Viena, invierno de 1799
En las grises tardes donde el frío gotea por las cornisas y los muros, hay un silencio particular, uno que resbala en los adoquines con la delicadeza de un violín desafinado. En la esquina de la Himmelpfortgasse yacía una tienda demasiado pequeña para llamar la atención, asfixiada entre panaderías de corteza dorada y posadas donde se amontonaban viajeros con pulmones maltratados por la humedad. El letrero decía “Sastrería Fledermaus”, pero en realidad, dentro de ese local, se trataban asuntos menos revelados y vestimentas aún menos apropiadas para la vigilia.
Al grano: la tienda era un disfraz, pero no peor que los disfraces que llevaban sus visitantes cada día.
Herr Jakob Löwe, sastre de la sastrería, medía los tejidos con dedos exquisitos, y cosía con hilos invisibles lo que no podía mostrar. Nadie entraba a Fledermaus solo por un chaleco ni por una levita. Venían porque, a través de su boca cercana a la oreja y su manera de mirar por encima de la montura dorada de sus anteojos, prometía cosas que no podían confesarse en la rectitud de una iglesia o en la crudeza de un hospital. Había, entre los insondables pliegues de su taller, algo mucho más antiguo que algún patrón de moda o corte.
Un día, apretando la campana, llegó la condesa Valérie von Egghard. Era una mujer de ojos que no pestañeaban y de vértebras tan rígidas como el decoro de la corte imperial. Su sueño —casi susurrado— era el que narró mientras Jakob tomaba las medidas de una falda inocuamente gris: “Anhelo soñar con mi madre”, dijo. “Pero las monjas dicen que es pecado. Mi madre murió en circunstancias... torcidas.”
Jakob la miró a través de la tela estirada, examinando el miedo que cosquilleaba en las pupilas. “Le advierto, excelencia, que no siempre se muestra lo que se ansía. Y a veces se obtiene más de lo que se busca.”
“Sí.” El sí de la condesa era de una certeza pétrea: seguro como la muerte, como la niebla en el Danubio.
Esa noche, después de que la tienda cerrara, Jakob revolvió el alijo secreto bajo un falso piso: mapas oníricos de la ciudad, bolas de cristal llenas de vaho nocturno, y una pequeña campana hecha con fragmentos de huesos humanos. Entre los objetos, encontró la tela azul bordada con hilos plateados: el tejido de los insomnes. Lo cortó y cosió la falda, entonando en voz baja un cántico en un idioma que olía a raíces y herrumbre. Sabía que con aquello la condesa no solo soñaría con su madre, sino que caminaría los caminos rotos entre los vivos y los muertos, y vería, quizás, los secretos más hundidos tras la muerte roja.
La condesa acudió dos noches después a recogerla, sosteniendo su coraje como quien agarra un rosario ardiente. Se alojó en el Hotel Zum Roten Krebs, donde esa noche se puso la prenda. Mientras el reloj de la catedral marcaba la medianoche, se dejó dormir, y el tejido la aproximó, como una barca que surca la niebla, al sueño que no debía poseer.
La condesa soñó con su madre, sí, pero en lugar de recibir el consuelo de un silencio, vio el rostro yerto, cubierto de lirios amarillos, y una palabra grave: “No vengas.” La voz era la de la muerte, no la de la madre, y el peso la arrastró hacia un hueco frío en el que oía los suspiros de otras damas, otros señores, todos buscando lo vedado: un último adiós, una última condena.
Despertó gritando. El tejido estaba opresivamente cálido, como si acabara de ser sacado del horno, y tenía en los labios el sabor a tierra vieja de los cementerios. Regresó a la tienda, huesuda y temblorosa, con la falda arrugada:
“No es lo que deseaba, Herr Löwe.”
“Nadie sueña exactamente lo que desea, excelencia. Solo lo que teme en lo más hondo.”
Así era siempre. Nadie venía solo una vez.
Los rumores sobre la sastrería crecieron. El hijo del ministro, Ludwig, soñó con una noche entera siendo amante del Emperador; al amanecer, no podía mirar a su majestad sin rubor eterno. Una lavandera quería soñar con libertad, y soñó con el aire, lanzándose desde la torre Stephansdom y cayendo en espirales de gozo y terror hasta el suelo, donde se despertó bañada en sudor.
