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El camino a la ciudad prohibida había ardido bajo los pies de Anthea durante tres días y tres noches. Las lluvias del este, acostumbradas a domar los prados del reino de Maradi, no caían jamás en la provincia de Esmádar, donde la piedra y la sal formaban un desierto cuyos ecos se mezclaban, según decían, con los susurros de los muertos.
Anthea ascendía ya casi dormida, su sombra derramada en la roca elevada y sus pies cautivos del polvo, cuando se detuvo junto a un bloque de mármol cubierto de glifos. El crepúsculo se filtraba en los filos de la montaña, tiñendo de rojo las palabras: "Aquí yace el umbral de los ciegos. Todo aquel que oye, ve; todo aquel que ve, olvida".
No se dejó amedrentar. Anthea era una Arconte de las Aldas, nacida en la mano izquierda de la historia, alimentada con secretos que sobrepasaban la memoria humana. Había vivido tres siglos y diez temporadas, su rostro apenas marcado por el transcurso de las edades, pues en su pecho ardía la chispa de un alma ajena al expolio del tiempo. Pero ni incluso ella, invisible a los años y al veneno, recordaba por completo las razones que la habían conducido hasta allí.
La fama de Esmádar y sus profetas ciegos era vieja como las murallas sumergidas. Se decía en voz baja, en los zócalos de las cortes y las celdas de los tribunales, que los profetas de la ciudad prohibida hablaban en lenguas desconocidas, repitiendo nombres que nadie osaba reconocer. Que entre ellos se contaba, oculto por vendas empapadas en bálsamo, un hombre cuyo oráculo podía arrancar la verdad al corazón mismo de una inmortal.
La entrada, un arco enclavado entre obeliscos caídos, estaba vigilada por una figura vestida de gris pálido. Al acercarse, Anthea notó la venda que cubría los ojos del guardián. Y sin embargo, la voz que la saludó resultaba imposible de situar como masculina o femenina, ni joven ni vieja; solo la sombra del lenguaje en la arena.
—Quien busca las visiones —anunció él o ella— debe saber que el precio de la profecía es recuerdo. ¿Qué memoria ofreces, viajera?
Anthea apretó los dientes. Había oído el precio en otros tiempos y en otras lenguas: para recibir una visión, se debía entregar un fragmento de la propia historia al olvido. El trueque era antiguo, invocado por los Profetas desde las guerras de los Ángeles.
—Olvidaré el rostro de mi primer amor —susurró, no sin pena—. Ese recuerdo ya no tiene lugar en este cuerpo.
El guardián se inclinó y la invitó a pasar. Así cruzó Anthea el umbral y se adentró en Esmádar, la ciudad prohibida, que se abría ante ella como una boca de mármol agrietado.
Esmádar estaba habitada por seres extraños: algunos mortales, otros no del todo. Había figuras caminando en procesión lenta, con vendajes manchados de flores secas y miradas extraviadas aunque privadas de vista. Pasó ante una fuente donde manaba agua azulada y escuchó fragmentos de salmodias flotando en la brisa.
La condujeron finalmente a través de ruinas y columnas derribadas, hasta una cámara enterrada donde una enorme lámpara de cristal pendía, temblorosa, sobre una figura sentada en el centro, cubierto de pies a cabeza con vendas de lino.
El profeta tenía los brazos cruzados sobre el regazo. Anthea sintió que el tiempo se plegaba a su alrededor, como si la estación misma de los días se hubiese detenido en el umbral de esa sala.
—Te aguarda una visión —musitó el profeta—. Pero antes, debes confesar el verdadero motivo de tu viaje. Aquello que solo los inmortales pueden temer.
Anthea titubeó. Recordó el brillo súbito en la mirada de Miriel, la Señora de las Sombras, cuando había murmurado la palabra “olvido” en el consejo de los arcontes. Diez años antes, cuando aún podía experimentar duda, le fue confiado un secreto: algo que ni el tiempo ni la muerte podían borrar, y que estallaba cada vez con más fuerza en sus sueños. Solo el profeta prohibido de Esmádar podía ayudarla a comprenderlo.
—He venido —dijo— porque el tiempo pesa. En mí perviven vidas, nombres, traiciones, y cada uno es una piedra sumada a mi pecho. Yo he olvidado cosas que nunca aprendí. Veo rostros de hombres y mujeres que nunca he conocido y, en cambio, siento que son parte de mi memoria. ¿Por qué? ¿Qué soy, en verdad? ¿Una, o un millar amalgamados por la eternidad?
El profeta aguardó en silencio, y Anthea fue consciente, con repentina claridad, de que la venda en su rostro no ocultaba ojos vacíos, sino el reflejo de algo inimaginable; algo que tal vez solo pudiera mirar una vez y perderse para siempre.
