Portada del relato Las Alas de Ébano
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Era un hombre bajo y rechoncho, con dedos manchados de tinta y ojos tan astutos como un zorro cazado. Nadie nunca oyó su verdadero nombre, pero sus cartas siempre sabían las historias que uno temía confesar incluso en la almohada.

Duración: 08:25

Las Alas de Ébano
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El principio del fin siempre llega con un susurro, no con un rugido. Esas palabras danzaban entre las chimeneas de ladrillo y las altivas columnas corintias mientras la corte de Bravonne festejaba la visita del embajador de Lácteos, convencida de que su ciudad, la más antigua de todas en la vasta región de Inghistaria, era inexpugnable. Aquella noche, entre candiles dorados y risas demasiado ruidosas, una fortuna entera cambiaba de manos en cartas y promesas, y sólo unos pocos sabían que sus destinos ya estaban sellados.

Afuera, los muros de la ciudad se abombaban bajo la persistente nevada. A través de las almenas, Vesperine de Lormont caminaba con paso sigiloso, una capa oscura como las vastas alas del cuervo imperial ceñida a sus hombros. Cada centímetro de su figura alta era una provocación deliberada a la frugalidad esperada de las doncellas nobles, y sus ojos ámbar, tan antiguos como la historia de Bravonne, brillaban con una determinación hosca.

—A estas horas, ni los fantasmas osan desafiar los vientos, Lady Vesperine —murmuró una voz masculina, reverberando contra la piedra—. ¿O acaso tú te crees fantasma?

Ludovic, Capitán de la Guardia Nocturna, emergió bajo el resplandor fugaz de una antorcha. Llevaba en el rostro la severidad propia de quien ha sobrevivido a más de un asedio, pero en sus labios asomaba media sonrisa.

—Carezco de tiempo para fantasmas, Capitán Ludovic, y sólo un momento para héroes— replicó Vesperine, su voz suave pero cortante—. Algo se mueve bajo las murallas, una sombra que ni la nieve puede enterrar. ¿Qué noticias trae el viento?

Él la estudió brevemente, la bufanda escarlata asomando bajo el yelmo ennegrecido, las botas cuidadosamente embarradas.

—La guardia norte ha encontrado huellas inusuales —dijo finalmente—. Tres muertos en silencio, sin marca alguna, salvo esta... —Ludovic extendió una mano enguantada. En la palma, descansaba una diminuta pluma de cuervo, moteada de carmesí.

Vesperine palideció, y, cerrando los dedos sobre la pluma, murmuró una letanía olvidada. Antaño, la sangre real de Bravonne tenía trato directo con las Sombras Silentes, los asesinos jurados a la Corona que rehusaban caer en el olvido. Nadie esperaba que aquella costumbre hubiese sobrevivido veinte años de paz.

—Debes buscar al Maestro de Cartas —dijo Vesperine, la tensión rebosando en cada sílaba—. Él sabrá si el tratado ha sido roto. Si no... si no, tendremos que preparar la Magia de Luto.

Ludovic asintió, su mirada endurecida:

—Tendremos que rogar que la vieja magia acuda rápido, mi señora.

Mientras él desaparecía en los corredores entelados de hielo, Vesperine cerró la capa sobre su pecho. Sentía las palabras de su bisabuela, la última Reina Hechicera, latiendo en el pulso:

Recuerda los nombres y recuerda a quién sirves. Toda sangre lleva un precio, y todo juramento una condena.

***

La ciudad de Bravonne era un laberinto de pasadizos y escaleras, de secretos grabados en las vigas y losas pulidas por generaciones. Bajo el salón de baile, oculto por tapices arrasados por ratones, el Maestro de Cartas tejía su juego a la sombra de una lámpara titilante.

Era un hombre bajo y rechoncho, con dedos manchados de tinta y ojos tan astutos como un zorro cazado. Nadie nunca oyó su verdadero nombre, pero sus cartas siempre sabían las historias que uno temía confesar incluso en la almohada.

Vesperine entró con la pluma de cuervo sostenida entre el índice y el pulgar.

—Has vuelto a hacer pacto con la sombra, Maestro. ¿Por quién late la deuda esta vez?

Él se limitó a barajar en silencio antes de colocar tres cartas boca arriba: el León, el Acechante y el Puente Roto.

—El destino nunca es generoso, mi dama. La pluma se paga con una vida noble; la ciudad está marcada. Las sombras han cruzado la frontera. Por cada huella que encuentres, habrá varias más invisibles. Y la carta final aún no ha sido jugada.

Vesperine recogió la carta del León.

—No importa el precio. Solo dime por qué regresa la sombra.