Pero ninguno se exponía dos veces. Casi ninguno.
Excepto el doctor Sigmund Graf, joven, de ojos de obsidiana y cejas que querían preguntarlo todo. Tras escuchar historias en cafés oscuros —donde los burgueses filosofan y condenan, y la sombra de Kant es solo un reflejo sobre la espuma del café—, fue a la sastrería no solo por curiosidad, sino por devoción. Se sentó, cruzó una pierna sobre la otra y habló en voz baja:
“Nadie debe soñar con lo prohibido, Herr Löwe. Ni siquiera usted, ni siquiera yo. Pero ¿qué hay del sastre? ¿Con qué sueña usted?”
Jakob sonrió. Se quitó las gafas y las sostuvo entre sus dedos nudosos. “Soñé con la ciénaga donde me ahogaba de niño. Soñé con la mano de mi madre, que me arrastraba de nuevo al aire. Desde entonces, no descanso: fabrico sueños que otros no deberían tener. Yo los fabrico, no los consumo.”
Sigmund rió seco. “Entonces, es usted, a su modo, puro; un mártir o un carcelero. Pero yo no. Yo quiero soñar como nadie. Quiero soñar con la libertad descarnada, con todos los deseos en estado crudo, con el caos sin Dios ni moral.”
Jakob supo que aquel hombre no sobreviviría a su pedido. Y, aun así, con esa extraña misericordia de los culpables, fue para él al rincón más profundo de la sastrería, donde guardaba no tejidos, sino ampollas de vidrio y astillas de la antigua cruz del ahorcado. Preparó para Sigmund un antifaz carmesí, bordado con una runa que solo se veía al trasluz de la luna creciente.
Advertido y reticente, Sigmund llevó el antifaz a su apartamento de la Bäckerstraße. Esa noche, con la ciudad temblando bajo la escarcha y los lobos aullando en los bosques cercanos, se cubrió los ojos con la prenda maldita y dejó que el sueño lo mordiera.
Al principio, un jardín. Flores carnívoras, mariposas doradas, árboles cuyos frutos eran copas de vino. Sábanas extendidas sobre la hierba, donde yacían cuerpos de mujeres y hombres riendo y besándose sin miedo ni pudor. Pero el gozo se volvió fiebre, y la fiebre, bestia: una orgía de deseos bramando, rompiendo carne, mezclando vida y muerte. El caos creció y, finalmente, su propio rostro apareció: frío, ausente, juzgado por todos los sueños que había osado invocar.
Despertó con el grito aún resonando en la garganta. Se quitó el antifaz y juró jamás volver. Se lavó la cara, encendió todas las lámparas y vio, en el espejo, que sus ojos eran más negros que nunca, con la huella inquietante del insomnio y algo más, conjunto de deseo y repulsión.
Eso es, tal vez, lo que Jakob sabía a la perfección: los sueños prohibidos no conceden, arrebatan. Toda concesión es una forma de quiebra.
Un invierno tras otro, la tienda siguió; Jakob envejecía, dejando que sus propios sueños se marchitasen sin ser vividos, hilando los anhelos de otros en prendas que nunca vestiría. No celebraba, no lloraba: recibía a sus extraños clientes, cumplía pedidos, escuchaba confesiones ahogadas en terciopelo.
Una noche de nieve, la propia muerte se asomó a la puerta en forma de una niña descalza y pálida. Sin decir palabra, le pidió un abrigo. Jakob comprendió: era su turno. Hizo el último tejido, usando retazos de sus antiguos sueños. Se vistió, cerró la tienda, caminó tras ella hacia la niebla, y durmió al pie de la estatua de los ángeles caídos en la Michaelerplatz.
La tienda cerró la semana siguiente. En las noches en que la escarcha cubre Viena y las campanas vuelven a desentonar, algunos aseguran que aún pueden ver, entre la niebla, a un fantasma que cose y descose, como si tratara de remendar una cicatriz demasiado vieja, una herida entre el mundo y la materia de los sueños. Porque hay heridas —y sueños— que jamás deben cerrarse.
Y por supuesto, en la Himmelpfortgasse, nadie volvió a soñar igual.
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