Portada del relato La Canción del Alba en Iverlyn
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Fragmento:


Los días siguientes transcurrieron como un himno inacabado. Caminaban entre las estatuas rotas de reyes feéricos, probaban bayas silvestres, reían bajo los fresnos y compartían canciones heredadas e inventadas. Lucien le mostraba cómo hablar con los árboles más ancianos; Arianne le enseñaba las formas de espantar a las pesadillas que rondaban los pasillos olvidados.

Duración: 07:35

La Canción del Alba en Iverlyn
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Texto de ajuste de pausa.

En el corazón de la antigua tierra de Iverlyn, donde las colinas se visten de brezos dorados al anochecer y los arroyos serpentean cantando baladas olvidadas, resplandece la gran fortaleza de Starvane. Las almenas, cubiertas de glicinas, cuelgan sobre un jardín donde nada florece sino en la oscuridad. Aquí, bajo la luz lechosa de tres lunas entrelazadas, caminan los hijos de los feéricos y los humanos, criaturas cuyos corazones conocen el anhelo, el temor y un hambre de amor desconocido incluso por los dioses.

Arianne de Vey, guardiana de las puertas oeste, nunca pensó en el peligro como algo ajeno. Hija de madre fae y de un duque caído, aprendió pronto el arte de mimetizarse con las sombras y el de cerrar el corazón ante el deseo. Su vida era un ciclo de vigilias furtivas, de vigilar a través de las troneras de baluarte o de atender la fragancia del brezo cuando el viento del norte susurraba profecías. Sin embargo, en la noche del equinoccio, cuando los fuegos azules humean en los jardines prohibidos y la música de cuerdas viaja con la neblina, encontró la mirada de un extraño que la desarmó tanto como cualquier filo podría.

Él no era hijo ni de este reino ni del mundo humano siquiera. Lucien viajó detrás de las líneas torcidas donde la realidad y el sueño se entrelazan. Era un dragón de sangre antigua, aunque bajo la carne llevaba rostro humano, ojos de plata y manos suaves que sabían manejar tanto embrujos como caricias. Su atuendo era sencillo: apenas una camisa de lino muy gastada y pantalones manchados de barro. Pero llevaba en el cuello un aro de lila, púrpura y brillante, cuya magia destilaba el poder bastante para desatar una tormenta o calmar el llanto de un niño.

Provenía de las Tierras Rotas, donde la guerra entre los dioses hermanos había arrasado la tierra y sólo crecían ruinas y plegarias. Cansado de muerte y traiciones, buscaba un refugio, y quizá—una redención. Contempló los muros de Starvane y pidió posada a cambio de susurros y canciones, según la vieja ley. Quien cruzara las puertas durante el alba solo podía entrar si ofrecía un don de palabra, de recuerdo, o de beso. El senescal dudó, pero Arianne, sentada en las sombras, lo miró y, como si el destino fuese una cuerda muy tensa, supo que debía dejarlo pasar.

La primera noche que permaneció bajo el techo de Starvane, Lucien llevó a su anfitriona a ver las luciérnagas del estanque negro, donde la magia feérica es más densa y antigua. Bajo la luz temblorosa, le narró una historia sobre un dragón que, exhausto de soñar, se transformó en hombre para poder amar. Su voz era profunda, musical, y la hechicera en Arianne sintió crecer una curiosidad prohibida. Sus dedos se buscaron en la humedad nocturna, se rozaron y ella no retiró su mano ni cuando la magia le quemó la yema de los dedos.

Los días siguientes transcurrieron como un himno inacabado. Caminaban entre las estatuas rotas de reyes feéricos, probaban bayas silvestres, reían bajo los fresnos y compartían canciones heredadas e inventadas. Lucien le mostraba cómo hablar con los árboles más ancianos; Arianne le enseñaba las formas de espantar a las pesadillas que rondaban los pasillos olvidados.

Pero en la corte de Starvane, nada pasa desapercibido. Entre las damas y los caballeros surgieron susurros; la hija del duque, la reserva de magia ancestral, se acercaba cada tarde a un forastero de sangre indómita. El rumor alcanzó al propio señor de la fortaleza, el tío de Arianne, un hombre para quien el amor era un lujo ajeno, y quien consideraba a los forasteros una amenaza para la delicada paz de Iverlyn.