Sus dedos tensos, apenas un temblor.

El Maestro de Cartas le sostuvo la mirada.

—Porque el invierno reclama lo que es suyo, y los juramentos rotos claman venganza. La princesa bastarda de la vieja línea ha regresado a Bravonne. No descansaré hasta verla reclamar la corona que fue arrebatada.

Un silencio helado descendió entre ellos. Vesperine sentía el peso de generaciones morir y la memoria de su linaje rugir bajo la piel.

—¿Quién es? —susurró.

El Maestro sonrió, lento y sin alegría.

—No será por mi boca que recibas el nombre. Para conocer a la Sombra, debes enfrentarte a ella bajo la luna nueva.

***

La noche siguiente, las campanas de Bravonne se dispararon en un clamor de alarma. Por encima de tejados y chimeneas, las sombras de seres encapuchados reptaban hacia la catedral. Entre el tumulto, Vesperine avanzó rauda, con una daga de obsidiana y runas inscritas en su empuñadura. Los fantasmas de las reinas pasadas marchaban tras ella, espoleando su paso.

Al llegar a la plaza del mercado —espectro de piedra en invierno— la vio: una figura alta, envuelta en una túnica de alas de cuervo, el cabello negro en una trenza gruesa y la mirada tan dorada como la suya. Un espejo distorsionado de sí misma.

—Basta de mascaradas —dijo Vesperine, alzando la voz—. Si eres la heredera, reclama entonces la ciudad ante tu linaje.

La desconocida sonrió, y fue como observar el primer brote de helecho atravesando la nieve.

—Vaya, por fin alguien reconoce la música en mis venas. Me llamo Lysandra de la Estrella Oculta. Y sí, mi derecho le fue usurpado a mi madre —pronunciaba cada palabra como si fuera acero arrojado al crisol—. Pero no soy una sombra vengativa. He venido porque el invierno que se aproxima no es una estación. Es un monstruo, un predador que consume nobleza y a plebeyos por igual.

Vesperine la estudió —el mentón desafiante, la voz grave—. Sintió un eco invisible entre ambas, una afinidad que la repelía tanto como la atraía.

—¿Vienes a declarar guerra?

—Vengo a invitarte a defender la ciudad. A ti y a todos quienes tengan el valor de mirar la oscuridad de frente. Pues aquello que nos acecha bajo la nieve es más antiguo que los juramentos de sangre: es el Hambre Invierno.

Por un momento, el universo se contrajo a la piel de ambas, vibrando con el presentimiento de un destino mayor.

—Una alianza entre tú y yo será el final de la ciudad —masculló Vesperine, la mano apretada sobre la daga.

Lysandra negó despacio.

—Una ciudad ya condenada por el pasado solo puede salvarse con algo nuevo. Necesitamos la Magia de Luto y la espada de traición. Juntas.

Y antes de que Vesperine replicara, Lysandra se deslizó de entre las sombras, tan rápida que solo su perfume a madera y resina quedó flotando.

***

En el alba, Bravonne parecía una tumba ornada mientras las sombras se arremolinaban ansiosas, expectantes.

Vesperine no durmió ni comió. Se dirigió a la cripta más antigua del Palacio, murmurando el nombre prohibido de su bisabuela. En la penumbra, la magia antigua despertó, cosquilleante, como mercurio bajo la piel.

Alzó la daga en recuerdo de su linaje y del deber.

—Por memoria y por sangre. Por la ciudad y el invierno.

La daga vertida en una grieta de la tierra. El fulgor turquesa de la Magia de Luto surgió, y del suelo brotaron cientos de sombras transitando figuras humanas, armadas de aquello que las había matado una vez.

En una última oración, Vesperine ofreció su lealtad a la ciudad, y en esa entrega reconoció el destino: defender Bravonne no era perpetuar el trono ni un apellido. Era romper el ciclo, redimir la oscuridad con la unión improbable de enemigo y aliada.

En la muralla más alta, justo cuando la primera línea de asaltantes emergió del bosque cubierto de escarcha, Lysandra apareció, al frente de los Sombras Silentes, llamando a la batalla con una voz que dividía el aire como una espada.

Vesperine la saludó, no como enemiga, sino como igual.

Y mientras las huestes del Hambre Invierno descendían como niebla sangrienta sobre la ciudad, dos mujeres, herederas de sangre, traición y magia, lucharon no por el pasado que las separaba, sino por el futuro que quizá, por primera vez, podrían compartir.

***

El inicio del fin llega con un susurro... y a veces, ese susurro es la promesa de un mundo nuevo.

FIN

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.