Portada del relato El Juramento entre Llamas
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Fragmento:


La travesía fue un despliegue de pesadillas y milagros. Navegó entre bancos de niebla donde voces antiguas murmuraban nombres olvidados; contempló bolas de fuego brotando de la mar, flamas vivas que acechaban embarcaciones solitarias. Hubo noches en que su barca crujió como huso al borde de deshacerse, y Sullis, en silencio, rezó —no a los dioses vencidos de Thalerion, sino al amor que lo había empujado allí.

Duración: 09:08

El Juramento entre Llamas
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Texto de ajuste de pausa.

***

Cuando la más alta torre del castillo de Thalerion estalló en llamas bermellón, Sullis apenas tenía tiempo de refugiarse bajo el escudo de un muro desplomado. Había tratado de rescatar a la princesa Lyara, pero el fuego surgió tan rápido, tan vivo, como si la piedra misma exhalara llamas. El grito de Lyara fue un eco aterrador, se entrelazó con el rugido incansable del incendio, pero su voz se convirtió en ceniza apenas Sullis cruzó el umbral de la sala cubierta de tapices ardiendo.

La defensa de su mundo, al borde de la destrucción, se partió entonces. El Reino de Thalerion, antaño cuna de ricos viñedos y forjas, ahora era solo el primer dominó. Los mensajeros llegaron a medianoche, entre las nubes de cenizas, diciendo que otras ciudades caían, y que la insaciable Espiral de Fuego avanzaba, devorándolo todo. Sullis sintió que también su corazón era pasto de las llamas: no por su reino, no por su título malogrado de capitán de la guardia, sino porque no alcanzó a salvar a Lyara; o eso creyó.

La verdad es que Lyara no murió en la torre. El conjuro que la atrapó fue tan veloz como el fuego, arrancándola de la realidad y depositándola en algún otro lugar: las leyendas susurraban que existían islas más allá del Confín Resplandeciente, donde la luz del mundo se torcía, donde quienes caían allí quedaban olvidados.

Y aun así, en las noches consumidas en escombros, Sullis sentía aún el lazo ardiente entre ambos. Un palpitar en su pecho, una certeza indomable: Lyara vivía. La amaba desde las horas clandestinas compartidas durante instrucción y corte, bajo los laureles del río, más allá de los muros del protocolo. Ahora, con su mundo ardiendo, ese amor era la única brújula que no podía rendirse.

Decidió buscarla cuando ya nada le quedaba. Viajaría hasta las islas que no aparecen en los mapas, guiado sólo por instinto y amor —y, si debía cruzar mares incendiados, sería entonces un capitán sin ejército, armado solo con su anhelo.

El mar resplandecía, como si la propia sal fuese pólvora. Sullis robó una embarcación al caer la noche, portando apenas raciones, agua y un extraño talismán que Lyara le dio en su última noche juntos: un cristal en forma de llama encerrado en plata negra, que latía suave si lo enfocaba con la luz de las estrellas. Era la promesa de su regreso, sin palabras.

La travesía fue un despliegue de pesadillas y milagros. Navegó entre bancos de niebla donde voces antiguas murmuraban nombres olvidados; contempló bolas de fuego brotando de la mar, flamas vivas que acechaban embarcaciones solitarias. Hubo noches en que su barca crujió como huso al borde de deshacerse, y Sullis, en silencio, rezó —no a los dioses vencidos de Thalerion, sino al amor que lo había empujado allí.

El tercer amanecer trajo la visión: una isla en mitad de las brumas, tan blanca que ofendía el sol. La costa era de arena perlada y rocas cubiertas de líquenes escarlata. A medida que se acercó, una sensación le arrancó el aliento: el cristal de Lyara latía con fuerza, vibrando tan alto en su bolsillo que parecía arder. Allí debía estar ella.

Al desembarcar, la magia de la isla lo envolvió con el embate de un cuchillo y un beso. El aire estaba saturado de evocaciones: el perfume de lirios nocturnos, sofisticación y humo, mezclado con el amargor de la melancolía. Parecía que lo mirasen varios ojos, aunque estuviera solo.

Las islas del Confín Resplandeciente eran meras leyendas en su mundo; ahora veía la razón. Aquí, el tiempo era un animal lento y traicionero: el sol se quedaba largo en un horizonte que nunca llegaba a volverse noche, y la marea subía y bajaba sin lógica.

—Eres Sullis, el buscador —dijo una voz. Era masculina, profunda. Surgió entre árboles torcidos, ornados de musgos fosforescentes.

No era Lyara, sino un hombre etéreo, envuelto en lino negro, piel tan pálida como el cuarzo. Sullis midió distancias, tanteando su daga.

—Busco a una mujer. Lyara. Era la princesa de Thalerion.

El hombre sonrió sin calidez.

—Aquí todos buscamos lo que hemos perdido. Pero no hay puertas sencillas fuera de este lugar. Salvo una: la que ofrece el amor… o la desesperación. Sigue el latido de tu llama, extranjero. Pero te advierto: no todo lo que amas sobrevive igual al paso entre mundos.

