Portada del relato Bosque de Secretos Imperdurables
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Fragmento:


En su trono de nácar y hierro labrado, ella contemplaba el mapa del reino, extendido como una piel abierta sobre la mesa. Tantas fronteras, y todas irrelevantes. Su corazón, sin embargo, latía con una herida fresca. Aquella noche, esperaba visita; la única que aún podía trastornar su letanía de soledad.

Duración: 07:56

Bosque de Secretos Imperdurables
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Texto de ajuste de pausa.

***

La lluvia caía en la ciudad de Torvelhe como gemidos apagados por la piedra. En una de las torres más antiguas y altas, la Reina Lysandra miraba a través de los vitrales astillados, observando cómo el agua tatuaba la noche. No se había molestado en encender luces. Sus ojos ya no necesitaban de la llama ni del hechizo para ver en la penumbra: el regalo indeseado de interminables centurias, de linajes hechos polvo.

El salón estaba amueblado con las sobras de un imperio que nadie recordaba en voz alta. Por los suelos, alfombras de Karmuth previamente vibrantes se ennegrecían con los años. En las paredes, tapices remendados susurraban escenas de batallas pasadas y, entre los pliegues, una historia que solo Lysandra podía entender.

En su trono de nácar y hierro labrado, ella contemplaba el mapa del reino, extendido como una piel abierta sobre la mesa. Tantas fronteras, y todas irrelevantes. Su corazón, sin embargo, latía con una herida fresca. Aquella noche, esperaba visita; la única que aún podía trastornar su letanía de soledad.

El rumor llegó primero. No a través de los guardias, ni por el eco de pasos en los corredores infinitos, sino con un cambio en el aire: un perfume entre violeta y ceniza, la promesa de otra voluntad intranquila. Lysandra no se apartó del ventanal, aunque su mano buscó el pomo rugoso del puñal que siempre llevaba al cinto.

En la entrada de la sala, una figura se manifestó entre las sombras ondulantes. Reconocible por su porte antes que por su rostro, cuyas facciones parecían recién esculpidas en mármol pulido, la Reina Aelith cruzó el umbral. Su vestido era una tormenta contenida, verde oscuro con reflejos mercuriales. Sus ojos, gemelos a la luna nueva.

—No he sido invitada —dijo Aelith, su voz acariciando el último escalón—. Pero tampoco he sido vetada.

—Las vetas son inútiles, entre nosotras —replicó Lysandra, sin girarse—. Como los juramentos, o las tumbas.

Aelith avanzó silenciosamente y la distancia entre ambas tembló, minúscula y abismal al mismo tiempo. Durante un siglo solo se habían comunicado mediante flechas —de plata y de palabras— o mediante missivas que ardían con un toque. Pero cada década, irremediablemente, volvían a encontrarse. Enemigas. Aliadas. Algo más.

Aelith posó la mano sobre la mesa, ajustando el mapa de Lysandra con dedos lentos.

—Las fronteras se desplazan, incluso para las que no cambiamos —susurró.

—No cambiamos —repitió Lysandra, y su tono estaba hecho de duda y deseo.

—He venido a traerte una propuesta.

La historia de su amor —si eso era— no podía contarse a través de gestos simples. Había comenzado cuando el mundo era más joven, cuando la magia y el poder aún tenían el brillo de lo nuevo, y cuando ser inmortal era una promesa, no una condena. Lysandra no supo en qué momento el afecto se había filtrado entre los años, como el agua entre grietas, imposible de sellar.

Aelith tomó asiento ante ella, no en un lugar de súbdito, sino de igual. Apoyó su barbilla en la palma y la miró, paciente. Como sólo los inmortales pueden esperar.

—He escuchado rumores —comenzó—, acerca de una cruzada contra ambas. Los clanes de los mortales se están uniendo, cansados de que sus linajes caigan ante nuestra indiferencia.

Lysandra cerró los ojos. Aquel cansancio era tan viejo como el universo.

—¿Vas a sugerir una alianza, Aelith? La última vez te costó una ciudad y a mí un ejércit...

—No busco ejércitos —interrumpió Aelith suavemente—. Ni olvidos orgiásticos de poder. Quiero algo distinto. Quiero el pacto de la transparencia.

—¿Hablas de sinceridad? Entre nosotras…

—…Nunca la hemos tenido, no realmente. Me refugio en mis medias verdades, tú te ocultas en tus silencios largos como inviernos.

