe es fuerte, quizás puedas caminar entre ruinas y oír el eco de nuestras canciones. Pero no olvides que, en cada piedra y sombra, late aún la magia de los vencidos.

Hasta que la memoria se apague, y los dioses antiguos —exiliados— retornen buscando a quienes aún recuerden sus nombres.

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