Una noche, en los jardines de cipreses, Arianne y Lucien se encontraron bajo el cielo cubierto de estrellas, demasiado conscientes de la malicia creciendo entre las sombras. Él tomó su rostro entre las manos y, en la lengua secreta de los dragones, le susurró un hechizo, no para atarla a él, sino para protegerla de todos los peligros que sus enemigos pudieran conjurar en los días venideros. La piel de Arianne ardió con la promesa de esa magia: la promesa de ser amada sin ataduras, de caminar junta aunque el sendero fuera incierto.

—¿Por qué viniste?—susurró Arianne, temblorosa—. ¿Por qué ahora, a este lugar donde lo eterno muere y lo humano nunca dura?

—Vine a hallar un eco que respondiera a mi soledad—replicó Lucien, muy bajo—. Pero ahora, te he hallado a ti, que eres al mismo tiempo eco y canción.

El vínculo entre ambos se profundizó. Cuando los primeros vientos de guerra soplaron desde el sur, Lucien juró combatir al lado de Starvane; Arianne le regaló un broche de brezo y su nombre verdadero, el mayor de los dones feéricos. Aquella noche sellaron su “juramento de lila” en el altar donde los antiguos amantes ofrecían tributo a las deidades del crepúsculo.

No obstante, la tragedia no tardó en llegar. Una fuerza oscura, nacida en los mismos cimientos de la traición y la avaricia, hendió las defensas de la fortaleza. En medio del caos, Lucien fue herido por una lanza mágica que desconocía la piedad, y Arianne lo halló agonizando en la sala envuelta en humo. Por un momento, el poder feérico pareció estallar a través de sus venas. Conjuró un círculo de runas tan antiguo y peligroso que los presentes apartaron la mirada, y le arrancó a la muerte una breve tregua.

—No acepto—le susurró entre sollozos—. No acepto el precio que el destino quiere cobrar.

Lucien, a duras penas, tomó su mejilla entre los dedos.

—Viviría mil muertes por volver a verte —dijo—. Pero aún así, mañana nacerán nuevas canciones, y me hallarán en todas ellas, esperándote.

La magia hizo su obra: sustentó su vida, pero a un precio. Lucien, ahora entre dos mundos, podía vagar en la noche pero no sobreviviría un amanecer fuera de los muros encantados de Starvane. La pareja vivía como dos fantasmas: deslizándose en los pasadizos, haciendo el amor entre sábanas perfumadas por magia antigua y promesas rotas, compartiendo secretos, silencios, y caricias que prologaban la despedida.

El tiempo se hizo su enemigo más fiel. El día que los aliados humanos y feéricos rompieron el cerco del invasor, la fortaleza volvió a abrir sus puertas al sol. Lucien y Arianne supieron que su tregua divina terminaría al primer rayo de luz.

En el último crepúsculo, Arianne acompañó a Lucien al jardín de glicinas. Lloraron, rieron, y compartieron un vino de lunar azur destilado en la época en que las noches eran eternas. Cuando el canto del gallo anunció el alba, Lucien besó por última vez los labios de su amada.

—Vuelve a mí, cuando el mundo arda o cuando el mundo sea salvado—le imploró Arianne, su voz ronca por las lágrimas.

—Vivo en cada centímetro de ti—susurró Lucien, y la brisa removió su cabello de ceniza.

El sol asomó, y la figura de Lucien se disolvió en un polvo de lila, llevando consigo la promesa de un regreso. Arianne se arrodilló entre las flores violetas, y de su dolor nació un canto nuevo, tan hermoso y terrible que incluso las piedras lloraban y las aguas del estanque se alzaban para escucharla.

Con el tiempo, se decía que Starvane tenía un jardín donde nadie podía entrar sin perder el corazón. Allí, cada noche, podía verse una sombra larguirucha y una dama de ojos opalinos, bailando entre lirios y brezos, narrando en silencio la historia de un dragón y una hechicera cuya pasión fue más intensa que la guerra, más persistente que el olvido.

Y cuando las tres lunas brillan igual de fuertes, quienes creen en el amor imposible aseguran que pueden oír una melodía: el eco y la canción, inseparables, suspendidos entre el deseo, la magia y la espera.

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