Aelith se levantó, cruzando la distancia. Su figura se reflejaba en el nacar del trono; demasiadas veces, la había visto solo como una amenaza. Ahora, su cercanía era amenaza de un tipo más íntimo. Lysandra sentía el pulso del universo agolparse en su pecho.

Aelith se inclinó, apenas a un suspiro de su oído.

—Esta vez, Lysandra, quiero confesarlo todo. Quiero que tú también lo hagas.

La sala tembló. Tal vez por la magia retenida en sus paredes, tal vez porque la propuesta era un golpe más cruel que cualquier puñal.

—Empieza tú entonces —susurró Lysandra, sin mirarla.

Aelith tragó saliva —un gesto humano, y por lo tanto ajeno a ambas, pero la carga emocional era innegable.

—Te amé cuando prendiste fuego a mi castillo en Mordalis —confesó, la voz herida de recuerdos—, y quise cortarte el cuello. Luego, al verte de rodillas entre los escombros, suplicando por la vida de mis vasallos, deseé abrazarte en vez de matarte. Llevas siglos en mis sueños, como maza y caricia.

Silencio.

Lysandra no lloraba —ese río se había secado hace años— pero sus manos se crisparon, magulladas de historia. Finalmente se giró, mirándola a los ojos.

—Temí amarte desde la primera vez que vi tu sombra sobre las almenas. Pensé que nuestra rivalidad disimularía mi deseo. Me equivoqué. Cada vez que hemos guerreado, eras tú mi mayor costra y también mi bálsamo. He imaginado tu nombre en mi carne más veces de las que he matado reyes, y aún no soy capaz de pronunciarlo en alto sin miedo.

El aire entre ambas era una cuerda tensa.

Aelith alzó la mano y rozó la mejilla ajena, con el cuidado de quien teme que el roce trastorne la eternidad.

—¿Si te lo pidiera ahora, renunciarías al poder? —preguntó, y la pregunta era imposible.

Lysandra tembló, de furia y apetito.

—Dime una razón para hacerlo.

Aelith acercó sus labios al borde de la duda, a la conversación sin lenguaje, y la besó: un roce eléctrico, breve como el final de una guerra y largo como el ocaso del mundo.

La torre iluminó por dentro; la vieja magia, testigo y juez, vibró en cada piedra.

—Porque todo el poder no cura el vacío si no es compartido. Porque la inmortalidad es un eco vacío si no te incluye. Mi reino puede caer esta noche y aún así, si tú estás, el tiempo se detendrá.

Lysandra apoyó sus frentes. Las heridas de siglos abriéndose, pero ahora el sufrimiento era promesa compartida.

—Podemos renunciar al trono, pero no a ser lo que somos.

Aelith sonrió, con una tristeza luminosa.

—No, pero podemos serlo juntas.

La lluvia afuera se detuvo, como si el cielo cediera el paso a algo más grande que el llanto del mundo. En la torre, las dos reinas inmortales se abrazaron, sabiendo que ningún ejército podría doblegarlas si así lo elegían, pero el verdadero riesgo era dejar que el amor, al fin, las atravesara.

Sus labios se unieron otra vez, y entonces sí, hubo lágrimas; antiguas como el río de los linajes perdidos, dulces como la raíz del refugio.

***

Pasaron semanas. Las guerras cesaron. Un rumor se elevó: dos reinas habían desaparecido. Los reinos esperaban caos, pero no llegó. En su lugar, una fragancia dulce y metálica impregnó los vientos, y las crónicas de futuros bardos hablarían de la noche sin fronteras, de una alianza que no fue firmada con sangre ni con oro, sino en la quietud de un abrazo perfecto.

Torvelhe resplandecía a veces con luces inexplicables, y en sus torres más secretas, de vez en cuando, se juraba haber visto a dos figuras entrelazadas, tan antiguas como la luna, y por fin, amando sin miedo al desmoronamiento del tiempo.

Los inmortales aprendieron, por una vez, que el verdadero temblor es entregarse. Que ser reina sólo importa si hay alguien a quien mirar cuando caen las lluvias infinitas. Lysandra y Aelith eligieron la transparencia, sabiendo que todos los pactos de poder pálidecen ante el pacto de dos corazones, incluso si laten por la eternidad.

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