—Eres la suma de todas tus pasadas decisiones —respondió con voz temblorosa, como si el aire fuera otra venda que oscurecía el mundo—. Pero en tu interior anidan recuerdos que no te pertenecen. Lleva tu palma a mi pecho.
Ella obedeció y, al hacerlo, sintió que una llama helada recorría su brazo. En ese instante, fragmentos de otras vidas destellaron en su mente: un niño que huía en el crepúsculo de Azurí, una hija llorando junto al cadáver de su madre en el Reino Oscuro, un soldado que observa cómo la ciudad arde desde la cima de la muralla. Ninguna de aquellas existencias era suya, y sin embargo, en todas ellas Anthea encontraba pedazos familiares: una risa, una lágrima, una culpa inconfesable.
—Recogiste lo que otros inmortales dejaron atrás —susurró el profeta—. Cada vez que otro como tú marchaba a su propia muerte verdadera, la esencia de sus recuerdos buscaba refugio. Tú fuiste su vaso, su archivo de inviernos. Almas errantes, abandonadas por los dioses tras el diluvio de las eras más antiguas.
Anthea retiró la mano, los dedos entumecidos. En algún lugar atrás, el recuerdo de aquel primer amor se le escapaba ya, difuminándose como un humo pálido. Sintió el peso de siglos subiendo y bajando dentro de ella, una marea incesante de historias y voces.
—¿Se puede, entonces, deshacerse del archivo? —preguntó, como una niña temerosa—. ¿Desprenderse de los recuerdos ajenos y volver a ser solo una?
—Debes elegir —dijo el profeta—. Si deseas olvidar lo que no es tuyo, perderás también fragmentos de ti misma. Serás menos sabia, menos profunda, pero volverás a caminar con la ligereza de quienes viven y mueren en un solo nombre.
En ese momento, Anthea sintió el temblor de la decisión mucho más hondo que cualquier miedo anterior. Veía la promesa de la ignorancia, de la inocencia, el resguardo ante el dolor de las vidas que no eran suyas; pero también veía el pozo, el abismo abierto de convertirse en una criatura hueca, privada de los dones que la hacían diferente.
A su alrededor, el aire empezó a llenarse de voces, murmullos inconexos de los recuerdos que portaba. A través de los vendajes del Profeta, vio centellear una luz azul en lo profundo, como si los ojos ausentes relataran ríos y linajes que ninguna palabra humana podía contener.
El profeta tendió una mano y ofreció un cuenco de agua donde flotaba una hoja de oro.
—Bébela —dijo— y decidirás. Olvidarás lo ajeno, y con ello, parte de ti. O bien conservarás el archivo, y vivirás siempre colmada de voces, de historias superpuestas.
Anthea miró su reflejo en el agua, dividido y múltiple: rostro de mujer, pero también el rostro de mil sombras desconocidas. Bebió.
El sabor era frío, y en ese instante una memoria clara —el instante en que, bajo la lluvia de la ciudad de Luz Mayor, había prometido que nunca abandonaría a los suyos— se elevó y se disipó, deshaciéndose como escarcha al sol. Sintió que algo se desprendía dentro de sí, no dolorosamente, sino como la caída de una hoja en el bosque.
La sala comenzó a girar a su alrededor; voces y sueños retrocedían y, por primera vez en siglos, Anthea se sintió vacía. No una vasija rota, sino un cántaro nuevo, dispuesto a llenarse solo con el vino de su propia vida —ajena ya al mar de existencias ajenas, solo consciente del temblor de su sangre y la promesa incierta del futuro.
El profeta inclinó la cabeza, como satisfecho. El mármol susurró al compás de un viento que olía a nacimiento.
—Caminarás con menos peso, Anthea, y la historia volverá a tener principio y fin para ti. Recordarás este encuentro solo como un eco, el suspiro de un nombre perdido en la niebla.
Anthea salió de la sala oscura, violeta el cielo sobre los estandartes caídos de Esmádar, y al dejar atrás el umbral, sintió el mundo con un brillo nuevo. Bajo la piel latía una promesa: la de construir un relato propio, al fin, sobre la losa incierta de los días venideros.
En los años que siguieron, en otras tierras, algunos contaron historias de la mujer que conocía secretos imposibles, pero ya no poseía esa mirada opaca de los archiveros. Hablaba con la franqueza de quien ha heredado el don más raro: el de olvidar. En las noches de frío, a veces escuchaba en sueños un eco, el murmullo de un recuerdo que no lograba atrapar del todo. Pero entonces se recostaba en el umbral de la memoria, en paz, y sonreía.
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