Sullis, ignorando el escalofrío que le rozaba el alma, prosiguió guiado por el latido del talismán. El bosque lo condujo a una colina de lapislázuli, donde una brisa de fuego le rozó la mejilla. Allí, sentada sobre una raíz arqueada, estaba Lyara.

Era más luminosa y más rota que cualquier recuerdo. Sus cabellos, antes como trigo otoñal, ahora le caían en cascada argéntea; sus ojos, antes de un verde profundo, danzaban entre tonos extraños, inconmensurables. Pero su sonrisa seguía siendo la misma: esa promesa de misterio y ternura que siempre había encendido a Sullis.

—Te encontré —masculló él, voz quebrada.

—Nunca estuve realmente perdida, Sullis. Pero nadie puede escapar solo de la isla de los olvidados. Aquí he cambiado… Aquí el fuego interno puede consumir el amor, o forjarlo de un modo nuevo.

Hablaron mucho en silencio; apenas palabras, más gestos y miradas. Fue Lyara quien, con dedos temblorosos, tomó el talismán y lo apretó. El cristal centelleó, como si absorbiese el dolor y la esperanza en partes iguales.

—Para huir de aquí hacen falta dos voluntades unidas —susurró ella—. Solo el amor dispuesto a arder hasta la raíz puede abrir las puertas.

Sullis la amaba, pero sintió miedo: ¿seguía siendo la Lyara que amó? Este lugar parecía atrapar fragmentos de alma, y la suya misma sentía cortada a destellos, entre el recuerdo y el anhelo. Pero cuando Lyara lo abrazó, fue como volver a casa.

Se juraron todo y nada: no promesas vacías, sino el brutal acuerdo de dos almas que habrían de arder juntas, aun sabiendo que el mundo podía negárseles. Así, con el latido del cristal vibrando entre ambos, avanzaron hacia la playa de rocas rojas.

Los habitantes de la isla —algunos humanos, otros sombras traslúcidas— les miraban pasar. Algunos reían, otros lloraban, otros intentaban persuadirles de quedarse, de no enfrentar la prueba del regreso; que era posible vivir aquí, en un olvido apacible, y dejar que el mundo ardiente de fuera se extinguiera, igual que todos los reinos arden al final. El miedo asomó en Sullis.

—¿Y si allá nada queda? —preguntó él, apenas un susurro.

—Entonces seremos nosotros quienes creen lo nuevo —Lyara respondió, firme.

El ritual tuvo la sencillez de lo verdadero y la brutalidad de lo imposible. En el centro de la playa, donde el agua y la arena formaban un vórtice, Lyara incrustó el talismán en sus palmas entrelazadas. Como un pájaro de fuego, el cristal crepitó, creciendo hasta envolverlos en una burbuja incandescente; allí dentro, la realidad vibraba.

Lyara y Sullis revivieron todos sus recuerdos: las miradas robadas, la fiebre de la primera caricia, la danza tensa de una promesa en el umbral de la guerra; incluso sus dudas, sus arrepentimientos, sus miedos. Todo ardió. La pasión y el dolor eran indistinguibles: el amor era una llama, no un bálsamo.

En el fragor del resplandor, Sullis temió perderla justo cuando la hallaba; vio en el fuego su propio rostro, desfigurado por las dudas, y a la vez redimido por el deseo. No había certezas: solo la voluntad de seguir ardiendo juntos, en lo que fuera que el destino les concediese.

La explosión les lanzó fuera del tiempo. Cuando abrieron los ojos, la isla era ya distante, apenas una silueta en la niebla, y el mar volvía a serpentear bajo la luz de un nuevo amanecer. Estaban juntos en la barca, abrazados, extraños y conocidos a la vez.

La costa próxima no era la Thalerion que él recordaba. Entre playas ennegrecidas y ruinas, se alzaban brotes verdes. Unos pocos humanos avanzaban y reconstruían. El fuego lo había devastado todo, pero también había purgado, y existía esperanza entre las cenizas.

Sullis y Lyara caminaron tomados de la mano. Estos amantes, que habían cruzado mares, islas y el abismo entre mundos, se consagraron a reconstruir no solo un reino, sino un hogar. El pasado ardía como el horizonte, y el futuro era una brizna fina aferrada al viento.

Lyara le sonrió, y él comprendió: el amor no era un refugio del fuego, sino aquello que arde y renueva. Islas y reinos podían extinguirse, pero entre los dedos de quienes no se rinden, el deseo y la esperanza pueden echar raíces sobre cualquier ceniza.

Y así, bajo el primer sol del renacimiento, Sullis por fin encontró la salvación que nunca buscó: ella, su llama viva en el mundo que renacía.

No hubo moretones, ni promesas de eternidad: solo dos cuerpos y dos voluntades, ardiendo juntos bajo el sol, en una tierra donde el olvido y el fuego nunca más serían cadenas, sino la fragua donde forjar algo nuevo.

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